Su trabajo consistía en la administración y recaudación de impuestos municipales, además de llevar el control de pagos a ancianos y unas pequeñas primas a lo que llamaban puntos por niños, que consistía en dar una pequeña suma a las familias pobres que tenían hijos; más o menos era lo que ahora se llama ayuda familiar, porque entonces no existía la Seguridad Social, las pensiones, el paro ni otras ventajas actuales.
En ocasiones ayudaba a mi padre en alguno de estos quehaceres, especialmente cuando había que desplazarse para algún asunto que a él le cansaba; uno de ellos consistía en sellar las reses y cobrar el impuesto dependiendo del peso en época de matanzas; salía de casa por la mañana con el hierro municipal que en cada casa introducía en el fuego para que se pusiera al rojo mientras pesábamos el cerdo, carnero, toro o lo que habían sacrificado para la matanza; una vez pesadas las reses hacía la anotación y le colocaba el sello al rojo vivo en las partes visibles: jamones, paletillas y costados, a continuación les cobraba en efectivo la suma correspondiente que solía ser 25 céntimos por kilo de peso más 50 pesetas por cabeza. Ya había acompañado a mi padre con anterioridad para aprender el sistema que realmente era muy sencillo; de él aprendí ciertas cosas que pasaba por alto por la pobreza de algunas gentes, nunca lo practicaba en grandes cortijos y casas de los ricos, os cuento: en algunas casas humildes ocultaban alguna res en los lugares más insospechados como en los dormitorios y hasta debajo de las camas para que no fueran tarifados y eludir el impuesto pero con el peligro e inconveniente de que se arriesgaban a no llevar el sello y en alguna ocasión les pudieran descubrir si alguna pieza de jamón se vendía o circulaba, en este caso les podría caer una fuerte sanción o hasta confiscarles la matanza entera; imaginaos lo que suponía para una familia pobre, dejarles sin alimento durante un año, pues estas matanzas eran muy elaboradas en chorizos, morcillas, lomos, jamones, tocinos y otras cosas que se conservaban para comer durante casi todo un año. Cuando pesaba la res que estaba a la vista y cobrarles lo estipulado, a continuación les preguntaba donde tenían la otra escondida para colocarles el sello, ellos con cara de avergonzados me señalaban en el dormitorio, entonces les entregaba el hierro al rojo para que ellos mismos le colocaran las marcas. Normalmente en cada casa me trataban muy bien y hasta se puede decir que me peloteaban para reservarme de estas cosas que se hacían año tras año. El único soborno que practicaban conmigo era el ofrecerme un trocito de carne asada y un trago de vino, soborno que yo aceptaba con gusto en las dos primeras visitas pues en las consecutivas ya tenía la barriga llena, se daba el caso de que en la mayoría resultaban ser muy generosos con la ofrenda y en la primera visita quedaba saciado; en las siguientes al ver que no aceptaba, ellos sabían el motivo y más tarde lo enviaban a casa en un platito.
Este trabajo solo duraba unos quince días del mes de noviembre, acabadas las matanzas venía la época de la recolección de la aceituna a la que también me apuntaba pero aquel primer año aún era muy joven para trabajar como un hombre a pesar de mi estatura y corpulencia por lo que busqué otras expectativas de ganar un dinerillo para mis gastos.
En Mogón había una vieja escuela sin maestro y los niños carecían de todo tipo de educación escolar. Pedí permiso al alcalde para acondicionarla, después de consultarlo con mi padre que aceptó mi idea me puse manos a la obra pintando una de las aulas, arreglé mesas y pupitres, limpié a fondo donde sería mi futura y propia escuela a donde asistían niños de todas las edades, algunos mayores que yo y casi analfabetos. Les enseñaba todo lo que estaba a mi alcance y al nivel de cada uno de ellos. Me consideraban el maestro del pueblo y la mayoría me respetaba a excepción de algún gamberro de mi edad que se me enfrentaba pero sabía salir de estos trances. Me pagaban 50 pesetas al mes por cada alumno y llegué a tener unos 60, teniendo que habilitar otra de las aulas para repartirlos: en una tenía a los mas adelantados y en la otra al resto, también yo me tenía que repartir entre las dos pero estaban en la misma planta y desde la puerta de acceso controlaba la situación. Posteriormente he sabido que alguno llegó a terminar una carrera universitaria ya que sus padres pudieron costeársela enviándolos a las universidades de Granada o Jaén.
Después de treinta años regresé al pueblo por curiosidad y nostalgia, por ver, recorrer y recordar los lugares de mi juventud, y se me presentaron dos curiosos encuentros: el primero tuvo lugar en el bar de la pensión donde me hospedaba; se me presentó un tipo algo más joven que yo y me preguntó si me acordaba de él, me resultó algo difícil después de tantos años, resultó ser uno de aquellos alumnos que había hecho la carrera de Ingeniero Técnico Agrícola y en la actualidad trabajaba como capataz y administrador de un cortijo.Otro día me acompañó un antiguo amigo a la cooperativa para visitarla y de paso comprar un par de garrafas de aceite. El jefe o encargado de la industria muy amablemente nos la mostró y explicó su funcionamiento pues era una almazara muy modernamente montada hasta con música ambiental y ordenadores para controlarla, parecía muy enterado en la materia, a continuación nos condujo a una salita de recepción de visitas y nos obsequió con unas tapitas de chorizo y jamón de la tierra, unas excelentes aceitunas aliñadas y unas sabrosas tostadas aliñadas con aquel purísimo aceite de oliva, todo ello regado con un excelente vinillo. Comiendo y charlando me dijo que gracias a mi él tenía aquel trabajo. Cuando me hizo recordar supe quien era . Había estudiado Ingeniería Técnica Industrial y era el director de la fábrica. En otra ocasión visité a una antigua familia vecinos de mi casa que tenían tres hijos a los que yo les había dado clases particulares, cando charlaba con ellos y también obsequiado generosamente con unas cervezas y jamón casero les pregunté por Félix, a lo que me respondieron con orgullo que estaba de Director en un colegio en Jaén. Yo también me sentí orgulloso. Eran gentes muy humildes, labradores apegados al terruño y nadie sabe el trabajo que le costaría a su padre pagarle los estudios
jueves, 29 de noviembre de 2007
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