Fueron unos cuantos días muy tensos y decisivos estableciéndose la situación de “alerta roja” en todas las bases del Mundo, convocando a todo el personal incluso a los que se hallaban de permiso y que estuvo a punto de declararse la 3ª guerra mundial.
Desde la Sala de Operaciones podíamos presenciar la situación existente y el avance de las flotas rusas hacia la isla caribeña cargadas con material atómico, muy cerca estaban los portaviones americanos amenazantes y a punto de entrar en combate, los mísiles de las distintas bases de todo el mundo apuntando a los distintos territorios de Estados Unidos desde Rusia y viceversa.
Se intensificaron los servicios de vigilancia aérea al 100% y nadie podía salir del Asentamiento, reflejándose la tristeza en las caras de todos los americanos que se encontraban muy lejos de su país a sabiendas de lo que les podía venir encima, apartados de sus familiares y seres queridos.
Los rusos cedieron a sabiendas del potencial armamentístico de los americanos, cesó el bloqueo unos ocho días más tarde y volvimos a la normalidad pero la alerta continuaba en un escalón inferior y los bombarderos B-52 cargados de bombas atómicas continuaban sus patrullas alrededor del planeta, repostando en el aire en los lugares estratégicos establecidos y controlados desde nuestros rádares, que en ocasiones eran escoltados por cazas cruzando la Península Ibérica de este a oeste y viceversa cada dos horas.
A uno de aquellos infernales bombarderos se le desprendió una bomba con cabeza nuclear cayendo sobre el mar a pocas millas de Palomares en la provincia de Huelva. Se armó un revuelo enorme y a la vez un serio conflicto diplomático por el peligro y la enorme catástrofe que podía haberse producido si aquel endiablado artefacto le daba por hacer ¡¡¡BOOOOMMM!!!! bajo las aguas de la costa española. Media España y parte de África hubieran quedado borradas del mapa. Después de muchas semanas de intensiva búsqueda unos pescadores la sacaron enredada entre sus redes. Dejaron de venir turistas por miedo a la posible contaminación radiactiva que pudiera existir en el lugar, principal fuente de ingresos para la Nación. El Ministro de Turismo que entonces era Don Manuel Fraga (fundador de Alianza Popular, ahora Partido Popular), se tomó un baño en las playas de aquella zona para demostrar que ningún peligro había.
Poco tiempo después de producirse estos acontecimientos quedó solucionado el problema y la incertidumbre de nuestra especialidad creándose la Escala de Especialistas de Alerta y Control incluyéndome en la misma con el nº 47. Los 15 primeros números estaban formados por suboficiales veteranos que habían realizado el curso en Los Estados Unidos hacia el año 1955, mucho antes de mi ingreso, a continuación nos colocaron a los pocos que quedamos por orden de antigüedad, la escala inicial fue formada por 80 personas contando a los 15 primeros que inmediatamente ascendieron de sargento a brigada, de los aproximadamente 200 que salieron en las seis primeras promociones de la escuela ya se habían licenciado la mayoría y el resto rápidamente fueron ascendidos a sargentos en menos de dos meses, algunos muy jóvenes como yo que solo contaba con 22 años.
Era necesario cubrir las vacantes de los americanos con mandos y personal especialista para las seis estaciones de radar más el Centro de Operaciones que se hallaba en Madrid: Tres equipos de trabajo en cada estación con unos 40 hombres en cada grupo, personal de oficinas y entrenamiento, eran necesarios más de mil hombres de los que solo contaban en aquellos momentos con 80. De manera que, a la Jefatura le entraron prisas por obtener este personal con la máxima rapidez posible porque los americanos exigían personal para entrenarlos y ser relevados en su misión.
Tuvo razón FEDE cuando me recomendó esta especialidad, siendo de nueva creación y con un número bajo en la escala podría llegar muy alto y así fue. Mientras que en las otras escalas estaban hasta 20 años para ascender a sargento, en ésta llegaron algunos a ascender antes de los cuatro años de haber ingresado. El tiempo le dio la razón porque los primeros de la escala llegaron a Teniente Coronel, otros a Comandante y los que menos a Capitán. Yo pude haber llegado al rango más alto pero debido a mi pase a la reserva anticipadamente me quedé sin ello, aunque nunca me he arrepentido porque como os he dicho anteriormente, nunca me gustó el Ejército y con la oportunidad que me dieron de pasar a la reserva obtuve la liberación y el descanso eterno en la vida civil.
