miércoles, 28 de noviembre de 2007

A primeros de diciembre de 1.960 ascendí a cabo 1º que equivalía a Staff-Seargent en la graduación USAF (Unites Estates Air Force) y era tratado con arreglo a mi nueva categoría, me subieron el sueldo a 780 pesetas mensuales, bastante menos que ellos con mi misma graduación que cobraban unos 600 dólares (36,000 pesetas) Cuando un ministro español cobraba alrededor de las 20.000 pts. Imaginaos el nivel de vida que podían llevar con estos sueldazos. Los que estaban casados vivían en los mejores chalets de Zaragoza, tenían niñera, cocinera y doncella; en la Base aparcaban los més lujosos automóviles de aquella época. Los solteros como he dicho anteriormente se desplazaban los días libres hasta las playas de la Costa Brava alojándose en los mejores hoteles, además que todo lo que ellos compraban en sus economatos les salía mucho más barato que en España, todo lo traían de los Estados Unidos, hasta el agua. Aviones C-130 venían cargados a tope de todo lo que necesitaban y desde las bases aéreas partían unos camiones enormes con toda la mercancía.
El barracón donde estábamos alojados estaba frente a las puertas de la cocina y los almacenes, desde allí veíamos descargar durante horas infinidad de paquetes, cajas conteniendo alimentos de todas clases y género para vender en el economato: ropa, utensilios de aseo, golosinas, bebidas, tabaco, etc. Nos daba bastante envidia ver la diferencia que existía entre la cocina española y la de ellos: limpieza y abundancia.
Como ya os dije al principio, entre mis compañeros había de todo: buena gente, maleantes, rateros, jugadores y pendencieros, pero en el fondo todos estos chicos de tan mala fama no eran malas personas y solíamos mantener entre nosotros un buen compañerismo y cada uno a lo suyo. Bueno, el caso es que a alguien se le ocurrió la idea de vigilar durante algún tiempo la operación de descarga y sabía los movimientos y el tiempo que más o menos duraba. El camión solía venir sobre las once de la mañana, se ponían a efectuar la descarga, a hora de la almuerzo lo dejaban para irse todos a comer o a servir la comida los que estaban empleados en la cocina y comedores; En aquel momento estos pillos (incluyéndome a mí en alguna ocasión), aprovechábamos para llevarnos alguna caja de las más fáciles de coger del camión, muy discretamente, vigilando y con el mayor disimulo. Nunca abusamos para que no se dieran cuenta y siempre nos llevábamos cajas que sabíamos eran alimentos; la primera que robamos estaba llena de pavos congelados pero nos las arreglamos para descongelarlos, descuartizar y prepararlos en una cazuela sobre el infiernillo eléctrico a fuego lento, bien condimentado con ajitos, laurel y especias que compramos en el pueblo, estaban de rechupete. Con el tiempo y conociendo la etiqueta de las cajas elegíamos lo que más nos convenía.
Yo siempre he pensado que robar para comer no es un delito y cuando a uno le vino en mente robar una caja de tabaco se lo quitamos inmediatamente de la cabeza pues lo que estábamos haciendo funcionaba y nunca echaron nada en falta, pero el tabaco imaginábamos que en el economato lo controlarían y se darían cuenta, quizás no descubrían quien había sido pero empezarían a sospechar y extremarían la vigilancia. Una vez nos llevamos una caja desconocida que resultó contener una enorme pelota de masa especial para repostería, coño¡¡¡¿y que hacemos con esto?, pues nada, nos pusimos manos a la obra y nos confeccionamos pastelillos y tortas que torrábamos en una sartén, pero aquello estaba sin azúcar y no sabía a nada. La mayor parte de la masa fue a parar al vertedero. Creo que era masa para fabricar pitzzas.

