martes, 27 de noviembre de 2007

Como mis inquietudes eran grandes y siempre busqué la forma de sacar un dinero extra lo intenté en varios pluriempleos que buscaba en los periódicos: vendedor de libros, corredor de seguros y ventas a domicilio; ninguno de estos cuajó ya que eso de patearme las calles de casa en casa en busca de posibles clientes no era lo mío y jamás me gustó.
Lo intenté con las famosas láminas del Rastro a los turistas pero la ya célebre Calle de los Pintores estaba saturada de artistas muy buenos con los que era imposible competir.

En la Base tenía un compañero Sargento con inquietudes más o menos parecidas a las mías y me propuso montar un negocio de cultivo de champiñón.

Cerca del pueblo existían unas cuevas cavadas manualmente en terraplenes que en su tiempo se utilizaron como especie de bodegas para curar el vino en grandes tinajas, fuimos a ver al propietario y se asoció con nosotros.

Lo primero que hicimos fue sacar las tinajas que pesaban como demonios, limpiamos y encalamos totalmente dos de las once cuevas que había, metimos unos cuantos remolques de tractor cargados de estiércol de caballo, lo apisonamos y a continuación esparcimos la carísima semilla de los hongos esperando el resultado.
Orientados por un manual para el correcto cultivo y pasados 20 días podríamos ver lo que proporcionaba la primera cosecha, ya desde el décimo día lo observábamos a diario esperando sentados en unos cajones de madera para verlo brotar de la tierra; Pasaron más de treinta y nada de nada, aquello estaba como al principio.

¡¡¡Que desilusión!!! Después de tanto trabajo y esfuerzo, nuestro gozo en un pozo.
Sacamos todo el estiércol, metimos otro menos curado para que su fermentación fuese más caliente, pensando que este podría ser el problema, nueva semilla y a esperar otros 20 días.
Controlamos la temperatura, la humedad, etc. y a los 25 días otro fracaso.
¡¡¡Coño!!! ¿qué está pasando?, ¿Qué hacemos mal?
Se nos terminaron los ahorros, el socio propietario de las cuevas solo aportaba éstas y algo de trabajo, pero el estiércol y la simiente había que comprarla.
No desistimos en nuestro empeño y aunque solo fuera por tozudez queríamos saber el porqué a nosotros no nos salía la operación siguiendo todas las instrucciones del manual.
Mi socio que tenía un SEAT 600 (utilitario de aquella época muy pequeño pero que dio muy buenos resultados). Nos desplazamos a la provincia de Cuenca donde allí casi cada familia vivía de este tipo de cultivos también en cuevas similares a las nuestras, en un par de días nos enseñaron y aprendimos todo lo que hay que saber correctamente sobre aquellos enigmáticos hongos que casi empecé a odiar.
Era necesaria una nueva inversión y no nos quedaba dinero, de modo que nos fuimos al banco del pueblo y avalado por nuestros respectivos sueldos nos concedieron un crédito de 20.000 pesetas que nos sirvieron para el tercer intento.
Pusimos instalación eléctrica en dos cuevas para regular la temperatura e iluminación, removimos el estiércol, esparcimos la semilla y justo al 19º día comenzamos a ver con gran alegría el producto de nuestra cosecha. Nuestros esfuerzos fueron recompensados gratamente con unos 8 a 9 kg. recolectados por día durante casi dos meses.
Empezamos a venderlos en los bares de los alrededores, a compañeros y particulares.
En una serrería nos proveímos de maderitas para confeccionar los envases que con el coche se distribuía a todos los lugares habidos y por haber.
En otra de las cuevas instalamos el taller-almacén donde me pasaba casi todas las horas libres atendiendo el negocio que se avecinaba próspero y fabricando cajitas de madera.

En menos de tres meses teníamos amortizado y liquidado el préstamo, obteniendo beneficios netos que se repartían a partes iguales entre los tres socios, separando unas cantidades para gastos de gasolina, electricidad y para preparar dos cuevas más y ampliar la producción.

Esto marchaba viento en popa y pensábamos adquirir una furgoneta para el reparto en lugares comerciales como Madrid pero nuestros proyectos se vieron cortados a causa de una denuncia que nos puso la competencia por no tener el negocio dado de alta en industria, siendo nuestras actividades totalmente ilegales.
El Juzgado nos precintó las cuevas e iniciamos inmediatamente los trámites para la legalización. Nunca perdimos la esperanza y nuestro afán era acondicionar nuevas cuevas para obtener una intensiva producción con todos los papeles en regla.
En este compás de espera reanudé mis viajes a Madrid continuando mis actividades de ocio, paseos y diversiones, conocí a Merceditas y me separé de La Sociedad, había recuperado lo perdido y ganado algo de dinero y decidí retirarme.
Dos años más tarde ya me encontraba casado, a ellos les concedieron la licencia, reiniciaron la industria, pusieron una marca al producto y prosperaron de tal manera que llegaron a tener dos furgonetas para el reparto y varios empleados.
Nunca me arrepentí de haberlos abandonado, en mi casa era feliz con mi familia y vivía contento sin quebraderos de cabeza.

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