jueves, 29 de noviembre de 2007

Nos alojaron en unos edificios de dos plantas divididas en dos naves, en cada una había ocho departamentos con seis literas y sus correspondientes taquillas para guardar el equipo de ropa y demás enseres, los “Chopos” estaban colocados en sus respectivos armeros en el pasillo frente al departamento y al fondo de la nave estaban los aseos: retretes de pié, sin inodoro, de aquellos que se llevaban en aquellos tiempos en lugares de mucho personal y hasta en algunos bares con un agujero en el suelo y dos plataformas para colocar los pies donde te agachabas y soltabas la “fulimandá”, sin cadena ni agua, que al terminar la faena debías limpiar con una escobilla, (cuando las había) y sin papel higiénico, por lo que cada cual debía llevar consigo algún papel de periódico o algo parecido, que a veces alguien olvidaba y se limpiaba como Dios le daba a entender... algunos con los dedos que después se los limpiaban en las paredes, bueno... mejor no sigo... ¡ah!, eso sí, había un cubo que se podía llenar en un grifo y estamparlo contra el habitáculo que quedaba pringado por todas partes. Los lavabos estaban situados en una pared alargada con unos espejos encima y frente a los lavabos había una especie de bañeras de obra que nunca se utilizaban para tomar baños, solo para lavar la ropa; todo estaba relativamente limpio pues nosotros mismos cuando nos tocaba por turno o por arresto nos encargábamos de mantenerlo impecable dentro de lo posible, pues muy poco materia de limpieza nos proporcionaban.

También me entregaron un cubierto tipo tijera con cuchara, tenedor y cuchillo que normalmente siempre lo llevaba a todas partes en el bolsillo, ya que corría el riesgo de olvidarlo en algún sitio y en alguna ocasión tuve que comer con la cáscara de un mejillón, pedirlo prestado o comer con los dedos. En caso de perderlo me las tenía que ingeniar para procurarme otro, bien mangándolo o comprarlo en la cantina que vendían de todo desde tabaco, bebidas, bocadillos, objetos de escritorio y aseo. Era muy frecuente la desaparición de objetos que por despiste dejabas olvidado sobre la cama o en cualquier otro lugar, alguien pasaba por allí y se lo quedaba, ( a esto le llamaban “ponerle ruedas”) Cinturón, gorro o cualquier cosa apetecible o carente. Lo que más temía era la pérdida del gorro pues te podían caer ocho días de arresto si no lo llevabas puesto, algunos lo identificaban claramente con letras grandes y bien visibles e el interior, cundo a alguien le faltaba el suyo a veces lo denunciaba y el sargento pasaba revista de gorros, nos formaba y cada uno con su prenda de cabeza la mostraba en la mano por su interior para que se viera si tenía algún nombre, en el caso de que no fuese suya le podían meter 15 días al calabozo. Había casos en que el individuo después de robar el gorro le tachaba o disimulaba el nombre escrito pero casi siempre se notaba y del arresto no se libraba.
Esta era una disciplina que aunque severa, hay que reconocer que resultaba la mejor forma de apaciguar y educar a los borregos de entonces.

