Un caluroso verano que raramente me encontraba en casa a la hora de la siesta, llamaron a la puerta y yo por ser el más pequeño era el portero de turno, bajé a ver quien podría ser a esas horas que casi nadie se movía de sus casas y mi asombro fue encontrarme de cara con Mari luz y dos amigas que regresaban de una excursión sedientas; me pidieron un vaso de agua, subí las escaleras corriendo y temblándome las piernas, cogí el botijo y tres vasos para servírsela, puse los vasos en una bandeja que porté con una mano y con la otra el recipiente, bajé las escaleras temblándome todo el cuerpo y al llegar al último peldaño tropecé; La bandeja con los vasos rodó por el suelo, ellas se echaron a reír y yo estaba colorado como un tomate pero la sed que traían rompió el momento de azaro y risas, lanzándose al botijo que milagrosamente no se había roto y se lo empinaron al gaznate con gran habilidad; boquiabierto admiré aquella linda boquita que tragaba el agua como una esponja, cuando terminaron de beber me dieron las gracias y se fueron camino hacia sus respectivas casas, yo me quedé como en otro mundo, nunca la tuve tan cerca.
Llegaba el verano y con él mis hermanas de Madrid y nos marchábamos al Cortijo que era menos caluroso que Villacarrillo, aunque algunos días también soplaba bastante pero con el río y el frescor de la huerta se nos hacía más llevadero; entre baños, juegos, pesca, excursiones y veladas nocturnas me lo pasaba de maravilla, días y momentos inolvidables que aún conservo en mi mente de una manera muy viva. Mi padre procuraba estar con la familia ausentándose solo para hacer algún recado importante que nosotros no podíamos realizar, dinero y víveres que no se producían en la huerta.
Después de irse mis hermanas aún permanecíamos un cierto tiempo hasta la recogida total de las cosechas de otoño; un día mi padre se presentó con media docena de caballerías cargadas a tope con un montón de variadas cosas y enseres; cajas, garrafas, toneles, sacos, utensilios y víveres, por lo que deduje se trataba de un arsenal para montar una especie de tienda o almacén donde se podía encontrar de todo: desde una aguja, alimentos no perecederos, azúcar, legumbres, especias, vino, licores, herramientas y cosas necesarias para el campo. Todo fue descargado a la puerta de la entrada que poco a poco fue introduciéndose en la casa y colocado en estanterías que se habían dispuesto en las únicas dos dependencias. En la primera se montó un mostrador de madera sobre el cual colocaron una balanza de aquellas que tenía dos platos metálicos; uno para pesar la mercancía y el otro donde se ponían las pesas de diversas medidas. La segunda dependencia servía de dormitorio y almacén. Una enorme cuba de vino fue colocada en uno de los rincones de la tienda y las garrafas que contenían vinagre, anís y vinos dulces fueron situados al lado junto con unas medidas para servir a los clientes que se acercaran a comprar.
Mi hermano Quique y yo fuimos los asignados para llevar el negocio.
Quizás mi padre pensó que si éste prosperaba fuera cada vez en aumento, ampliando la finca, granja y otras cosas para un futuro porvenir. Nuestro progenitor tenía creído que al encontrarse el cortijo a medio camino entre los caseríos de la sierra y Mogón, la gente pararía allí para comprar por encontrarse más cerca; aquello fue un fracaso rotundo ya que allí no se paraba ni un alma, tan solo de vez en cuando algún aficionado a la bebida hacía un paréntesis en su camino para echarse un trago y reanudar la marcha hacia el pueblo donde había más tiendas, bien surtidas y poder elegir mejor las mercancías. Además en esa época se utilizaba muy frecuentemente “el trueque”: ellos portaban cosas de sus lugares de origen que en el pueblo escaseaban y lo cambiaban por otras, con la agravante de que muy a menudo la gente compraba “de fiado”, más o menos a plazos o para pagar más tarde bien con dinero o por el sistema antes mencionado. De esta forma ya tenían un compromiso con los anteriores comerciantes que les debían favores desde mucho tiempo atrás.
