jueves, 29 de noviembre de 2007

Pocos tiempo después terminé el curso de ayudante de especialista que llevaba consigo mi primer ascenso a Soldado de 1ª. Ya había conseguido mi primer galón de color verde el cual cosí con esmero sobre todas mis prendas de uniforme. Mi sueldo mensual era de 122 pesetas con 65 céntimos hasta mi siguiente ascenso a cabo un año más tarde que me subió a 275.
Al terminar el curso normalmente éramos enviados al destino respectivo dependiendo de la especialidad de cada uno: base, aeródromo, torre de control, estación de radar, etc.
A nosotros no se nos asignó destino porque los rádares se estaban construyendo en los lugares más estratégicos de la geografía española y tardarían un cierto tiempo, de modo que como allí nada teníamos que hacer nos enviaron con permiso indefinido a nuestras respectivos domicilios paternales, así estuvimos casi un año hasta que por fin nos fueron llamando y asignándonos destino. Yo permanecí en mogón casi diez meses los cuales aproveché en trabajos diversos para ahorrar un dinerito que más tarde me vendría bien: peón de albañil, recolección de la aceituna y ayudante de pintor de brocha gorda, estudiaba ingles en los ratos libres, mi padre me obligaba a practicar mecanografía y salía con los amiguetes a los paseos de costumbre.

Me incorporé a la escuela hacia septiembre de 1.958, aún tardaron unos meses en asignarme el destino, los que aproveché para trabajar como peón en una construcción de viviendas cerca de allí, (San José de Valderas), donde continué engrosando mis ahorrillos; los fines de semana los pasaba en casa de Tía Eloisa con mis hermanas, paseaba por Madrid visitando museos, salas de arte y presenciando películas en los muchos cines de la capital, también asistía de vez en cuando a las reuniones o guateques que se organizaban en casas particulares que consistía en preparar una pequeña merendola y con un tocadiscos se bailaba hasta las diez de la noche que era normalmente la hora de recogida, se hacían juegos divertidos y se conocían las parejas.
En uno de estos conocí a Isabelita, fue la primera chica con la que empecé a salir, tenía 17 años, natural de Fuentepelayo (Segovia), alta, delgada, pelo muy negro y extremadamente religiosa; solíamos ir al cine, a pasear por las calles y parques y nunca faltaba la visita de rigor a la primera iglesia que encontrábamos en nuestro camino, en alguna rara ocasión me dejó tomarla de la mano y jamás permitió que la besara, tan solo en la frente en el momento de vernos o a la despedida; era muy charlatana, me hablaba de su familia de humildes labradores, de su pueblo, las fiestas y de muchas otras cosas. Ella me gustaba, fue mi primer amor a pesar de no estar muy seguro de ello, creo que puro y sincero pero no duradero pues al poco tiempo me destinaron a Calatayud y a mis pocos años me tiraba más la aventura que los amores y pensar en cosas serias. Ahora, después de tanto tiempo, mantengo ese dulce recuerdo como otros tantos pasajes de mi vida, que fueron tan dulces pero quedaron atrás perdidos en el tiempo.