Me resultó muy impresionante cuando entré por primera vez en la escuela, era un cuartel enorme con una gran puerta principal donde estaba situado el Cuerpo de Guardia, todo el perímetro estaba rodeado de garitas con sus respectivos soldados en su turno de vigilancia, había Pabellones y edificios para el alojamiento de Jefes, Oficiales, suboficiales y la tropa, aulas para las clases de todas las especialidades, un inmenso comedor con capacidad para 1.500 personas con más de 120 mesas para doce comensales en cada una.
La plaza de armas donde se practicaba la instrucción y los desfiles era tan grande como dos campos de fútbol. También había un polideportivo, un campo de maniobras, tiro y una enfermería.
Ocupaba una gran extensión rodeada de campo por los cuatro costados, estaba muy cerca de un pueblecito llamado Alcorcón y a unos 20 km. De Madrid.
Anexo al cuartel había un aeródromo con dos angares, dos aviones tipo JUNKER y un helicóptero H-21 muy pequeño con la carlinga transparente y en forma de burbuja, teníamos prohibida la entrada, y todas las actividades que allí se desarrollaban las observábamos desde fuera a través de una alambrada. Fue la primera vez que observé aviones desde tan cerca.
Por curiosidad os diré que este avión Junker era un bombardero alemán que fue utilizado en la segunda guerra mundial y anteriormente en la guerra civil española, tenía dos potentes motores, una capacidad para unos 30 hombres incluidos dos pilotos, un mecánico, un radiotelegrafista y dos armeros; también se utilizaba para lanzamiento de paracaidistas y transporte. Por su lentitud en el vuelo los llamaban vulgarmente “Pavas”, pero era muy seguro, ya que en más de una ocasión se le llegaron a parar los dos motores y ha tomado tierra planeando. Como anécdota curiosa os contaré que tuve un compañero que volando en uno de estos, en una ocasión se le pararon los dos motores, se lanzaron todos en paracaídas y el aparato tomó tierra totalmente vacío de tripulantes sobre un llano rastrojo.
Me encuadraron en un pelotón compuesto por doce alumnos incluido el cabo o jefe de pelotón, éste solía ser un soldado de reemplazo que se había reenganchado e ingresado en la escuela como uno más de nosotros, pero al ser un veterano nos enseñaba la instrucción y nos conducía militarmente formados a todas partes: a las aulas, deportes, e incluso al comedor donde ocupábamos una mesa donde él era el encargado de repartir las raciones de comida ; y como dice el refrán La comida generalmente era muy mala, rancho para 1.500 hombres de 17 a 25 años hambrientos como lobos, que cuando te descuidabas te desaparecía lo que tenías en el plato; como en todas partes también los había remilgados que no les gustaban algunos menús, si coincidías a su lado tenias la suerte de que te lo cediera. A la entrada del comedor nos daban un “chusco” de pan aproximadamente de medio kilo para todo el día, teníamos que administrarlo para la comida, cena y desayuno que consistía en una taza de agua turbia a la que llamaban café con leche y en este potingue remojaba el trozo de chusco que guardaba de la noche anterior, si no me lo había cepillado antes de irme a la cama por el hambre que arrastraba.
A las siete de la mañana sonaba el “toque de diana” y pegando un salto con la máxima rapidez nos teníamos que vestir y asear en cinco minutos, formábamos a la puerta del edificio donde el cabo pasaba revista y si alguno se presentaba con alguna prenda mal colocada o un botón mal abrochado se ganaba un arresto que normalmente podía consistir en un fin de semana sin salir del cuartel o pasar una noche en el calabozo. Desde allí nos dirigíamos al comedor para el desayuno y a las nueve en punto comenzaban las clases de morse, aeronáutica, meteorología, etc. Por las tardes teníamos cuatro horas de instrucción y táctica militar, una hora de deportes antes de la cena y a continuación estudio hasta las nueve y media que se pasaba lista, leían la orden del día y se nombraban las imaginarias de esa noche, los servicios varios y de limpieza para el día siguiente, a continuación a la cama y a las diez en punto sonaba el toque de silencio. Las “imaginarias” eran unos servicios nocturnos de vigilancia en los dormitorios que normalmente todos aprovechábamos para estudiar, se nombraban cuatro imaginarias repartidas en un mismo número de turnos para la noche. Era muy frecuente realizar este servicio como arresto, por el solo hecho de hablar en la formación el sargento o cabo arrestaba una o varias imaginarias a realizar en distintos días, algunos las acumulaban y el que disponía de dinero las compraba, o sea: pagaba a otro para que se la hiciera. A decir verdad, me hubiera gustado practicar este rentable negocio para obtener dinero pero resultaba que yo era uno de los que más se le acumulaban. Se daba el caso de que a menudo alguien caminaba despistado en solitario y también acompañado por compañeros cuando se cruzaba con un superior y le notaba alguna falta, le pedía el nombre que éste lo enviaba a su Unidad para que le arrestaran; yo descubrí la triquinuela de dar el nombre distinto al verdadero, cualquiera que me venía en ese momento a la mente y de este modo nunca me arrestaban por semejante tontería; en ocasiones alguien daba el nombre de otro compañero y le venía el arresto sin saber de donde ni porqué; yo nunca hice esto pues era una carbonada.
Cuando salíamos de paseo fuera del cuartel, a Madrid o algún pueblo cercano, existía una policía militar que la llamábamos “La P.M.”, por llevar en el antebrazo un brazalete con estas letras bien visibles; tenían fama de malos porque se pasaban el día persiguiendo a soldados para tomarles el nombre, sobre todo disfrutaban con los reclutas. Con éstos no podías mentir pues pedían la documentación y extendían una especie de denuncia que te hacían firmar y posteriormente la enviaban a la Unidad, pero como yo siempre he sido un “buscavidas”, me las ingenié para que esto no sucediera: tenía un amiguete de Salamanca que era el cabo furriel de mi Escuadrilla; el furriel era el encargado de llevar el control de los servicios de imaginarias, de limpieza y otras cosas de poca importancia, éste tenía acceso a la oficina, donde en un cajón bajo llave había tarjetas de identidad en blanco; él me ofreció hacerme un carné falso como el suyo para evadir a la P.M., lo acepté con mucho gusto y bien que me sirvió en numerosas ocasiones.
Pasado el primer mes y terminado el “curso previo” nos dieron a elegir la especialidad que deberíamos seguir para obtener el título de ayudante de especialista y alcanzar la categoría de Soldado de Primera, con una duración de hasta un año. Las especialidades a elegir podían ser: radiotelegrafista, mecánico de avión, de teléfonos, electrónica, electricista y operador de pantalla de radar. Según la nota obtenida en el curso previo se podía elegir la especialidad. Yo me decidí por la última, (O.P.R.) haciendo caso a los consejos de FEDE que me dijo que al ser de nueva creación podría tener mejor futuro y efectivamente así fue pues ascendimos con más rapidez que en las demás.
Esto coincidió con el inicio de la Semana Santa que me dieron 8 días de vacaciones y me fui a pasarlas a Mogón con mis padres. Llegué al pueblo con mi flamante uniforme, presumiendo de galones con mis amigos y las mocitas con los que me reunía por las tardes y paseábamos por la alameda y la rivera del río que era un lugar muy agradable donde se disfrutaba de los aromas del comienzo de la primavera. Este corto permiso pasó rápidamente y me tuve que reincorporar de nuevo a la escuela para iniciar el curso de la especialidad que había elegido que tenía una duración de solo cuatro meses.
Teníamos varias aulas para las distintas asignaturas y una pequeña sala de radar para las prácticas donde me encontraba como si estuviese en una aeronave extraterrestre o una sala de operaciones futurista. Me encantaba la especialidad.