Un caso insólito ocurrió por estas fechas: ya os he comentado anteriormente que entre nosotros había gente de todo tipo, en el fondo buenos chicos y mejores compañeros pero las necesidades apretaban y obligaban a hacer ciertas cosas. En el asentamiento, aparte del club general para todos los que pertenecían como socios, los oficiales disponían de un club privado para su esparcimiento, juegos de cartas, etc.; había un bar que se administraban de una forma parecida al que nosotros montamos en la habitación (autoservicio); la recaudación de la caja la realizaban cada 15 días reponiendo de bebidas y material necesario el encargado de hacerlo, que por supuesto era uno de ellos.
Uno de mis compañeros llamado Andrés Martín García de Salamanca (alias El Rubio), junto con otro paisano suyo Gaspar Castilla Torres (Alias Capone), averiguaron este detalle y acostumbraban entrar a altas horas de la madrugada cuando nadie había en el local y por supuesto no les podían pillar, tomaban algo de dinero sin abusar para que no lo notaran.
Un día que salimos al pueblo nos invitaron a merendar y pagaron en el bar con dólares, esto nos extrañó a los demás pero nadie comentó nada pero mi curiosidad siempre ha sido patente, y sin poder contenerme, cuando llegamos al cuartel medio piripis le pregunté a Andrés con el que tenía buena confianza y presumíamos de ser buenos amigos y me dijo: acompáñame y lo sabrás; ingenuamente le seguí hasta el bar de oficiales y me enseñó la caja totalmente abierta y repleta de billetes de dólar de varias cifras y monedas sueltas.
Me quedé asombrado y al mismo tiempo las piernas me temblaban, le dije: larguémonos de aquí enseguida, si nos descubren nos meten en prisiones militares.
¡Tranquilo hombre!, No pasa nada, nadie se enterará porque cogemos poco y siempre uno vigila y da la señal de alarma en caso de peligro.
Castilla es mi compinche.
Yo le anuncié que no contara conmigo y que sería como una tumba. Jamás lo comenté con nadie.
Pero estas cosas nunca quedan impunes y los descubrieron al poco tiempo de la manera más absurda; no solo esto sino cosas peores y a otros delincuentes más que cantaron. Una mañana antes del relevo Gaspar sustrajo un cartón de tabaco de la bolsa de un oficial americano, éste lo descubrió enseguida y lo denunció. Resultó sencillo atraparle porque viajaba en el bus de relevo y a su llegada le registraron y encontraron el botín, inmediatamente le metieron al calabozo y pocos días más tarde apareció un equipo de investigación de Zaragoza con el teniente Guardiola al frente que tenía buena fama de sabueso al estilo de la GESTAPO; le hizo cantar por soleares; delató al Rubio y a otros que hacían fechorías parecidas y hasta algún atraco en establecimientos y joyerías de la capital aragonesa.
Los robos en las joyerías los perpetraban de la siguiente manera: El Rubio era muy apuesto, de buena estampa, muy elegante y con buen gusto en el vestir; Ligaba mucho y se paseaba con las chicas más guapas y elegantes de Zaragoza, alternaba en clubs, casinos y locales de prestigio de aquella época; además de que poseía un encanto especial y don de palabra, aficionado a la literatura y a escribir poemas con los que enloquecía a sus mozas (la mayoría eran medio plagiados de Bécquer del que era un gran fan) Una vez tuve la ocasión de acompañarle hasta el monasterio de Veruela de la comarca aragonesa junto al Moncayo donde el poeta estuvo recluido un tiempo.
Pues bien: con su estampa de galán y cabellos rubios se hacía pasar por americano y se presentaba en una joyería con la dama de turno que le acompañaba para hacerle un regalo; chapurreando español como un verdadero yanqui miraba joyas de distintos precios y cuando encontraba una de su agrado y cierto valor la escondía pegada a un chicle bajo el mostrador con mucho disimulo, al fin elegía una de poco precio y se marchaban. En algún establecimiento se daban cuenta de la falta y hasta llegaron a registrarles comprobando que nada escondían y con la consiguiente bronca del cliente por levantar sospechas en personas presumiblemente honradas.