Trabajando en las obras de San José de Valderas de simple peón y debido a mis pocos conocimientos de mecanografía me ascendieron a listero que consistía en llevar el control de los obreros y anotar las horas extras para pagarles cada semana, ya no tenía que realizar los duros trabajos tirando de pico, pala y carretilla; me asignaron un cuchitril de madera y tejado de uralita al que llamaban “la oficina”, desde donde controlaba mi trabajo que era mucho más cómodo y llevadero, cada día el encargado de las cuadrillas me comunicaba las horas, yo las anotaba en un libro y realizaba las operaciones matemáticas para el sábado por la tarde liquidar a los trabajadores. El pago lo realizaba el encargado general que venía con un maletín y dinero fraccionado, los hombres formaban una cola y por riguroso turno les íbamos abonando sus jornales y las horas extras, a continuación muchos de ellos se acercaban a Alcorcón que era el pueblo más cercano y desde donde cogían el autobús para Madrid y mientras esperaban se tomaban unos vinos en los bares, otros que procedían de lugares lejanos como Andalucía, Extremadura o Galicia y carecían de alojamiento regresaban a dormir en un barracón habilitado a tal efecto, aprovechaban para hacer las compras de comida u otros enseres necesarios, algunos se cogían una buena melopea y los tenían que trasladar otros compañeros. Los días de trabajo comíamos en el mismo barracón donde había unas mesas con bancos de madera y un fogón donde cocinaban una especie de rancho parecido al del cuartel pero con condimento, calidad y más sabroso. La comida la preparaban los mismos obreros que se turnaban según sus conocimientos de cocina y el plato que ellos sabían hacer, naturalmente con productos económicos, nada de lujos pero normalmente comidas a base de legumbre, potajes, migas, y platos típicos de su región de origen, acompañado con vino y gaseosa, alguna pieza de fruta, después un pequeño descanso y a seguir trabajando. Hay que tener en cuenta que en aquellos tiempos los jornales eran muy pequeños y por este motivo se realizaban horas extras para engrosar la paga de la semana que muchos enviaban a sus familias, alrededor de 100 pesetas diarias incluyendo horas extras y ya era un buen jornal; en la recolección de aceituna pagaban 36 pesetas diarias y la temporada duraba poco más de tres meses, por esto se ausentaban de sus lejanos lugares de origen para poder enviar dinero a sus familias y poder vivir ellos el resto del año.
Esta era la España de “Franco” de los años 50, aún no habían pasado dos décadas desde la terminación de la Guerra Civil y los resquemores, miedos y temores estaban en el aire, noticias de algunos fusilamientos llegaban a nuestros oídos y el miedo se conservaba en el cuerpo.
España estaba embargada por el Mundo entero en todos sus aspectos; nada entraba ni salía del país, el abastecimiento era local, la industria, la economía, la agricultura estaba controlada por el Régimen Fascista hasta el extremo de ver circular automóviles de nuestra propia marca por las calles y carreteras: SEAT, PEGASO y los recientes salidos a circulación BISCUTER, de los que sacaron infinidad de chistes por lo pequeños que eran. Aparatos de radio y electrodomésticos había muy pocos, no existían lavadoras ni televisión y apenas frigoríficos que solo poseían los ricos; las cocinas seguían siendo de carbón y en alguna casa si tenían una plancha eléctrica era un lujo.
Daba gusto pasear por las calles de Madrid con tan poca circulación y admirando típicos cacharros de los años 20. En mi pueblo creo recordar que tan solo había un par de automóviles de turismo, un solo taxi y un par de camionetas contando con la del abuelo del “Medinilla”, ya comenzaba a aparecer algún tractor con su remolque y ayudaba a las pobres caballerías que realizaban todo tipo de trasportes en sus lomos.

Me hice traficante. ¡No os asustéis!, Que no se trataba de droga ni nada por el estilo. La droga en aquellos tiempos, gracias a Dios, yo no había oído hablar de ella, lo desconocía por completo, solo nos apetecía drogarnos con un buen mendrugo de pan, un chorizo y un vaso de vino.
Mi forma de traficar consistía en la compra-venta de prendas de vestir: En la escuela había un montón de cabos 1º que realizaban el curso de sargento, al comienzo les entregaban tres equipos de vestuario completos, por la necesidad de dinero podían prescindir de una o dos prendas que me las vendían a mí por un módico precio, posteriormente yo se las vendía a los trabajadores por el doble de lo que me habían costado. Esto estaba totalmente prohibido y podía costarme un disgusto pero las necesidades aprietan y había que ingeniárselas para sacar “pasta gansa”.
¿Cómo me las ingeniaba para sacarlas del cuartel sin levantar sospechas?, Pues de la siguiente manera: como no podía esconderlas en una bolsa porque a veces las registraban, me las colocaba una encima de la otra, en la bolsa llevaba un par de zapatillas que me las ponía una vez vendido el par de botas que llevaba puestas; con tres calzoncillos, tres camisas, tres pares de calcetines y tres monos de trabajo, a la salida parecía que estaba más gordo y posteriormente a la entrada estaba más delgado.
Había que buscarse las habichuelas...
Conocía a un Sargento amigo de FEDE que estaba encargado del almacén de vestuario; allí se almacenaban todas las prendas de vestir de los que se licenciaban que debían entregarlas aún usadas antes de marcharse, posteriormente estas prendas se cargan en un camión para llevar a la Base Aérea de Getafe para su reciclage y se colocaban sobre el camión sin empaquetar, de manera que cabía la segura posibilidad de que con el viento y por la velocidad del vehículo se volaran, por lo que nombraba algún ayudante que viajara sobre ellas para evitar que se desperdigaran por la carretera. Yo fui nombrado en un par de ocasiones para esta misión que realicé a la perfección ayudando a mis propios intereses: quedé con dos compañeros en un lugar determinado de la carretera para en el momento preciso de pasar cerca de ellos yo descargaba las prendas que desde la salida tenía seleccionadas, las mejores, en buen estado y de más alto valor: botas de distintos pies, monos de trabajo, chaquetones y todo lo que podía acumular en el corto trayecto iban a parar a la cuneta desperdigándose por doquier, abalanzándole con rapidez mis compinches introduciéndolas en sacos para posteriormente seleccionar y vender.

