viernes, 30 de noviembre de 2007

Este verano cumplí nueve años, después de la recolección sobre el mes de octubre regresamos todos a Villacarrillo donde reanudé mis tareas escolares.
El colegio lo habían trasladado a la otra punta del pueblo, construyeron un edificio nuevo muy confortable y moderno que estaba frente al paseo y junto al cuartel de la Guardia Civil también de reciente construcción. Había seis grados de estudio, como yo estaba tan atrasado por el tiempo perdido, a pesar de que Angelines me dio algunas clases de repaso en nuestro destierro, me colocaron en tercer grado con Don Juan “el gordo” como le llamaban por ser muy obeso pero era muy buen maestro a pesar de que zurraba de lo lindo, tenía una vara de olivo con las que ponía moradas las palmas de las manos y en ocasiones daba unos tirones de las orejas que llegaban a sangrar. Sus calificaciones en los deberes eran ciertamente originales : M (mal), MM (muy mal), C (calamidad) y Z (zopenco) a algún niño le colocó en alguna ocasión ZC (zopenco y calamidad), era el admerreir de los demás, normalmente lo ponía de cara a la pared y con un letrero a la espalda con la calificación obtenida, en ocasiones los ponía de rodillas y en cruz con un montón de libros en cada mano.
Después de la escuela por las tardes iba a su casa a repaso en clases particulares para ponerme a la altura de los demás; en cierta ocasión, como yo era muy grandón, quizás tres o cuatro años mayor que los demás, me pidió que
trasladara una mesa desde una habitación del piso superior a otra dependencia de abajo, con la fatalidad tropezar con algo y caer rodando las escaleras con mesa y todo, pero mi suerte fue que tan solo recibí un golpe en la frente produciéndome un gran chichón que Don Juan intentó curarme colocando una moneda de un duro (cinco pesetas), que tenía un tamaño considerable, atado con un trapo a modo de venda para atajar la hinchazón y me mandó a casa con una nota para mis padres, al poco tiempo el dolor se había calmado, y más pensando en que cuando me retiraran el vendaje podría quedarme con la moneda, era mucho dinero para un niño de nueve años, imaginad que podías comprarte un paquetón de pipas por solo cinco céntimos y un duro contenía 40 monedas.
Pagaba 25 pesetas al mes por dos horas de clase diarias. Desde el día del chichón aquel maestro me tomó mucho aprecio, me enseñó todo lo necesario para recuperar lo perdido y en sus calificaciones nunca más pude ver la M; MM, C ni Z, sino todo lo contrario, todos mis cuadernos estaban plagados de B (bien) y MB (muy bien), que me llenaban de orgullo y satisfacción.
Al año siguiente pasé a cuarto curso con D. Francisco, era un maestro joven y muy recto pero enseñaba muy bien.
En septiembre hice la Primera Comunión, durante los meses de julio y agosto me estuvo preparando Julito Rubiales (hijo del juez) que era seminarista y en la actualidad es el Párroco de Villacarrillo. Con él aprendí a rezar y el catecismo que no me gustaba nada pues había que saberlo de memoria y esto me resultaba muy pesado. Intentó que ayudara a Misa, cosa que no consiguió. En cierta ocasión que habló con mis padres, les comentó la posibilidad de ingresar en un seminario para hacerme sacerdote, a lo que me negué rotundamente, y ¿ adivináis porque?, pues sencillamente porque había oído en algún sitio decir a alguien que a los curas los capan...

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