jueves, 29 de noviembre de 2007

Todas estas calles se comenzaban a decorar el día anterior por la noche y permanecían intactas hasta que pasaba la comitiva pisoteando los decorados del suelo, desde muy temprano eran visitadas por la multitud respetando y cuidando de no destruir el trabajo tan esmerado.

De igual manera las procesiones de Semana Santa son famosas por su belleza y solemnidad; con un gran número de Pasos, encapuchados, penitentes como en las anteriores, soldados romanos con trompetas y tambores imprimiendo una gran emoción.
Me llamaba poderosamente la atención un instrumento muy original en forma de cono de unos dos metros de largo y portado por dos personas, que de vez en cuando lo levantaban a la altura de la boca y uno de ellos lo hacía sonar con una asonancia similar al de un cuerno o caracola pero bastante más fuerte.

Había una festividad muy especial para mí que al contrario de las anteriores no me gustaba nada y odiaba su llegada con toda mi alma.
Acompañada de castañas asadas, boniatos y gachas que era típico comer por aquellas fechas de primeros de noviembre, llegaba el día de Todos los Santos. Todo el mundo acudía al cementerio a llevar flores y rendir culto a sus muertos; yo no tenía a nadie a quien llevar flores, ni tumba alguna para visitar, pero como todos mis amiguetes nunca faltaba a la cita no sé si por acompañarles, por no quedarme solo en casa o por el morbo. Creo que era por lo último, ya que desde muy pequeño siempre he tenido pánico a todo lo relacionado con los muertos y el mas allá, fantasmas y ultratumba. Tal era el caso, que al día siguiente se celebraba el Día de los Difuntos y para mi desgracia no cesaban de tocar las campanas a duelo día y noche durante las veinticuatro horas. Era un suplicio, durante el día con los juegos y distracciones casi no me daba cuenta, pero cuando llegaba la noche ¡¡¡madre mía!!!, era terrible, un verdadero tormento, no podía conciliar el sueño y me metía en la cama tapándome la cabeza con la manta y almohada y ni por esas... ese maldito sonido: din,don, din, dan, donnnnnn¡¡¡¡
Veía muertos y espectros por todas partes, esqueletos visiones espantosas que no me dejaban dormir en toda la noche y daba gracias a Dios cuando llegaba la mañana, cesaban de sonar y pensaba que tendría un año más por delante de descanso, exceptuando en alguna rara ocasión que se repetía lo mismo con el fallecimiento de algún sacerdote del pueblo pero eran casos poco frecuentes que ocurrían muy de tarde en tarde. Esta era la única razón por la que deseaba fervientemente abandonar el pueblo para siempre; lo comentaba con mis padres y ellos me contestaban para reírse de mí que en todas partes hacían lo mismo, no me lo podía creer y soñaba con vivir en un lugar sin campanarios ni campanas que me atormentaran la noche entera; al fin lo he logrado pues donde actualmente vivo (Sóller), que en vez de repicar las campanas a duelo, las ponen a volar por el fallecimiento de alguien y en ocasiones especiales. Me parece extraño y a veces me dan ganas de ir a hablar con el párroco para que me explique el porqué de esta costumbre tan rara y de paso recomendarle que hagan como en todas partes que es lo más normal cuando es para un caso de tristeza y a vuelo para demostrar alegría y jolgorio.