En noviembre de aquel mismo año fui convocado para realizar el curso de Sargento en la Escuela de suboficiales de Los Alcázares (Murcia).
Fue todo tan inesperado que nadie estaba preparado, se comentaba que sería muy duro y de un régimen militar muy severo, con maniobras, prácticas de tiro y mucho estudio de asignaturas diversas relacionadas con nuestra futura profesión exclusivamente con conocimientos militares de un futuro mando.
Rápidamente me hice con unos libros y apuntes para preparar todo lo que pudiera antes de comenzar, de esta forma me resultaría más sencillo al llevar algunos temas preparados. Estudiaba día y noche sin descanso, dejé a un lado las salidas y diversiones, hasta cuando estaba de servicio aprovechaba las horas de descanso. Tenía que aprenderme de memoria las Ordenanzas del soldado, cabo y sargento, Código de Justicia Militar, Táctica, Topografía, matemáticas, Etc.
Supe aprovechar muy bien el tiempo pues cuando llegué a la escuela tenía aprendido más del 50%, sobretodo los temas a memorizar pues en los exámenes los hacían escribir con puntos y comas y efectivamente no me resultó tan duro.
Hacia finales de marzo de 1.963 me presenté junto con otros diez compañeros de mi promoción que también fueron convocados.
Al llegar a la Escuela todo me pareció muy bonito: paisajes marinos y un clima templado totalmente distinto a los que había conocido, rodeado de palmeras y a la rivera del Mar Menor, con casitas de veraneantes casi todas cerradas esperando a sus ocupantes en la temporada veraniega que se llenaba de turistas animando el ambiente y el lugar.
En la única plaza en el centro del pueblo se concentraban los edificios emblemáticos como el cine, una sala de baile donde poder marcarte un pasodoble los domingos por la tarde y unas cuantas tascas con buen vinillo de Jumilla y apetitosos aperitivos a base de tapas, marisco y pescado fresco.
Un compañero natural de la zona, conocedor de aquellos lugares y costumbres nos llevó a un chiringuito que se encontraba a tiro de piedra del mar con una terraza rozando la arena de la playa. Nos aposentamos en una mesa velador de aquellas antiguas que tenían la estructura de hierro forjado formando dibujos y la parte de arriba de mármol, desde donde se podía admirar una radiante puesta de Sol que iluminaba con sus últimos rayos las débiles olas jugando a ocultarse tímidamente tras ellas, despidiendo intensos rayos multicolores sobre las nubes creando un espectáculo maravilloso y fascinante de vivos colores rojos fundiéndose con anaranjados, amarillos, y gamas de violetas, azules y verdes.
Los pescadores que regresaban de sus faenas amarraban sus pequeñas embarcaciones pintadas de chillones colores y descargaban cajas de pescado sobre el pequeño muelle.
Ciertamente resultaba un panorama fascinante y con la tranquilidad de la tarde aquello parecía un trozo del Paraíso.
Me pareció oler a pescaíto frito y marisco por todas partes.
Se nos acercó el camarero: un hombre de mediana edad, rechoncho y arrastrando las alpargatas al caminar, medio calvo y con voz de mariquita, honrando el nombre que le habían puesto al merendero:
¿Qué desean los señores? Nos preguntó.
Nuestro compañero Baltanás que como he dicho anteriormente era de la región, nos anunció que tomaríamos unos platos muy típicos de la Tierra consistente en una buena ración de “Michirones con perdices”. Imaginé que los michirones sería algún sabroso fruto del mar y la boca se me hacía agua pensando en las perdices que lo acompañaban, pero mi gran chasco y sorpresa fue cuando apareció el “Maricón” del camarero con un enorme recipiente de barro lleno de habas secas cocidas en una salsa muy picante y acompañado de una bandeja repleta de cogollos de lechuga abiertos por la mitad, aliñados con sal, aceite y vinagre. Las habas eran los famosos michirones y los cogollos las perdices. Fue un chasco pero a pesar de todo y con el hambre que teníamos, el menú nos resultó sabrosísimo, que regado con un excelente Jumilla, alegraron e hicieron las delicias de nuestro paladar; porque cualquier plato casero y acostumbrados al rancho del cuartel nos sabía a Gloria Bendita.
