Recuerdo un año, pocos días antes de la feria que mi padre me dio tres “duros” (15 pesetas) para comprar un pan de “estraperlo” y escaseaba tanto que valía carísimo, casi el triple del jornal de un obrero de aquellos tiempos; pues bien, en el camino hacia la panadería que estaba algo lejos, me entretuve jugando o yo que sé lo que pasó, el caso es que lo extravié y regresé a casa sin pan y sin dinero. Aquella noche la cena fue a palo seco y la cosa no terminó así, ya que mi padre me requisó la hucha y me castigó sin salir de casa mientras duró la feria. Fueron unos días muy tristes y amargos, desde el balcón veía a todos los chicos con sus mejores galas dirigirse hacia los diversos acontecimientos que a todos tanto nos divertían y habíamos esperado con el mayor deseo durante todo el año. Algunos conocidos y amiguetes me invitaban a ir con ellos pero me era imposible, si lo hacía y mi padre se enteraba era mi perdición, aunque mi madre que siempre fue muy buena y caritativa me dejaba salir algún momento aprovechando que mi padre en aquellas fechas tenía mucho trabajo como fotógrafo y tenía instalada una galería en el ferial para aprovechar la ocasión que la gente era cuando más se retrataba... solía haber bodas, las mozas se vestían sus mejores galas y en general era cuando se podían gastar algún dinero en cosas como aquellas que no estaban consideradas de primera necesidad y reservaban para la feria.
Todos los años venían mis hermanas de Madrid para pasar el verano con nosotros, era un acontecimiento que esperaba con ansiedad y me ponía muy contento porque me traían regalos y normalmente nos íbamos al “cortijillo” donde lo pasábamos estupendamente, a veces venía con ellas algún amigo o amiga aumentando la familia y el jolgorio era aún mayor. Se organizaban excursiones a la sierra, a casa de Pedro el Civil y Al Saladillo, que eran unas fincas donde mi padre tenía amigos. El jefe de la casa siempre encabezaba la marcha dando instrucciones y consejos como buen montañero y senderista de mucha experiencia. Siempre portaba un palo largo en la mano y un gran macuto a la espalda donde se transportaban las viandas para la merienda, casi siempre acampábamos cerca del río donde después de darnos un soberano y refrescante chapuzón nos sentábamos a comer sobre la hierva fresca, a continuación una siestecita, tertulia y de regreso a casa. En ocasiones la excursión duraba todo el día y regresábamos al anochecer con buen apetito para la cena que ya nos tenía preparada la mejor cocinera de aquellos lugares. Solíamos caminar despacio, como mi padre aconsejaba: pausadamente para no cansarse y admirar el panorama, siempre entonando canciones que él nos enseñó, canciones de caminante, también pausadas como nuestros pasos y llevando el ritmo.
jueves, 29 de noviembre de 2007
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