Después de estas fiestas llegaba el invierno y con él la Navidad, otra vez vacaciones,
¡¡¡Que alegría!!!
Estos eran unos días muy deseados para mí, muy felices, de inmensa alegría y en parte también algo triste para muchos niños del pueblo, como en mi caso cuando llegaba el Día de los Reyes Magos.
Contaré primero los motivos de mi tristeza en este día para que también pasen pronto al olvido por lo tristes que fueron; eran tiempos muy difíciles, sobretodo para nosotros y para la mayoría de las familias que éramos pobres y con muy pocos recursos económicos para ciertos lujos que no se podían permitir pues la comida y la ropa estaban en primer lugar y no quedaba para otras cosas. Había tres clases sociales: los ricos (muy pocos) que poseían de casi todo, los pobres y los muy pobres que éramos muchos, gracias a Dios nosotros no nos encontrábamos en el grupo de los muy pobres porque esto ya era demasiado, no tenían apenas para comer y vivían de la limosna; tal era el caso que en cierta ocasión presencié una pelea entre dos hermanos de los denominados “muy pobres” que se disputaban un trozo de chorizo de unos ocho centímetros, después de muchos revolcones, puñetazos y forcejeos, uno de ellos apuñaló al otro con una navaja, (era muy común llevar navaja en el bolsillo hasta los niños de apenas diez años), dejándolo tendido en el suelo sangrando, cuando el ganador de la pelea se puso a buscar el chorizo, éste había desaparecido con el fragor de la pelea atrapado por un perro que casualmente pasaba por allí y desapareció con el trozo entre los dientes; enseguida apareció la Guardia Civil y la Cruz Roja que se llevaron al agresor a los calabozos y al herido a la enfermería. Era muy común que por un pequeño delito como éste se pasara el delincuente varios meses en la cárcel, varios años por un delito mayor y hasta la pena de muerte si se trataba de asuntos políticos. Estaba recién implantada la “dictadura”, era necesario una mano dura para educar y hacer entrar en razón a muchas gentes con muy poca cultura y sed de venganzas.

Como os decía anteriormente y hablando de la Navidad y el porqué yo estaba triste el día de Reyes; nosotros vivíamos en una casa en el centro del pueblo cerca de la plaza, mis amiguetes en la mayoría pertenecían a familias acomodadas, ese día recibían muchos y costosos regalos: triciclos, bicicletas, balones y un montón de juguetes por lo cual a mí me producía una envidia terrible que no podía reprimir y cada año me preguntaba el porqué los Reyes Magos eran más generosos con ellos. (Poco tiempo más tarde me enteré de quienes eran en realidad, lo comprendí y me resigné. El año que mejor se portaron conmigo me dejaron en los zapatos una pistola y un cochecito de hojalata, los que mimé y cuidé durante largo tiempo, tanto que cuando regresé a Mogón por la muerte de mi padre y recogimos todas las cosas para establecernos en Madrid aparecieron dentro de un baúl junto con otros recuerdos de escaso valor a los que ni di importancia y allí se quedaron en la casa donde Pepito continuó viviendo algún tiempo con su mujer y sus hijas. Para mí era muy triste y decepcionante, y supongo que también lo era para la inmensa mayoría de los niños del pueblo que les ocurría lo mismo: Dejar los zapatos con toda ilusión la noche de Reyes, muy cerca de la ventana, ir a la cama con toda la esperanza puesta en el amanecer, durmiendo plácidamente y soñando con aquellas cosas que habías pedido, levantarte rápidamente, mirar hacia la ventana y descubrir que junto a los zapatos no había nada, nada de nada, y hasta en alguna ocasión llegué a inspeccionar los zapatos en su interior por si acaso les había dado la idea de dejar dinero o algo pequeño que yo no podía ver. Decepción y tristeza...

Tal era el estado de miseria y necesidad de aquellos tiempos que os contaré una anécdota que en muchas ocasiones pude presenciar: Cada mañana se reunían en la plaza del pueblo los hombres que estaban sin trabajo, entre ellos podía ver algunos muy jóvenes de no más de 14 años que estaban en la misma situación, aparecían los capataces de los cortijos montados a caballo, y sin apearse comenzaba la contratación para las faenas que fuesen necesarias, elegían a aquellos que eran más fuerte, jóvenes y con recomendaciones, a sabiendas que tenían que permitir ciertos favores que consistía en ceder a sus esposas, hijas, hermanas o novias para la satisfacción del ”señorito” y sus amiguetes... como algo parecido a la “ley de pernada”. Los contratados solían realizar los trabajos más duros del campo, como segar, arar, recolectar la aceituna, etc, jornada de sol a sol y si alguno se negaba a otorgar el favor o petición de su amo no volvía a trabajar más con él y quizás con nadie, ya que se lo comunicaban a otros capataces y nadie les contrataba. Los que no cedieron a ser “cornudos”, por el hambre, o ver a sus hijas violadas y ultrajadas optaban por emigrar a muchos puntos de la geografía española y al extranjero.

