La vida me cambió por completo en casi todos los aspectos: bienestar, tratamiento y económicamente. De 780 pesetas que ganaba de cabo 1º me subieron a cinco mil y pico. ¡¡ahí es ná!!, de dormir en un camastro con sábanas que cambiaba cada dos meses pasé a una habitación individual con calefacción, cuarto de aseo con ducha y agua caliente, arreglada diariamente por una señora de la limpieza que cambiaba las sábanas cada semana. Dejé de comer rancho y podía entrar en el Pabellón de Suboficiales donde se comía bastante bien por 30 pesetas diarias y podía quedarme a ver la TV hasta las tantas sin prestar atención al toque de silencio, podía salir del cuartel en mis tiempos libres sin dar cuentas a nadie y marcharme a donde me apeteciera sin control alguno. Esto ya empezaba a ser vida ¡Menuda diferencia!
Continué pintando y vendiendo los cuadritos y souvenirs, mantuve el estudio-taller compartido de Calatayud y seguía con mis andanzas, excursiones y fiestas de los alrededores que siempre eran divertidas, a pesar de lo burros que son los aragoneses; Que a propósito os contaré una anécdota curiosa que me ocurrió en una de aquellas fiestas.
Acompañado por un compañero nos acercamos hasta un pueblo y nos metimos en el salón de baile, cuando me encontraba bailando con una joven del lugar se me acercó un individuo diciéndome que en la calle me esperaba mi compañero. Me extrañó mucho ya que le acababa de dejar bailando con otra moza pero mi curiosidad me hizo salir a la calle y mi asombro fue a la salida que me encontré rodeado por una docena de mozos que me invitaban a no acercarme a ninguna chica y que me largara del pueblo, en esto vino mi amigo preguntando lo que pasaba; le relaté y a continuación nos volvimos a meter en el baile sin hacerles caso, pasamos el resto de la velada saltando y bailando como era propio a nuestras edades; acabada la fiesta sobre las doce de la noche nos dispusimos a retornar en nuestra moto al cuartel pero la sorpresa fue mayor cuando a la salida nos topamos con los mismos mozos y unos cuantos más con la intención de darnos una paliza y echarnos al pilón (costumbre muy arraigada en ciertos pueblos). Con la agravante de que en ese pueblo no había pilón, sino una acequia con bastante corriente que desembocaba en un molino y el riesgo de ser rápidamente arrastrado y engullido por las aspas.
Mi amigo y yo cruzamos nuestras miradas, parece ser que telepáticamente nos trasmitimos la idea, y sin mediar palabra echamos a correr hacia el cuartel de la Guardia Civil donde nos protegieron y dieron escolta hasta el lugar en el que habíamos dejado la moto, la que al llegar encontramos totalmente destrozada.
Regresamos al cuartel para poner la denuncia, nos acompañaron en un Jeep hasta nuestro destino y tres meses más tarde me comunicaron que podía ir a recogerla a un taller donde la repararon por cuenta de los salvajes agresores. Poco tiempo después tuvimos un accidente precisamente un Domingo de Ramos que derrapamos en una curva con aceite, mi compañero se rompió una pierna y yo saliendo mejor parado me destrocé el traje que acababa de estrenar, unas cuantas heridas leves y la moto hecha un verdadero asco. La llevé a un taller donde me dieron 5.000 pesetas y hasta ahora no he vuelto a pensar en vehículos de dos ruedas.
Como os he narrado anteriormente los americanos tenían muy buenos sueldos comparados con los españoles, hasta un soldado raso cobraba una buena paga, el que menos veinte mil pesetas al mes, a ellos les pagaban cada quincena, a este día le llamaban PAY DAY. Este día los que se encontraban libres de servicio se desparramaban en abanico hacia los lugares de esparcimiento y vicio; muchos terminaban en una lujosa sala de fiestas llamada Rumbo Club .
Desde hacía mucho tiempo tenía ganas de hacer una visita a dicho club y ya durante el curso lo comentaba con mis compañeros que cuando cobrara la primera paga iría una noche y así fue, no con el primer sueldo de sargento pero a los pocos meses acompañado de otros amigos nos decidimos iniciar esta fascinante y desconocida aventura, de modo que nada más cobrar nos desplazamos a Zaragoza en el autobús que trasladaba a los Yanquis totalmente gratuito, como la hora de llegada era aún muy temprana, sobre las seis de la tarde y el club no lo abrían hasta después de las diez, nos entretuvimos dando una vuelta por un rincón muy conocido y típico llamado EL TUBO.
En este característico barrio estaba instalado lo que vulgarmente se llama “El Barrio Chino” de la ciudad; calles muy estrechas pero seguras porque parejas de policía pululaban a todas horas y en abundancia. Cada dos puerta había una tasca y en la de en medio el lugar de encuentro o pensión barata donde las prostitutas ejercían su trabajo; recorrimos algunas tabernas tomando vinitos y las ricas y sabrosas tapas que por allí acostumbran a poner de una forma muy característica por la que animaba a algún pillo, entre los que nos encontrábamos nosotros a engañar al barman con los bocados tomados del mostrador donde se exhibían bandejas repletas con todo tipo de cosas apetecibles para acompañar el trago. Al entrar pedías un vino o una cerveza por lo que de momento te ponían una tapita y si posteriormente te apetecía alguna de las que estaban expuestas la podías coger y en el momento de pagar el camarero te preguntaba lo que habías cogido, mintiendo en la mayoría de las veces porque era difícil averiguar de qué bandeja o lo que se había tomado, ya que conociendo el sistema lo hacíamos con el mayor disomulo.
