El ocho de septiembre, como cada año, comenzaron las fiestas del pueblo, vinieron mis hermanas de Madrid y tomé la Primera Comunión vestido de marinero, llevaba un rosario de cuentas imitando marfil en una mano y en la otra un misal con las tapas de nácar; No se hacía celebración de ninguna clase, quizás en alguna casa pudiente, invitaban a los familiares y amigos obsequiándolos con algo de beber y unas pastas o dulces. Normalmente a los niños que hacían la Primera Comunión, los familiares, amigos y vecinos tenían la costumbre de darle algo de dinero, con lo que se llegaba a reunir una buena cantidad, yo llegué a reunir aquel día 48 pesetas (que eran muy buenas) ya que el jornal de un obrero por aquellos tiempos era de tres pesetas diarias trabajando de sol a sol. Todo me lo gasté en las fiestas que más adelante os hablaré de ellas.
Pasó el verano, se acabaron las fiestas, se fueros mis hermanas y empecé un nuevo curso con Don Miguel León al que todos temían por sus “soberanos tortazos”, este no usaba varita de olivo pero arreaba unas palizas tremebundas y de tal envergadura que he visto a más de uno cagarse en los pantalones, yo mismo en una ocasión que caminábamos alrededor de la mesa del maestro cantando alguna lección en letanía para aprenderla de memoria, al ver la paliza que le propinó a otro, del miedo por si yo era el próximo me gagué encima y lo llevaba al compás de la canción, como caminaba un poco lento e indeciso, me arreó una patada en el culo y se manchó el zapato de mierda causando gracia a los demás que rompieron a reír. El maestro se enfureció, se quitó el zapato y me dijo que lo limpiara con la lengua a lo que me negué rotundamente y me arreó unos cuantos sopapos con el mismo zapato manchándome la cabeza y la cara. Era un buen profesor de los de antiguamente, que decían: la” letra con sangre entra”, y en verdad que lo era, enseñaba lo imposible, nunca he olvidado todo lo que de él aprendí: sobretodo el sistema métrico decimal, que aunque a tortas me entraron, de mucho me han servido y me han ayudado.
Los ratos libres jugaba, correteaba por las callejas del pueblo y hacía excursiones al campo con mis amiguetes: El Medinilla, Joaquinito Corencia , Juanito”Gallina”, Manolin Lorite y Paquito Segura entre otros. Este ultimo era hijo del farmacéutico y a su casa solía ir a la hora de la merienda, su madre me daba lo mismo que a él, a sabiendas de que en mi casa no nadábamos en la abundancia. Cuando no me quedaba más remedio que merendar en mi domicilio normalmente encontraba un mendrugo de pan y ya me parecía bastante bueno. Siempre preguntaba a mi madre: ¿qué hay para merendar? Y ella me contestaba: pan y dedo encima.
Su padre era farmacéutico y tenia una farmacia en la misma casa donde vivían, en el patio interior que estaba embaldosado de mármol blanco siempre había muchas ranas que utilizaba para realizar las pruebas de embarazo, las cuales eran respetadas por orden expresa de su padre; de vez en cuando nos obsequiaba con caramelos de menta que él mismo fabricaba para vender.
“El medinilla” se llamaba Andrés Medina, le llamábamos de esta manera porque era muy pequeñajo y tenía la cabeza muy gorda; los mayores se reían de él diciéndole: ¡Medinilla, coge la boina y vete a por diez kilos de patatas, todos nos reíamos incluso él pues tenía muy buen talante, era de buen carácter y mi mejor amigo, casi siempre íbamos juntos a todas partes.
Lo que más nos gustaba era ir a buscar nidos al campo, cada uno tenía los suyos y los guardaba celosamente hasta que los pajaritos echaban a volar pues nunca destrozamos ninguno, y a veces, cuando encontrábamos alguno que no se decidía a volar, lo terminábamos de criar en casa hasta que salía volando por si solo. Pertenecía a una familia de clase acomodada; su padre era funcionario del Juzgado, su abuelo por parte de madre, poseía la única administración de loterías del pueblo y algunas tierras con olivos. Jugábamos en su casa que era muy grande y con infinidad de recovecos haciendo travesuras de todo tipo. Su abuelo tenía un coche antiguo que le llamaban “el ford de pedales” y solíamos montarnos en él a escondidas trasteando todos los mandos e instrumentos, hasta que en una ocasión, estando aparcado en la calle y cuesta abajo, sin darnos cuenta alguien le quitó el freno de mano y el trasto salió caminando cada vez más deprisa hasta que terminó chocando con la primera pared que encontró, menos mal que el trayecto fue corto y ni el coche ni nosotros sufrimos daño, el susto fue morrocotudo y mucho más cuando vimos al abuelo que venía hacia nosotros con una estaca en la mano y tuvimos que salir por pies sin poder darnos alcance. En el garaje de su casa había un sótano donde guardaban el aceite, los cereales y unas tinajas enormes con la matanza en conserva, cuando jugábamos al escondite solía ocultarme tras ellas y mientras me buscaban metía la mano y algún chorizo o morcilla pasaban con rapidez a mi estómago, en alguna ocasión me pilló con las manos en la masa pero nunca dijo nada.
viernes, 30 de noviembre de 2007
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