miércoles, 28 de noviembre de 2007

Aquello para mí fue una experiencia asombrosa y alucinante; al entrar en aquel edificio bunker custodiado por un policía militar exigiendo el pase de entrada a la zona técnica, me pareció introducirme en una película futurista. Todo lleno de extrañas máquinas, pantallas, paneles y teletipos en los que se encontraban trabajando personal americano perfectamente uniformados ocupando sus respectivos puestos y hablando en inglés que con mis pocos conocimientos no entendía ni papa. Un intérprete con la graduación de cabo de origen puertorriqueño estaba siempre a nuestro lado y nos mostraba todas las instalaciones, hizo las presentaciones y nos condujo a la sala de conferencias donde el sargento Harrison de origen apache, con un montón de condecoraciones y que chapurreaba español nos dio una charla indicándonos cual sería nuestra misión a partir de aquel momento; un detalle curioso me llamó la atención, lucía un grueso anillo de oro con una pepita adosada del mismo metal puro del tamaño mayor que un garbanzo; otro detalle que me asombró fue que un día dándonos a conocer los lugares en los que había estado destinado y en varias gerras, colocando banderitas de colores sobre un mapa mundis abarcaba casi todo el globo terrestre; había sido piloto de cazas llegando al grado de Teniente Coronel y por problemas fue degradado pasando a ser en ese momento a sargento mayor.

Había que realizar un entrenamiento previo para cada puesto de trabajo con cuatro niveles: I, II, III, V y VII. Comenzamos por el nivel I con una duración de tres meses, nos entregaron unos manuales en inglés y a trabajar: Ocho horas de estudio y entrenamiento intensivo rotando por todos los puestos de trabajo como aprendiz, seis horas de inglés a la semana impartidas por el profesor Mr. Vallejo, el puertorriqueño que se llamaba Joe Pagán y el sargento Harrison se encargaban del resto.
A los tres meses hicimos el examen final obteniendo el nivel I y pasamos a trabajar a la Sala de Operaciones formando parte de uno de los tres equipos: Alpha, Bravo y Charlie.
A mí asignaron el equipo Bravo que estaba formado por unos 40 hombres de todas las graduaciones y razas: Dos oficiales controladores, varios sargentos, cabos y soldados especialistas; los había rubios, pelirrojos, negros y mulatos; de origen inglés, irlandés, indios cobrizos y africanos.
Transité por las posiciones de trabajo acorde con mi nivel ocupando las posiciones que me eran asignadas rotando cada hora con los americanos del equipo, seguía estudiando y practicando en los puestos del nivel III.
Los turnos de trabajo consistían en tres días de ocho horas tarde o noche, a continuación un día libre, luego hacíamos tres días también de ocho horas por la mañana y después nos daban tres días libres.
Los días libres eran sagrados para los americanos que se largaban a sus casas los casados y los solteros se perdían a donde les apeteciera, solo eran llamados en caso de alerta, para ello tenían que encontrarse localizados. Disponían de dinero y podían permitirse muchos lujos como desplazarse a las playas de la Costa Brava, a Zaragoza, Madrid etc. Nosotros teníamos que aguantarnos y quedarnos en el cuartel, respetando los horarios de Diana, comidas y formaciones para pasar lista etc. Nos contentábamos con salir alguna tarde al Frasno con solo dos bares como diversión más atractiva donde nos echábamos una partida de cartas y tomar unos vinitos de la tierra, cuando nos llegaban los fondos nos preparábamos alguna merendola. Los domingos por la tarde había un salón de baile (antes recinto de cabras), donde ponían música en un anticuado tocadiscos y bailábamos pasodobles, valses, tangos y alguno moderno que empezaban en aquella época como el Rock and Roll, Twist, y La Yenka. Paulanka, Elvis, y el Duo Dinámico nos deleitaban con sus bonitas melodías. Bailabas si tenías pareja, para ello tenías que elegir a una de las mocitas que más o menos era guapa o te gustaba, estabas al acecho y unos segundos antes de comenzar la pieza musical la invitabas a bailar, en muchas ocasiones te decía que no, te ibas a otra y así sucesivamente hasta que encontrabas a una dispuesta a los pisotones, pues la verdad es que el baile nunca se me dio muy bien pero me iba defendiendo, sobre las diez de la noche terminaba la fiesta y a veces acompañabas a alguna jovencita a su casa. Un día acompañé a una que se llamaba Petrica (diminutivo de Petronila en jerga aragonesa); en aquella región suelen usar para los dimitutivos la terminación ico, ica: (Marianico, Pilarica)
Congenié bien con aquellas gentes que a los militares nos admitieron con agrado y en más de una familia deseaban que sus hijas se casaran con un militar que podía sacarlas de la miseria del pueblo y los trabajos del campo donde Petrica trabajaba y ayudaba a las faenas de recolección en las pequeñas tierras de sus padres: olivos, viñedos, cerezos y alguna plantación de fresales que por allí se daban muy bien. Hice amistad con sus dos hermanos, empecé a entrar en su casa y me invitaron a comer o a cenar, en alguna rara ocasión por una fiesta de cumpleaños y Pascua, cosa que no me venía mal cambiar el menú del cuartel que era tan malo y escaso por uno casero y sabrosamente condimentado. En agradecimiento les propuse ayudarles en mis días libres a la recolección de fresas que se efectuaba en aquellos momentos, sus padres aceptaron de buen agrado pero con la condición de que me pagarían el sueldo correspondiente de 60 pesetas diarias que me vinieron muy bien para permitirme ciertos lujillos, como fumar tabaco americano, entrar al comedor y al cine de vez en cuando y pagar la entrada al baile los domingos.
Mi relación con Petrica no llegó a mucho ya que yo no estaba para pensar en noviazgos y cosas serias a pesar de que su madre a veces me insinuaba: ¡maño!, mira la Petrica que guapa está hoy... hacéis buena pareja...etc, Mi amistad con sus hermanos era más sólida, congeniaba mejor y pasaba más tiempo. A veces me daba cuenta de cómo me miraba la Petrica y cuando en el baile la invitaba a bailar enseguida me decía que sí. Y no era fea, tenía 17 años, muy lozana y pizpireta, vergonzosa y muy afanosa en sus labores como mujer que su madre ya le estaba enseñando. Cuando la miraba fijamente a los ojos se ponía roja como un tomate y bajaba la cabeza. Yo aún no había cumplido veinte años.

