Al día siguiente me incorporé a mi destino continuando mi vida habitual, trabajando tres días de tarde o noche, uno libre, tres de mañana y después los deseados tres días libres que normalmente pasaba con Enrique y mi madre, aprovechándolos lo mejor que mi economía permitía, porque a pesar de ganar unas 6000 pesetas al mes (que no estaban nada mal) siempre resulté ser algo manirrota y poco ahorrador, sin poder llegar a finales de mes, cuando pasaba esto que era casi todos los meses, me recluía en el cuartel hasta el día de “Santa Nómina”.
Empecé a pensar la forma de poder sacarme un dinerito extra, y faltándome los americanos que fueron mis mejores clientes, comencé a pintar cuadros en formato grande que enseñaba a mis compañeros y Jefes casados que de vez en cuando me compraban alguno permitiéndome seguir comprando materiales y algo más para cubrir gastos.
En la Base conocí a un soldado que su padre tenía una tienda de muebles en Ocaña, me propuso presentarnos para tratar de poder vender mis cuadros en su establecimiento.
Después de ver el tipo de pintura que allí se exponía y las posibilidades de venta , muy animado regresé a mi habitación y me puse manos a la obra.
Pintaba cuadros bastante grandes de temas muy comerciales que casi parecían calcados; bodegones y paisajes con el típico río, montañas, ciervos y abetos; en algunos cambiaba de lugar la casita y los colores, dando aspecto de puesta de Sol o amanecer, tenía que pintar muy deprisa pues la rentabilidad era muy pequeña ya que cobraba 800 pesetas por cuadro con marco incluido y los materiales me costaban 500.
El establecimiento se saturó con mis cuadros y mi habitación se llenaba sin saber que hacer con ellos, lo intenté por otros comercios de Madrid y a lo largo de toda la carretera de Andalucía que estaba llena de tiendas de muebles, en algunas los compraban pero pagaban tan miserablemente que no me quedaban beneficios.
miércoles, 28 de noviembre de 2007
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