Paseamos por este barrio las cuatro horas que nos faltaban para iniciar nuestra aventura en el “Rumbo Club” y sobre las diez de la noche, hora acostumbrada de tomar el café después de la cena, con unos cuantos vinos encima y la barriga bien repleta de tapeo, nos metimos en una cafetería que estaba en el mismo barrio y era famosa por sus espejos que emparedaban casi todo el lugar, por lo que llevaba el nombre de CAFÉ PLATA.
El lugar era de lo más peculiar e inconfundible; ciertamente las paredes y columnas estaban repletas de espejos.
Allí acudían infinidad de hombres especialmente de los pueblos de alrededor que habían venido a la ciudad para algún negocio y pernoctaban en ella hasta el día siguiente, entonces aprovechaban para echar una canita al aire, tasquear y sobretodo nadie se perdía el café del medio día o de la noche para recrear su vista en los espectáculos que allí se montaban a esas horas punta.
El local estaba repleto de mesas y sus asientos correspondientes donde se aposentaban los clientes, a la derecha había una amplia barra también atestada de hombres, al fondo un pequeño escenario donde se representaban varietés con chicas semidesnudas y hasta algún sstrep-tess discreto y especialmente con mucha picardía, lo que más gracia hacía a los parroquianos.
Pasamos un rato agradable y pensando en lo que nos esperaba después de ver aquel pasatiempo, nada comparado con la sala de fiestas que estábamos próximos a visitar con impaciencia.
Pagamos la cuenta y con paso decidido nos dirigimos a nuestra meta.
El Rumbo Club estaba situado en una de las calles principales de la ciudad; la entrada estaba flanqueada por un portero que parecía por su uniforme un general de cinco estrellas; no había que pagar la entrada y nos pareció extraño, el único inconveniente que se nos presentó era que había que entrar bien vestidos y con corbata, y como no disponíamos de aquella imprescindible prenda nos quedamos desmoralizados pero la suerte que nos acompañaba hizo que el portero al escuchar nuestras lamentaciones interviniera y nos ofreciera sendas corbatas previo pago de su alquiler.
Después de colocarnos nuestras coloridas prendas al cuello el portero abrió la puerta y nos dejó pasar sin ningún problema.
Allí nos vimos tres capullos con cara de gilipollas, sin chaqueta, con un suéter sobre la camisa y unas vistosas corbatas de colorines; nadie se percató de nuestro atuendo pues los americanos que frecuentaban asiduamente aquel local vestían de lo más desastroso imaginable y sobretodo los negros que solían ponerse atuendos extraños y de fuertes colores, brillantes y abundantes lentejuelas.
Aún era algo pronto para que encontráramos ambiente en el local. El camarero que nos atendió nos dijo que había dos pases de atracciones: una a las once de la noche y otra última sobre las dos de la madrugada, a las cuatro se cerraba la sala.
Bien; nos aposentamos en una mesa cercana al escenario o pista central donde se representaba el espectáculo y también se bailaba en parejas.
Encargamos al camarero unas bebidas y nos dispusimos a esperar.
El local era muy amplio y lujoso, con tan poca luz que apenas podíamos distinguirnos entre nosotros, con mesas y asientos cómodos; una larga barra de bar ocupaba uno de los laterales con unos altos taburetes ocupados la mayoría por guapísimas y jovenes señoritas, muy bien vestidas y bastante ligeritas de ropa. Preguntamos al camarero quienes eran y nos respondió que pertenecían algunas al valet y el resto trabajaba en la sala: unas de camareras y otras de “alterne”. Ninguno de nosotros habíamos oído esta palabra “alterne” por lo que guardamos silencio para no denotar ignorancia y continuamos observando.
Poco pudimos admirar de nuestro entorno, porque además de la poca luz reinante, al poco tiempo se nos presentaron tres señoritas procedentes de los altos taburetes que pidieron permiso para sentarse a nuestra mesa y sin apenas responderles ocuparon un asiento.
Vinieron las presentaciones de rigor: de donde eres, que haces, a que te dedicas, etc.
Las niñas estaban resplandecientes y bellísimas, o por lo menos a nosotros nos lo pareció, tal vez por llevar encerrados en aquella especie de convento donde tan solo veíamos a la Gervasia (señora de la limpieza) que era más fea que Picio y con más de cincuenta primaveras en sus espaldas.
Muy poco tiempo después y en medio de una conversación un tanto absurda con aquellas bellezas, llamaron al camarero y solicitando nuestro permiso para invitarlas rogaron sirviera una botella de champán que una camarera con un ligero atuendo que más bien se parecía a un bikini con un lacito en la parte trasera nos sirvió a continuación.
Las chicas debían estar sedientas porque la botella no duró ni cinco minutos, por lo que pidieron otra, después otra y poco tiempo pasó cuando ya nos habíamos, más bien, “se habían” tomado cinco botellas de espumoso vino; entre risas, chascarrillos picantes, alguna insinuación, etc. , llegó la hora del primer espectáculo, por lo que las bellas y simpáticas damitas rogaron las disculpáramos porque debían actuar en el valet.
Estábamos gozosos, optimistas y muy orgullosos de haber tenido la fortuna de ligar con una vedette. ¡Total ná!. Como íbamos a presumir al día siguiente cuando lo contáramos en el cuartel...
