viernes, 30 de noviembre de 2007

De aquel colegio cuando tenía más o menos seis años pasé a otro de Jesuitas que se llamaba “AVE MARIA, estaba a bastante distancia de mi casa y siempre iba caminando, en invierno con intenso frío, y al principio del verano hasta las vacaciones que solía hacer mucho calor. Era muy niño pero cierro los ojos y veo todo con clara nitidez: el edificio de la escuela, las aulas, el patio, los profesores y hasta algún compañero me viene a la mente.
Mi primer profesor se llamaba Don Antonio Torreblanca, era muy bueno y un excelente maestro, le encantaban los niños y nos enseñaba todo a base de cánticos, la tabla de multiplicar, los reyes Godos, geografía y otras cosas más; lo que más me gustaba y me quedaba fascinado era cuando nos relataba los pasajes del Evangelio y la Historia Sagrada, parecían cuentos y me encantaban; yo salía a la pizarra cada día para dibujar las distintas escenas de todos estos temas, que luego mis compañeros los copiaban en sus cuadernos. Era una buena forma de ganarme la simpatía de todos los profesores, que cuando su fama era de “duros”, aflojaban su mano a la hora de los capones. Nos enseñaba a contar con palillos; nos hacía construir paquetitos de 10, 25, 50 y 100 y de esta manera aprendíamos a sumar, restar, multiplicar, dividir y el sistema métrico decimal.
Había un gran patio al que salíamos al recreo, media hora por la mañana y otro tanto por la tarde, a veces hacíamos gimnasia y practicábamos los juegos propios de aquella época: las cuatro esquinas, el burro, piola y “cibilicerra”, este último fue el que menos me gustó cuado lo practiqué por primera vez, ya que al desconocerlo pagué la novatada.
Yo estaba recién llegado de “El Cortijillo” por una de aquellas ausencias y era bastante inocente y palurdo, me las di de sabihondo por el hecho de conocer muchos nombres de frutas y hortalizas al haber estado familiarizado con el campo y sus cultivos, y me dije antes de comenzar el juego ¡en esto seguro que gano yo!. Nunca imaginaba lo que me podría esperar.
Participaban en él muchos niños y consistía en que uno de ellos al que llamaban “ la madre” tomaba un cinturón por la hebilla y el resto agarrábamos un trozo de la correa, entonces “la madre” decía en voz alta ¡CIBILICERRAAAA¡ y todos contestaban:
¡QUE FRUTO ECHA¡, “la madre” hacia un comentario sobre uno de los muchos frutos u hortalizas que se cultivan en el campo, por ejemplo: . Los chicos nombraban varios frutos hasta que uno de ellos acertaba diciendo: ¡CALABAZA¡, la madre a continuación decía: ¡calabazazo y medio¡. Rápidamente el que acertaba tomaba el cinturón y se liaba a latigazos con los participantes. Todos corrían para librarse de los cintazos, cuando el que tenía el cinturón se alejaba lo suficiente, la madre gritaba: ¡VIVA EL REY DE LOS ESCARABAJOS¡. Entonces cambiaban las tornas y los golpes los recibía el del cinturón que debía regresar hasta la madre y repetirle el nombre del fruto, que a veces se le olvidaba y recibía golpes por todas partes hasta que el maldito nombre le venía a la cabeza.
Tengo tan mal recuerdo de este juego debido a que cuando acerté por primera vez y a consecuencia de mi ignorancia, me alejé tanto de la madre que no llegó a mis oídos el “viva el rey de los escarabajos”y me molieron a sopapos.
Nunca más volví a jugar a CIBILICERRA.


Pasé un par de cursos en este colegio hasta que un buen día de invierno al llegar por la tarde a casa me encontré que estaba llena de un montón de cosas: postes de madera, rejillas de alambre, una pila de sacos de pienso y otros artilugios al parecer para montar una granja. A los pocos días tuve que dejar el colegio porque mi padre había dispuesto el traslado de todas estas cosas que fueron cargadas en un camión y con toda la familia encima nos fuimos a “El Cortijillo” con la idea de poner en funcionamiento dicha granja. Allí pasamos el primer invierno más terrible y desolador pues el jefe de la familia nos abandonó en aquel triste lugar, con la casa tan pequeña, fría y medio en ruinas, sin aseo baño o nada parecido para hacer las necesidades corporales más importantes y cuando te apretaban las ganas tenias que salir corriendo a cualquier hora a poner el culo a la intemperie en el lugar más cercano pero siempre alejado de la casa.
Dejó todo aquello sin montar, nos comimos todo lo comible y quemamos todo aquello que podía arder, incluidos los postes con los que había que montar la famosa granja. Cuando el aspirante a granjero regresó hacia mediados de la primavera con la idea de empezar su industria avícola, encontró aquel panorama tan desolador que se volvió a marchar, menos mal que nos trajo víveres y algo de dinero. No regresó hasta bien entrado el verano. Mientras tanto pasábamos el tiempo lo mejor posible dedicándonos a las distintas tareas y ocupaciones propias del lugar como unos colonos que acaban de aparecer en una tierra desconocida.
Mi madre, Pepe, Angelines, Enrique y yo éramos los únicos componentes de aquella extraña expedición, sin un jefe que nos orientara y perdidos en aquella isla desierta.

