Yo aún no tenía nada decidido, además de que me daba miedo emprender una nueva vida en un mundo desconocido para el que no estaba preparado ni tenía profesión alguna. Los que eligieron la especialidad de mecánico les era más sencillo encontrar trabajo, pero con mi especialidad, ¿dónde iba a trabajar como radarista?. Si me licenciaba no tenía hogar a donde ir ni me atrevía a vivir en casa de algún hermano, sería una carga y mucho más sin trabajo.
En algunas tertulias con mis compañeros se comentaba que podríamos encontrar un puesto en el radar de algún barco pero supimos que estos rádares son controlados por la tripulación del mismo. Otros comentaban que en Australia había un gran porvenir, que al llegar allí te daban una enorme extensión de tierra la que tenías que talar, desbrozar, preparar y cultivar; pensamos irnos unos cuantos juntos para entre todos realizarlo mejor en equipo pero había un inconveniente y es que no estaba permitida la entrada a este país si no ibas acompañado por una mujer; hubo casos de aventureros hombres y mujeres sin futuro en España que se casaban y emprendían la aventura; es muy posible que les fuera bien pero no dejaba de ser una aventura arriesgada en un país tan lejano y desconocido.
La verdad es que me daba miedo y siempre estuvo en mi mente esta incertidumbre, nunca me gustó el Ejército que en aquellos tiempos era muy duro; sufrir las putadas de los superiores que a la mínima te metían un arresto; porque la ignorancia llevaba a la injusticia y había que aguantar mucha tela, por muy bien que uno se portara siempre existía algún cabrón que te quería hacer la vida imposible, era muy ingrato y difícil de llevar, siempre estás por debajo de muchos jefes y por más que asciendas siempre hay alguien con la leche agriada que te amarga la existencia.
Por lo que veía en mis superiores suboficiales y a los que a alguno le pedí consejo me decían: ya lo ves, el que más llega a Brigada, así que ya sabes lo que te espera. “ Un porvenir más negro que los calzoncillos de un artillero”. ¿Y que porvenir me podía esperar en la calle sin oficio alguno??
El sueldo de un Brigada no llegaba entonces a las dos mil pesetas, nadie se permitía tener un coche, y el que más, a plazos y penurias podía comprarse una moto. Un utilitario costaba unas cien mil pesetas y una moto Vespa 18.000.- Cuando un Yanky compraba en Estados Unidos o en el supermercado de la base de Torrejón o Rota un buen coche nuevo por 500 doláres que eran 30.000pts. Los españoles podían comprárselo a un americano pero no se permitía cambiar los papeles para ponerlo a tu nombre por lo cual si te pillaba los de Tráfico te lo requisaban y te ponían una soberana multa. La gasolina estaba a 9 pts/litro y a los Yanquis les daban un talonario de vales para pagar en las gasolineras y les costaba a dos pesetas el litro.¡ Joder ¡, ganaban barbaridades y encima todo lo compraban mucho más barato.
Tenía una buena amistad con el Capitán Castellanos, (controlador jefe de mi equipo), excelente pintor autodidacta del que fui su alumno, le expuse mis inquietudes y me ofreció una solución momentánea , me dio permiso para ausentarme del cuartel por un tiempo indefinido, si la cosa me funcionaba en la vida civil me quedaría y allá donde me encontrara me enviaría la cartilla de licenciamiento, y por el contrario, si la cosa no me marchaba bien, siempre tendría las puertas del cuartel abiertas para reanudar con otro compromiso y seguir adelante.
A los pocos días emprendí la marcha rumbo a Barcelona con una pequeña maleta conteniendo mis pocos enseres personales; Por aquellos tiempo muchos españoles emigraban a Alemania, Francia, Suiza y otros muchos se quedaban en Cataluña que había más posibilidades de encontrar trabajo. Yo opté probar primeramente en este último por encontrarse cerca, además de que no me podía sacar el pasaporte hasta no estar totalmente licenciado.