Recuerdo la primera vez que fuimos al pueblo, los niños por la calle nos pedían chicles pensando que éramos americanos, nunca habían visto militares paseando por sus calles.

Poco tiempo después llegó más personal destinado al Asentamiento y a la zona técnica: Un Teniente Coronel como Jefe, un Comandante, varios oficiales, suboficiales y cabos primeros de todas las especialidades. Como no se disponía de alojamiento para todos, a los cabos primeros les asignaron nuestras habitaciones, a los cabos nos colocaron en un barracón de chapa ondulada que se había utilizado en la Guerra de Corea que aún conservaba algunos agujeros de las balas; era como una especie de medio cilindro con la base de madera asentado en una base de hormigón, las paredes de chapa ondulada por el exterior, un aislante en el interior recubierto de madera con unas paredes rectas formando una nave de unos 20 metros de largo por 6 de ancho y la altura de poco más la de un hombre, con ventanas fijas en ambos laterales cubiertas de plásticos trasparentes, una puerta en la parte delantera y otra en la trasera.
Había ocho literas dobles a cada lado y al fondo una pequeña estancia bastante confortable con cuatro mesitas de estudio a cada lado, dos sofás convencionales con tapicería de plástico, una mesa grande en el centro y las correspondientes sillas. Bastante más espacioso que la habitación pero en verano se pasaba calor y en invierno te congelabas. Caían nevadas de hasta tres metros y nos teníamos que abrir paso a golpe de pala, las mantas no eran de mucho abrigo y en la cama te quedabas helado, hubo noches que me tapaba con cinco mantas y una colchoneta encima y ni aún así se podía entrar en calor.
Un listillo de turno tuvo la excelente idea de construirnos una especie de iglú; entre todos fuimos recubriendo de nieve el barracón con palas, apisonando fuertemente con pies y manos hasta formar una capa de más de un metro; nos agenciamos una estufita que funcionaba con queroseno que nos lo proporcionaban en la sala de calderas, fabricamos una chimenea que salía al exterior por un agujero practicado en una de las ventanas y mantenida a fuego lento durante las 24 horas del día, aquella cueva se mantenía calentita y verdaderamente confortable. Uno construyó un infiernillo que enchufado a la red nos servía para calentar ciertos alimentos y agua para afeitarnos ya que el único abastecimiento que disponíamos era un bidón metálico colocado a unos tres metros frente al barracón del que a veces teníamos que romper el hielo para sacar el agua.
Al pico o zona técnica ya no subíamos en aquel confortable autobús con calefacción, la tropa era trasportada por medio de un camión en el que se aprovechaba a veces para subir cajas de alimentos y otras cosas; apretujados y bien abrigados aguantábamos la media hora que duraba el viaje. En ocasiones solían cargar una especie de armario conteniendo pasteles y donuts que se conservaban calientes, despidiendo un agradable aroma que no podíamos resistir la tentación de abrirlo y meter mano hasta saciarnos y llegar a nuestro destino con la barriga llena pues el desayuno a base de unas sopas de ajo no era lo suficiente como para mantenernos hasta la hora de comer. Cuando descargaban los depósitos pasteleros en el comedor apenas les quedaba suministro, siempre he creído que los americanos hacían esto a propósito conociendo la necesidad de la tropa española.