Su compinche (Al Capone) se presentaba a continuación solo y con la intención de comprar algo para su novia, elegía una joyita del muestrario y con el mismo disimulo que su compañero metía la mano bajo el mostrador y extraía la joya de buena calidad que posteriormente vendían en el mercado negro de la ciudad.
Una vez le vi luciendo un anillo en su dedo meñique con un diamante como un garbanzo.

La investigación duró varios días, hubo muchos sospechosos entre los que me encontraba yo; un buen día nada más salir de servicio de noche me llaman al lugar de los interrogatorios y me meten en una habitación totalmente solo a la espera de la llegada del teniente Guardiola; llega la hora de comer y me traen el menú del día en una bandeja con un plato de lentejas y de segundo unas albóndigas con tomate, una manzana y un porrón lleno de vino hasta el pitorro ¡nunca lo olvidaré!. Mi tranquilidad era total porque nada había hecho pero en estos interrogatorios militares nunca se sabe, se cometen muchas injusticias, y acordándome de la vez que me metieron en el calabozo siendo inocente, acusado de participar en una partida de cartas sin ser cierto, estaba acojonado, totalmente solo y escuchando voces, gritos y amenazas en las habitaciones contiguas a la mía estaba mucho peor.
Con más hambre que calma tomé la bandeja y me dispuse a dar cuenta de las viandas que se me habían ofrecido, me supieron ricas las lentejas, también las albóndigas, rebañando el plato dejándolo totalmente limpio y me bebí el porrón entero.
El sopor que me entró, cuando las lentejas, albóndigas y el vino comenzaron a dar vueltas en el estómago, es difícil de describir pero podéis imaginar lo que ocurrió a continuación: sobre la única mesa que había en la habitación me tumbé y me quedé dormido a pierna suelta por el cansancio y sueño atrasado de la noche anterior.
Un cierto tiempo más tarde que no puedo recordar entró el Teniente en la habitación dando un portazo y al verme durmiendo exclamó: éste no ha hecho nada porque no dormiría de esta forma si fuese culpable de algo...
Me dejaron salir de allí y aún con el miedo en el cuerpo me fui a mi barracón donde otros compañeros me describieron las noticias que salían del famoso interrogatorio que le pusimos el apodo de “Operación GESTAPO”.
A los culpables los trasladaron a la Base Aérea de Zaragoza fuertemente escoltados y los internaron en los calabozos hasta la espera del Consejo de Guerra.

El Rubio era listo o más bien algo ingenuo o alocado.
Desde su encierro escribía poesías con un seudónimo que enviaba por carta a Radio Zaragoza y se las publicaban en un espacio especial muy romántico que solían escuchar las chicas de corta edad y alguna madurita sentimental y soñadora. Las poesías debieron ser muy románticas y llenas de amor porque enamoró a media comarca; le escribían cartas a cientos dirigidas a la emisora que él jamás recibía debido a su confinamiento y su identidad desconocida; Las cartas las enviaba a la emisora sin remitente y nadie sabía su procedencia ni autor, hasta que un buen día se presentaron en el calabozo dos señores muy bien vestidos, le dijeron que eran abogados y que le sacarían de su encierro que así sucedió pocos meses después. El consejo de guerra se celebró al poco tiempo, ingresaron en prisiones militares los compañeros de fechorías quedando él libre de toda culpa sin saber nadie como.
Un tiempo después paseando por la ciudad veo parar a mi lado un automóvil de lujo descapotable conducido por “El Rubio” acompañado de una bella chavala. Me dijo que subiera y haciéndole caso penetro en el automóvil donde me conducen a un lujoso restaurante y me relata lo sucedido.
El rubio poeta no solo tenía enamoradas a casi todas las mujeres de la comarca sino que hechizó a una con la que se casó nada más salir de su celda.
Esta chica resultó ser la única hija y heredera del dueño de una famosa fábrica de carrocerías (ESCORIAZA) En muchas ocasiones me he acordado de él cuando en infinidad de camiones y hasta en los vagones del metro y trenes he visto estampada la marca (ESCORIAZA ZARAGOZA).