El 26 de marzo de 1.959 muere mi padre. Me encontraba en la cantina con unos compañeros que normalmente nos reuníamos para merendar cuando apareció un soldado de la guardia para darme la mala noticia, rápidamente preparé mi bolsa de viaje con lo más imprescindible y con el pasaporte en la mano, en una furgoneta oficial me trasladaron a la estación de Atocha donde me reuní con mis hermanas, mi hermano Enrique que también se encontraba en Madrid y mis cuñados Miguel y Ken. Hacia las diez de la noche partió el tren con rumbo a la estación de Baeza donde tomamos un taxi que nos trasladó a Mogón llegando sobre las cinco de la madrugada. La casa estaba llena de gente que velaba el cadáver y a nuestra llegada salieron a recibirnos entre llantos y lamentaciones, fue impresionante, a continuación pasamos a la habitación donde se encontraba mi padre metido en un ataúd destapado, amortajado e iluminado por cuatro enormes cirios.
El entierro estaba previsto para ese mismo día por la tarde y como resulta que ese cementerio no disponía de fosas abiertas, ya que era costumbre de que cada familia abriera las tumbas en algún lugar disponible y como las gentes de allí son tan supersticiosas no querían cavarlas antes de tiempo, de modo que, nada más amanecer inicié la búsqueda de algún jornalero que realizara la faena, cosa que me resultó imposible, ya que estábamos en plena recolección de la aceituna y todos se encontraban trabajando, así que entre todos los hombres disponibles de la familia hicimos el hoyo lo mejor que pudimos; fue una experiencia bastante desagradable e inolvidable, ¡cavar la fosa de mi propio padre!. Quedé traumatizado durante mucho tiempo y cuando se lo cuento a alguien le cuesta mucho creerlo.
Tres días más tarde regresé a la escuela, el 1º de abril ascendí a cabo y tuve que dejar el trabajo en la construcción porque en mi Unidad me reclamaron para desempeñar las funciones de instructor de reclutas; otra vez con las actividades militares intensivas, pero en esta ocasión con la categoría de Jefe de Pelotón, muy respetado por mis inferiores, considerado por mis superiores y en un régimen bastante más agradable. Fui seleccionado para formar parte de la patrulla de tiro olímpico con la que participé en varios campeonatos militares; tres días a la semana entrenábamos en un polígono de tiro, nos entregaban una caja de munición con 2000 cartuchos 7.62 para nuestros respectivos mauser y teníamos que terminarlos entre dos tiradores en cada sesión de entrenamiento, disparábamos a un blanco asignado a cada uno situado a distintas distancias, moviéndolo cada vez más lejos, cada 100 disparos cesaba el fuego y nos acercábamos para comprobar las puntuaciones que un sargento anotaba en una libreta.
Participé en varias competiciones: La primera eliminatoria fue en la Región Central (Ejército del Aire) en la que quedamos campeones de nuestro grupo. Dos meses más tarde fue la eliminatoria de grupos y también ganamos, quedamos seleccionados para el campeonato de España que se celebraría en Las Palmas de Gran Canaria tres meses después, en la que no pude participar porque me destinaron a Calatayud y un reserva ocupó mi puesto.
Los campeonatos eran bastante reñidos y con muy buenos tiradores pues participaban los tres ejércitos, la legión, Policía Nacional y Guardia Civil. Posteriormente supe que quedaron campeones de España la patrulla de la Guardia Civil, no era de extrañar, ya que entrenaban a diario, tenían años de experiencia y con edades muy superiores a la nuestra.

A primeros de noviembre, junto con otros siete compañeros nos asignaron destino al Escuadrón de Alerta y Control nº 1 en Calatayud (Zaragoza). Era un lugar totalmente desconocido para nosotros, aún estaba en construcción y seriamos los pioneros, teníamos alguna idea de su enclave y entorno pero ignorábamos lo que allí nos esperaba.