A consecuencia del frío y de la humedad me entró un reuma que no podía mover las articulaciones y sufría unos dolores espantosos, me llevaban la comida a la cama y me visitó el médico del Frasno porque en la Base aún no había médico militar, era un hombre muy amable y cariñoso, bajito y tan inculto como las gentes del pueblo, caí en ello cuando me hizo el comentario de que su sobrina Grabiela también sufría del mismo mal, pensé que se había equivocado pero lo repitió varias veces y me di cuenta de que la tal Gabriela era prima de la Petrica y en su casa también la llamaban Grabiela. Era un hombre mayor, hijo del pueblo y posiblemente había vivido toda su vida entre los suyos sin dejar la forma de hablar y expresarse.
A los pocos días me enviaron al hospital militar de Zaragoza, me resultó un gran alivio ya que estaba muy bien atendido por unas agradables y caritativas monjitas que nos trataban con mucho mimo. Los médicos me hicieron toda clase de pruebas, después de casi un mes me hicieron pasar por un Tribunal Médico que estaba compuesto por seis Jefes todos ellos militares y me diagnosticaron reumatismo poli articular agudo el cual posiblemente había sido provocado por una lesión de corazón que se había detectado, quizás de origen hereditario. Me anunciaron que me darían la baja por enfermedad y me licenciarían en pocos días. Yo me asusté ya que mi intención era continuar en el Ejército y poco tiempo me faltaba para ascender a Cabo 1º. Les comuniqué mi propósito y les rogué que no me largaran, argumentando que mi especialidad no era para asumir trabajos duros, pesados ni realizaría ejercicios fuertes, pasando la mayor parte de mis servicios frente a una pantalla de radar y podía llevarlo perfectamente, aludiendo de que estos ataques de reuma habían sido debido al frío y a la humedad de nuestros alojamientos, cosa que influyó favorablemente a todos mis compañeros, ya que al poco tiempo nos trasladaron de nuevo a las habitaciones donde permanecimos hasta que concluyeron los trabajos del edificio español pocos meses después.
A los dos días me dieron el alta, regresé al cuartel reanudando mi trabajo y entrenamiento del nivel III que dos semanas más tarde terminé y comencé a rotar en puestos de mayor responsabilidad, continuando los estudios para la obtención del nivel V.
Con el nivel obtenido podía acceder a los puestos de Técnico de Vigilancia, de Control y de Identificación, me incliné por el último que me gustaba más, era atractivo y de mucha responsabilidad.
Como entrenador tenía a un sargento negro que se llamaba Hockins, amable, buen profesor y tan bajito que parecía un pigmeo, nos entendíamos y congeniábamos perfectamente, atendiendo a sus enseñanzas y trucos para llevar el trabajo con rapidez y precisión, le gastaba de vez en cuando una broma que soportaba con paciencia, menos en una que casi me mata: Resulta que el buen hombre había conocido a una chica en Zaragoza, esta gente solía frecuentar los muchos club nocturnos que se habían instalado en la ciudad desde que llegaron los americanos, en estos club como es natural solo había mujeres de mala vida, bailarinas, prostitutas y chicas de alterne, se enamoró de una de ellas y quería aprender palabras bonitas en español para decírselas y enamorarla, me pidió que yo se las enseñara, yo le escribí frases que contenían palabrotas como por ejemplo: “putona mía eres tan mamona que tu boca me sabe a mierda” y otras por el estilo... El pobre hombre estuvo toda la noche repitiendo las frases hasta que se las aprendió de memoria, al día siguiente se fue a ver a la chica tan contento y no os podéis imaginar como me buscaba cuando regresó, estaba furioso y quería matarme, cuando todos los compañeros de equipo se enteraron de lo que pasaba se mondaban de risa, menos mal que lo arreglé; cuando estaba más calmado le pedí el nº de teléfono de la chica, la llamé en su presencia y le expliqué la putada que le había gastado, ella lo entendió y terminaron casándose. (Hacia el año 1965 cuando los americanos se fueron, se decía que en España ya no quedaban putas, pues ellos se las habían llevado). Era normal, porque ellos estaban acostumbrados a la buena diversión, ésta se desarrollaba a las horas nocturnas y a estas horas pocas chicas decentes se encontraban en semejantes lugares.

