martes, 27 de noviembre de 2007

Ya estábamos instalados en nuestra casita de Aranjuez amueblada modestamente pero resultaba muy acogedora y agradable, situada a las afueras en pleno campo, en una colonia donde vivían otros compañeros, Jefes y Oficiales. Tenía un gran salón –comedor con chimenea, ventanales muy grandes y salida a la terraza trasera, tres dormitorios, una cocina bastante amplia y un cuarto de baño; todo en una sola planta y rodeada por un enorme jardín con varios árboles ornamentales entre los que destacaba un tilo y un sauce llorón.
Los días libres los dedicaba a la remodelación del jardín plantando algunas cosas que faltaban como árboles frutales, rosales, flores y una preciosa pradera de césped.
Estábamos contentos y éramos muy felices paseando por la ciudad y por todos sus inmensos y maravillosos jardines de fama universal, de anchas avenidas pobladas de robustos árboles de todas las especies y a lo largo de la rivera del tajo que cruzaba por el centro de la ciudad. En primavera y otoño era precioso, inviernos muy fríos y veranos calurosos.
Cuando hacía buen tiempo en las tardes soleadas y noches cálidas nos reuníamos unos cuantos compañeros bajo el sauce organizando merendolas y cenas acompañadas de agradables y entretenidas veladas donde contábamos chistes y se hablaba de diversos temas, riendo y pasándolo bien. Todos éramos jóvenes y casi nadie aún tenía niños y el que los tenía los dejaba durmiendo en casa bien controlados visitándolos de tanto en tanto sin miedo a que les pudiera pasar algo, ya que las casas estaban muy cerca las unas de las otras y casi se podía oír el llanto de alguno si estuviera mal.

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