Teníamos un hortelano-medianero que le llamaban de mote “kiko pelaespigas” con su mujer Narcisa y una hija adoptiva de unos 16 años llamada Isabelilla. Ellos cuidaban y efectuaban todas las faenas del campo y de la huerta repartiendo con nosotros al 50% todo lo que se cosechaba. Narcisa nos regaló una coneja preñada y una gallina que ya estaba incubando; A los pocos días la familia aumentó con una camada de preciosos gazapos y una quincena de polluelos, rodeando y siguiendo a la madre picoteando aquí y allá por los alrededores de la casa. Con el tiempo fueron creciendo y multiplicándose hasta que casi sin darnos cuenta teníamos formada una pequeña granja, sin postes ni telas metálicas, a la intemperie y durmiendo en un pequeño cobertizo que entre todos construimos a base de adobes de barro en un costado de la casa, con unas rudimentarias vigas de madera de árboles cortados a la orilla del río y paja en el tejado. La fabricación de adobes resultaba sencilla y me gustaba a pesar del trabajo; consistía en practicar un hoyo en el suelo dejando la tierra removida en el mismo lugar, luego se le añadía paja, agua y se mezclaba formando una espesa pasta que se introducía en unos moldes de madera de aproximadamente 50X30 cm.; éstos moldes eran colocados en una explanada de tierra aplanada y bien expuestos al sol, una vez rellenos con la pasta se retiraba el molde a continuación y quedaba formado el adobe que secaba al intenso sol del verano en dos o tres días; posteriormente con estos adobes se construían las paredes de las casas y edificios necesarios de poca altura, posteriormente se enlucía con un mortero de cal mezclada con arena formando una capa cubriendo al adobe y preservándolo de las lluvias.

Uno de mis trabajos consistía en cortar hierva para los conejos, que hasta ya me conocían y comían en mi mano; de vez en cuando desaparecía alguno que mi madre preparaba al ajillo o guisado con patatas, o algún pollo que le cortaban el pescuezo terminando su triste vida en la cazuela, mientras tanto las gallinas que no dejaban de poner huevos con los que también mi madre solía hacer ricos platos, dulces y cremas.
Aquel verano mi hermano Pepe salvó de ahogarse en el río a la hija de un vecino y en agradecimiento nos regalaron una cabra de color negro que le pusimos de nombre “MORA”. Pasado un cierto tiempo “la Morita” trajo al mundo dos hermosos cabritillos (macho y hembra) y por fin pudimos desayunar un buen tazón de leche todas las mañanas remojado con unos picatostes o sopas de pan.
Ya teníamos leche, queso, carne, aves, huevos, conejos, aceite, harina y todo lo que la huerta produjo durante aquellos tres o cuatro años en los que mi padre solo aparecía de tarde en tarde y sobretodo los veranos acompañado de mis hermanas Carmen y Josefina que residían y trabajaban en Madrid con Tía Eloisa y daban buena cuenta de nuestras reservas en la despensa, pero a pesar de esto, en verano nunca faltaba de nada: hortalizas con las que se hacían conservas e infinidad de frutas de las que se secaban los sobrantes y se guardaban para los largos inviernos que resultaban ser bastante tristes, sobretodo los días de lluvia, todos metidos en aquella pequeña casa y arrimados al calor de la lumbre. Dos pequeñas ventanas, una en cada dependencia producían algo de luz y ventilación, las cuales se abrían muy a menudo para ventilar el intenso humo que a veces producía la leña aún verde que se quemaba. Aquella primavera mis hermanos tuvieron la genial idea de agrandar las ventanas y colocarles unos cristales por los que penetraba una intensa luz, ya no estábamos como en una cueva con la puerta siempre abierta o alumbrados por las llamas del fuego o la tenue fosforescencia del candil.
Los días lluviosos y de intenso frío resultaban aburridos por lo que pasábamos largas horas arrimados a la lumbre, Pepe tocaba su bandurria, Angelines hacía alguna payasada y los demás mirábamos, reíamos y estábamos relativamente entretenidos. De igual manera que hacía mi padre, antes de ir a dormir se leía algún capítulo de un libro a la luz del candil, Enrique y yo repasábamos la única enciclopedia que nos dieron en la escuela para no olvidar lo poco aprendido.
La leña para mantener el fuego encendido escaseaba algunas veces y los tres varones de la familia nos desplazábamos hasta el monte para traer y acumular lo que buenamente podíamos, porque a pesar de que en nuestra finca había árboles y olivos, el primer invierno nos liquidamos casi todas las existencias. No creo que mi ayuda sirviera de mucho porque no tendría más de cinco o seis años, de lo que si me acuerdo muy bien es cuando mis hermanos cortaban ramas de olivo, romero y retamas que hacían unos grandes haces bien atados y yo me encargaba de hacerlos rodar por la ladera que caían al calar y desde allí hasta la casa, donde se amontonaba en la era para irla consumiendo. La mayor parte de la leña estaba verde, razón por la que producía gran cantidad de humo espeso que se pegaba en la ropa y el olor aunque ciertamente molesto también resultaba agradable.
Algunas veces pasaban por el camino arrieros leñadores con excelente madera para quemar, de encina, olivo y otros árboles del monte; mi madre les trucaba alguna carga por huevos, conejos o algún hermoso gallo.

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