Pasaba el tiempo y sin vender una escoba, mientras tanto nosotros hacíamos vida más o menos de Robinsones: cuidábamos las gallinas, conejos y las cabras, cortábamos leña con la que alimentábamos el fuego para calentarnos y cocinar el sustento de cada día, recogimos la aceituna, preparamos la huerta para los primeros sembrados de invierno siempre ayudados por los buenos consejos de nuestro buen vecino “Kiko Pelaespigas”, y de esta manera pasábamos el tiempo lo mejor que podíamos bastante entretenidos. Entre los animales y nosotros dimos buena cuenta de casi todo lo que había comestible en el negocio, latas, azúcar, café, legumbres, etc. y buenos tragos de vino que nos echábamos de vez en cuando para mitigar el frío ya que pasamos allá los peores meses de invierno, hasta que llegó la primavera y sobre el mes de mayo cuando mi padre regresó para comprobar los resultados de su empresa, encontró el panorama tan desolador que metimos los pocos animales que quedaban en unas jaulas y con el resto que algún valor tenía nos fuimos para casa donde nuestra madre nos esperaba con los brazos abiertos después de varios meses de ausencia.
Eran unos tiempos bastante malos, no había casi de nada, las existencias de la huerta enseguida se terminaban y el resto del invierno lo teníamos que pasar como fuera, más de una noche nos tocó ir a la cama con la barriga vacía. Primavera, verano y otoño eran llevaderos por la razón de que mi padre tenía más trabajo y por lo que proporcionaba la huerta que era una ayuda muy buena para mitigar el hambre con todos los productos que se podían cosechar, pero los inviernos...
Reanudé las actividades escolares alternando con la escuela de artes y oficios que empezaba a las ocho de la tarde hasta las doce de la noche. Se podían aprender varios oficios: herrero, albañil, carpintero, electricista, contabilidad, modelado, talla y dibujo.
Pasé por casi todos para probar pero al final me decidí por Bellas Artes donde se aprendía dibujo, talla y modelado en arcilla y escayola. Había un aula para cada uno y la asistencia era libre, yo pasé más tiempo en la de dibujo donde al cumplir los catorce años me entregaron un diploma con la nota de SOBRESALIENTE. Al mismo tiempo terminé lo que llamaban “enseñanza Primaria” que a esta edad era obligatorio abandonar la escuela. La mayoría de jóvenes de mi edad empezaban a trabajar en lo que encontraran para ayudar a sus familias. Yo me quedé a la expectativa.
A mediados del siglo XIX hubo en España una epidemia de cólera, dicen que la gente moría como ratas, por tal motivo las autoridades ordenaron dar de cal viva en todas las viviendas y edificios públicos incluido iglesias y conventos, blanqueando con cal viva todas las paredes sin respetar pinturas y murales de extraordinario valor artístico; había pasado tanto tiempo que nadie sospechaba de aquellos tesoros escondidos bajo la cal hasta que alguien lo descubrió por casualidad, quizás por un desconchón o algo parecido. El Ministerio de Cultura contrató a unos expertos para sacarlos a la luz restaurándolos y darles la belleza que en otros tiempos le dieron los grandes maestros de la pintura.
