Habiendo cogido tanto cariño a esta preciosa perrita que fue durante 12 años la alegría de la casa, estábamos pensando en la posibilidad de hacernos con otra igual para cubrir su hueco. Una amiga que tenía una pareja de la misma raza me anunció que la hembra estaba preñada y que si en el parto tenía más de uno podría adoptar a uno de ellos, ella se quedaría con el otro; en noviembre de aquel mismo año la perrita parió cinco encantadoras hembras de las que me ofreció una, cuando fuimos a verlas recién nacidas para elegir una estuvimos con la duda entre dos, por lo que la dueña nos dijo que podríamos quedarnos con las dos, sin pensarlo le dijimos que si.
Justamente el día de Nochebuena se vinieron a vivir con nosotros, fue como un regalo de navidad.
Les pusimos el nombre de Lula y Paty.
Dos cachorritas encantadoras que alegraron con más intensidad nuestro hogar:
La Cuky las aceptó con agrado pero siempre demostrándoles quién era la jefa de la manada: las ladraba cariñosamente como si quisiera enseñarlas, regañarlas y en ocasiones sentía algún celo de ellas pero todo fue a la perfección y sin problemas. Las tres jugaban en el jardín, porque la Cuky, a pesar de sus diez años siempre fue muy juguetona, las cachorritas la seguían en sus andanzas y la imitaban en todo aprendiendo de ella.
Pasó el tiempo y las niñas crecieron sin novedad junto a su profesora y jefa pero justo cuando cumplieron dos años una fatalidad vino a caer sobre Lula.
La muy traviesa estaba enviciada con buscar comida en el cubo de la basura, a pesar de que poníamos mucho cuidado de tener la tapa puesta, un mal día nos despistamos y rebuscando con el hocico sacó una raspa de pescado, pillándola yo con las manos en la masa, salió corriendo y con el nerviosismo de que se la pudiera quitar se la tragó con rapidez sin más. Al día siguiente notamos que la perrita carraspeaba y tosía, la llevé al veterinario y sin casi apenas reconocerla me dijo que se trataba de una leve faringitis, por lo que le puso una inyección y me dijo que pronto se pondría bien pero no fue así; Al siguiente día la tos empeoró con el agravante de que sangraba algo por la boca, la volví a llevar al mismo veterinario que le hizo unas radiografías sin encontrar nada, regresé a casa con la recomendación del “manazas” de que si empeoraba la volviera a llevar. Al día siguiente su estado era deplorable, la pobre perrita se encontraba muy mal, respiraba con dificultad y sangraba en abundancia; no la abandoné en ningún momento, dándole cariño y acariciándola sin parar hasta que con un fuerte ronquido en mis mazos dejó de existir.
Merche le había cogido un especial cariño y le afectó su muerte más que a nadie.
Ese mismo día la enterré en el rincón más tranquilo del jardín, junto a la fuente, donde pocos meses después la acompañaría la Cuki.
Justamente el día de Nochebuena se vinieron a vivir con nosotros, fue como un regalo de navidad.
Les pusimos el nombre de Lula y Paty.
Dos cachorritas encantadoras que alegraron con más intensidad nuestro hogar:
La Cuky las aceptó con agrado pero siempre demostrándoles quién era la jefa de la manada: las ladraba cariñosamente como si quisiera enseñarlas, regañarlas y en ocasiones sentía algún celo de ellas pero todo fue a la perfección y sin problemas. Las tres jugaban en el jardín, porque la Cuky, a pesar de sus diez años siempre fue muy juguetona, las cachorritas la seguían en sus andanzas y la imitaban en todo aprendiendo de ella.
Pasó el tiempo y las niñas crecieron sin novedad junto a su profesora y jefa pero justo cuando cumplieron dos años una fatalidad vino a caer sobre Lula.
La muy traviesa estaba enviciada con buscar comida en el cubo de la basura, a pesar de que poníamos mucho cuidado de tener la tapa puesta, un mal día nos despistamos y rebuscando con el hocico sacó una raspa de pescado, pillándola yo con las manos en la masa, salió corriendo y con el nerviosismo de que se la pudiera quitar se la tragó con rapidez sin más. Al día siguiente notamos que la perrita carraspeaba y tosía, la llevé al veterinario y sin casi apenas reconocerla me dijo que se trataba de una leve faringitis, por lo que le puso una inyección y me dijo que pronto se pondría bien pero no fue así; Al siguiente día la tos empeoró con el agravante de que sangraba algo por la boca, la volví a llevar al mismo veterinario que le hizo unas radiografías sin encontrar nada, regresé a casa con la recomendación del “manazas” de que si empeoraba la volviera a llevar. Al día siguiente su estado era deplorable, la pobre perrita se encontraba muy mal, respiraba con dificultad y sangraba en abundancia; no la abandoné en ningún momento, dándole cariño y acariciándola sin parar hasta que con un fuerte ronquido en mis mazos dejó de existir.
Merche le había cogido un especial cariño y le afectó su muerte más que a nadie.
Ese mismo día la enterré en el rincón más tranquilo del jardín, junto a la fuente, donde pocos meses después la acompañaría la Cuki.
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