Era sábado y no teníamos que efectuar la presentación hasta el lunes, decidimos dar una vuelta por las calles del pequeño y semidesierto villorrio veraniego tomando unos tintos en los bares que encontrábamos a nuestro paso, fuimos a topar con la sala de baile que estaba a punto de terminar pues en aquellos tiempos estos establecimientos se cerraban a las diez en punto por orden Gubernamental, tomamos nota del local y del “ganao”que en su interior movía el esqueleto y nos retiramos a una casa que habíamos alquilado con la intención de mantenerla como residencia para las tardes y fines de semana. Con la tripa llena de michirones y perdices, calientes con los vinitos, dormimos a pierna suelta hasta las diez de la mañana del día siguiente y después de desayunar en un bar cercano nos dirigimos a la Iglesia para ver salir a las mocitas después de la Misa y pasarles revista; Esta era la primera diversión de la mañana, a continuación se paseaban por un largo paseo plagado de palmeras junto a la playa y al igual que en mi pueblo era allí donde se formaban los encuentros, las conquistas y los ligues. Las chicas resultaban sumamente desconfiadas ya que muchos militares pasaban por allí y pocos los que se quedaban, era muy normal que si alguna chica salía o se hacía novia de alguno, después de terminado el curso se largaba, la pobre mocita se quedaba descompuesta y sin novio, no pudiendo optar al matrimonio en ese lugar teniendo que emigrar si quería casarse. A pesar de ser inaccesibles, alguna había que le iban los uniformes y si no eras tímido podías quedar con ella para ir al cine o al baile el domingo siguiente, naturalmente siempre acompañada por su madre, una tía o hermana. Yo tuve la mala suerte de tirar los tejos a la hija de un Teniente de colmillo retorcido profesor de la Escuela que cuando se enteró me arrestó sin salir durante los 40 días que duró el curso. Lástima porque era una murcianita maciza y guapetona.
El lunes comenzó el curso, la disciplina muy severa y los profesores más, nos metían caña a diestro y siniestro sin parar un momento, daba la impresión de que disfrutaban haciéndonos putadas.
Toda la mañana estaba repartida con temas y diversas asignaturas que me sonaban por haberlas preparado con antelación y me resultaba mas fácil. Por las tardes nada más comer y apenas terminada la digestión de la comida nos metían unos tutes de instrucción, táctica militar, y maniobras en un campo preparado especialmente a tal efecto, era bastante jodido. Teníamos que realizar un recorrido a través de fosos, muros, vallas, escaleras de cuerda y alambradas de espino por las que había que cruzar arrastrándose con el riesgo de dejarte el pellejo. En el campo de tiro se hacían prácticas con todo tipo de armamento: ametralladoras, fusil, pistola, morteros, antiaéreos y granadas de mano que me producían bastante respeto por el solo hecho de tener un explosivo en la mano entraba cierto acojone pero después de haber lanzado unas cuantas se te quitaba todo el miedo. Todo nos parecía sumamente duro y a veces llegaba a ser cruel pero solo de pensar que allí nos estábamos jugando el futuro, quedaba la única solución de echarle cojones.
Uno de los compañeros que le encantaba la cerveza nos animaba diciendo: ¡venga, que son 1000 cervezas de San Miguel! En caso de ascender cobraríamos 5000 pesetas al mes y una cerveza costaba 5 pts. Cada vez que la cosa se ponía fea e inaguantable, repetía una y otra vez: ¡Mil cervezas de San Miguel!, ¡33 para cada día!!!
Tres años más tarde este compañero murió en un accidente de moto, posiblemente por pasarse con las famosas cervezas de San Miguel.
En la Escuela había unos sesenta cabos 1º de S.T. (servicio de tierra) alojados en un enorme barracón donde también nos instalaron a nosotros, asimismo había unos cuarenta suboficiales que realizaban el curso de Oficial albergados en la planta baja y me daba mucha pena verlos hacer casi las mismas maniobras que nosotros porque eran bastante mayores, creo que ninguno bajaba de los cincuenta años y se les notaba como les costaba y padecían con todos estos trotes a los que la mayoría no estaban acostumbrados. Hubo casos en que alguno se llegó a suicidar por no poder soportarlo. Algunos estaban a punto de retirarse y nunca entendí como se metían en aquella locura si sabían de sobra que la mayoría no llegarían a ascender, quizás pensaban que posteriormente lo lograrían o les concederían la paga de Teniente por los años de servicio y el curso obtenido.
Había mucha necesidad y la mayoría tenían hijos estudiando y necesitaban el dinero.