Resultaría interminable relatar la cantidad de peripecias y vicisitudes que por allí pasé: Trabajé de camarero, peón de albañil, en la recolección de frutas, en la construcción de una carretera, haciendo zanjas en la vía pública y en una fábrica de papel, por lo que cansado y agotado finalizaron todas mis andanzas y experiencias de la vida que podía esperarme fuera del cuartel.
Lo primero que hice al llegar a Barcelona fue acercarme al puerto y en un barco de carga enorme que estaba amarrado preguntar por el responsable o encargado de personal, me ofrecí como radarista y me contestó que precisamente en esos momentos necesitaban uno, ¡jo que suerte!, pensé yo. Me condujo hasta la cabina y presentándome al Capitán y otros oficiales me indicaron donde estaba la pantalla y que me pusiera manos a la obra para arreglarla, les dije que tan solo era radarista y que no tenía ni idea de electrónica. Que pena, entonces pensé en el mucho tiempo que tuve para aprender durante casi dos años en la Sala de Operaciones rodeado de pantallas y excelentes técnicos que me habrían enseñado.
Bajé del barco y me dirigí a un kiosco de periódicos donde compre “La Vanguardia” (diario de Barcelona), me senté en un banco de la Plaza de Colon y me puse a ojear las páginas de ofertas de trabajo; había muchos pero en casi ninguno encajaba o podía comprometerme a realizar por falta de conocimientos, hasta que leí uno que necesitaban ayudantes de camarero en Sitges (Costa Brava). Tomé el tren hasta el lugar indicado presentándome en el restaurante del anuncio, me pusieron a prueba y se dieron cuenta de que no sabía mantener en equilibrio una bandeja ni servir adecuadamente. Opté por regresar a Barcelona donde tenía unos primos carnales que nunca había conocido y mi hermana Carmen me dio su dirección por si algo pudiera necesitar, llegué sobre las siete de la tarde y no me recibieron muy calurosamente, les conté mi historia y mis propósitos, ellos me dijeron que no me podían dar alojamiento a lo que me hubiera negado para no molestarles, entonces un hijo de mi prima que era de mi edad, me invitó a dar una vuelta por la ciudad, paseamos por el centro, me mostró algunos monumentos emblemáticos como la catedral y el barrio gótico que me parecieron maravillosos y a continuación regresamos a su casa donde me dieron de cenar y me indicaron que podía dormir en el sofá, único lugar del que disponían. Al día siguiente después de desayunar me despedí de mis parientes y comencé a deambular por las calles para ver si algo caía, terminé sentado en la terraza de un bar en una calle de no muy buen aspecto que luego supe era el barrio chino, se me acercó un tipo que por su forma de hablar enseguida me percaté de que era un mariquita y trataba de ligar conmigo haciéndome proposiciones que me revolvieron el estómago, pero más se me revolvió cuando después de largar al maricón se me sentó una tía a mi lado, no tenía mal aspecto y era joven, nos pusimos a charlar preguntándome lo que hacía por estos lugares, ella fue quien me dijo que estaba en el barrio chino donde se concentraban todas las prostitutas y gays de la City y después de decirle que andaba buscando trabajo me propuso trabajar para ella de “Chulo”
¡Joder!, no sabía exactamente de lo que se trataba pero había oído algo... En mi mente veía navajas, droga, pendencias y cosas que me aterrorizaban, de modo que salí de allí como alma que lleva el diablo y fijándome bien de donde salía para no volver a entrar.
