Una de las cosas que más me gustaba era subir a tocar las campanas al campanario de la iglesia que es grande y muy bonita, (casi como una catedral) Allí recibí los Sacramentos del Bautismo, La Confirmación y Primera Comunión. Tiene una torre muy alta construida totalmente de piedra con una interminable escalera de caracol muy oscura (nunca conté sus escalones) pero era agotadora, teníamos que subir con los brazos abiertos tanteando las paredes para no caer rodando, de vez en cuando encontrabas un ventanuco muy pequeño por el que se filtraba algo de luz pero no bastaba para poder ver con claridad y debíamos ir con mucho cuidado. Al llegar arriba había dos pisos de campanarios, en el principal estaban las campanas más grandes y en el superior las pequeñas. Había muchas campanas, cada una tenía su nombre, especialmente me llamaba la atención una muy grande que llamaban “La Mayor”, para voltearla tenían que intervenir tres o cuatro hombres pero nunca se hacía porque se le había roto un brazo y corría el peligro de caer al vacío, solo se la hacía sonar tirando del badajo con una cuerda y tenía el sonido característico de una campana grande, difícil de describir pero sonaba como algo así ...
DOOOOOOOOOMMMMMMMMMMMMMMMMMMMM¡¡¡¡¡¡
A la más pequeñita la llamaban “La del Niño Jesús”, estaba situada en el centro de la torre, con un sonido muy fino y limpio .....DIN, DAN, DIN, DAN¡¡¡¡ muy alegre: La hacían sonar normalmente al vuelo para un bautizo y pausadamente por el entierro de un niño.
Desde cualquier punto del pueblo y aún alejados en medio del campo se las podía oír perfectamente y toda la gente del lugar sabía distinguir el significado de cada toque. Por las fiestas y en grandes ocasiones las lanzaban todas al vuelo y era tal el alboroto que se armaba que a todos transmitían su alegría. En una ocasión fue de visita al pueblo el Caudillo de España Don Francisco Franco, desde su llegada empezaron a sonar con gran alboroto hasta que éste ordenó pararlas por el ruido tan estrepitoso que producían molestando a Su Excelencia.
El campanero no podía tocar él solo las campanas especialmente en las ocasiones que se lanzaban todas al vuelo, para ello invitaba a chicos jóvenes que estaban deseando subir con él a ayudarle; yo intervine en bastantes ocasiones y hasta una noche del día de Todos los Santos, cuando sonaban sin parar las 24 horas del día y me atormentaban, parece ser que en aquella ocasión me atreví a estar en el campanario por la idea de que no me amargarían la noche.
En una ocasión uno de los ayudantes del campanero dando volteos a una de las campanas, al parecer se enganchó con la ropa y salió despedido por el hueco cayendo al vacío sin hacerse ningún daño. Cuentan que en aquellos tiempos los niños hasta cierta edad vestían una especie de babero como un vestido femenino con anchos faldones y esto le salvó la vida haciendo de paracaídas.
Recuerdo que hacia el año 1954 el seminarista que me preparó para hacer la primera comunión junto a otro natural del pueblo, terminaron sus estudios de sacerdocio y cantaron Misa por primera vez; dada la escasez de casos como este, para conmemorar la ceremonia se colocaron dos banderas blancas en lo más alto de la torre; no encontraban quien se atreviera a subir a ubicarlas y este chico, ya hombre de más de sesenta años se ofreció voluntario para ponerlas.
Con el transcurso de los años crecieron unas higueras en las grietas entre las piedras y pude ver con mis propios ojos como las cortaba todas limpiando de maleza y malas hiervas.
Una placa fue colocada en el lugar donde cayó para conmemorar el suceso.
viernes, 30 de noviembre de 2007
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