La enamorada chica se lo comunicó a su padre quien contrató a un detective para localizar al galán y con sus influencias le sacó de su encierro.
Años más tarde comentando con otros compañeros y recordando anécdotas del pasado me dijeron que aún seguía con la rica baturra y que Gaspar (alias Al Capone) trabajaba en un puesto importante en la misma empresa.


Llegó a nuestros oídos la noticia de que el Gobierno de los Estados Unidos tenía la intención de compensar a todos los españoles que trabajaban en estas bases conjuntas con un dólar diario. Joder¡¡¡ 30 dólares al mes, 1800 pesetas. ¡no veas!. Esto era cierto pero el orgullo del Gobierno español no lo podía permitir o quizás se lo daban para su distribución y lo repartió como quiso, el caso es que a nosotros no nos llegó ni un centavo.
De vez en cuando nos daban algo, algún paquetito de Navidad, un cartón de tabaco o cosas por el estilo, esto al principio porque más tarde nada de nada.

A partir del ascenso podía gozar de algunos privilegios: primero, ya no estaba alojado en aquel dormitorio común que cuando salía de servicio no me dejaban dormir, regresé a una habitación como la del principio compartida con tres compañeros, podía salir vestido de paisano y viajar en el coche de internos que bajaba a Calatayud todos los días y regresaba a las diez de la noche, dejé mis amistades de El Frasno y conocí a otras nuevas pasando las tardes libres en una ciudad grande y con mejor ambiente.
Los de la Base frecuentábamos una cafetería que se llamaba “El Recreativo”, estaba bien ambientada y era confortable, con una máquina de discos donde metiendo una moneda se podía seleccionar la música preferida. Formé parte de una pandilla de amigos muy alegre y dinámica, hacíamos excursiones, merendolas, reuniones y guateques.
Empecé a tontear con una chica que se llamaba Mary y tenía un pequeño defecto en una pierna, los de la pandilla la llamaban “La Cojica” aunque apenas se le notaba; Resulta que de pequeñita la arrolló una moto y quedó levemente impedida, la primera vez que entramos a una iglesia me di cuenta de que no se arrodillaba, entonces me lo contó y le dije que no tenía importancia; Tenía 18 años y no era fea , la cara muy redondita, los ojos muy expresivos y algo tímida; hija única de una familia acomodada, su padre tenía una fábrica de gaseosas y la exclusiva de varias bebidas: cerveza San Miguel, Cocacola y Fanta entre otras, con un gran almacén desde donde partían los repartidores con unas camionetas hacia toda la comarca, ella trabajaba en la oficina llevando la contabilidad, cuando salíamos de excursión siempre llevaba un enorme termo con bebida muy fresca, consultándome de antemano mis preferencias, yo le decía que lo llenara de cubata y se enfadaba, decía que de alcohol nada de nada, a veces consentía llenarlo de cerveza de barril que estaba riquísima bien fresca y los compañeros que se arrimaban a estas excursiones siempre me decían: ¡coño Montejo, que suerte tienes con “La Cojica” y nos reíamos.

Mi madre vivía en Madrid y de vez en cuando me gustaba ir a verla, para ello me desplazaba desde el cuartel en auto stop.
Podría contaros infinidad de casos y anécdotas que me ocurrieron en los muchos kilómetros que he viajado por este medio pero solo narraré los más interesantes y graciosos.
Siempre viajaba vestido de uniforme, razón por la cual resultaba más sencillo que alguien te cogiera.
A unos 500 metros del cuartel pasaba la carretera general Zaragoza Madrid; Yo me colocaba en un repecho medio cuesta arriba donde los vehículos solían aminorar la marcha, tenía la facultad de poder elegir el medio de locomoción que más me interesara al verlo venir desde lejos, cuando se aproximaba a mí sacaba la mano con el dedo pulgar abierto indicando la dirección en la que se desplazaba, de esta forma le daba a entender mis intenciones de viajar con él. (Esta era la contraseña de los autoestopistas) Además de que teníamos un código de honor que respetábamos al pie de la letra: sobre todo ser honrados, muy amables, darles conversación con prudencia, ayudarles en todo lo necesario durante el viaje y jamás robarles nada. Esto lo solían saber los conductores que no se arriesgaban a coger a cualquiera y sí a un pobre militar uniformado que les ofrecía garantías. En aquellos tiempos no existía la inseguridad y malhechores de ahora, la gente era bastante confiada y ningún caso se dio de la agresión de algún conductor. Eran otros tiempos...
