domingo, 25 de noviembre de 2007

BOBY

Había pasado mucho tiempo sin una mascota, a pesar de visitar de vez en cuando al Infame en casa de mi hermano Pepe, echaba de menos un fiel amigo que me acompañara pero me era imposible en mi época de soltero tenerlo en la habitación, más tarde me resultaba difícil porque a Merceditas nunca le gustaron los animales, de modo que me resigné hasta que un buen día me ofrecieron un cachorrillo precioso muy parecido a los anteriores, de pelo largo pero de color canela y manchas blancas.
Ya estábamos en Sóller y al vivir en una zona rodeada de campo pensé que no habría problema, los chicos eran pequeños y lo aceptarían con alegría, así que lo acepté en prueba y se quedó con nosotros definitivamente.
Le pusimos de nombre Boby era parecido al Buchichi pero con distintos colores; inteligente, fiel, obediente y muy callejero, hasta tal punto que en ocasiones desaparecía de casa y estaba varios días sin regresar, siempre en busca de perras, por lo que alguno de mis compañeros entre risas decía que era un buen “putero”.
Este vivía bien, dormía en un rincón detrás de la puerta de entrada y se alimentaba de las sobras de nuestra comida y los bocadillos que le rapiñaba a los muchos niños de la colonia a la hora de la merienda, pues tenía una habilidad espantosa para robárselos cuando se despistaban.
Acompañaba en las excursiones a todos y hasta en alguna ocasión me lo llevé de pesca y era gracioso verle cuando pescaba una trucha y yo decía: ¡Boby ya tengo una!, se lanzaba al agua y me la traía en la boca.
Se ausentaba de la casa en épocas de celo de las perras en busca de novias y regresaba a los pocos días lleno de heridas de peleas que había tenido con otros perros mayores que él.
Hizo amistad con otro mil-leches de un vecino y en una ocasión nos llamaron la atención porque entraron en un corral de gallinas eliminando a unas cuantas que tuvimos que pagar.
Tuvo un triste final pues en una de sus ausencias regresó infectado de garrapatas que después de practicarle una desparasitación no se pudo remediar que la sangre se le infectara y el veterinario me aconsejó sacrificarle para que no sufriera con los dolores que esta infección le produciría.
Yo mismo le llevé al sacrificio y a continuación le enterré en la colonia debajo de un pino cerca de la carretera.
Le lloré mucho y aún me acuerdo de él.

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