Enseguida comenzó la representación con una entrada del valet donde pude admirar a nuestras chicas moverse al compás de la música con verdadera gracia, soltura y atrevimiento; como el escenario estaba muy cerca de nosotros en la pista central, las chicas coqueteaban con sus galanes “invitadores”, rozando sus plumas muy cerca de nosotros con aires picarescos, por lo que a nosotros nos incitaba más a mantener nuestro orgullo y alguna futura ilusión de algo más...
A continuación apareció un malabarista, después un humorista, posteriormente un mago, y entre acto y acto las lindas vedetes entretenían a la concurrencia que a esas horas ya atestaba el local.
Mientras actuaba el mago aparecieron las sedientas señoritas que solicitaron más champán, naturalmente siempre contando con nuestra aprobación.
Cuando estábamos solos pensamos que aquellas botellas costarían un guevo y parte del otro, por lo que comentamos que el precio había que cobrarlo de alguna manera, y pensando en la manera de recoger el fruto se nos hacía la boca agua.
Terminó el mago y un suave repicar de tambores nos anunciaba que estaba a punto de pasar algo importante.
¡Joder!, ¡leches!, ¡¡¡que peazo tía!!!
Una belleza apareció ante nosotros, muy cerca, casi rozándonos.
Al compás de una música característica comenzó la chavala a quitarse la ropa con mucha calma y picardía, insinuaciones, y con tales movimientos sensuales que estábamos a punto de desfallecer, y mientras tanto las damas que nos acompañaban nos dejaban tocarlas algo pero sin pasarse, porque cuando te animabas a tocar una teta te paraban la mano con mucha delicadeza; no cesaban de beber champán. ¡Venga! Otra botella, otra, y otra...
Terminó la del streptess y comenzó una pequeña orquesta a tocar una lenta melodía, por lo que más animado que nunca me había sentido invité a la que me acompañaba a bailar y sin medir palabra nos introdujimos en la pista entre la gente.
Uffffffffffff ¡¡¡¡ ¡tela! Esto es el paraíso... ¡mamma mía!
La tía estaba más buena que el pan y encima se dejaba arrimar como si estuviera helada de frío.
Cuando más animado estaba apareció un fotógrafo y ella me pidió que quería hacerse una foto conmigo.
Pues vale, más voy a presumir en la base con estas fotos.
Flas, flas, flas y más flases se encendieron sobre nosotros.
El fotógrafo se marchó anunciándome antes que en unos minutos tendría las fotos.
¡Coño, qué rápido. Bien, así las tendré antes.
Después de bailar algunas piezas de extrema lentitud y más caliente que un fogón, nos dirigimos a la mesa donde el champán se había acabado; pedimos más: otra botella después, otra, otra y yo no paraba de pensar donde carajos metía la niña tanto alcohol.
Lo averigüe enseguida porque mientras le hacía arrumacos me di cuenta que con mucho disimulo desparramaba la copa en un tiesto con una planta artificial que había junto a nosotros.
¡Coño, así cualquiera!
¡Mierdas!. En ese momento me entraron muchas más ganas de recuperar con creces lo que me estaba costando aquella fiesta, de modo que le insinué irnos después de cerrar a un hotel o lugar apropiado para “machacar esparto”, única obsesión que tenía en mi cabeza después de los bailes lentos y otros roces...
Ella me dijo que sí pero que iríamos a su apartamento, allí estaríamos más tranquilos y comeríamos algo.
Ufffffffffffff, ya no podía aguantar más, deseaba que cerraran el garito, primero por dejar de pedir a la camarera más botellas de champán y especialmente por la divina noche que me esperaba.
Pero aún faltaban la segunda y última representación del espectáculo que yo sospechaba sería el mismo que el anterior repetido, a lo que mi adorada acompañante señaló que sería distinto, especialmente porque a ella le tocaba hacer el streptess.
¡Joer, joer, joer!!!
Pues entonces valía la pena esperar a toda costa; de modo que entre copas y brindis, más lentitos bailes y apretujones se iba pasando el tiempo: con, gozo, optimismo y sobretodo con la esperanza nunca perdida, fue pasando el tiempo, aunque con lentitud pero al fin llegó.
Sí, llegó la hora de pagar la cuenta; las lindas camareras iban dejando unos tiquets metidos en un cacharrito parecido a un palillero cada vez que servían una botella; se fueron acumulando hasta formar un paquete considerable.
Uno de mis amigos agarró el paquetito mientras las chicas dijeron que iban a cambiarse, los miró atentamente sin comentar nada, les dio varias vueltas y más blanco que la nieve nos dijo: ¡joder! ¿sabéis a cuanto cuesta cada botella de champán? ¡800 pesetas ná menos! ¡¡¡coño!!!
Otro colega le preguntó: ¿Y a cuanto asciende la cuenta?
CATORCE MIL CUATRO CIENTAS PELAS DEL ALA¡¡¡¡
Nos quedamos de piedra, jamás imaginamos que costara tanto, cuando una caña de cerveza en cualquier bar costaba cinco pesetas y con tapa; nunca habíamos tomado champán en otro sitio y desconocíamos su precio.
En total nos habíamos tomado 18 botellas de aquel maldito espumoso que llegué a odiar para toda la vida, la mayor parte fue vertido en los famosos tiestos con flores artificiales plantadas sobre aserrín que absorbía el líquido.
Hicimos recuento de nuestros fondos y después de rebuscarnos en los bolsillos juntamos un total de casi doce mil pesetas.
Ya habíamos invertido algo de dinero en el barrio chino y en las fotos que también costaron un ojo de la cara, pues todos fuimos atrapados por el fatídico objetivo.
