martes, 27 de noviembre de 2007

Cuando regresamos a Aranjuez hice amistad con una peña de amigos entre los que se encontraban muy buenos pescadores de los que aprendí mucho y que más adelante os contaré alguna anécdota graciosa.

Hacia mediados de otoño empezó a apretar el frío y no se podía pasear ni salir a la calle,
Era muy aburrido permanecer en el interior de la casa con el solo entretenimiento de jugar a las cartas o a los dados y ella se aburría soberanamente mientras yo estaba de servicio, de modo que tomamos la decisión de comprarnos una tele que en aquellos tiempos era un súper lujo pues nos costó 26.800 pesetas pagadas a plazos, (el sueldo de casi cinco meses), pero mereció la pena porque a pesar de la escasa programación en el único canal que había con películas mayormente españolas y del año de “la pera” pasábamos el tiempo entretenidos.
Continué pintando cuadros de tipo comercial que vendía allá donde podía, en las tiendas de muebles de Aranjuez y algún compañero para poder pagar la tele.
En Aranjuez vivían unos tíos a los que visitábamos de vez en cuando, él era labrador y poseía una finca en las afueras donde algunas veces le ayudaba en tareas de recolección y me enseñaba trucos y secretos de buen hortelano.
Aquel mismo invierno nos instalaron la calefacción que nos vino estupendamente porque nuestro retoño estaba a punto de nacer.
Recuerdo que el primer día recién instalada sin habernos suministrado el gas-oil y con ganas de estrenarla, como también funcionaba con carbón o leña, el tío nos trajo un remolque cargado de troncos muy secos que ardían estupendamente pero era necesario cortarlos para que entraran mejor en la caldera, me puse a cortar y meter en el quemador y no daba abasto de lo bien que prendían consumiéndose con gran rapidez y creo que me calentaba más cortando que arrimándome al fuego, cosa que a los pocos días acabó porque empezaron a suministrarnos el combustible y aquello funcionaba de maravilla produciendo un ambiente fenomenal en la casa.

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