jueves, 29 de noviembre de 2007

Aquella brisa endiablada procedente del Moncayo que casi no se podía aguantar y mucho menos con la ropa que teníamos procedente de la escuela, por lo que al día siguiente nos entregaron un equipo completo de montaña que consistía en un tabardo de tela muy fuerte tipo lona con una piel de borrego en su interior, un par de botas de montaña de excelente calidad, dos jerséis, calcetines y guantes de lana muy gordos, un pasamontañas, calcetines y calzoncillos de abrigo y unas gafas especiales para la nieve.

La Base estaba distribuida en dos partes: la zona técnica a unos ocho kilómetros en una montaña a 1600m de altitud y el Asentamiento que se encontraba en un pequeño valle a un km. del El Frasno ) pueblecito de unos 300 habitantes), rodeado de viñedos y cerezos; las construcciones estaban repartidas en dos zonas: La española y la americana. La zona española la componía el barracón antes mencionado, otro para oficinas y dos tiendas de campaña para los soldados, los futuros y definitivos edificios de la zona española se hallaban en construcción.
La zona americana estaba totalmente terminada, con jardines y un césped muy bien conservados, unos edificios de tres plantas en forma de herradura, en el centro había una gran pradera de césped, árboles ornamentales y otras plantas de jardín rodeada por una amplia acera cubierta por una especie de soportal que se accedía a las plantas bajas donde estaban situadas las oficinas, el botiquín y enfermería, un Drag-store, cine, sala de actos y gimnasio; en los pisos superiores estaban los dormitorios, que como dije anteriormente eran habitaciones individuales. También había un Club tipo Pub donde servían bebidas de todas clases y comidas variadas muy apetecibles pero inalcanzables para nosotros; tenían máquinas tragaperras y de música donde seleccionaban gratuitamente la melodía preferida, con una decoración y muebles de lujo impresionantes. Una vez al mes organizaban fiestas contratando algún grupo de música, atracciones, bailarinas y prostitutas. Este club estaba totalmente prohibido al personal que no era “ NCO MENBER” (socio), cosa que a nosotros nos resultaba imposible, ya que nuestro sueldo ascendía a 275 pesetas y la cuota de socio eran cinco dólares al mes (300 pesetas al cambio). Junto al club estaba el comedor con una capacidad para unas 300 personas, con mesas y cubiertos de restaurante de lujo, la comida estaba servida tipo bufete con varios platos preparados y según el día de la semana cambiaban el menú: carnes, pescados, sopas, ensaladas, purés, tartas, helados y frutas variadas; allí entraba todo el personal americano y algunos españoles que se lo podían permitir, sin diferencia de clases; desde el teniente Coronel hasta el último soldado; esto era un detalle que siempre me ha llamado la atención, pues en las bases militares y acuartelamientos españoles no existe esto; hay un comedor para jefes, otro para oficiales, un tercero para suboficiales y por último el de la tropa; cada uno de ellos instalado y amueblado según las categorías y como es de suponer, el de tropa estaba en un barracón grande con muebles rústicos. También había unas máquinas de bebidas con un grifo para servirte a tu gusto: leche, zumos, café cocacola y sevenup . A la entrada se cogía una bandeja y los cubiertos, pasabas por una barra donde te podías servir de todo y la cantidad que quisieras. El precio era de 25 centavos (15 pesetas) y de tarde en tarde me permitía el lujo de entrar a este Santuario para ponerme morado, sobretodo los jueves que el menú principal era a base de chuletón de buey o pavo frito; cabía la posibilidad dentro del mismo precio y después de comer lo que quisieras de prepararte unos sandwiches para llevar. Era de alucine y me quedé maravillado la primera vez que los vi; se componían de huevos fritos, carnes, pollo, pechugas, etc. mezcladas con lechuga, tomate, pepinillos en vinagre, mostaza y salsa de tomate al gusto; También te podías llevar alguna pieza de fruta. Algunos llegaban a abusar tanto que prohibieron la entrada si no ibas acompañado por uno de ellos y además había que ir bien arreglado y limpio, cosa difícil en nosotros que siempre teníamos el uniforme carente de limpieza y lleno de remiendos.
El horario era muy distinto al nuestro: el desayuno a las siete y media de la mañana, la comida a las 12 y la cena a las cinco de la tarde.
En el Drugstore podías encontrar de todo e importado de América: electrodomésticos, ropa, comida, bebidas alcohólicas, refrescos, utensilios de aseo y escritorio y todas las marcas de tabacos americanos. Lo que más llamaba la atención de los españoles eran los pantalones vaqueros de excelente calidad y el tabaco con muy buenos precios. Una cajetilla de Pallmall (mi preferido) costaba 10 centavos de dólar (6 pesetas), en el mercado negro español costaba 15, un pantalón vaquero de auténtica marca costaba alrededor de 500 pesetas, cuando en los establecimientos españoles podía llegar a las dos mil pesetas. Muchos americanos y trabajadores de las bases hacían su agostillo con el contrabando hasta que se descubrió y lo restringieron. Al principio nos estaba permitida la entrada para comprar, más tarde se prohibió la venta a españoles, pero algunos compañeros de equipo me lo conseguían por la amistad .
La enfermería estaba muy bien instalada y con los más adelantados instrumentos de emergencia: una docena de camas limpias y hasta un quirófano para las atenciones primarias, pues si algo grave sucedía fuera de lo común, el enfermo era rápidamente trasladado en helicóptero.

Frente a los edificios descritos en forma de herradura había otro de una sola planta; aquí estaba el gimnasio, salón de actos y sala de proyecciones donde se ponían buenísimas películas pagando una entrada de 10 centavos, la mayoría aún no se habían estrenado en los cines españoles, con unas cómodas butacas que hasta invitaban a dormir si la película resultaba aburrida. Todas las películas se proyectaban en inglés por lo que pocos españoles íbamos debido a la dificultad del idioma; recuerdo haber visto películas que se estrenaban en los mejores cines de Madrid con un año de retraso.

Al día siguiente de nuestra llegada nos metieron en una especie de autobús que le llamaban “blue-bird parecido a los bus-scool que vemos en las películas, mezclados con otros americanos que se dirigían a su turno de trabajo, el ambiente resultaba agradable, con calefacción y olores a tabaco rubio y puros habanos; me resultaba extraño sus conversaciones en inglés que muy poco tardé en acostumbrarme y hasta entenderles. Después de 8 kilómetros de curvas cuesta arriba y precipicios, admirando un maravilloso paisaje rodeado de frondosos pinares llegamos a la cumbre de la montaña donde se hallaba la Zona Técnica y estaba situada una magnífica estación de radar.

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