¡Joder!, ¿y ahora que hacemos?
Tranquilos, yo lo arreglaré, dijo uno de ellos y agarrando el paquete de tiquets se dirigió a la caja. Poco tiempo después apareció a pedirnos nuestro carnes de identidad. Ya está, dijo; volveremos otro día a liquidar la cuenta y nos devolverán la documentación.
Bueno, menos mal; de momento el problema estaba resuelto.
Ahora venía la última batalla: acompañar a nuestras respectivas sedientas acompañantes a sus aposentos y esperar acontecimientos gloriosos.
Si, verdaderamente gloriosos se avecinaban, porque nada más salir de aquel antro llamaron a tres taxis y cada pareja se introdujo en uno con destino a su particular “paraíso”.
Dentro del taxi siguieron los arrumacos.
¡Bien, esto marcha!, pensaba yo...
Al poco rato el vehículo nos dejó en su destino: una calle bastante céntrica delante de un portal aparentemente lujoso.
La vedette tocó unas palmas y medio minuto después apareció el sereno que dando las buenas noches muy amable abrió la puerta solo un pequeño resquicio para que pasara la “fulana”.
Cuando inicié el paso para introducirme detrás de ella el “mago de las llaves” se interpuso para no permitirme la entrada.
Fue todo tan rápido que no tuve tiempo de reaccionar.
La muy putona subió rápidamente las escaleras despidiéndose con la mano al tiempo que me decía: lo siento cariño, otro día nos vemos en el Rumbo Club okey?
El sereno tomó el camino dirigiéndose hacía el lugar de donde procedían otras palmadas y yo me quedé allí con cara de verdadero gilipollas.
Sin un puto duro en el bolsillo, un cabreo de tres pares de narices, a las tantas de la madrugada, muerto de hambre y a 70 kilómetros de mi cama que deseaba coger con todas mis ganas.
Cabizbajo y caminando lentamente tomé rumbo a la estación de trenes sin saber que hacer y desconociendo donde estarían mis amigos de fatigas en aquellos momentos.
Me pasaban por la cabeza imágenes de orgías desenfrenadas de mis amigos con sus respectivas y pasaba cierta envidia al no poder estar como ellos.
¿y si les han hecho la misma putada que a mi?
Me avergonzaba pensar en toparme con ellos para relatarles mi historia pero al venirme esto último a la mente me consolé y hasta cierta alegría me invadió y deseos de que hubiera sido así para no ser yo solo el sufridor de la tragedia.
Pensé que si esto les había ocurrido tal vez me los encontraría esperándome en la estación con las mismas inquietudes y con la mala leche que yo padecía en aquellos momentos y que al unirme a ellos, asumiríamos nuestra derrota con valentía.
Instintivamente mis pasos se aligeraron.
Casi eran las cinco de la madrugada; poco faltaba para comenzar a clarear un nuevo día, muy poca gente se veía por las calles y el silencio era absoluto; mis pasos resonaban en el asfalto, rebotaban en los edificios y el eco regresaba a mis oídos hasta llegando a parecer que alguien me seguía, volví la cabeza varias veces hacía atrás y nada, solo yo caminaba como un sonámbulo por aquellas desierta calles. COMO UN VERDERO GILIPOLLAS¡¡¡¡
Sumido en infinidad de pensamientos me quedé con el más acertado:
Bueno, aquí no se termina el mundo, aún soy muy joven y quien sabe, algún día conquistaré a una de esas bellas vedettes y me la llevaré al catre...
¡Hay mucha vida por delante!
Pero de lo que sí estaba seguro es de que a esa linda muñeca jamás la conquistaría en un antro como el Rumbo Club, me juré a mí mismo no entrar en mi vida nunca más en uno de aquellos lugares apestosos que me dejaron en la ruina hasta el mes siguiente que volvería a cobrar mi bonita paga, y tenía presente que los muchos días que faltaban los pasaría canutas pues estábamos a primeros de mes.
Despertando de mis pensamientos por el ruido que producían mis tripas y exhalando de vez en cuando los aromas mañaneros de las cafeterías que empezaban a abrir a primeras horas de la mañana llegué a la estación donde atraído por el olor a café recién hecho mis pasos se dirigieron directamente al bar, y allí, en una mesa con sendos tazones en sus manos me encontré a mis buenos amigos de aventuras que me miraban con cara de bobos, ojos de sueño y cansancio.
Me senté junto a ellos y les pregunté si les quedaba algo de dinero.
Uno me respondió: si hombre, sí, tómate lo que quieras que he reservado para estos casos.
¡Coño, menos mal!
Después de relatar cada uno su reciente aventura y con gran optimismo riendo a carcajadas como era normal a nuestras edades, tomamos el primer tren con destino a Catatayud, a nuestras habitaciones donde nos esperaban nuestras agradables camas con impaciencia.
Continuaba saliendo de vez en cuando con “La Cojica”, normalmente hasta las diez de la noche, hora establecida por sus padres. Los días que había fiestas en algún pueblo me desplazaba después de esta hora y hasta las tantas de la madrugada, saltando, bailando y tomando algún vinito y hasta algún “cubata” que con el nuevo poder adquisitivo me podía permitir.
