jueves, 29 de noviembre de 2007

Ya he mencionado anteriormente que la casa era muy pequeña, en el interior dormían las mujeres y los hombres lo solíamos hacer en el exterior, siempre que no lloviera o hiciera frío pero dado que estábamos en pleno verano esos malos tiempos nunca se daban. Cada cual preparaba su lecho en el lugar preferido sobre la paja de la parva y a dormir a la intemperie mirando a las estrellas. Me encantaba observarlas, escuchar al ruiseñor, la lechuza y el croar de las ranas; Mi padre nos mostraba el inmenso firmamento y nos enseñaba a distinguir las constelaciones y estrellas más importantes, con él aprendí a conocerlas casi todas, nos narraba grandes relatos, leyendas y anécdotas hasta que quedaba profundamente dormido. Despertaba con los primeros rayos del Sol que me daban directamente en la cara, desperezándome iba a la acequia que pasaba por detrás de la casa, me lavaba un poco y a continuación me encaminaba con una cesta en la mano hacia las higueras para coger los más maduros y frescos higos de la mañana, aún conservando alguna gota de rocío, mientras tanto mi padre ordeñaba a las cabras la leche que mi madre hervía a continuación para luego tomárnosla con unas tostaditas hechas en el mismo fuego, doraditas y untadas en aceite, mermelada o mantequilla. Después del desayuno ayudaba en algunas tareas de la huerta, sobretodo en la recolección de hortalizas y frutas con las que cada año se hacían conservas de tomate, pimientos asados y pisto. Teníamos unos sequeros que eran una especie de tenderete construido con palos y cañas en el que se ponían a secar los distintos frutos que se guardaban para el invierno: higos, ciruelas, tomates, pimientos etc. También se hacían mermeladas de todas clases.
Normalmente era el hortelano de turno el encargado de todos los trabajos incluidos la cosecha que cada día depositaba en la era y hacía dos partes en grandes cestos y dando a elegir a mi padre se llevaba el resto para vender en el mercado.

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