Organizaron unas maniobras con una duración de tres días.
Con anterioridad tuvimos ciertas noticias de estas maniobras que se realizaban en todos los cursos de aptitud, los comentarios eran bastante desalentadores y tenían fama de ser de lo más duro pero nunca imaginé que llegara a tanto.
Formaron patrullas de seis hombres y nos montaron en un camión, después de algunos kilómetros fuimos dispersados por el campo en varias paradas. Nuestra misión consistía en llegar y atacar un objetivo a una hora fija tres días más tarde y acatando las instrucciones escritas en unos sobres cerrados que portaba el Jefe de cada Patrulla.
El equipo de campaña estaba compuesto por un macuto cargado de cosas con un peso aproximado de 40 kilos, una manta, el fusil, las cartucheras repletas de munición, cuatro bombas de mano, un cuchillo y una cantimplora llena de agua.
El Jefe de Patrulla portaba un plano, los sobres secretos con las consignas e instrucciones y una brújula, además del mismo equipo como todos.
Teníamos instrucciones concretas de abrir el sobre nº 1 nada más apearnos del camión.
Allí nos encontrábamos seis tíos vestidos de camuflaje armados hasta los dientes, totalmente desorientados y en mitad de un campo medio desértico. Lo primero que hicimos fue abrir el sobre en el que nos indicaba la misión y ruta a seguir prohibiendo rotundamente la apertura de los macutos hasta la llegada al primer punto que era un arrollo con muy poco caudal. Después de caminar casi cinco horas entre pedregales y maleza llegamos al riachuelo con apenas un palmo de agua rojiza; extenuados y muertos de cansancio nos sentamos a la orilla y comenzamos a despojarnos de todas nuestras ropas y nos dimos un soberano chapuzón, después de saciarnos de agua que ignorábamos si era potable o no pero nos calmó la sed que arrastrábamos desde hacía tiempo que se agotaron las cantimploras. Rápidamente nos dispusimos a abrir el macuto con la intención de calmar el hambre y cual fue nuestra sorpresa al observar que estaba lleno de pesados ladrillos macizos. ¡¡¡MIERDAS!!!; por el camino ya se me hizo la boca agua cuando tanteaba la mochila y pensaba que aquellos paquetes en forma rectangular podían ser cajitas con comida de emergencia de las que se utilizan en campaña. Vacié todo el macuto y en el fondo apareció un pequeño estuche que contenía pastillas para purificar el agua, anzuelos, sedal, yesca con un pedernal para encender fuego y algunos utensilios de primeros auxilios. Y de alimentos nada de nada....¡joder!
Abrimos el sobre nº 2 en el que nos prohibían sacar los ladrillos de la mochila y entregarlos en el lugar de destino, nos indicaba nuestro 2º objetivo y nos recomendaba que buscáramos la comida por nuestra cuenta. Las tripas me cantaban por soleares pues estaba en ayunas desde la noche anterior y a la salida pensé que el desayuno estaba dentro del macuto, por lo que me animaba a llegar al primer destino para abrirlo.
Nos pusimos manos a la obra investigando en el riachuelo y tanteando entre las rocas y las brozas para tratar de encontrar algún pez, rana o cangrejo pero nada de nada. Teníamos que permanecer allí hasta el anochecer y bien camuflados entre los cañaverales ya que corríamos el riesgo de ser descubiertos por un helicóptero que de vez en cuando pasaba por encima de nosotros y si nos descubría perderíamos un punto de los diez que nos asignaron al comenzar la misión. Para aprobar era necesario llegar con un mínimo de cinco puntos.
Como allí nadie tenía idea de nada y el Jefe de Pelotón que era uno de nosotros nombrado a dedo sabía lo mismo que los demás, optamos por montar nuestra propia y más lógica estrategia; como estábamos bastante cansados y faltaba mucho tiempo para ponerse el Sol, único medio de orientarnos sobre la hora ya que no se nos permitió llevar ese pequeño instrumento en la muñeca que sirve para medir la hora. Tampoco nos atrevimos a caminar de día por miedo al helicóptero, nos tumbamos a dormir bajo unos matorrales procurando cubrirnos con hierbas secas entre la maleza.