Un buen día me dice que me quiere presentar a sus padres; jamás había pensado en una relación estable ni nada formal, mis intenciones con ella no eran malas ni me aprovechaba en absoluto, no porque no quisiera naturalmente, sino porque eran otros tiempos y normalmente las chicas en los pueblos eran recatadas y estrechas, no porque también como yo lo deseara (supongo), más bien por la educación recibida de que no había que ir al “catre” hasta antes de haber pasado por el altar; en los pueblos pasaba esto por la razón de que una chica después de haber salido con otro chico, si dejaba la relación después le resultaba muy difícil encontrar un nuevo novio y la mejor manera de volver a encontrar a alguien era conservando su virginidad. Era muy difícil llevarse al huerto a una chavala, en ocasiones ocurría con alguna pero se conocía en todo el pueblo y la tachaban de puta.
Mi relación con Mari era algo superficial, más bien amigos y además que yo casi no sentía nada por ella, quizás un cierto cariño o pena por su pequeña invalidez y esto cada vez me animaba a dejarla pero no sabía como; día tras día lo pensaba pero nunca me decidía; así pasaba el tiempo hasta que me invitó a comer a su casa el Domingo de Pascua. Faltaban dos semanas y como no tenía mucha ropa para ponerme elegante me fui a un sastre y le encargué un distinguido y flamante traje para estrenar en esa ocasión.
Llegó el día señalado y salimos por la mañana como de costumbre para asistir a Misa y después recorrer las tascas tomando el aperitivo de rigor con algún amigo (parejas como nosotros), normalmente con una prima suya y un compañero que llegaron a casarse.
Sobre la una nos presentamos en su casa; los padres y su único hermano con su esposa nos esperaban en un salón muy elegante; todos muy bien vestidos, cordiales y poco habladores. Lo poco que me dio tiempo a ver de la casa era fastuoso y de bastante lujo, a pesar de mis pocos conocimientos de decoración e interiorismo me pareció al menos así.
Los conocía a todos de vista aunque nunca me los había presentado, pero en un pueblo todos se conocen; a su hermano y cuñada sí me los presentó en una ocasión pero aquí acabó la cosa, ellos iban a lo suyo como cualquier matrimonio joven, y nosotros a lo nuestro; solo me llamaba la atención cuando pasaba a nuestro lado conduciendo un flamante Mercedes Blanco descapotable, este tipo de coche solo lo podían tener la gente muy rica.
Sí, tenía conocimiento de la profesión de su padre y sus prósperos negocios: una fábrica de gaseosas y distribuidor de bebidas en exclusiva de marcas conocidas como Coca Cola, Fanta y cervezas San Miguel entre otras. Tenían un gran almacén en la calle principal donde ella trabajaba en la contabilidad y desde donde partían camionetas cargados con sus productos para repartir por la ciudad y pueblos de los alrededores. El edificio de seis plantas donde ellos vivían en el amplio ático pertenecía a su familia y el resto de los pisos los tenían en renta, más una cafetería en la planta baja que dirigía su hermano. En más de una ocasión algún compañero me insinuaba: ¡Montejo, vaya “braguetazo”!, cosa que me fastidiaba oír y me desanimaba más a seguir con ella.
La madre era muy alta, algo gruesa y aparentaba una edad entre 50 y 55 años, el padre algo más bajo que la madre y delgado al que le calculé una edad parecida; tenía un defecto que ya ella me había anunciado pero me impresionó al conocerlo personalmente; estaba operado de la garganta y apenas se podía expresar normalmente, sus palabras ininteligibles las emitía con cierta dificultad y muy apagada, de manera que apenas le podía escuchar y menos entender; me recordó en su forma de hablar al pato Donal pero a los pocos minutos me acostumbré y pude entenderle casi todo, porque además daba la casualidad o fatalidad de que era el más charlatán de todos los presentes.
Su hermano aparentaba unos 30 años, era bajito, rubio y de ojos azules, no se parecía a nadie de la familia, al contrario que su mujer que era bastante alta, de pelo azabache, muy bella y joven.
En el salón sirvieron unas bebidas y aperitivos, a continuación pasamos a un lujoso comedor con muebles de maderas nobles, una vitrina de la misma madera con objetos que me parecieron valiosos en su interior y en las paredes de toda la casa colgaban bonitos cuadros de artistas desconocidos para mí en aquel momento; después supe que su autor era un conocido pintor aragonés.
Las tres damas de la casa se encargaron de servir una suculenta y apetitosa comida que si he de decir la verdad no recuerdo, tal vez quedó en el olvido por los nervios que en aquella situación me embargaban y que poco a poco fueron desapareciendo pero a pesar de ello me comporté prudente y poco hablador, y como me enseñó mi padre <> , aunque con Mari y mi entorno era dicharachero y chistoso como siempre he sido, allí me comporté como un chico tímido y formal.
Regresamos al salón para tomar el café donde el hermano me obsequió con un estupendo habano que saboreé junto a una copa de excelente brandy.
Aquí comenzaron las preguntas: ¿Cuándo celebraremos la pedida de mano?, ¿Y la boda?, ¿pensáis tener muchos hijos? Etc...
La madre insinuó que el piso de debajo de ellos estaba vacío.
El padre dijo algo que no pude entender y el hermano me tradujo entre risas:
Dice que el regalo de bodas será el mismo que a nosotros EL MERCEDES.
¡Coño, coño, coño!, pensaba yo...
Y el acojone entraba cada vez más en mi cuerpo.
Ya me veía yo en el Altar, viviendo bajo ellos y más controlado que la leche.
El acojone crecía, el humo del habano se me atragantaba, el alcohol del brandy hacía estragos y unos sudores entre fríos y calientes me recorrían por todo el cuerpo.