El horario de clases era de ocho a una por la mañana, la comida a la una y media y a las tres comenzaba la instrucción, táctica y deportes, a las ocho la cena, estudio hasta la hora de pasar lista y a dormir, toque de silencio a las diez.
En el mes de mayo fue la Jura de Bandera que resultó impresionante; en aquella inmensa plaza de armas con casi dos mil hombres desfilando al compás de trompetas, tambores e himnos militares. Asistió mucho público al acto; familiares y curiosos que les gustaba presenciar este bonito acontecimiento que se realizaba una vez al año.
A partir de aquí deje de ser “recluta” y comencé a realizar mis primeras guardias en los puestos de vigilancia y garitas diversas que rodeaban todo el acuartelamiento, algunas bastante alejadas en donde se pasaba “cague”. Había una en particular que todos la temían y la llamaban “el solitario”, estaba pegada a los angares y por la noche se percibían ruidos muy extraños decían que por allí merodeaban los fantasmas de los pilotos que habían muerto en acto de servicio, a este puesto le tenía verdadero pánico y cuando el cabo realizaba el sorteo para las guardias, pedía a Dios que no me tocara y tuve la buena suerte de hacerla una sola vez una vez en el transcurso del tiempo que permanecí en la escuela. Fueron dos horas interminables y terribles, porque a pesar de estar armado con el fusil cargado con balas de verdad lo pasé bastante mal, pero era cuestión de echarle cojones y aguantar los ruidos que naturalmente todos eran de origen muy natural: chirridos de chapas que se movían con el viento, pájaros que se movían en su infinidad de escondites y nidos bajo el tejado y otros que parecían salir de ultratumba, no me atreví a salir de la garita ni para mear.
Llegó el verano y con éste dos mesazos de vacaciones del 15 de julio al 15 de septiembre. Unas vacaciones que se me hicieron portas pero deliciosas, como aún me quedaba algo de dinerito ahorrado procedente de las clases particulares, pasé un verano maravilloso, que después de una estricta disciplina aquella libertad se me antojó como vivir unos días en el Paraíso, con los amiguetes y los baños en el río, la pesca, excursiones, merendolas y largos paseos con las chicas por la tarde en la alameda, donde los jóvenes al igual que en Villacarrillo se citaban para el paseo cotidiano. Éramos una pandilla de cuatro amigos que siempre íbamos juntos a todas partes y lo pasábamos muy bien, ellos normalmente trabajaban los días no festivos pero a la salida del trabajo nos reuníamos, alguna tarde organizábamos una merienda en un bar merendero a unos tres kilómetros del pueblo, cada uno aportaba algo de su casa para comer: pan, algún embutido, lechugas y tomates para una ensalada, y regado con un buen porrón de vino con gaseosa pasábamos el rato, a continuación nos dirigíamos al paseo de costumbre donde los grupos de chavalitas nos estaban esperando.
Tenía 17 años recién cumplidos. Nunca se me olvidará el día de mi cumpleaños que me encontraba en Madrid y lo celebramos en casa de Tía Eloisa con mis hermanas que me prepararon una grata sorpresa: como en el cuartel se comía tan pésimamente, me prepararon un pollo asado para mi solito y de postre un enorme flan de doce huevos con un premio en el fondo que no pude descubrir hasta terminármelo, y cuando estaba a punto de reventar apareció en el fondo una moneda de plata de 100 pesetas. Todas me observaban con deleite e impacientes por ver mi cara de sorpresa y admirando mi buen y avispado apetito.

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