De esos muchos abusos vinieron los odios hacia los caciques que en la Guerra Civil se fomentaron muchas venganzas contra ellos, en el bando llamado “Rojo” donde se encuadraban mayormente los obreros y las gentes más humildes aprovecharon el PODER para realizar todo tipo de atrocidades: arrasando campos de cultivo, talando olivos, quemando iglesias, violando a monjas y mujeres de los señoritos y caciques fusilando a muchos de ellos. Después llegaron los del otro bando, “Los Nacionales”, comandados por El General Franco haciendo justicia y tomándose la revancha por lo anterior: mandando al paredón a los que cometieron las anteriores atrocidades, huyendo al exilio los que tenían medios hacia el extranjero y los que carecían se escondían en las montañas, a los que llamaban (los Máquis).

Anécdotas de la Guerra he escuchado muchas: malas, desagradables y hasta divertidas, pues recientemente acabada nuestra Guerra Civil estalló la II Guerra Mundial en la que participaron muchos jóvenes de mi pueblo que cuando yo tenía 12 años, edad suficiente para comprender y horrorizarme de todo aquello, ellos estaban recién venidos de las contiendas diversas y mantenían muy frescas sus memorias: desde las crueles batallas de Teruel, pasando por Normandía, La resistencia de Francia y los que estuvieron en la División Azul al mando del General Muñoz Grandes, donde poco antes de partir les llenaban los macutos de condones y les daban carta blanca para robar, violar, saquear allá donde entraran en campos enemigos de Rusia, atacando al Comunismo que en aquellos momentos era el principal enemigo de España.
Solo contaba con doce o trece años y junto a mis amigos me reunía en los bancos de la plaza alrededor de los veteranos que nos contaban sus hazañas escuchándolas con deleite.
Creo que tan solo contaba con cuatro o cinco años cuando tuve la fatal ocasión de vivir para escuchar los horrores que se comentaban a cerca de la Bomba Atómica. A partir de aquí terminaron todas las guerras pero comenzaron otras peores que se llaman posguerras, donde el hambre y la carestía eran terribles; No había trabajo, escasez casi total de alimentos y ropas.

Son pocos los malos recuerdos que conservo de estas etapas porque gracias a Dios he tenido la suerte de olvidar las cosas malas y solo conservar las buenas, pero no puedo dejar en el olvido las famosas “cartillas de racionamiento” y “el estraperlo”. A cada familia le era entregada una cartilla con unas páginas enumeradas para cada producto alimenticio: azúcar, harina, aceite, etc., esta página tenia unos recuadros en blanco donde se pegaban unos cupones según el producto que te correspondía y cuando estaba llena había que esperar que concedieran otra para seguir comiendo; en la mayoría de las ocasiones estas páginas quedaban sin rellenar por falta de productos, y las grandes colas que se formaban en las puertas de los comercios que anunciaban algún producto reciente, donde la gente esperaba horas y a veces se marchaban a sus casas porque no les había llegado.
También existían cartillas para el tabaco, la picaresca obligaba a los padres a registrar a sus hijos mayores de 18 años que no fumaban para ellos abastecerse; Chicos imberbes iban a los estancos a comprar el tabaco que les correspondía para luego entregarlo a sus padres o abuelos fumadores. El tabaco era ciertamente malo pero no creo que tanto como ahora que contienen aditivos y hasta estupefacientes malignos para enganchar y hacer que se consuma con más rapidez, el tabaco de entonces era negro, se le llamaba negro por su color marrón oscuro y muy distinto al rubio de excelente calidad, sabor y aroma, bastante escaso en el mercado y que solo lo fumaban los pudientes y sibaritas, reservado también para las pocas señoras que practicaban este vicio, el cual no se consideraba entonces como un vicio, sino como un lujo y esnobismo.
El estraperlo campeaba a sus anchas por todos los rincones más escondidos de todo el territorio Nacional: leche condensada, aceite, harina, arroz y diversas legumbres se vendían a precios astronómicos y a escondidas de las autoridades que lo tenían totalmente prohibido, castigando con grandes multas y hasta cárcel a los infractores; se sabía, se conocía y se permitía, pues hasta los funcionarios y las personalidades eran los mejores consumidores al ser más pudientes económicamente, los pobres siempre por su condición no disponían de dinero y por lo tanto nada de esto se podían permitir.