Al cabo de casi dos horas de haber comido nos despedimos y salimos a la calle donde el fresco del Moncayo acarició mi cara y me encontré más tranquilo.
¿Qué te han parecido mis padres? Me preguntó
Muy majos, educados y agradables, le respondí yo.
¿Y yo como les he parecido?, A lo que ella me respondió: si mi madre nos ha ofrecido el piso y mi padre piensa regalarnos un Mercedes como a mi hermano, es que la cosa va muy bien, ellos piensan que en septiembre será una buena época para la boda. Estábamos en primavera.
Eso pensé yo: demasiado bien y demasiado deprisa.
Muy difícil se me hizo dejar esta relación que aunque muy productiva me parecía, poco futuro de felicidad le veía por el escaso amor que le tenía a la pobre “Cojica”.
Al poco tiempo pedí destino a otra estación de radar.
En el verano de 1.963 fui destinado al Escuadrón de Alerta y Control nº 2 en Villatobas (Toledo), a diez kilómetros de Ocaña, 30 de Aranjuez y a 80 de Madrid.
Mi interés de acercamiento a la Capital estaba motivado a mi ilusión por ampliar mis conocimientos en lo que más me gustaba: LAS BELLAS ARTES. Quería Aprender a dibujar bien, practicar la pintura, modelado y cerámica.
¿Y donde mejor que en la MECA DEL ARTE?, Donde se encontraban los mejores museos, escuelas y los más prestigiosos maestros.
Comencé visitando el Museo del Prado, Arte Moderno y todas las salas de exposiciones que se ponían a mi alcance.
Me matriculé en una escuela privada dirigida por el maestro Mingorance (gran pintor de la época), asistía a clase casi todo el tiempo disponible y aprendí todo lo que pude en especial dibujo y algo de ver pintar a otros y al profesor.
En Madrid vivía los días libres en casa de mi hermano Enrique donde también estaba mi madre que llevaba la casa, con él salía algún domingo a dar una vuelta recorriendo los viejos barrios, El Rastro, las típicas tascas y en alguna ocasión nos metíamos en un salón de baile (aún no estaban de moda las discotecas). En estos salones normalmente había una o dos orquestas que tocaban música en vivo de aquella época; estaban tenuemente alumbrados con una pista de baile en el centro rodeada de mesas o veladores, una barra de bar y en el fondo sobre un entarimado o escenario se colocaban losmúsicos.
Existían salas de barrio donde las orquestas eran normalitas pero en otras del centro y de más categoría solía haber orquestas o conjuntos muy buenos con actuaciones y representaciones variadas de conjuntos y artistas de entonces como Los Cinco Latinos, Karina, Los Bravos y El Dúo Dinámico entre otros.
Normalmente se accedía a estos lugares pagando una entrada con derecho a consumición.
El contacto o ligue se enfocaba de la siguiente manera: las chicas se encontraban dispersas por toda la sala normalmente ocupando una mesa, nada más entrar a la sala te dirigías a la barra a tomar un “pelotazo” para entonarte, desde allí echabas un vistazo por toda la sala hasta que encontrabas una chica prometedora, en el momento de empezar la música te lanzas al ataque, que según te enrolles o le resultes te acepta o te da calabazas (dar calabazas quería decir que te rechazaba para bailar). Normalmente la música consistía en piezas lentas por lo cual tenias tiempo de enrollarte, presentarte e intercambiar algunas tímidas frases, si la cosa funcionaba ya la tenías para toda la velada acompañándola a su casa o a su barrio pidiéndole el nº de teléfono para una posible cita.
Si por el contrario, te daba calabazas atacabas a otra cambiando de estrategia y así sucesivamente.
La juventud de aquellos tiempos era muy sanota, alegre y divertida, lo pasábamos muy bien a nuestra manera, sin estragos de bebida o algo parecido, aún no se conocía la droga o quizás debido al Franquismo estaba totalmente prohibida y ni se oía hablar de estos temas, además que, debido a la necesidad de entonces nos resultaba más sano drogarnos con un buen bocata de jamón o chorizo acompañado de un vaso de vino o cerveza.
Nos reuníamos en pandillas para hacer excursiones y merendolas en el campo y fiestas en casas particulares que se llamaban “Guateques”; Allí se preparaban bebidas y algo de merienda, con un tocadiscos se ponía música y a bailar; Se intercalaban diversos juegos muy divertidos y si alguien se pasaba un poquito con la bebida a la salida con el frescor de la calle se grdpaba, además de que en esos tiempos había ciertas necesidades más importantes como la comida, la bebida era más o menos suavecita con mezclas a base de algún licor con coca-cola o lo que se llamaba “cubata de pobre” mezcla de vino tinto con coca-cola.
El tabaco (como siempre) estaba a la orden del día, mientras había americanos resultaba barato y posteriormente me conformaba con marcas baratas, las chicas fumaban esporádicamente más que nada por coquetería.
Los americanos comenzaron a abandonar las bases instaladas en el territorio nacional. Una vez entrenado el personal español se empezó a hacer cargo del mantenimiento y el CHOLLO de la venta de cuadros se me terminó.
Una vez paseando por El Rastro mi hermano y yo tuvimos la idea de pintar unas láminas con motivos taurinos, bailaores, escenas de Don Quijote y Sancho Panza, paisajes de calles antiguas de Madrid y pueblos de alrededor para vender a los turistas que por allí pasaban, con el solo propósito de costearnos unas buenas y largas vacaciones.
