Mi vida transcurría la mayor parte del tiempo con los americanos de los que ya tenía varios amigos, era querido y apreciado por mis compañeros y mis jefes, en ocasiones me invitaban a sus excursiones y a las fiestas que organizaban en su club, me dejaban entrar sin ser socio, me pagaban alguna bebida y escuchaba buena música practicando el inglés que aunque no muy fluido podía entenderlo y hablarlo con un acento tan parecido al suyo que a veces alguien me confundía por uno de ellos. Todo tipo de convivencia era forzosamente en inglés, muy pocos sabían español.
En los ratos de descanso durante el turno de trabajo teníamos una salita de estar que le llamaban Breik Room donde pasábamos el tiempo libre jugando a las cartas, escuchando música, etc. Aprendí casi todos los juegos que practicaba con ellos, teníamos café y cocacola gratis, a veces nos traían de la cocina algún pastelito o sandwiches que estaban riquísimos y me aliviaban el estómago.
Algunos compañeros me pedían que hiciera su turno de trabajo por las noches, sobretodo las vísperas de los tres días libres para ellos estar más despejados y poder conducir hasta las playas de la Costa Brava donde solían desplazarse a menudo; Normalmente hacíamos cuatro horas de turno alternando con horas libres que podíamos ir a dormir, a veces las cuatro horas seguidas y el resto libre; me pagaban tres dólares por sus cuatro horas, aportaban un soberano sanwich de tres pisos, un par de piezas de fruta y dos paquetes de tabaco. Estuve haciendo esto hasta que el sargento jefe de equipo se dio cuenta y nos arrestó a los dos a limpiar los retretes; Mala pata porque estos dinerillos, alimentos y tabaquillo me venían de perilla, de todas formas a menudo me solían traer algo cuando ellos iban a cenar. Una cosa que me gustaba mucho era la leche, estaba envasada en tetrabrics de un litro (desconocido en España), muy rica y fría estaba de locura, en invierno la tenían almacenada en cajas muy grandes a la puerta de la cocina en el exterior y podías coger la que quisieras, hasta que alguien abusó demasiado y la metieron para dentro. Los españoles éramos la leche, nos daban la mano y nos tomábamos todo. Al principio los americanos dejaban el paquete de tabaco sobre la mesa en el lugar de trabajo, alguien le tomaba un cigarrillo y no te decían nada, pero alguien se llevaba el paquete entero y desde entonces empezaron a desconfiar, conmigo no eran así porque sabían que yo no lo hacía, y si alguna vez necesitaba un cigarrillo se lo pedía de antemano.
Una vez me encontré un mechero Dupond de oro en el asiento del autobús, cuando entré en la sala de operaciones se lo dije al sargento jefe de equipo, el encendedor tenía gravadas unas iniciales y cuando apareció su propietario le pregunté lo que estaba escrito y al responderme correctamente se lo entregué, él me lo agradeció regalándome un encendedor ZIPO con mis iniciales grabadas y el escudo de la 65ª División Aérea al que tomé mucho aprecio.
Por Navidades tenían la costumbre de regalar un paquete a cada miembro del equipo conteniendo chucherías, frutos secos, un pastel típico de navidad al que llamaban “Plum Cake” y un pequeño obsequio. La primera Navidad que la pasé de servicio me sorprendió recibir este bonito regalo que me hizo mucha ilusión.
Muchas veces pensaba en hacerme del ejército americano pero la única manera de conseguirlo era casándose con una americana, de esta forma obtenías la nacionalidad y automáticamente pasabas a formar parte de sus Fuerzas Aéreas. Me empecé a cartear con la hermana de un compañero, me mandaba fotos, me hablaba de su país y cada vez me ilusionaba más pero cuando pensaba en el matrimonio...era muy crudo leches¡¡¡ Casarse con una tía que no conocías de nada.....joer¡¡¡, joer¡¡¡¡ y solo por pertenecer al Ejército Americano, que en España eran señores pero en su país pasaban necesidades casi como los militares de aquí.
miércoles, 28 de noviembre de 2007
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