Volvamos a la Navidad.
No todo era tristeza en estos días, sobretodo cuando llegaba el aguinaldo de Madrid; tía Eloisa y mis hermanas tenían la costumbre de enviarnos un gran paquete con turrones, frutas escarchadas, peladillas, frutos secos y hasta alguna botellita de licor que hacían las delicias a nuestros paladares en esos días tan señalados.
Recuerdo un día de Nochebuena que habían venido mis hermanas a pasarlo con nosotros, era la hora de la cena y estábamos todos reunidos en torno a la mesa preparados para dar cuenta de las viandas que había condimentado la buena cocinera de la casa, no sería gran cosa pero las devoraríamos con entusiasmo y buen apetito, con más entusiasmo pensando en los ricos postres. Estábamos un poco tristes porque mi hermano Pepe no estaba con nosotros y era el único que faltaba de la familia, estaba mi padre a punto de bendecir la mesa cuando en ese preciso momento llamaron a la puerta, todos nos preguntamos quién podría ser: ¿será un vecino?, ¿Un mendigo?. Estaba nevando intensamente, unos grandes copos de nieve caían del cielo que apenas en media hora formaron una espesa capa en el suelo y sobre los tejados, desde la ventana del comedor se dominaba toda la calle que estaba muy iluminada y resultaba un espectáculo navideño verdaderamente precioso. Mi padre dijo: Jesús, baja y abre la puerta, si es un mendigo le daremos un plato de comida. De vez en cuando acogíamos a un anciano que se presentaba al caer la noche y le dábamos cobijo para dormir en el mismo portal de la casa proporcionándole algo de la poca comida que podíamos darle. Un día se presentó y parecía estar muy enfermo, mi madre me hizo bajarle un tazón de leche caliente y un mendrugo de pan que con sus manos temblorosas empapaba y se tomaba lentamente, yo le observaba con mucha pena, después le prestaba una manta vieja y se ponía a dormir como un cachorrillo; una mañana mi madre se lo encontró muerto tumbado y tapado con la manta tal como había quedado la noche anterior. Nadie sabía si tenia familia y lo enterraron en un rincón del cementerio en un lugar tan pobre como él, con una cruz de madera sin nombre.
Acordándome de aquel pobre anciano bajé las escaleras con recelo y bastante miedo, cuando abrí la puerta me encontré ante un individuo tapado con una capa y un pasamontañas en la cabeza, todo cubierto de nieve que parecia un desconocido pero al observarle atentamente me di cuenta de que era mi hermano que trabajaba en un pueblo distante y había recorrido varios kilómetros a pié y nevando copiosamente para reunirse con nosotros aquella noche inolvidable que a partir de aquel instante pasamos con gran alegría; comimos, reímos, y nos fuimos a la cama a las tantas de la madrugada agotados de cansancio: Papá con sus relatos, Pepe con sus instrumentos, Carmen con sus poemas, Josefina con las castañuelas acompañando sus danzas y Nines sin parar de hacer el payaso que tanto nos hacía reír.
Se iban mis hermanas, se acabó la Navidad y la vuelta al cole que para mí era la peor pesadilla que desde tres días antes ya me amargaba pensando en ello.

Poco tiempo después se celebraba el Día de La Candelaria. En todas las calles se encendían fogatas y me lo pasaba “chupi”, los chicos saltaban las luminarias, siempre lo intentaba y salía con algún pelo chamuscado como la mayoría, era un espectáculo impresionante ver todo el pueblo resplandeciendo como si se incendiara por los cuatro costados.
Enseguida venía la Semana Santa con la consabida alegría de otras cortas vacaciones. En casi todas las casas se fabricaban toda clase de pastas, bollos, dulces golosinas típicas de esa época. Mi madre me enviaba al horno de Eduardo el panadero para cocerlos y al regresar a casa con ellos aún calentitos algunos desaparecían por el camino que habían ido a parar a mi insaciable estómago. Siempre mi padre preparaba un paquete con una variedad de todos ellos para enviarlos a Madrid.

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