Ya era noche cerrada y no sabía donde dormir, le pregunté a un guardia y me dijo que el lugar más barato era “La Comisaría de Beneficencia”, y después de orientarme más o menos de lo que se trataba me indicó como podía llegar hasta allí, de modo que eché a andar y una hora después llegué a las puertas de un edificio donde eran acogidas las personas sin trabajo ni medios, indigentes y borrachos para dormir y comer; Nada más entrar en el recinto me metieron en una especie de cabina y me hicieron desnudar por completo indicándome que introdujera mis prendas de vestir en una pequeña taquilla numerada, donde después de cerrar les entregué la llave con el mismo número que memoricé, desde allí pasé a una habitación donde me dieron una ducha de agua fría y desinfección que me quedé como un perro recién lavado, intuí que me habían desinfectado por el olor a zotal que desprendía todo mi cuerpo, a la salida me entregaron una especie de pijama de tela de saco muy áspera, a continuación pasé a una nave con un montón de camastros ocupados por personas de todas las edades y razas, la mayoría más pobres que una rata, casi todos ya estaban durmiendo, ocupé una de los catres que no tenía ni sábanas y me puse a dormir sin poder reprimir el asco que me producía estar metido entre toda aquella gente. Sobre las ocho de la mañana nos despertaron y en otra nave nos dieron una especie de desayuno consistente en un mal café con leche acompañado de un trozo de pan. A un compañero de fatigas le pregunté si también daban comidas y me dijo que a la una en punto, que si llegabas tarde te quedarías sin ella.
Salí al exterior y continué mis paseos por las calles de la ciudad, a la una menos cuarto ya estaba de regreso en busca de la comida; no era porque no me quedara dinero, más bien por vivir una nueva experiencia desconocida y quizás también por ahorrar algo pues desconocía lo que me podía sobrevenir. En la misma nave-comedor y poniéndome a la cola con un plato en la mano y el correspondiente cubierto que allí mismo nos lo proporcionaban, me pusieron una especie de potaje de garbanzos con unos trozos de tocino flotando sobre un espeso caldo, me senté a una mesa con otros tipos parecidos a mí y con bastante apetito me llené el estómago con aquel guiso que no estaba mal del todo. Charlé con los compañeros de mesa que se encontraban en una situación parecida a la mía, unos procedían de Andalucía, otros de Extremadura, Galicia y diversos lugares de España donde el trabajo estaba escaso. Hice amistad con uno de ellos que era dos años mayor que yo y juntos pateamos las calles en busca de algo que fuese mejor de lo que teníamos, después de una semana y sin resultado alguno nos dirigimos a Reus donde habíamos oído que el trabajo estaba mejor, sobretodo en el campo que necesitaban braceros para la recolección de la cereza; Tomamos un tren en la estación de Sans que a las pocas horas nos trasladó al lugar de destino, iniciamos nuestras pesquisas en las masías (casas de campo) de los alrededores y nos indicaron que aún era pronto para la recolección, faltaba un mes más o menos, de modo que nos fuimos a dar una vuelta por la ciudad y en una de las calles estaban haciendo obras, le preguntamos al encargado si necesitaba operarios y tuvimos suerte porque nos admitió de inmediato comenzando a trabajar ese mismo día. El trabajo consistía en hacer zanjas para colocar bordillos en las aceras de las calles, nos pagaba a seis pesetas el metro lineal con la profundidad del pico y el ancho de la pala, así que nos pusimos manos a la obra; La faena era bastante dura pero en algunos tramos de tierra blanda le sacábamos rendimiento y compensaba a los tramos más duros, trabajamos a medias para compensar los esfuerzos y repartir las ganancias, al final del día terminamos reventados pero nos sacamos 150 pesetas cada uno. No sabíamos a donde ir a dormir, yo sabía que existía una base aérea a las afueras de Reus , le propuse a mi socio dirigirnos a ella con la intención de encontrar alojamiento pues él había hecho la mili en Aviación y conocía el asunto. En las bases normalmente suele haber un lugar para alojar a los transeúntes, se puede dormir y también te proporcionan el rancho gratis, si lo conseguíamos