miércoles, 28 de noviembre de 2007

En Calatayud hice amistad con un individuo muy singular que era medio químico y hacía experimentos diversos, entre ellos se dedicaba a disecar animales de todas las especies; nos pusimos de acuerdo para alquilar un pequeño local en los bajos de una vivienda que tenía dos dependencias: una que daba a la calle con un ventanal escaparate y otra a continuación que era la trastienda o almacén y dormitorio; pagábamos 150 pesetas cada uno al mes con derecho a electricidad y un pequeño aseo en el pasillo.
En la primera dependencia había estanterías sobre las que colocábamos los objetos a la venta: animales disecados de casi todas las especies, objetos diversos y hasta un par de calaveras auténticas y un esqueleto en un rincón por los que jamás tuve miedo (extraño), y lo más insólito es que debajo justo de la cama un día encontré un cajón de madera repleta de huesos humanos y calaveras que mi socio tenía previsto montar en un futuro; curioso también, dormía sobre un montón de despojos humanos sin recelo alguno.
Allí montamos una pequeña industria de souvenirs para vender a los Yankis: animales disecados, cuernos de toros, banderillas, capotes, muletas, carteles taurinos, castañuelas, muñecas vestidas de baturra y de gitana y por supuesto mis cuadros que pintaba en mi nuevo y flamante estudio, tradicionales como los de siempre pero mejorados y de superior calidad.
Las banderillas las confeccionábamos nosotros con palos de escoba que adquiríamos en un almacén, las decorábamos con papelitos de colores y le colocábamos un pincho o aguijón fabricado por un herrero, manchado de pintura roja imitando la sangre del toro recién lidiado. Sobre una especie de metopa o escudo de madera colocábamos un par de cuernos que adornado con fieltro y un cartelito en metal con el nombre del toro y el matador, todo inventado por nosotros, ejemplo: “RETOZÓN” 530 KG. LIDIADO POR EL CORDOBES EN LA PLAZA DE TOROS DE ZARAGOZA EL DIA... A veces por encargo le colocábamos el nombre de algún americano para luego presumir o darse postín en su pueblo; se vendían a 10 dólares. La materia prima nos la suministrábamos en los diversos mataderos de la comarca que por supuesto pertenecían a reses sacrificadas para carne y nada tenían que ver con una plaza de toros. Los carteles taurinos los adquiríamos en una tienda de Madrid junto con los capotes y las muletas, las castañuelas y las muñecas nos las mandaban de una fábrica de Valencia, de mala calidad pero muy bien vestidas y adornadas con madroñitos de colores y se vendían diez veces más del precio de compra.
Cada 15 días montaba un tenderete-exposición en el club y a vender.
Calculo que llegué a vender en aquella época unos 1000 cuadritos que se fueron repartiendo por toda la geografía estadounidense y hasta es posible que alguno esté colgado en alguna choza del Vietnam, debido a los muchos Yankis que mandaron a la guerra, murió en combate o se lo olvidó al recoger sus pertenencias.

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