Tomamos el tren en la estación de Atocha (Madrid) a las ocho de la tarde en uno de aquellos antiguos y desvencijados trenes que llamaban “Changay”, con los departamentos abiertos y asientos de madera donde casi siempre era imposible encontrar un lugar para sentarse, pero en aquella época del año parece ser que viajaba poca gente y tuvimos la suerte de encontrar un departamento para nosotros solos que fue ocupado con entusiasmo y jolgorio hasta que rendidos por los cánticos, nos tumbamos a dormir hasta las seis de la madrugada que llegamos a la estación de Calatayud en donde reinaba un frío y tal humedad que nos calaba hasta los huesos. La estación estaba desierta, el bar cerrado, ni un alma pululaba por aquellos lugares, ni el Jefe de estación que normalmente salía para dar la salida al tren, ni la habitual pareja de la Guardia Civil que nunca faltaba en estas zonas. Desorientados y sin saber hacia donde dirigirnos consultamos a nuestro Jefe de expedición que era el de mayor antigüedad y le pusimos el apodo de “Papi”, después de reflexionar entre todos, tomamos la decisión más lógica, iniciamos rumbo al pueblo que se encontraba a unos dos kilómetros, fuimos a parar a una cafetería donde nos informaron de todo lo que queríamos saber y después de meternos entre pecho y espalda sendos desayunos basado en huevos fritos con chorizo, regado con un excelente vinillo de la tierra y un buen tazón de café con leche, a continuamos iniciamos la marcha hacia nuestro destino; muy cerca de allí pasaba una furgoneta del Ejército del Aire que salía de la colonia de aviación a las 7:30 H. para transportar al personal al Asentamiento situado en un pequeño pueblo llamado “El Frasno” a 18 km. de Calatayud. Pocos minutos después de la hora prevista paró dicha furgoneta en la que viajaba un Teniente, dos Sargentos, un cabo 1º y el conductor, en un par de minutos “El Papi” hizo nuestra presentación y subimos a bordo, media hora más tarde arribamos al cuartel donde después de hacer las presentaciones oficiales y papeleos de rigor nos asignaron el alojamiento en una habitación de un edificio construido por los americanos; muy confortable, con calefacción, ducha y agua caliente. Normalmente estas habitaciones eran ocupadas por un solo hombre (americano) que disponía de una amplia cama, una mesa, un espacioso armario, dos sillas y un cómodo sofá. A nosotros nos colocaron a los siete en la misma habitación donde ya habían previsto tres literas dobles y una cama sencilla donde dormía “El Papi”, en el lugar del armario estaban situadas las siete taquillas para meter nuestros respectivos enseres y ropa, como eran muy pequeñas tuvimos que habilitar un espacio con un perchero para colocar los uniformes y los capotes de abrigo, en otro rincón habilitamos una especie de mueble bar donde teníamos algunas bebidas y tabaco, uno de nosotros se encargaba de su administración por turnos de un mes, el que quería algo lo tomaba y dejaba su importe; era imprescindible guardar turno para entrar al servicio y la ducha, al que le apretaban las ganas lo hacía en el campo o se acercaba a los servicios generales al final del pasillo.
Se hizo la hora de comer y nos enviaron a un pequeño barracón donde estaba la cocina, cantina y comedor, en dos largas mesas de madera, una para la tropa y la otra para oficiales y suboficiales, nos sirvieron la comida que me pareció bastante aceptable, lo que más me gustó fue el pan y el excelente vino clarete del lugar que nos fue servido en un porrón de vidrio.
La primera dotación del acuartelamiento era muy reducida pues aún no estaba totalmente terminada la zona española que se encontraba en obras, poco tiempo después comenzaron a llegar las plantillas de personal hasta relevar a los americanos que eran los que se encargaban de todo hasta enseñarnos a nosotros a dirigir el cotarro, esto no ocurrió hasta mediados de 1964. En esos momentos estaba compuesta por un capitán, un teniente, un brigada, dos sargentos, dos cabos 1º y la tropa que no llegaba a 15 hombres entre cabos y soldados contándonos a nosotros. Todos comíamos en aquel pequeño recinto que también hacía las veces de cuarto de estar y sala de juegos, mesas sin tapete y bancos de madera. En una especie de armario empotrado al fondo estaba situada la cantina donde vendían cervezas, vino, licores, tabaco, bocadillos y algún objeto imprescindible de aseo pero con unos precios abusivos, esta fue una de las razones por las que montamos nuestro propio bar. La calefacción de la estancia la proporcionaban los fogones de la cocina que casi estaban permanentemente encendidos, en el exterior reinaba un frío intenso con capas de nieve en ocasiones de hasta un metro sobre las calles y los campos que la tropa se encargaba de quitar con palas para despejar los caminos y entradas a los edificios.

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