sería un chollo pues no tendríamos que gastar y ahorraríamos más; llegamos a la base justo a la hora de la cena, el Suboficial de Guardia no nos puso ninguna pega y pudimos entrar, después de cenar nos dirigimos al dormitorio de transeúntes y nos metimos en una litera durmiendo plácidamente hasta el toque de Diana a las siete de la mañana que nos fuimos para reanudar nuestro trabajo, comimos en la misma calle unos bocatas y una botella de vino, por la noche regresamos a la Base para cenar y dormir, así estuvimos unos cuantos días hasta que una tarde a la entrada el cabo de guardia nos dijo que nos fuéramos de allí inmediatamente, que el Oficial había dado la orden de detenernos porque al Coronel le llegaron noticias de que unos tipos estaban entrando y saliendo de la Base sin pertenecer a ella y dio la orden de meternos al calabozo. ¡coño! Lo esperábamos pero no tan pronto, de modo que salimos de allí pitando y nos buscamos una pensión para dormir. Nos metimos en la pensión “Quimet” que así llamaban al propietario y una hija que tenía muy maciza y ligona que se llamaba “Quimeta”, diminutivo de Joaquina en Catalán; también daban comidas, la pensión completa nos costaba 60 pesetas diarias, se comía bastante bien y dormíamos en sábanas limpias ocupando la misma habitación para que nos saliera más económico. El encargado estaba alojado en la misma pensión por lo que nos sentábamos a la misma mesa para comer y de esta forma iniciamos una relativa amistad por la que nos proporcionaba los mejores tajos y nos pagaba una peseta más que a los demás; este detalle fue descubierto por uno de los obreros bastante mayor que nosotros y se enfureció al comprobar que las zonas arenosas nos las cedía el encargado para que nos cundiera más la faena. Recuerdo una tarde que yo estaba cavando con el pico y mi amigo sacando la arena con la pala y él nos dijo: ¿así da gusto eh? Al tiempo que levantaba el pico con la intención de darme en la cabeza; enseguida apareció el encargado que apaciguó la aún no iniciada reyerta y despidió al hombre después de pagarle sus honorarios; el encargado nos dijo que acababa de salir de la cárcel y estaba medio loco.
En la ciudad de Reus estuvimos hasta que se terminó este trabajo y con el mismo encargado nos fuimos a otro pueblo llamado Monroig para trabajar en una carretera local que iba desde el pueblo hasta la playa. El trabajo era bastante más duro que el anterior, teníamos que ir echando piedras del tamaño del puño sobre la calzada con una carretilla, a continuación las nivelábamos con un pisón de madera colocándolas, después pasaba una apisonadora y posteriormente le echaban alquitrán con una máquina.
Además de ser muy cruel el trabajo el calor era sofocante, a primeros del mes de mayo en medio del campo y en un lugar parecido a un desierto; a lo lejos se divisaba el mar y de tanto en tanto levantaba la cabeza para mirarlo y pensaba que ya quedaba menos para llegar hasta el agua y pegarme un soberano baño pero aquello no ocurrió porque el trabajo resultó tan pesado que tuvimos que abandonar.
En los día que duró este trabajo nos alojábamos en una casa abandonada y medio en ruinas, sin agua ni luz y durmiendo sobre un montón de paja, la comida la realizábamos a base de fiambre que comprábamos en el colmado del pueblo, cuando al anochecer entrábamos en aquella ruinosa y deprimente casa, acompañados de otros obreros de la misma obra, comiendo sobre el suelo, sin una mala manta para taparnos ni agua para asearnos, nos desanimamos de tal manera que al día siguiente pedimos la cuenta y nos despedimos.
Regresamos a Reus y nos presentamos en una especie de centro que era una sociedad de labradores donde nos dijeron que encontraríamos faena para la recolección de cerezas que ya estaba empezando; Así fue, un señor muy amable propietario de una gran finca en la villa de Argentera nos contrató proporcionándonos alojamiento en la misma finca que tenían una casa donde los señores pasaban el verano; la casa era muy grande, con un montón de habitaciones y muchas camas pero todas carecían de colchón, sábanas y mantas; nosotros fuimos alojados en la cocina donde el capataz tenía dispuestos unos rudimentarios jergones de paja y unas viejas y raídas mantas.
