Los domingos que era el único día de descanso, pues teníamos clase hasta los sábados por la tarde, solíamos ir al único cine que había en el pueblo: “El de Juanico los Callejones”. La entrada de “gallinero” costaba 25 céntimos (un real) y para entretenimiento me compraba una “perrilla”- (5 céntimos, apodo dado a estas monedas, a las de diez céntimos se las llamaba “perras gordas”)- de pipas, palodulce , castañas o garbanzos torrados. En gallinero olía fatal, no había retretes y los chicos se orinaban y a veces defecaban en cualquier rincón. Cuando masticábamos palodulce, después de rechuparlo y formar una pelota estropajosa lo lanzábamos al patio de butacas, donde solían estar los niños “pijos”, dándole a alguien en la cabeza que normalmente te respondía con un sonoro “taco”. Las películas que proyectaban en un recién estrenado cine sonoro solían ser del Oeste, de Chinos o Bandoleros, cuando “EL Bueno” ganaba o arreaba buenos mamporros todos aplaudíamos con entusiasmo, en ocasiones que el sonido fallaba o se producía algún corte natural o a causa de la censura, proferíamos grandes gritos produciendo tal escándalo que a veces se encendían todas las luces y no se reiniciaba la función hasta restablecido el silencio y el orden.
Un día que andábamos mal de fondos fui con mi amigo “El Medinilla”, que como he mencionado anteriormente era muy enano, para ahorrarnos una entrada y como yo era muy grandón, lo tomé a cuestas en mi espalda y a la entrada dije que era mi hermano pequeño; el portero que era vecino de nuestro barrio y nos conocía, no pudo por menos que mondarse de risa dejándonos pasar pero al siguiente domingo que lo intentamos casi nos zurra.
Sobre el mes de junio que apretaba fuertemente el calor solo teníamos colegio por las mañanas, las tardes eran largas con mucho más tiempo para jugar, era entonces cuando iniciábamos nuestras correrías por el campo en busca de nidos y otras aventuras de las que mas adelante os contaré.
En cada época del año era la costumbre de pasar el tiempo practicando un juego distinto según la temporada: en invierno se jugaba a la peonza y enfrente de nuestra casa había una explanada de tierra muy adecuado para lanzarla. Cada uno teníamos varias de distintas formas y colorido, pintadas normalmente por nosotros mismos, yo las tenía muy buenas y de bonitos colores con una punta de acero que le ponía en casa del herrero que estaba detrás de mi casa, el dueño que era amigo de mi padre me dejaba trastear con las herramientas, les sacaba el clavo de origen y le ponía uno nuevo de acero y lo afilaba para que tuviese una buena punta, que a veces cuando la hacía rodar sobre mi mano me agujereaba en la palma y tenía que tener cuidado; uno de los juegos consistía en dibujar un círculo en la tierra, cada participante ponía una chapa o menedita en su interior, tirábamos con la peonza y el que lograba sacarla era para él, había que ser muy hábil y tener buena puntería. No era raro encontrar circulando monedas agujereadas, en los mercados y tiendas del lugar.
Un día Pepito Espinosa la lanzó con tan mala fortuna que rebotó y fue a caer justo sobre mi “coco”, ésta siguió rodando produciéndome un pequeño agujero, rápidamente me trasladaron a su casa donde Doña Felisa que era su madre me curó y me obsequió con unos dulces que me supieron a gloria, casi puedo decir que me alegré de aquel percance, ya que cada día tenía que ir para practicarme las curas y de paso podía ver a su hermana Carmencita que me gustaba un montón, era más o menos de mi edad, rubita y de ojos azules, creo que fue mi primer amor. Poco tiempo después deje de verla motivado a que toda su familia emigró a Madrid.
En primavera se practicaba el juego de canicas y de igual manera que con la peonza se jugaba al circulito con chapas o monedas.
En verano se hacían las excursiones y se pasaba mucho tiempo en el paseo y en el parque, ensayando otros tipos de juegos y mirando a las mocitas.
En Villacarrillo se celebraban unas fiestas colosales muy bonitas que duraban siete u ocho días, instalaban toda clase de artilugios y cacharros para el divertimiento en lo que llamaban “El Ferial”, cerca del paseo en las eras donde se trillaba la mies y dentro mismo del parque: norias, toboganes, caballitos, circos y todo tipo de casetas. Ah, y el túnel del terror o tren de la muerte, donde jamás entré debido a que siempre he sido muy miedoso (ya os contaré más adelante).
viernes, 30 de noviembre de 2007
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