jueves, 29 de noviembre de 2007

A lo que más odiaba era al laboratorio, también llamado cuarto oscuro donde se revelaban las fotos, aquí se gestaban todas las imágenes: buenas y malas, bonitas y macabras... y de todos los tamaños.
Cuando ocurría algún siniestro o accidente de naturaleza extraña, mi padre era reclamado por la Justicia para hacer las fotos de rigor en el lugar del suceso: Asesinatos, ahorcados, suicidios de todo tipo, descuartizados, etc. Todas ellas estaban en aquel macabro laboratorio pues mi padre tenía la costumbre de hacer unas copias de tamaño muy grande, no sé si por joderme a mí o por norma, el caso es que de vez en cuando me gastaban la pesadísima broma de mandarme a por algo al “cuarto oscuro”y fijaos si eran “cabritos” ¡cómo me la preparaban!..El material fotográfico se vela con la luz intensa pero hay cierto material que se manipula con una tenue luz roja, pues bien, me preparaban un montón de aquellas macabras fotos por todas partes y cuando yo entraba distraídamente buscando lo que me habían mandado, me encontraba de sopetón con aquella espantosa y horrenda escena: la cara de un ahorcado con la lengua fuera iluminada con tonalidades rojas que le daba un aspecto aún más siniestro, la escena de un asesinado sobre un charco de sangre, o la de una ancianita llena de arrugas con la cara muy pálida, y otras por el estilo que me hacían estar en vela durante varias noches.
También había fotos de cadáveres normales de muerte natural que la familia los hacia retratar para tener un recuerdo de ese ser querido que jamás se había hecho una foto en vida: viejitos y ancianitas, niños y bebés, curas, monjas y sacristanes, pero la que más me impresionaba de todas éstas últimas era la de una monja viejecita llena de arrugas, metida en una rudimentaria caja de madera con los hábitos puestos y una corona de flores en la cabeza. Aún me llega a la mente cuando se celebró el entierro, yo estaba haciendo los deberes del colegio y me llamaron para que me asomara rápidamente al balcón, el cortejo pasaba en esos momentos y pude ver la escena que se me quedó grabada para siempre.

Todos eran unos “cabritos” y tenían muy mala leche. Con eso de que era el más pequeño se reían de mí con sus pesadas bromas y jugarretas, me hacían todo tipo de putadas para asustarme y mi padre insistía en que con esto se me quitaría el miedo pero éste iba en aumento y cada vez estaba más poseído, hasta el punto de que aún lo conservo y siempre he dejado dicho que me incineren cuando me muera pues no me gustaría ir a parar a un cementerio y permanecer rodeado de muertos por todas partes durante toda mi otra vida.

La casa de Villacarrillo era grande y tenía tres plantas distribuida de la siguiente manera: En la planta baja había un recibidor bastante amplio, muy normal en Andalucía que lo denominaban zaguán, desde aquí arrancaba la escalera que conducía a los pisos superiores, una puerta a la derecha y al fondo conducía al estudio fotográfico que era una amplia sala llena de decorados y un montón de focos con grandes bombillas para iluminar intensamente a los que se hacían fotos. Al fondo había un pequeño patio donde teníamos en aquellos momentos una cabra, gallinas y conejos, bajo un pequeño cobertizo estaba el taller de carpintero de Pepe que yo también aprovechaba para hacer experimentos o jugar con mis amigos. En la primera planta estaba el salón-comedor, los dormitorios y el “odiado laboratorio”. En la última planta se hallaba la cocina y otras dependencias, (cámaras o porches) que se utilizaban para cuartos trasteros, almacén y despensa, que de igual manera que en “El Cortijillo”se almacenaban todos los productos de la huerta, en esta zona no había luz eléctrica y en ocasiones, sobretodo por la noche, también aquí me mandaban a buscar algo para gastarme las “putaditas” de siempre que aunque me resistía por la desconfianza y escarmentado de otras veces, pero al final siempre caía en la trampa, y es que yo he sido un niño muy obediente, ¡maldita obediencia!

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