La aldea era una preciosidad, con unos paisajes maravillosos rodeada de montañas, con bancales plantados de toda clase de árboles frutales predominando el cerezo y los avellanos.
A la mañana siguiente acompañados por el encargado y tres hijos de 14 a 19 años, montados sobre el remolque de un viejo tractor cargado con un montón de cajas vacías nos dirigimos al tajo. Resultaba bastante divertido la recolección de cerezas, al principio creo que comía más de las que echaba al cesto. El jornal que nos pagaban era de 80 pesetas diarias y teniendo en cuenta que el alojamiento y el postre eran gratis podíamos ahorrar bastante. Nos abastecíamos de comida en el único colmado donde vendían de todo: desde herramientas, bebidas, comida, carne, latas, pan y hasta un orinal se podía comprar.
En la cocina había una amplia chimenea que encendíamos a diario al regreso del trabajo, con una leñera en el exterior bien cargada, una despensa y bodega cerradas ambas con un fuerte candado; cada día nos preguntábamos qué podría haber dentro de aquellas dependencias tan herméticamente cerradas. Un día nos decidimos averiguarlo y no ofrecieron resistencia a mi experiencia con las ganzúas, (los candados de aquella época eran grandes y pesados pero muy sencillos de abrir simplemente con un cortaúñas). Al abrir la puerta nuestra sorpresa fue grande al encontrar ante nuestros ojos una gran habitación parecida al almacén de un regimiento donde encontramos un enorme depósito de aceite de unos 500 litros completamente lleno con un grifo y la espita precintada, cuatro garrafas del mismo líquido de 16 litros también llenas, una docena de sacos de patatas, dos de cebollas y un montón de boniatos extendidos en el suelo; las estanterías estaban repletas de tarros de conservas, mermeladas y confituras. Admirados por lo que veían nuestros ojos no reparamos en el techo que estaba lleno de embutidos y jamones. ¡Releches, macho!, como nos vamos a poner, dijo mi compañero de fatigas. Yo le dije: tranquilo majo que si el amo viene y se da cuenta nos la cargamos, es capaz de avisar a la Guardia Civil y nos meten en la cárcel. Durante los treinta días que estuvimos allí solo gastamos unos cuatro litros de aceite que sacamos de una garrafa añadiendo agua en cada extracción, y como resulta que el aceite es menos pesado se subía a la superficie sin notarse en caso de que alguien viniera. Consumimos algunos boniatos y patatas, varios tarros de conservas y mermeladas. La bodega también fuertemente protegida por un candado que no ofreció resistencia estaba repleta de estanterías con infinidad de botellas de cava, cuatro enormes barriles de unos 500 litros repletos hasta los bordes de un excelente vino tintorro (posteriormente he sabido que se trataba del famoso y excelente vino con denominación de origen “Del Priorato), varias garrafas conteniendo vinagre, anís, moscatel y mistela. El vino lo sacábamos a placer y de las garrafas nos tomamos algunas copitas para no levantar sospechas. El señor vino varias veces pero nunca entró en la casa, siempre se dirigía directamente al campo para ver como iba la cosecha de cerezas y en una ocasión mataron un cordero que nos lo cepillamos en chuletitas a la brasa, entonces envió al hijo mayor del encargado a la casa para que trajera vino. Temíamos que descubrieran algo pero no ocurrió, ya que cada vez que invadimos aquel paraíso cerrábamos cautelosamente dejando todo tal como estaba para no levantar ningún tipo de sospechas.