Nos pusimos rápidamente manos a la obra y los vendíamos los domingos por la mañana en una calle donde otros pintores exponían sus obras. Creo que fuimos junto a otros pocos los pioneros y fundadores de la famosa Calle de los Pintores por la que han pasado artistas de reconocido nombre.
Ahorramos suficiente dinero para pasar las vacaciones planeadas que duraron casi cuarenta días.
Un caluroso día a principios del mes de julio emprendimos la marcha viajando en una moto con sidecar cargada con una tienda de campaña, los utensilios imprescindibles de cocina, una botella de camping-gas, un botijo con agua y algunas latas de conserva.
Tomamos la carretera de Barcelona rumbo a la Costa Brava y desde Gerona costeando fuimos a parar a Murcia desde donde regresamos a nuestro hogar.
Fueron unos días inolvidables, acampando allá donde se nos antojaba o encontrábamos un lugar apropiado, pasando unos de días y continuando la marcha siempre por carreteras muy próximas al mar.
Visitamos Cadaqués donde tuvimos la suerte de conocer a Dalí en una cafetería que el “Divino Genio” solía frecuentar, nos bañamos en las calas de aquella preciosa costa, pescamos, descansábamos, asistíamos a las fiestas que los Giris organizaban en los Camping y pasamos unos días encantadores en contacto directo con la naturaleza disfrutando del mar y el buen tiempo que nos acompañaba.
Nuestra inquietud no nos permitía permanecer más de dos jornadas en el mismo lugar, cada dos o tres días levantábamos nuestro campamento y seguíamos nuestra ruta pues aún nos quedaba mucho por recorrer y conocer lugares desconocidos. Subíamos a nuestra moto y allí donde nos parecía parábamos y montábamos la tienda instalándonos cómodamente; primero buscábamos hierba o paja seca para preparar una cama confortable, colocábamos una manta encima y sin más dormíamos a pierna suelta; La comida la encontrábamos en los supermercados, colmados y tiendas de los lugares por donde pasábamos, parando aquí y allá para comprar chorizos, chuletas de cordero o algo típico que nos encontrábamos por el camino para después cocinarlo en el campamento allá donde nos pillara: en un camping, en campo abierto o cerca del mar, no importaba, el caso era llenar el estómago y descansar, siempre procurando hacerlo en un buen emplazamiento.
Pasamos momentos y anécdotas diversas de las que paso a contaros alguna de las más interesantes:
En la provincia de Zaragoza camino de Barcelona nos pilló la primera noche, al anochecer montamos la tienda en un lugar apartado de la carretera, después de prepararnos la cena nos pusimos a comer tranquilamente a la luz de un farolillo de gas que también servia de hornillo para guisar, la noche estaba tranquila pero a lo lejos se divisaban unos resplandores de tormenta, al rato empezaron a caer unas gotas gordas y nos metimos rápidamente bajo las lonas con la intención de dormir para levantarnos temprano y continuar nuestro camino, desde el interior se podían oír las gotas caer sobre la cubierta cada vez con más intensidad y acurrucados sobre la única manta que teníamos sin haber preparado previamente el lecho de hiervas secas para estar más cómodos, aquello estaba durísimo y resultaba prácticamente imposible pegar un ojo, renegando y protestando hasta que nos dimos cuenta de que el agua estaba entrando de tal manera que nos empapaba hasta los huesos; Así permanecimos toda la noche a base de reniegos y patadas sin parar de echarnos la culpa el uno al otro, hasta que por fin notamos que dejaba de llover, salimos fuera y con ayuda del farolillo cambiamos nuestra estancia a otro lugar más seco, poco tiempo después amanecía y cansados, cabreados y empapados nos dispusimos a preparar el desayuno a base de huevos fritos con jamón, acompañado de un rico y aromático café que nos calmó e hizo regresar el ánimo a nosotros; Pusimos las lonas y toda la ropa a secar al espléndido Sol de la mañana y posteriormente reanudamos nuestro viaje.
Cuando llegamos a la costa lo primero que hicimos fue buscar un camping que resultaba ser el lugar más cómodo y seguro; con servicios, agua, bar, supermercado y precios bastante asequibles. Después de instalarnos y montar la tienda nos dimos un paseo para inspeccionar los alrededores y dirigirnos a la playa donde pasábamos la mayor parte del día; nada más llegar nos quedamos asombrados al contemplar a las “Giris” en bikini y alguna atrevida en topless. Nos quedamos boquiabiertos al presenciar aquellos magníficos monumentos.
Por las noches organizaban juegos y baile en una pequeña pista en el centro del recinto, la mayoría eran francesas y alemanas y al no tener ni idea de estos idiomas no nos comíamos un rosco, además de que los tíos que pululaban por allí se enrollaban bien y eran los que se las llevaban al huerto.
Continuamos nuestra ruta costeando hacia el sur y después de pernoctar en varios lugares fuimos a parar a un camping de Benidorm donde una de las noches nos decidimos ir de marcha.
Nos pusimos nuestras mejores galas y entramos en un establecimiento muy lujoso con pinta de sala de fiestas; no cobraban la entrada y ocupamos una mesa muy cerca del escenario reclamando al camarero para que nos sirviera una consumición, el ambiente era bastante agradable y las parejas bailaban al son de una orquesta, mujeres muy guapas ataviadas con vestidos largos de noche pululaban por todo el recinto y nosotros sin atrevernos a pedirles un baile por temor al idioma, de pronto se nos acercaron dos tipas despampanantes con minifalda y sendos escotes enseñando media teta.
Hola, ¿podemos sentarnos?