A este pueblo llegó uno de ellos, se llamaba Pierre Francois, francés y un buen entendido en la materia, para realizar este delicado trabajo necesitaba un ayudante, en el hotel en el que se hospedaba preguntó si conocían a algún chico para que le ayudara en dichos menesteres, el dueño del establecimiento conocía a mi familia y sabía de mis cualidades de buen dibujante y las de mi hermano Enrique, cuando nos propuso el trabajo aceptamos con mucho gusto e inmediatamente nos pusimos a sus órdenes, al día siguiente comenzamos a trabajar con él, aunque más que trabajar era aprender en lo que teníamos que ayudarle. Era un hombre de unos 35 años, bastante alto, fuerte, bonachón y poco hablador, dominaba el castellano pero con fuerte acento francés. Quique que tenía más conocimientos de pintura estaba casi siempre a su lado realizando parecidos trabajos, mi misión consistía en ayudar a rascar minuciosamente la cal de las paredes donde él me indicaba para descubrir la pintura que había debajo de varias capas, mezclar los colores con las proporciones adecuadas; cal reposada y pigmentos con los porcentajes que según sus necesidades me iba indicando, realizaba sus recados, etc. En la nave central de la iglesia se montaron unos andamiajes formando una plataforma en la parte más alta por la cual nos movíamos con bastante facilidad y sin peligro alguno. Primeramente restauramos las bóvedas centrales. El acceso a la plataforma lo hacíamos a través de una escalera de madera y los materiales se elevaban con una polea y metidos en una especie de cesto de mimbre. El maestro y Enrique casi siempre estaban arriba, cuando necesitaba mi ayuda llamaban mi atención por medio de una campanilla atada a un hilo en el extremo de abajo y a través de un rudimentario teléfono parecido a aquellos que de niño construíamos con dos botes atados a ambos extremos de un hilo. Esta era nuestra forma de comunicarnos, ya que la altura era bastante considerable y a voces resultaba prácticamente imposible entenderse, teniendo en cuenta que los oficios religiosos no se habían interrumpido y no era cuestión de ponerse a dar gritos en medio de una Misa o un funeral. Una vez acabadas las bóvedas principales nos trasladamos a la parte trasera del altar mayor donde montaron otro andamiaje que ocupaba la parte frontal y ambos laterales. Estos trabajos duraron menos tiempo porque al ser murales de nueva creación no tuvimos que rascar las paredes, solamente preparar la base y pintar.
Nada más terminar con la iglesia nos trasladamos a un convento de monjas para decorar la capilla que le quedó preciosa. A continuación fuimos a un cortijo tipo palacete en una finca muy grande para construir un oratorio en la casa, aquí me lo pasé muy bien pues alternábamos el trabajo con actividades recreativas como la caza y la pesca que allí abundaba, pescábamos en un río truchero que atravesaba la finca y nos dábamos buenos chapuzones, él era bastante aficionado a la pesca especialmente de la trucha con el que aprendí mucho en las diversas excursiones por toda aquella vega del Guadalquivir y sus afluentes
Me veo obligado a relataros una anécdota que nos ocurrió en una de estas correrías: Un día nos fuimos a pescar a las proximidades del nacimiento del Guadalquivir, era un lugar muy escarpado con torrenteras y aguas muy transparentes muy poco habitado por la civilización, de tarde en tarde nos topábamos con algún molino o casita aislada de labradores; salimos con la intención de regresar a casa a comer y no llevamos bocadillos, a eso de medio día nos entró un apetito de muerte y en la primera casita que encontramos habitada por una viejecita le preguntamos si nos podía preparar algo de comer naturalmente pagándole su importe, ella nos contestó que solo tenía huevos y patatas fritas a lo que aceptamos con alegría, nos invitó a pasar dentro de la choza que se estaba muy fresquito, y mientras ella preparaba en un fogón del exterior las viandas, pudimos observar que en el interior de la chimenea tenía colgado un apetitoso trozo de tocino ahumado, el maestro comentó porqué la vieja no nos ofrecería también el tocino con los huevos; sobre una pequeña mesa colocada en el centro de la estancia había una enorme hogaza de pan, yo extraje una pequeña navaja del bolsillo y nos pusimos a comer con entusiasmo, cortando grandes rebanadas de pan y el tocino en trocitos, en aquellos momentos la vieja entró y nos sorprendió comiendo aquel sabroso bocado, nos dijo: ¡no coman ese tocino que lo utilizo para curarme las almorranas!. ¡¡¡leches!!! Ya casi nos lo habíamos terminado, a continuación nos sirvió una hermosa bandeja con una docena de huevos fresquitos y un buen montón de patatas fritas que en cinco minutos desaparecieron; de postre nos ofreció una sabrosa sandía que también nos terminamos. Pagamos a la simpática señora que no paró de lamentarse por lo del tocino y por no poder habernos ofrecido algo mejor pero nos supo a gloria lo poco que humildemente nos preparó sin intención de cobrar nada, ya que se resistió a tomar el dinero, y es que por aquellos lugares la gente es muy hospitalaria. Al final mi maestro la obligó a aceptarlo.
jueves, 29 de noviembre de 2007
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