A los tres meses obtuve el nivel V y comencé a trabajar como Técnico de Identificación de Movimientos Aéreos con la supervisión de mi buen amigo Hockins, el trabajo me encantaba y me resultaba apasionante, dependía directamente del Controlador Jefe y mi misión consistía en la identificación de todo el tráfico aéreo dentro de nuestro Sector de Vigilancia que cubría desde el centro de nuestro radar hasta Nantes por el norte, Gibraltar por el sur, Baleares por el este y Lisboa por el oeste. El operador de pantalla pasaba el tráfico de su sector a un tablero vertical llamado plotter donde estaba dibujado un mapa con las coordenadas, paralelos, meridianos, las bases aéreas y otros puntos de interés, en este momento desde mi puesto empezaba la identificación del objeto reflejado, para ello disponía de dos minutos, si dicho objeto era clasificado como amigo era borrado del tablero y solo se mantenían en su seguimiento los que se clasificaban como especiales o desconocidos, estos últimos eran muy vigilados y en la mayoría de las ocasiones se ordenaba un despegue de cazas (Scramble) para su identificación en vuelo, misión que corría a cargo del Controlador de interceptación que siempre estaba a cargo de un oficial español si los cazas eran españoles y americano si éstos eran de la misma nacionalidad; normalmente las conversaciones del español era en inglés y estaba supervisado por un oficial americano.
Podría contar cientos de anécdotas interesantes de casos sucedidos durante mi trabajo, tanto de OVNIS como de aviones rusos que se internaban en nuestro territorio desde Argel y cuando se les acercaban nuestros cazas salían pitando dándose la vuelta de inmediato, esto ocurrió en varias ocasiones y los americanos le ponían un especial interés redactando informes. Hay que tener en cuenta que en aquellos momentos Rusia y sus países satélites eran nuestro principal enemigo.
Pude presenciar en muy contadas ocasiones un incidente muy extraño: aparecía un objeto identificado como desconocido, se ordenaba un scramble y cuando los cazas estaban muy cerca éste salía disparado a una velocidad cuatro o cinco veces mayor que nuestros cazas desapareciendo del alcance del radar. También era vigilado por los rádares adyacentes que igualmente lo veían desaparecer de su alcance, igualmente era controlado en el radar de altura y podíamos comprobar como en ocasiones se disparaba desde los 30.000 pies y en pocos segundos subía o bajaba más de 20.000 pies. A uno de ellos lo vimos desaparecer de la pantalla que alcanzaba los 100.000 pies de altura. (Un metro contiene algo más de tres pies)
En una ocasión pude oír la conversación entre el controlador y el piloto de unos cazas que tenía a la vista un objeto extraño parecido a un platillo volante, redondo, del tamaño de una plaza de toros y de color metálico brillante, el objeto les estuvo siguiendo durante más de diez minutos.
Otra ocasión bastante dramática escuché la conversación de un piloto que inminentemente se iba a estrellar y se despedía de su esposa, fue algo terrible y conmovedor; fue comentado durante mucho tiempo.
En más de una ocasión se dio el caso de aviones que se estrellaban y sus pilotos saltaban en paracaídas y no les ocurría nada, esto era bastante frecuente cuando volaban el Sabre (F86) y el F104 que por su poca autonomía el piloto se confiaba y no le llegaba el combustible. A estos últimos los llamaban “ataúd volante”.

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