Sin noción del tiempo transcurrido despertamos cuando la noche ya estaba bien avanzada, después de llenar la cantimplora de agua purificada con las pastillas emprendimos la marcha siempre hacía el norte, sin linternas ni luna que nos alumbrara, tropezando y maldiciendo a cada paso y con las tripas más secas que la cuerda de un acordeón. Casi veinte horas sin meter nada entre pecho y espalda, la lengua seca, los labios agrietados y los pies llenos de llagas que me dolían cada vez más.
Empezó a amanecer y caminábamos por unos campos de cultivo atravesando una plantación de patatas; pude observar que estaban con la flor casi marchita, y conociendo algo sobre horticultura, sabía que los tubérculos bajo la tierra estaban a punto de madurar,; comencé a escarbar con el cuchillo hasta desenterrar una de muy buen tamaño que quitándole la tierra adherida, sin pelar me la llevé a la boca y le hinqué el diente, mis compañeros me imitaron, tumbados en los surcos y camuflados por las matas continuamos nuestra faena saciando nuestro apetito hasta quedarnos dormidos con la barriga llena de patatas crudas que nos supieron a gloria y nos dejaron la lengua pastosa y áspera.
Caminamos la segunda noche sin parar padeciendo las mismas o peores calamidades que la anterior, parando de vez en cuando a descansar y a comer alguna de las patatas de las que habíamos hecho una buena provisión.
El siguiente y final objetivo según las instrucciones del sobre se trataba de tomar un fortín situado a unos 40 kilómetros de la salida, calculamos que habíamos recorrido unos 30 y teníamos que tomarlo al anochecer, así que nos dispusimos a caminar con luz diurna y para evitar ser descubiertos por el helicóptero, reptando y arrastrándonos por aquel campo bastante accidentado, lleno de piedras, espinos y zarzas, continuamos avanzando hasta más o menos las seis de la tarde y calculando que al Sol le faltarían un par de horas para ocultarse.
Se terminaron las patatas, el hambre hacia estragos en nuestros estómagos y dábamos vueltas a nuestras cabezas la forma de obtener algo para comer; mirábamos a nuestro alrededor buscando bichos, saltamontes, gusanos, raíces, lo que fuera... aquello estaba más desierto que el Sahara. Topamos con un humedal donde había una sucia charca rodeada de juncos. Recuerdo que siendo niño en mi pueblo en alguna ocasión jugando con los lugareños conocedores de las costumbres y las plantas, llegué a comer las puntas blancas de los juncos que están bajo tierra, resultaban tiernas, dulzonas y algo sabrosas, arranqué uno de ellos y lo probé, no estaba mal, seguí arrancando y comiendo sin parar, y sin mediar palabra mis compañeros hicieron lo mismo, cuando de pronto miro hacia la orilla de la charca y veo una planta que yo conocía muy bien, me dirijo a ella con el cuchillo en la mano y comienzo a excavar a su alrededor, hasta que descubro por completo su raíz y la extraigo, la pelo y me pongo a chupar con deleite. PALODULCE¡¡¡¡¡ Mis compañeros se pusieron a cavar con avidez hasta que extrajeron sendas raíces y todos nos tumbamos en la fresca orilla chupando sin cesar aquellos ricos rizomas de palo dulce y riendo a carcajadas como niños que han descubierto un tesoro..
Después de desenterrar algunas raíces reanudamos nuestra marcha, siempre arrastrándonos sobre el accidentado terreno, intuimos que el objetivo se hallaba cerca, cada cual con su ficticio puro en la boca sin dejar de chupar y masticando el palo estropajoso que particularmente yo me tragaba bien triturado.
Divisamos a lo lejos como a unos cuatro kilómetros una especie de torreón sobre un montículo; éste fue el momento de abrir el último sobre en el que nos indicaba la orden de atacar el objetivo justamente a la puesta del Sol. Tomamos toda serie de precauciones dispersándonos en abanico y avanzando de uno en uno hasta llegar a una especie de arroyo en cuyo margen había unos arbustos que nos servían de escondite y desde donde podíamos divisar a unos 300 metros el fortín que parecía solitario.
El Sol casi rozaba el horizonte, tenía los nervios a punto de estallar y me dolía todo el cuerpo, con llagas en las manos y en los pies, arañazos en la cara, la boca estropajosa y los labios agrietados.
La cantimplora estaba agotada, desde el lugar donde me encontraba casi podía tocar el agua o aquel líquido oscuro que transitaba por el cauce del diminuto riachuelo, muerto de sed me atreví a alargar la mano para llenar el recipiente, cuando lo introduje y comenzó a llenarse noté que el líquido parecía algo espeso, cuando lo acerqué a mis labios para echarme un trago pude observar que olía a rayos, más bien a mierda. Lo comenté con mis compañeros que lo comprobaron y efectivamente aquello eran aguas sucias posiblemente procedentes de algún desagüe de corral o alcantarilla.
