jueves, 29 de noviembre de 2007

Pasó el verano y con gran tristeza me incorporé de nuevo a mis quehaceres militares, seguía con el mismo ritmo de trabajo, disciplina y estudios, cada vez se me hacía más duro aunque ya me estaba acostumbrando a la disciplina y régimen militar que era muy severo.
A menudo se cometían injusticias y pagaban justos por pecadores; en cierta ocasión que a alguien le faltó dinero de la taquilla, nos sometieron a un registro y en una de ellas encontraron que el propietario tenía guardada cierta cantidad, le preguntaron por su procedencia y se le ocurrió contestar que lo había ganado jugando a las cartas, y como el juego estaba prohibido, le hicieron declarar los nombres de los participantes en la partida, como supuestamente él fue el ladrón y siendo el castigo más severo por robo, seguramente se le vino a la mente decir aquello para librarse de hasta una expulsión y nos involucró a tres compañeros más que no tuvimos nada que ver en el asunto, a los cuatro nos metieron un mes de calabozo.
El calabozo era como una cárcel situado dentro de las dependencias del cuerpo de guardia, con ocho celdas y sus correspondientes barrotes de hierro y puertas blindadas con un fuerte cerrojo, estaban abarrotadas de arrestados que habían cometido diversos delitos propios de un cuartel, la mayoría de ellos sin importancia pero la disciplina se mantenía a base de mano dura; cada celda estaba diseñada para cuatro personas pero estaba ocupada por el doble, teníamos que dormir en el suelo sobre una sucia colchoneta, sin sábanas y tapados con una manta, amontonados, pegados los unos a los otros y aguantando los malos y diversos olores propios de personas que no se lavan y se sueltan cuescos a placer; en un pequeño comedor nos servían el rancho, siempre escoltados por los soldados de la guardia, en ocasiones nos dejaban salir a la calle en grupos de cuatro para que nos diera el aire y en alguna ocasion nos enviaban a realizar trabajos forzados en la granja, plantar árboles por todo el cuartel, etc. Las muchas horas que pasábamos dentro de la celda procurábamos entretenernos en algo, normalmente jugar a las cartas si no nos las requisaban, ya procurábamos tenerlas bien escondidas; como no teníamos dinero para hacer las apuestas nos jugábamos “coscorrones”, un día de mala suerte terminé con un chichón que me estuvo doliendo varios días. Ya estaba metido en el vicio del tabaco y como allí escaseaba bastante me las ingeniaba para matar el “mono” de la mejor manera posible, muchas veces fumábamos un cigarrillo entre varios dando una calada por riguroso turno. Un día que no tenia nada para fumar se me ocurrió alargar la mano entre los barrotes de la ventana y coger unas hojas de acacia, secarlas en una estufa, envolverlas con un trozo de papel de una novela, me supo a rayos pero me calmó el “mono”.
En el calabozo había gente de todas las calañas: inocentes gilipollas como nosotros, ladrones, rateros, pillos, desertores y hasta un cabo legionario de avanzada edad acusado de asesinato que fue capturado en Madrid y lo metieron allí en espera de ser trasladado a una prisión militar hasta el Consejo de Guerra. Recuerdo que tenía un aspecto de facineroso, era muy moreno de tez y cara de bruto, todos le teníamos bastante respeto y acojone, era el cabecilla y nos mantenía a raya haciéndose el propietario de todo lo poco que allí había con todo el descaro; estaba solo en una celda dependiendo directamente del oficial de guardia, le mantenían encerrado todo el día a excepción de las comidas, donde en una de ellas aprovechó la ocasión de arrebatarle el arma a un centinela y se puso como un loco amenazando a todos, menos mal que uno de los arrestados le hizo frente y con un mamporrazo lo desarmó, fue reducido e inmediatamente conducido a la prisión. El valiente que se atrevió a tal hazaña demostró tener un par de huevos, era compañero de mi promoción y estaba allí por sospechoso de un robo en el estanco de la escuela, posteriormente desertó antes de ser juzgado, posteriormente supimos que se enroló en la Legión Francesa alcanzando la categoría de capitán en la campaña de Argel.
Esto ocurrió a principio del mes de diciembre, fecha que nos favoreció debido a que el día 10 se celebraba la festividad de la Patrona de Aviación y todos los que no estaban sujetos a procedimiento fuimos indultados saliendo del calabozo el mismo día de la fiesta patronal al toque de diana. A esto le llamaban , era un espectáculo atípico y digno de mencionar, ver a unos 50 tíos caminando con la colchoneta a la espalda el trecho que nos conducía desde los calabozos a nuestras dependencias habituales, cantando y locos de alegría por abandonar aquel infierno.
En realidad éramos gente buena y noble, chicos muy jóvenes y traviesos que en éstos lugares había que emplear ciertos métodos con dureza para mantener la disciplina y el buen orden.
Otro castigo muy frecuente que se utilizaba como correctivo era el corte de pelo al “cero”, cualquier cabucho de mierda por cualquier pequeña falta te enviaba a la peluquería, por lo que se podían ver cabezas peladas por todas partes, especialmente destacaban las cabezas rapadas dentro del comedor que todos estábamos descubiertos y realmente resultaba un espectáculo.
A mí me lo cortaron en dos ocasiones, porque a decir verdad, nadie se escapaba de la maquinilla siniestra.

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