¿Cómo no dejar constancia en este libro de mis mejores amigos?
De aquellos que me han proporcionado tal vez los mejores momentos de mi vida, que me han dado ánimos y han sido los únicos que me han comprendido. Mis mascotas.
Esos animalitos como personitas que no hablan, no saben expresarse de palabra pero sí en sus acciones, en sus miradas, en la forma de trasmitirte su alegría, su bondad y hasta sus sentimientos más profundos; a los que les cuentas tus más escondidos secretos y siempre te comprenden sabiendo guardarlos eternamente.
Ya desde muy niño tuve especial cariño a todos los animales que nos rodean y especialmente a los perros.
Creo recordar que tan solo contaba con tres o cuatro años cuando entró en mi vida el primer chucho “El Buchichi”.
Yo era tan pequeño que no podía apreciar exactamente sus cualidades pero sí me llega a la mente todo lo que él hacía por mí: me acompañaba infinidad de veces en mis correrías callejeras y campestres allá donde fuera como el mejor amigo que siempre lo fue hasta su desaparición por muerte natural a la edad de 16 años.
No era un perro de raza definida pero sí muy bonito; quizás una mezcla de Lulú con otro perro callejero, lo que vulgarmente se llama “mil leches”. De pelo largo casi totalmente negro con manchas blancas en el extremo de la cola, de las patas, en el hocico y una pechera como una especie de babero blanco que le hacía más bello.
Juguetón como todos, inteligente como él mismo, buen guardián y amigo de toda la familia y de nuestros amigos.
Siempre iba con nosotros a todas partes, dormía en cualquier rincón y se alimentaba de lo poco que buenamente le podíamos dar, pobre de él... si había poco para nosotros... ¿cómo se las arreglaría?
Yo pienso que mi padre tan solo se preocupaba de comprarle la ropa y el calzado (como decía mi suegro), él se encargaba de lo demás, pero, ¿cómo y donde?
Era tan difícil encontrar comida en aquellos tiempos que hasta las gentes hambrientas del pueblo buscaban en los vertederos, ¿qué les quedaría a los pobres chuchos?
Cuando estábamos en “El cortijillo” no creo que hubiera problema pues a parte de cazar se alimentaba de la infinidad de frutos que caían de los árboles ya maduros; varias veces le vi comer higos y otras frutas maduras.
Cuando nosotros comíamos siempre alguien le tiraba un trozo de pan que lo pillaba al vuelo con pericia, y hasta mi padre le daba en alguna ocasión cuando tomaba café con leche o alguna taza de chocolate una cucharadita que sin chupar le caía en la boca y se relamía con deleite.
Y en aquellos tiempos no había sobras, ya me encargaba yo de rebañar bien las cazuelas y sartenes.
¡Pobre Buchichi! Tan inteligente, bueno y leal.
Claro que dejó descendencia, por todas partes se veían perritos muy parecidos que seguramente eran sus hijos, nietos y hasta biznietos correteaban por las calles del pueblo y sus alrededores.
Se fue al Limbo de los chuchos de muerte natural a los 16 años.
Yo mismo lo enterré entre llantos aguantando mis lágrimas en “El Cortijillo” frente a la casa, al pié de la encina.
Aún deben permanecer allí sus restos.
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