miércoles, 28 de noviembre de 2007
En la cumbre de la montaña donde estaban las instalaciones del radar había una vieja y desvencijada caseta que utilizaron los obreros cuando construyeron la base que posteriormente abandonaron; tenía una puerta medio caída, una ventana sin cristales, las paredes de ladrillo sin enfoscar y el suelo de tierra apisonada. Me apropié de ella con el propósito de montar mi estudio de artista principiante sin pedir permiso a nadie y nada pasó, pero si pasaba más frío que en una nevera porque a pesar de comenzar a habitarla hacia mediados de la primavera, en esa montaña a más de 1500 m de altura no se conocía el calor ni en pleno verano, por lo que me vino a la mente la idea de acondicionar el pequeño local de manera para no pasar frío y comencé a revestir las paredes con tableros de madera introduciendo infinidad de papeles de periódicos y revistas en un hueco dejado a propósito entre pared y tablero para aislarlas; aquello no resultó suficiente, porque además no disponía de luz eléctrica, tenía que pintar con la luz que penetraba por la puerta abierta y en ocasiones entraba la ventisca hasta mis pies, de manera que a los pocos días y después de mi concienzudo trabajo abandoné el mal hallado estudio regresando al barracón donde se estaba confortable y acompañado por gente civilizada, porque la soledad de aquella caseta era tan deprimente que hasta la inspiración se me desvanecía nada más entrar.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario