viernes, 30 de noviembre de 2007

En la que denominaban “Calle de la Feria”, que es una avenida larga y ancha que empieza desde el paseo hasta casi la plaza del ayuntamiento, colocaban infinidad de casetas donde vendían todo tipo de artículos de regalo, golosinas, frutos secos y sobretodo turrones, donde por dos reales te daban un buen trozo y por una peseta un pedazote que casi no te lo podías terminar en toda la tarde. Lo elaboraban allí mismo junto a la caseta; en unos grandes calderos metían los ingredientes y le daban vueltas y más vueltas, a continuación lo echaban en unos moldes y cuando estaba frío lo cortaban con un serrucho o un cuchillo grande dándole golpes con un martillo; por una “perragorda” (diez céntimos) te daban un paquetón de virutas y migajas que te ponías morado, esto era lo que normalmente compraba yo tratando de administrarme para gastar en otros eventos y diversiones pues el dinero del que se podía disponer no era demasiado, ya que durante todo el año íbamos metiendo moneditas en la hucha de barro para al final y coincidiendo con el primer día de la feria romperla, hacer el recuento y administrarlo lo más buenamente posible, procurando tener suficiente para todos los días.

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