He viajado en vehículos de todo tipo: camiones, coches lentos, rápidos, de mucho lujo y hasta en un carro tirado por una pareja de mulos; esto me ocurrió viniendo de Madrid: me colocaba a la salida de la Capital de España justo en el último semáforo de la Avenida de América, por aquí pasaban cientos de coches con americanos que se dirigían a la Base de Torrejón y desde allí continuaba haciendo dedo (auto-stop) hacia Zaragoza, en ocasiones con varias escalas. Un día sobre las once de la noche me subí en un cochazo de un americano que me dejó en Torrejón, como era bastante tarde pasaban muy pocos coches y empecé a caminar con dirección a Alcalá de Henares, a la entrada del pueblo estaba terriblemente cansado y muerto de sueño, vi un carro que estaba aparcado al lado de la carretera, sin pensarlo me introduje en su interior que se estaba más caliente y me puse a dormir a pierna suelta, despertado de mis dulces sueños noté que aquello se movía, me incorporé dándome cuenta de que el carro estaba enganchado a una pareja de mulas y conducido por un labrador que se dirigía al campo a efectuar sus faenas, no sabía que hacer creyendo que estaba soñando, pero al fin observé que el vehículo se alejaba cada vez más del pueblo, entonces pegué un salto y con el asombro del pobre hombre que no se lo esperaba eché a correr en dirección a mi puesto autoestopero que a esas horas era más fácil encontrar quien me transportara a mi destino.
En otra ocasión tuve la mala suerte de viajar un corto trecho con un par de individuos que viajaban en un “Jaguar” ¡total na!, La carretera aún no estaba reformada en autovía, no era muy ancha y tenía bastantes curvas en las cuales el conductor las tomaba a más de 120 km./h. cada vez que entraba en una le decía a su compañero de asiento: ¡Pepe, te la brindo¡; De tanto en tanto paraban para lo que ellos llamaban “tomar un pelotazo”, a mí me daba apuro decirles que me quedaba en el último bar que pararon, a la quinta parada ya llevábamos unos cuantos “pelotazos encima, pues me obligaban a beber con ellos diciéndome ¡venga chico, demuestra que eres hombre! Y nada... pelotazo va y pelotazo viene, la cabeza me daba vueltas, reanudamos la marcha con el brindis de las curvas y yo cada vez más acojonado, hasta que me vino la idea de dejar caer el gorro por la ventanilla, les indiqué que pararan para recogerlo y una vez en el suelo y recuperado mi gorro eché a correr en dirección contraria hasta que les perdí de vista, al poco tiempo me recogió otro coche que me dejó en mi destino con una medio castaña que casi no me podía tener en pié, me di una ducha fría y se me pasó.
El caso es que yo jamás he sido bebedor, nunca me han gustado las bebidas fuertes con demasiado alcohol, sí un vinillo dulce, anís, moscatel o un par de tintorros nunca me hicieron daño y hasta me entonaban y me sentía mejor pero aquel día con tanto güisqui al que no estaba acostumbrado me hizo estragos, y menos mal que salí pitando de aquellos locos conductores porque quizás nos hubiésemos pegado una buena chufa y tal vez ahora no podría contarlo.
