En otra ocasión hicimos una trastada que fue sonada en toda la provincia y hasta salió publicado en los medios de comunicación locales.
Cuando tenía lugar la celebración de un funeral o aniversario de algún difunto, en el pasillo central próximo al altar mayor colocaban un “catafalco” (cajón de grandes dimensiones) cubierto con una tela negra, cuatro candelabros con sus respectivos cirios encendidos en cada esquina y encima colocaban el ataúd. Antes de la ceremonia nos introdujimos en su interior, cuando la misa estaba a medias y los curas cantaban los “guri -guris” (cánticos de estilo Gregoriano o algo parecido que ponía los pelos de punta), empezamos a mover el cajón de un lado a otro haciendo fuerza todos a la vez pues éste era bastante pesado y procurando hacer el máximo de ruido, al mismo tiempo emitíamos gritos como si salieran de ultratumba; el público asistente, familiares y amigos del finado , al ver moverse el cajón con aquellos ruidos tan extraños, quedó espantado de miedo y desconcertados salieron corriendo, unos hacia la salida, otros seguían a los curas hacia la sacristía, desmayos, ataques de histeria etc., mientras tanto nosotros aprovechando la confusión y acojonados, salimos de aquel escondite para mezclarnos con la gente despavorida y partiéndonos de risa. A las pocas horas nos identificaron, porque en un pueblo se conoce a todo el mundo, alguien nos vio salir del catafalco y se chivó; la bronca de nuestros respectivos padres fue sonora, mi padre que a pesar de ser muy severo y tener muy mal genio, no pudo reprimirse de soltar grandes carcajadas contagiando a los demás asistentes, porque a pesar de su carácter, poseía grandes dotes de buen humor y como era el corresponsal del Diario Jaén, le faltó tiempo para publicarlo.
En la iglesia había un patio bastante amplio con acceso desde la sacristía sembrado de robustas acacias, a veces desarrollábamos algunos de nuestros juegos dentro de este recinto, en muy pocas ocasiones yo participaba por la razón de que se había dado el caso de que a la caída de la tarde, más de una vez alguien cerró las puertas y todos se quedaron encerrados en su interior pasando allí la noche, me entraba un pánico terrible solo de pensarlo.
En uno de los rincones del patio había una entrada pequeña con unos cuantos escalones que conducían a un sótano o especie de catacumba, a un lado y otro estaban situados unos nichos donde reposaban los restos de algunos de los sacerdotes, priores y párrocos que pertenecieron a esa parroquia. Yo solo bajé una vez y me salí a medio camino pues era un pasillo muy largo sin iluminación, alguien alumbró con una cerilla produciendo unas sombras dantescas que casi me cago, eché a correr hacia la salida y hasta ahora. En bastantes ocasiones entraban mis amigos y me animaban pero a pesar de llamarme caguica nunca me atreví.
Cuentan que en uno de esos nichos estaba enterrado “el cura Palomares” que había sido muy malo y pecador durante su vida y ahora por las noches su fantasma rondaba por toda la iglesia.
Ahora no es tanto como antes que éramos bastante devotos y practicábamos la Religión muy al pié de la letra según las enseñanzas que nos habían dado no sé si era porque no había otro tipo de diversiones o entretenimientos pero se pasaba mucho tiempo en las iglesias con las Misas, celebraciones, novenas, festejos y funerales. Era costumbre y a veces obligado confesar y comulgar una vez a la semana; yo particularmente solía ir a rezar a algún Santo para pedir por mis asuntos de la escuela que tan mal llevaba. En alguna ocasión me he encontrado solo en una capilla escondida y muy poco iluminada rezando y al acordarme del “Cura Palomares”, echaba a correr como alma que lleva el Diablo.
Recuerdo muy bien cuando cumplí los doce años, mis hermanas tenían la costumbre de enviarme una carta de felicitación que contenía un “duro” (cinco pesetas) por cada año cumplido, aquel año tuve en mis manos casi una fortuna, sumando los ahorros cosechados durante todo el año guardados en la hucha de barro que rompería el día antes del comienzo de las fiestas, procedía a su recuento para después administrarlo correctamente. A esta edad ya empezaban a gustarme las chicas, mi amor secreto era la prima carnal de mi inseparable amigo Andresito Medina, ella se llamaba Mari luz y me parecía muy guapa y encantadora.
En el pueblo había un parque y un paseo muy largo donde se acostumbraba a pasear los domingos por la tarde, ida y vuelta infinidad de veces, allí se daban cita los chicos y chicas de todas las edades, se cruzaban miradas, sonrisas, y saques de lengua, etc., de allí salieron la mayoría de los matrimonios, era en ese parque y paseo donde tenía la ocasión de verla ocultando mi amor.
jueves, 29 de noviembre de 2007
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