jueves, 29 de noviembre de 2007

En la época de la siega se recolectaba el trigo, la cebada y los garbanzos, amontonando los haces de mies en la era y con un trillo tirado por un burro o una mula se daban vueltas y más vueltas hasta que estaba triturado y a punto de aventar, faena que solo se hacía cuando el viento soplaba de manera adecuada, ni demasiado fuerte ni flojo. A veces en la hora de la siesta reinaba en aquel valle un silencio tan profundo que solo se oía el canto de la cigarra y en cuanto corría algo de brisa inmediatamente se aprovechaba para aventar. Era un trabajo un tanto pesado pero tenía su compensación al final de la cosecha cuando ya el grano estaba limpio, se envasaba y se llevaba al molino sobre los lomos del burro, donde a cambio nos proporcionaban esa blanca harina de candeal con la que se elaboraba el pan y los sabrosos dulces y pastas.
Se solían hacer hornadas de hasta 30 panes (hogazas) que se metían entre harina y en unas tinajas de barro para conservarlo varios días. Eran unas hogazas grandes, doraditas por fuera y muy blancas por dentro que se conservaban hasta casi 15 días, jamás se ponía duro ni correoso, al partirlo parecía reciente y siempre estaba riquísimo, o quizás a mi me lo parecía por el hambre que arrastraba, a esas edades siempre se tiene hambre y más después de estar todo un día correteando y haciendo ejercicio por aquellos ríos y montañas. Mi padre tenía una vieja costumbre de familia: al cortar el pan siempre hacía una cruz con el cuchillo. Decía que el pan es La Gracia de Dios que jamás debe faltar en una mesa.
Siempre comíamos a la intemperie, tanto el desayuno, el almuerzo y la cena se hacían bajo el cobertizo, a excepción de que hubiese alguna tormenta o evento meteorológico que lo impidiese. No había mesa, se colocaba la sartén o cazuela sobre unas trébedes y todos sentados a su alrededor practicábamos el sistema de “cucharada y paso atrás”. Cuando había una comida con tajadas mi padre decía: ¡arrastro! (Quería decir que pinchaba una de ellas), los demás le imitábamos para de este modo comer todos por igual, así se evitaban a los espabilados que pinchaban más tajadas que arroz o patatas.
Muy a menudo se preparaban las famosas “migas” con pimientos fritos y torreznos, con chorizo y morcilla o con uvas que estaban buenísimas. En alguna ocasión se hacían para el desayuno añadiéndoles leche azucarada, se las llamaba “migas canas”y también estaban de locura.
Nunca supimos el verdadero nombre del hortelano al que todo el mundo llamaba “Kiko Pelaespigas” y el porque de su apodo, era un hombre muy bueno, trabajador, honrado y un excelente conocedor de su oficio, de él aprendí muchas cosas y secretos del cultivo de la huerta. A menudo soltaba fuertes palabrotas a las que la mayoría de nosotros no estábamos acostumbrados y cuando a veces le preguntábamos si le gustaba el vino, repondia: ¡me cago en Dios, más que el agua! En ocasiones por la noche solía hacer ruidos extraños por los cañaverales o en el olivar y nos despertaba diciendo que había visto sombras sospechosas, que podrían ser “maquis” (fugados de la guerra del bando perdedor que se escondían en las montañas para aparecer en los cortijos con la sola intención de pedir comida y eran muy perseguidos por la Guardia Civil, que en ocasiones se los cargaban a balazos en el mismo lugar donde los encontraban), nos tenía acojonados, hasta que mi padre descubrió que lo hacía para hacerse el importante.

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