Otro día 31 de diciembre que me dirigía hacia Madrid para pasarlo en casa con la familia me recogieron unos señores con un mercedes, me coloqué en el asiento de detrás entre dos chicas jóvenes, al perecer una era hija del conductor y la amiga hija del acompañante, tal vez primas o yo que sé, hacía un frío terrible, rodeados de nieve por todas partes y placas de hielo en algunos tramos de la calzada pero aquel coche parecía que lo soportaba bien, además de que no iban demasiado deprisa charlando animadamente, dentro del coche se estaba muy confortable, con calefacción y además con una manta muy suave que llevábamos sobre las piernas; Por la conversación que tenían deduje que venían de esquiar del Pirineo Aragonés, yo estaba más silencioso que una tumba, y más silencioso me quedé cuando empecé a notar que las chicas me metían mano bajo la manta, ellas continuaban hablando entre si: Que si fulanito, fulanita, que si tal y cual... etc. Bueno, yo estaba cohibido y más cortado que la leche, pensando en qué pasaría si los de delante se dieran cuenta de lo que allí estaba sucediendo, menos mal que a eso de las dos de la tarde llegamos a Molina de Aragón donde pararon parar comer pues decían que el cordero asado era famoso en ese restaurante. Pararon y las chicas dejaron su faena para apearse del coche, yo les dije que les esperaba en su interior mientras comían pero ellos me insistieron para que les acompañara a comer, se lo agradecí negándome pero insistieron: ¡venga hombre, que los militares pasan mucha hambre, que yo cuando hice la mili adelgacé 14 kilos!. Nos pusimos moraos de cordero lechal regado con un buen tinto del lugar, ricos postres y un delicioso café. Sobre las cuatro de la tarde reanudamos el viaje, yo ya estaba pensando en las niñas, veremos que pasa ahora... pero nada pasó porque al entrar en el coche se pusieron a dormir como dos cosacas con la tripa bien llena. Los señores resultaron amabilísimos porque después de invitarme a la opípara comida al llegar a Madrid me dejaron justo a la puerta de mi casa.

Como estas y parecidas me han ocurrido muchas pero la más gorda me ocurrió una noche que me recogió un camión desde Calatayud hacia El Frasno, a mitad de camino el camión se avería, el camionero se apea y después de examinar y encontrar la rotura despierta a su compañero que estaba durmiendo en un camastro detrás de los asientos, éste adormilado le pregunta: ¿qué pasa? Se ha roto “la mangueta”; yo no sabía que era aquello pero debió ser algo gordo, (mas tarde supe que la mangueta es el eje de trasmisión a las ruedas traseras). El colega empezó a soltar tacos e improperios que me tenían asustado pero más me asusté cuando le pregunta: ¿y éste quien coño es? . ¡Me cago en la puta madre que lo parió!, él es el culpable de todo. Posiblemente eran muy supersticiosos. Se fueron para la cabina y a su regreso los vi dirigirse hacia mí con un enorme destornillador y una descomunal llave inglesa en sendas manos y con muy malas intenciones; llovía a mares, con el poco rato que había permanecido apeado del camión ya estaba totalmente empapado, me quedé muy quieto durante unos pocos segundos y cuando observé que los tenía muy cerca, eché a correr monte arriba y no paré hasta llegar a campo traviesa hasta el cuartel que gracias a Dios se encontraba ya muy cerca. ¡joder! que mal lo pasé...

Accidentes trágicos he presenciado a montones y en ocasiones he colaborado en la ayuda de algunos que los he visto muy de cerca, me han impresionado bastante y relataré los que más me impactaron: En una ocasión que viajaba en un vehículo militar, desde lejos distinguimos una columna negra de humo, al llegar vimos que un coche estaba ardiendo y en su interior se debatía desesperadamente el conductor envuelto en llamas que había quedado atrapado en su interior, su esposa que casualmente salió despedida en el accidente salvando la vida trataba por todos los medios de entrar para salvar a su marido, nada más llegar nosotros y presenciando la escena, la sujetamos para quitarle sus intenciones pues ya era imposible hacer nada por la víctima que al poco rato dejó de moverse quedando totalmente carbonizado.
Otro caso bastante desagradable ocurrió una tarde que nos dirigíamos en el coche de internos de Villatobas a Aranjuez y en una pendiente a la salida de Ocaña acababa de ocurrir un accidente siendo nosotros los primeros en llegar, el coche siniestrado estaba en medio del campo con las ruedas hacia arriba, nos acercamos y vimos a dos personas, un hombre y una mujer, los dos sangraban escandalosamente, la mujer estaba muerta y el hombre se quejaba y respiraba con dificultad, rápidamente nos apresuramos a sacarle del coche, un compañero le cogió de un brazo y de una pierna mientras me decía a mi que hiciera lo mismo, con la mano izquierda agarré de la pierna y con el derecho del brazo notando al instante que éste se le separaba del cuerpo y yo bastante asustado no sabía que hacer en esos momentos tan dramáticos con el brazo de aquel pobre hombre en mi mano, lo solté en el suelo y reanudamos la operación de salvamento. Al poco rato llegó la Guardia Civil y una ambulancia donde metieron a la pareja.
El más impactante sucedió un 22 de diciembre por la tarde, había salido de servicio y me dirigía con mi coche a Madrid; A la altura de Valdemoro tuve que pegar un frenazo brusco al encontrarme con un automóvil en mitad de la carretera con las ruedas hacia arriba, al lado del coche yacía un individuo con la cabeza sangrando y muy cerca del piloto trasero iluminándole siniestramente la cara, en el interior se encontraba otro tipo sin sentido o muerto, sobre la calzada estaban desperdigados un montón de cosas, enseres y viandas típicas para la Navidad a causa del impacto: cajas de polvorones, mantecados, langostinos, frutas tropicales etc., no tuve tiempo en percatarme de lo que tenía delante de mis ojos cuando otro coche se precipitó bruscamente sobre el accidentado, arrastrando a todo lo que pilló por delante incluido el cadáver y al que estaba en su interior, tuve que dar un salto para que no me atropellara a mí también. El recién llegado venía cargado de gente mayor y niños, menos mal que a nadie le pasó nada pero el coche quedó destrozado, enseguida corrí en su ayuda y saliendo muy asustados de su interior sin saber lo que estaba pasando, el caso es que cuando se presentó la Guardia Civil de Tráfico a los pocos minutos pensaban que el accidente había sido causado por la colisión de estos dos vehículos y menos mal que estaba yo allí para decirles lo ocurrido. Mientras tanto llegó una ambulancia y cuando sacaron al hombre que estaba dentro ya era cadáver. Lo pasé bastante mal y me impresionó tanto que en los viajes sucesivos al pasar por ese trecho, durante algunos días aún quedaban restos de las cajas y me recordaba sobretodo al hombre iluminado siniestramente por el piloto rojo y tardé bastante tiempo en olvidarlo.
En otra ocasión llegando a Aranjuez había un camión empotrado en el pilar de un puente, a simple vista no parecía tener importancia, la policía retuvo el tráfico hasta que se solventara el problema ya que el camión impedía la circulación, mi curiosidad hizo que me acercara al lugar del suceso y pude presenciar a los bomberos intentando sacar de aquel amasijo de hierros al herido serrando totalmente una pierda por debajo de la rodilla, porque no era posible evacuarlo de otra manera; sin anestesia ni nada para calmarle el pobre hombre gritaba como un desesperado hasta perder el conocimiento.
Era muy frecuente encontrar accidentes en estas carreteras de primer orden por las cuales no me quedaba más remedio que desplazarme de mi destino a casa y viceversa.
En otra ocasión sobre las cuatro y media de la tarde nada más salir de servicio, viajando en el autobús del relevo encontramos un coche incrustado bajo un camión, inmediatamente paramos por si se necesitaba alguna ayuda y nuestra sorpresa fue al encontrar en el interior del automóvil a cinco chicos jóvenes de los cuales cuatro pertenecían a mi equipo que casualmente practicaron auto-stop con dirección a Madrid. Fue terrible y un duro golpe para todos los componentes de la Base que al día siguiente le hicieron los funerales en el acuartelamiento con todos los familiares y el consabido dolor.

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