sábado, 24 de noviembre de 2007

CHISPITA


Cuando peor lo estaba pasando, después de los infartos, de las operaciones del ojo, en estado depresivo y con muy pocos ánimos llegó la “niña de la casa”
Chispita nombre del registro de pedigrí y Cuky como normalmente la llamábamos.
En el verano de 1990 aparece Merceditas con un cachorrillo tan diminuto que parecía un osito de peluche, pertenecía a una vecina que la había comprado en Caniplan por la enorme cantidad de 80 mil pesetas, no la podía tener ya que vivía en un pequeño apartamento y después de pocos días de tenerla se arrepintió y quería deshacerse de ella.
Me parecía mucho gastar tal cantidad en un chucho por lo que le ofrecí a la dueña cambiársela por un cuadro que aceptó a la primera.
Nunca me arrepentiré del cambio y hasta hubiera pagado lo que a ella le costó más el cuadro después de saber la preciosidad de perrita caniche que tenia entre mis manos. Pasado un cierto tiempo no la hubiera vendido por nada y hasta en caso de pérdida habría ofrecido una fortuna por su recuperación.
Es tanto el cariño que le he tenido a esta linda perrita que no existen palabras para describirlo.
Sus cualidades eran tantas que es difícil de enumerar: inteligente, simpática, buena, noble y extremadamente cariñosa, aunque algo rabiosilla.
Pasaba la mayor parte del tiempo conmigo, dormía en mi cama, comía trocitos de comida en mi boca, me lamía y me daba besitos sin cansarse.
Cuando vivíamos en Palma la sacaba a pasear dos veces cada día y con solo decirle ¿paseíto? Enseguida se dirigía al perchero y me traía la correa.
Fue la mascota más amiga y querida que he tenido hasta ahora; me avergüenza decirlo pero casi la consideraba como a una hijita.
Era tan lista que no aprendió a hacer más cosas porque nunca la enseñamos pero sabía hacer muchas monadas, entendía todo lo que se le decía y sabía de mis preocupaciones con solo mirarme a la cara, por lo que ella también se entristecía, cosa que yo también apreciaba en sus ojos y nos consolábamos mutuamente.
Era gracioso ver como pedía la comida cuando tenía hambre: se me plantaba delante mirándome fijamente a los ojos y yo le decía: ¿Qué quiere mi niña? A lo que respondía con ladridos y dirigiéndose a la despensa daba manotazos al plato para indicarme que quería comer o al recipiente del agua si estaba vacío cuando quería beber.
Cuando la gata tuvo el parto se sintió tan responsable que hasta la ayudó a parir lamiendo a los gatitos recién nacidos y regañaba a la madre que en ocasiones los dejaba solos y ella se introducía en la cuna para darles calor.
Casi siempre que me encontraba trabajando en el huerto iba a visitarme de vez en cuando allá donde me encontrara, yo la cogía en brazos y le daba mimitos que le encantaban; pocos días antes de morir seguía haciéndome visitas y daba pena verla avanzar trabajosamente con lentos y forzados pasos.
Creo que fue muy feliz durante toda su vida, en los paseos por nuestro barrio en palma y especialmente cuando vivíamos en la nueva casa en el campo donde pasó su vejez y sus terribles enfermedades hasta su muerte que no la abandoné ni un instante hablándola y transmitiéndole el máximo cariño que en sus ojos podía apreciar y me agradecía con su dulce y tierna mirada.

Dos años antes de morir nos regalaron una pareja de caniches como ella, no solo por tener un repuesto para cuando faltara, más bien porque le teníamos mucho cariño a esta raza de perritos y no nos importaba tener más, hasta en dos ocasiones intentamos que tuviera perritos pero no quiso a ningún novio que le presentamos.
Posteriormente tuvimos a Kira, una pastora alemán de dos años y ella era la “jefa” de todas, las mantenía a raya a pesar de ser tan pequeña pues no pesaba más de tres kilos, nunca dejaba que se acercaran a su plato y parecía la dueña de la manada por ser la más veterana.
A veces tenía mal genio y hasta algo de mala leche que la hacía más graciosa.
El verano del 2003 le encontré unos pequeños bultitos del tamaño de una lenteja en la barriga al lado de una tetilla, la llevé al veterinario y me dijo que no tenia importancia, que se trataba de unos tumores de sebo sin importancia; hacia el mes de enero comenzó a comer como una desesperada y bebía mucho agua, la llevé a otro veterinario y me dijo que la perrita padecía la enfermedad conocida por el síndrome de cousin; una enfermedad en los perros parecida al alceimer de las personas, que no tenía remedio y que estaría una temporada comiendo y bebiendo mucho, que después lo dejaría hasta morir y llegado este momento me aconsejaba sacrificarla para que no sufriera en su agonía.
Me es difícil describir la tristeza e impotencia que sentí, a pesar de ello la mimé y cuidé con el mayor cariño que pude hasta que sobre primeros de marzo dejó de comer rotundamente, se negaba a tomar nada a pesar de los sabrosos bocados que le ofrecía pero nada pude hacer por ella y el 19 de marzo la llevaron Javi y Mamá para que le pusieran la última inyección.
Eran más o menos las seis de la tarde, ya tenía preparada una pequeña fosa hecha de ladrillos a su tamaño y allí la deposité rociada con mis lágrimas y envuelta en su jersey con el que siempre la abrigaba al acostarse.
La lloré durante muchos días y la visitaba cada vez que pasaba por su lado, la hablaba y parecía que me escuchaba. Aún la sigo visitando y adorno su tumba con flores. Nunca la olvidaré.

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