Pues venga, dijo mi hermano.
¿No nos vais a invitar?
Inmediatamente me vino a la mente el fatal recuerdo del Rumbo Club de Zaragoza donde en pocas horas arruinaron mi presupuesto de todo un mes.
Enseguida acudió el camarero que inmediatamente les sirvió unas copas y no tuve tiempo de avisar a mi hermano del peligro que se nos avecinaba.
Después de intercambiar unas cuantas palabras comenzó el espectáculo.
Primero un valet de chicas muy ligeritas de ropa, a continuación un mago-malabarista, luego una contorsionista que se movía como una serpiente al compás de una música de estilo árabe y posteriormente otra monumental chica iniciando un striptiss; Animados por el ambiente pedimos otra consumición para los cuatro y cuando llegó el camarero y terminó de servirnos le pedimos la cuenta que nos presentó enseguida retirándose de la mesa.
Mi hermano que era el administrador de los bienes echó un vistazo al tiket notanado que la cara se le ponía muy blanca y mostrándomelo, al verlo se me contagió su blancura.
Nos quedamos de piedra al comprobar lo que marcaba: 8000 pesetas del ala.
¡¡¡coño!!! ¿Llevas dinero? Le pregunté a mi hermano.
¿Qué leches voy a llevar? , solo tengo 1.500.
¡¡Joder!!, ¿Qué hacemos?
Mi hermano me miró y parece que hubo transmisión de pensamientos, sin mediar palabra montamos la siguiente estrategia: Cuando el striptiss estaba en su mejor momento salió mi hermano hacia el exterior y puso la moto en marcha, saliendo yo a continuación muy sigilosamente y subiendo al sidecar como el que salta a un caballo en carrera, salimos de allí disparados como si nos hubiesen metido un cohete en el culo.
Cuando llegamos al camping, en el interior de la tienda nos desternillábamos de risa hasta que nos chistaron los vecinos porque no les dejábamos dormir.
Al día siguiente cuando regresamos de la playa, al pasar por el bar observamos que había una pareja de la Guardia Civil y nos entró el acojone pensando que nos estaban buscando a nosotros.
Mi hermano calzaba un zapato de unos diez centímetros de alto en su pierna mala por lo que no podía pasar desapercibido.
Ya verás, le decía yo, buscan a un cojo....jajajajaja y me reía.
El me respondía cabreado: no te rías cabrón que la culpa es tuya por meterme en ese lugar.
Bueno, pero las tías estaban buenas o no... vale la pena¡¡¡
Déjate de cachondeo y pongamos pies en polvorosa.
Nos fuimos para la tienda y comenzamos a recoger los artilugios para salir echando leches de allí inmediatamente.
Al llegar a recepción para liquidar la cuenta nos anunciaron que no se podía salir porque el camping estaba declarado en cuarentena a consecuencia de un caso de tifus que se había detectado.
Regresamos a nuestro lugar de acampada, volvimos a montar la tienda y en ella escondidos pasamos toda la noche casi sin respirar.
Al día siguiente supimos que la Guardia Civil había venido para realizar el atestado de cuarentena que tan solo duró tres días, que pena no hubiera durado más tiempo porque habríamos permanecido allí pasándolo bien y totalmente gratis, ya que desde el momento de declararse la cuarentena los precios del camping fueron congelados, aunque la comida teníamos que comprarla como cada kiski en el supermercado, pero era una buena excusa para mí en el cuartel si aquello hubiera durado meses.
Continuamos nuestro rumbo y entramos en la provincia de Murcia, llegamos a unas preciosas playas en la localidad de Águilas donde el único camping que existía estaba completo y nos instalamos en una explanada frente al mar cerca de unas chozas de pescadores, gente muy buena y hospitalaria con la que enseguida hicimos amistad, de vez en cuando nos regalaban pescado y hasta un día nos invitaron a salir de pesca con ellos en sus pequeñas embarcaciones, pasamos una jornada de ensueño y resultó una experiencia inolvidable; a bordo prepararon para comer una especie de caldereta de pescado y marisco con fideos, sirvieron un rudimentario café de puchero con un aroma excelente.
Fueron unos días de ensueño al estilo Robinsón, comiendo pescaito frito, pescando y retozando en la playa.
Allí conocimos a una pareja de hermanos que como nosotros viajaban de la misma manera pasando unas bonitas y alegres vacaciones, estaban acampados muy cerca de nosotros en la misma playa.
Es difícil de creer pero resulta totalmente cierto las coincidencias que había entre ellos y nosotros: el hermano mayor también era cojo, viajaban en una moto con sidecar de la misma marca, vivian en Madrid aunque eran de Toledo, tenían nuestras mismas edades y terminaban sus vacaciones al tiempo que nosotros, por lo que permanecimos juntos y en buena armonía el resto de nuestro veraneo.
La amistad resultó duradera pues el hermano pequeño era diseñador y realizaba con mi hermano algunos trabajos.
En este lugar es donde más tiempo pasamos, por el bienestar hallado y la tranquilidad después de las vicisitudes pasadas en lugares de mucho turismo.
A punto de agotarse los 45 días que me dieron de permiso iniciamos nuestro regreso, desde Murcia pasando por Albacete hasta la Base de Villatobas donde nos despedimos de nuestros amigos que tomaron ruta hacia Toledo y nosotros pernoctamos la última noche en mi habitación. ¡Por fin! Después de casi cuarenta días pudimos dormir en una cama limpia y confortable.
miércoles, 28 de noviembre de 2007
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