Como no teníamos colchones, sábanas ni mantas, viendo que el trabajo nos podría durar bastante, pues después de la cereza venía la escarda del avellano, a continuación la recogida de peras, ciruelas y melocotones, después la vendimia y a continuación la recogida de aceitunas; podíamos tener trabajo para varios meses y con bastante dinerito ahorrado, en el colmado nos compramos una manta y un par de sábanas para cada uno y con dos sacos de lona descosidos y vueltos a coser después de rellenarlos con paja limpia nos hicimos un buen jergón en el que después del trabajo condimentábamos una opípara cena regada con un buen tintorro y un par de copitas, caíamos como bebés y dormíamos profundamente hasta el amanecer con el toque de claxon del tractor de nuestro jefe que pacientemente nos esperaba a que nos vistiéramos tardando pocos minutos ya acostumbrados a la disciplina cuartelera; normalmente esto ocurría muy pocas veces pues nos gustaba levantarnos con tiempo para prepararnos un generoso desayuno antes de salir.
Como casi todo el día estábamos en la faena nuestra única diversión consistía en llegar a la casa, encender la chimenea, prepararnos la cena y la comida del día siguiente, cenar y escuchar música en un pequeño transistor que nos encontramos en una de las habitaciones. No descansábamos ni los domingos hasta que la cereza se terminó, pensamos que nos darían más trabajo pero nos dijeron que la escarda del avellano la realizaban los hijos del encargado y no cogerían a más gente hasta la cosecha por el mes de septiembre y luego venía la vendimia, de modo que después de liquidarnos nuestros jornales nos fuimos a la casa para hacer nuestro equipaje y quedarnos unos días más después de pedirle permiso al dueño con la intención de descansar y conocer el pueblo y sus alrededores que era precioso y muy pintoresco.
Pasaron tres meses desde que salí del cuartel y no llegó a convencerme el futuro que me esperaba, deambulando de un sitio para otro sin porvenir seguro. En las veladas nocturnas charlábamos acerca de nuestras respectivas intenciones, teníamos un buen dinero ahorrado, mi amigo quería emigrar a Alemania y yo tomé la sabia o tal vez equivocada decisión de regresar a la vida militara la que seguía temiendo y desconocía lo que me podía acontecer.
No queríamos abusar de la hospitalidad y decidimos separarnos, al cuarto día nos levantamos temprano y después de desayunarnos un sabroso salchichón de los que colgaban en la despensa, tomarnos sendos cafés con leche, nos pusimos a hacer las maletas repartiéndonos un hermoso jamón que descuartizamos y un par de salchichones; vimos que el amo nos había mentido cuando nos dijo que tendríamos mucho trabajo: cereza, escarda, pera, avellanas, vendimia y aceituna. En el colmado ya nos avisaron que cada año solían hacer lo mismo, y pensamos que un jamón y un par de salchichones no les quitaría de comer durante el veraneo.
Cogimos el tren rumbo a Reus donde mi buen amigo y compañero tomó otro hacia Barcelona y yo hacia Zaragoza. Sentí mucho despedirme, nos compenetramos bastante bien y nunca jamás discutimos, como él tenía un destino desconocido no me proporcionó su dirección pero yo le di la mía a la que me escribió varias cartas, primero desde Francia, posteriormente de Suiza y las últimas desde Alemania, hasta que se casó y a partir de aquí cesó su correspondencia a pesar de escribirle pero nunca más supe de él perdiendo su pista definitivamente.
Estuve a punto de irme con él porque éramos muy buenos amigos, muy poco tiempo estuvimos juntos pero nos llevábamos mejor que hermanos. Nunca podremos saber lo que hubiera acontecido de haber tomado este camino; hay momentos en la vida que estás en una encrucijada, tomas la dirección que mejor te parece sin saber si es la correcta y jamás podrás saber que hubiera pasado tomando otra, tal vez muy buena o equivocada, yo tomé la que me decía el corazón en aquellos momentos y pienso que no estuvo muy equivocada del todo.