¡¡¡MIERDAS!!!! , la sed se nos acentuó y pensando que después de tomar el objetivo encontraríamos la solución para calmarnos, animados por nuestros pensamientos comenzamos a correr en zig-zag hacia el frente, y nuestra sorpresa fue soberana cuando notamos que sobre nosotros empezó a caer una lluvia de fuego de mortero, pepinazos atronadores que iluminaban la media penumbra en la que estábamos sumergidos. Desde el fortín disparaban con ametralladoras y fusiles automáticos, estábamos acojonados y muertos de miedo sin saber que hacer. De pronto observé que por nuestros costados aparecían más hombres que gritaban: ¡¡¡al ataque, al ataqueeee!!!, todos a una. Vi como uno de ellos desplegaba una bandera española y gritaba con todas sus fuerzas: ¡¡¡Viva Españaaaaaa!!!, adelante, adelante¡¡¡.
Podíamos utilizar nuestras armas, fusiles y bombas de mano, de manera que nos pusimos a disparar y a lanzar granadas hacia el fortín como unos desquiciados. Aquello parecía un infierno, fuego y metralla por doquier. Me parece que alguien se cagó en los pantalones. En un momento que estaba agazapado tras una roca disparando con mi fusil, oí una voz a mi espalda que decía: -no tengas miedo que todas las armas son de fogueo incluidas las nuestras-...
¡¡¡LA MADRE QUE LOS PARIO!!!
Después de una media hora de alboroto terrible nos encontrábamos más de cien hombres en el tomado fortín y sus alrededores: profesores y alumnos celebrándolo con una suculenta cena amenizada por un fuego de campamento, riendo, cantando y haciendo comentarios de lo acontecido. A eso de las once de la noche el corneta tocó silencio y cada cual se fue a dormir en un rincón sobre la tierra o un montón de hierba seca. Al amanecer partimos todos juntos hacia la escuela por un camino sencillo, mucho más corto y montados sobre los mismos camiones que el primer día nos trasportaron.
Creo que adelgacé unos cinco kilos.
Aquí os cuento una curiosa anécdota para que veáis la organización e improvisación de los militares en ocasiones un tanto extremas y absurdas.
Como os dije anteriormente estábamos alojados en un barracón mezclados con los cabos 1º S.T., nosotros éramos once. Resulta que no sé porque motivo nos desalojaron del barracón y fuimos acomodados en la enfermería. Fenomenal, porque disponíamos de una cierta libertad de la que carecíamos en los barracones como por ejemplo: las camas eran bajas y más cómodas, había duchas, libertad para estudiar por las noches y alguna cosa más que no recuerdo ni le doy importancia; el caso es que el Coronel se enteró y ordenó que nos sacaran de allí inmediatamente, pero, ¿dónde nos alojaban?
Alguien encontró la solución de inmediato; como cada día había muchas razones para recibir un arresto, éste se agravó con la entrada al calabozo, de manera que a los dos días ya estábamos todos alojados en la nueva residencia. Dormíamos apelotonados en las celdas, paseábamos y estudiábamos por el patio de la prisión y allí permanecimos el resto hasta finalizar el curso.
Lo mejor de este confinamiento es que muy cerca del cuerpo de guardia había un bar cuyo propietario era un brigada destinado en la Escuela y desde nuestro encierro podíamos pedir lo que se nos antojara: bocadillos, cervezas, bebidas, etc. En alguna ocasión hasta el mismo brigada venía a servirnos en una bandeja.
Otra pequeña anécdota quiero contaros, no por ser importante sino insólita:
Los fines de semana no había clases, por supuesto que debíamos seguir estudiando por nuestro propio interés, lo que hacíamos a casi todas horas, pero también deseábamos de algún rato de esparcimiento aunque no se nos estuviera permitido salir del cuartel y mucho menos de los calabozos, es cierto que disponíamos de alguna libertad por la que en bastantes ocasiones nos dejaban pasear por los alrededores del cuerpo de guardia sin alejarnos demasiado. Estos día festivos, en pocas ocasiones, nos permitíamos el lujo de pedir alguna comida especial a nuestra cafetería. Un sábado por la mañana uno de mis compañeros encargó al bar nada menos que un jamón entero, si, como suena, ¡un peazo jamón de seis o siete kilos!
