jueves, 29 de noviembre de 2007

Como digo al principio de mi relato teníamos un perro y un gato, un día hice la travesura de atarlos juntos con una cadena y se armó la de Sanquintin; el perro corría tras el gato ladrando como un loco y el gato maullando como un desesperado hasta que terminaron metidos en un zarzal de donde mi hermano Pepe los tuvo que sacar con grandes esfuerzos y terminando los tres llenos de arañazos.

Siempre me resultaba muy triste cuando se acercaba el fin del verano porque también empezaba el curso escolar y la escuela, a la que le tenía un odio espantoso. Algunos días nada más levantarme empezaba a pensar en ello, me entraban depresiones y unas ganas terribles de llorar al acordarme de los “sopapos”de Don Miguel, la disciplina y los malos tratos pero era compensado con los recuerdos de los amigos y compañeros que siempre estaban allí para realizar los juegos acostumbrados. Disfrutábamos de media hora de recreo que a veces la dedicábamos a gimnasia, los sábados también había cole y los domingos por la mañana teníamos que asistir obligatoriamente a Misa y Comunión, la víspera de festivos después de clase nos conducían en fila de a dos y cogiditos de la mano a la iglesia mayor para confesar, tuvieras o no pecados que declarar; había instalados muchos confesionarios con su correspondiente sacerdote en cada uno de ellos, los hombres confesaban por el frente y las mujeres por los laterales a través de unos ventanucos con unas rejillas para que no pudieran verse las caras, siempre pensé: ¿por qué coño los hombres teníamos que ir a cara descubierta?; esperábamos nuestro turno en largas filas y siempre celosamente vigilados por los profesores de turno, cuando a alguien se le ocurría hablar o cuchichear se arriesgaba a recibir un retorcido pellizco o apagado coscorrón, tal como iban terminando las confesiones te podías ir a tu casa o salir a la calle a reunirte con los demás amiguetes para organizar los diversos juegos y correrías que siempre se hacían por separado; los chicos por un lado y las chicas por otro, no muy alejados y en la explanada de la iglesia; si algún chico se le ocurría mezclarse en los juegos de las niñas se le tachaba de “mariquita”y los demás se burlaban de él . Normalmente a esa edad, rondaríamos los doce años, ya empezábamos a mirar a las chicas y ellas a nosotros, cada uno tenía su preferida en la que más se fijaba y miraba con ojos de ternerito y lo mantenía en secreto o a veces lo confiaba a algún amigo y no pasaba de esto. Ahora siendo viejo y después de muchos años te acuerdas de aquella preciosa niña de ojos azules, verdes o negros, pelo rubio, negro o castaño, que llegó a pinchar ligeramente en tu corazón, que posteriormente has conocido de mayor y ¡menudo chasco!; ahora es una señora gorda, fea, llena de arrugas y con un montón de nietos. Cuando pienso si hubiera elegido a una de aquellas que tanto admiraba y hacía latir mi corazón, creo que la hubiera seguido viendo de la misma forma que cuando era una niña, porque el amor es bello y he podido comprobarlo con el paso de los años; Merceditas era un encanto, una chavala que me tenía locuelo, cuando estaba con ella la miraba embobado y cuando me encontraba lejos en el trabajo hasta mis compañeros a veces me llamaban la atención por la cara de gilipollas que se me ponía al pensar en su preciosa cara bonita; seguro que ahora está gordita, con alguna arruga y canas, pero yo la sigo viendo tal como cuando era una chavalita de 18 años.

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