Sentí una sensación agradable al retornar el camino hacia mi verdadera casa, la que se había convertido en “mi casa” porque no tenía otra, ya tenía decidido lo que más me convenía muy a mi pesar, porque el Ejército nunca me había gustado pero ¡que remedio!. Esta era mi única casa; tenía ropa, comida y cama gratis, además de un pequeño sueldo de momento, porque con el tiempo llegaría a ascender y mantener una posición más desahogada, tenía buenos amigos y compañeros a los que eché de menos durante el tiempo de mi ausencia pasando calamidades. Le tomé aversión a Cataluña y a los catalanes, no es que se portaran muy mal conmigo pero eran personas diferentes y muy suyos, difíciles de comprender y de poder hacer amigos. Creo que desde entonces futbolísticamente hablando me hice más del Madrid y anti-Barça, influyó mucho en ello el echo de haber presenciado un partido de futbol entre el Real Madrid y el Barcelona en un bar, los espectadores hablaban muy mal, no solo de los jugadores sino de la gente de Madrid en general y me decepcionaron bastante. Posteriormente he comprobado que no me equivocaba en nada pues el odio que los catalanes tienen hacia todo lo relacionado con la Capital de España es demasiado grande, naturalmente que hay excepciones pero la mayoría piensan así; parece ser que les jode que Barcelona no sea la Capital del Reino o tal vez porque existen muchos republicanos en esa región, reivindican el separatismo y odian al resto de los españoles, siempre creyéndose que son “los mejores”.
Comenzaron a licenciarse mis compañeros, lo sentí mucho por “El Papi” que se fue a Canadá y nunca supe más de el; Otro buen compañero de Málaga que durante el tiempo que estuvo destinado en esta estación de radar supo aprovechar el tiempo estudiando ingles y un curso de ingeniería por correspondencia desde Estados Unidos y al terminar le reclamaron para trabajar en una empresa de ordenadores; posteriormente he sabido que alcanzó fama y fortuna labrándose un buen porvenir. “El rubio” y “Al Capone”, ya sabemos que terminaron con buen pié. Uno de ellos (Claudio García Orta) que emigró a Francia era aficionado a la pintura, pintaba cuadritos pequeños y los vendía a los americanos sacándose un buen sobresueldo; me regaló todos sus artilugios de pintura que no eran muchos: media botella de aguarrás, cinco pinceles y unos cuantos tubos de óleos casi gastados que a mí me sirvieron y que unido a los conocimientos de dibujo que tenía para dar mis primeros pasos pintando ramos de flores sobre azulejos blancos que encontraba en la escombrera. Posteriormente pintaba sobre cartones entelados que compraba en una tienda de bellas artes de Calatayud; temas taurinos, parejas de bailaores de flamenco y paisajes de los alrededores.
Cada 15 días que era el día de cobro (pay day), exponía mis pequeñas obras de arte en el hall del club y me los quitaban de las manos en poco tiempo al precio de cinco a diez dólares (según tamaño y tema). Algunos me hacían encargos de paisajes sobretodo del pueblo y sus alrededores que eran muy solicitados, otros me hacían encargos difíciles que por cobrarlos me atrevía a hacerlos, como el retrato de su novia, alguna chica desnuda copiada de la revista Play Boy y cosas extrañas y en ocasiones me salían tan mal que casi ni me atrevía a entregárselos pero a ellos les gustaba.
Me sacaba unas tres o cuatro mil pesetas mensuales. ¡El doble del sueldo de un Capitan!. Total ná...
Empecé a darme la buena vida realizando más salidas a Calatayud, alternar con los amigos de la pandilla y hasta en alguna ocasión desplazarme a Zaragoza frecuentando algún club nocturno donde la mayoría de las veces me sacaban “la pasta”, con los bolsillos vacíos regresaba a mi provisional estudio a seguir pintando para aprovechar la racha.
Cuando se es joven se gasta, mejor dicho, se tira el dinero sin pensar en el futuro, pero ahora digo yo
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