Todos le preguntamos: ¿qué vas a hacer con ese jamón? Y él nos respondió:
Pues comérmelo, ¿Que voy a hacer?
Al rato le vimos tumbado en una colchoneta dentro de la celda con el transistor al lado escuchando música y un par de litronas de cerveza al otro costado, con una navaja en ristre cortando rebanadas de jamón que acompañadas de trozos de una enorme hogaza de pan se engullía con deleite y satisfacción remojándolo de vez en cuando con un trago de la rubia y fría cerveza.
Me quedé un rato observándole y no pude resistir la tentación de preguntarle si se lo pensaba comer todo de un tirón, a lo que me respondió con firmeza: siempre he tenido la ilusión de comerme un jamón entero y este fin de semana lo voy a lograr.
Al día siguiente por la tarde le vi tumbado en el mismo lugar con un hueso entre las manos que rebañaba sin apenas quedarle carne; su cara era de satisfacción absoluta y dejando de morder los restos de lo poco que ya quedaba me dijo: estaba bueno, cuando cobre la primera paga de Sargento será de “pata negra”.
El día que finalizó el curso que coincidió también con los futuros oficiales y los compañeros de S.T., nos entregaron los diplomas en la plaza de armas con solemnidad y un desfile militar al que asistieron familiares y personal civil del villorrio, entre el público pude distinguir a la maciza murcianita hija del teniente que estaba al lado de sus padres y nos cruzamos las miradas, cuando me entregaron el diploma y estreché la mano de su padre que me felicitaba me dijo: mucho cuidado con arrimarte a mi hija, ya no estarás aquí pero sabré donde y te amargaré la vida; a lo que yo le respondí: ¿aunque me case con ella? Y él me dijo: bueno, eso ya es harina de otro costal, depende si ella quiere, pásate esta noche a cenar a casa y os vais conociendo. De acuerdo le dije, ¿Esta bien a las ocho? De acuerdo me contestó. La chica que no tenía más de 17 años se puso roja como un tomate.
Después de preguntar donde vivía el Teniente Carrasco, a eso de las siete y media me dirigí con mis mejores galas a su domicilio, donde ya me esperaban sus padres y un hermano algo más pequeño, la chica no estaba, por lo que me encontré algo más tranquilo pero a los pocos minutos apareció muy arreglada; con una falda estampada de flores y una blusa blanca con muchos encajes, y como el clima acompañaba, se podían vislumbrar sus hermosas carnes y unos pechos abultados y tersos a los que me quedé mirando unos segundos embobado y maravillado. Hacía 40 días que no había visto una mujer y aquello me pareció un ángel.
Ella bajó la cabeza y la madre rompió el hielo preguntando cual era mi nombre, después de oírlo me dijo que la nena se llamaba Fuensantica como ella y como su abuela, que sabía muy bien guisar, coser, bordar y las faenas de la casa que ella misma le había enseñado. La nena no paraba de ruborizarse, inquieta y con las manos en el regazo entrecruzando los dedos nerviosamente.
Tomando un aperitivo hablamos de los acontecimientos ocurridos a lo largo del curso, él me dijo con aires de complicidad que por la necesidad de ascendernos rápidamente tenían la orden de aprobarnos a todos, que fue complicado enseñarnos tantas cosas en solo 40 días cuando normalmente el curso duraba seis meses y que no les quedaba más remedio que meter caña.
También me dijo que nunca había tenido unos alumnos tan espabilados y estudiosos, que estaba satisfecho y completamente seguro de que nuestro porvenir sería floreciente. Claro, por eso me quería enredar con su hija...
Era viernes por la noche y al despedirme el señor me dijo que me quedara ese fin de semana y me daba permiso para llevar a la nena al baile, naturalmente acompañada de su madre. Yo muy agradecido le respondí que me debía incorporar a mi destino el lunes siguiente para lo que debería tomar dos trenes: uno hasta Madrid el sábado a medio día y otro hacia Calatayud el domingo por la mañana. Al despedirme de Fuensantica le pedí las señas para cartearnos y aquí finalizó la historia. Me resultaba demasiado complicado para entablar una relación seria con una chica desde tan lejos y sin apenas conocerla.
El lunes a primera hora me presenté en mi destino donde un mes más tarde ascendí a Sargento.
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