martes, 27 de noviembre de 2007

CUARTA PARTE

MALLORCA


El mismo día que ingresé en el ejército pero 16 años más tarde me presenté en el Escuadrón de Alerta y Control nº 7 instalado en una montaña llamada Puig Mayor, a 1450 m. De altitud, a unos 18 km. de Sóller y a 30 de Palma de Mallorca.

Partí de Aranjuez rumbo a Valencia con el coche cargado con todos mis utensilios: maletas, trastos de pintar y cañas de pescar, con la idea de permanecer un largo tiempo, por lo menos dos años que era el mínimo por haber solicitado destino voluntario con la opción de que saliera una vacante en un lugar cercano a Madrid o donde nos pudiera interesar en caso de que en este nuevo destino las cosas nos fusen mal.
El barco largó amarras puntualmente a las diez de la noche y después de conocer el camarote que me asignaron me dirigí a la cafetería a comer algo pues aún no había cenado.
El barco ya estaba en movimiento rumbo a la isla Mayor de las Baleares cuando empecé a notar un Bay-ven y un cierto malestar que me desapareció el apetito sin poder terminar el bocadillo y la cerveza que me habían servido, salí a cubierta para que me diera el aire fresco de la noche y el estómago comenzó a revolverse de tal manera que a los pocos segundos eché hasta la primera papilla que me dio mi madre, caminé dando traspiés sin rumbo fijo de un lado a otro del barco, alguien me dijo que se estaba mejor en proa, otros en popa y después de soltar todas las bilis, un alma caritativa y sensata me recomendó que el mejor lugar para estas ocasiones era tumbarse en la litera del camarote y procurar dormir hasta el destino. Desconocía en que lugar del barco me encontraba en esos momentos, totalmente desorientado sin saber dirigirme al camarote, le pregunté a un camarero que galantemente me acompañó recibiendo una buena propina por salvarme de una situación tan desesperada por la que creía morir.
No me encontraba solo en el camarote, tres literas dobles ocupada cada una por un individuo con una cogorza parecida a la mía, se escuchaban lamentos y el olor nauseabundo a vómitos que inundaba la reducida estancia, me tumbé sobre mi litera sin quitarme la ropa, el Bay-ven continuaba y todo me daba vueltas pero me empecé a encontrar mejor y a los pocos minutos me quedé profundamente dormido hasta que una voz me despertó diciendo: ¡¡¡ya se ve Mallorca!!!
Mi alegría fue tan grande que pegué un salto y me fui corriendo hacia la cubierta de proa donde se encontraba la cafetería en la que tomé un opíparo desayuno con buen apetito.
A eso de las nueve de la mañana ya me encontraba en el muelle al volante de mi automóvil tomando rumbo hacia Sóller.

Aún no existía el túnel ya que fue construido 25 años más tarde, de modo que tomé la carretera del Coll con un montón de curvas que se me hacían interminables, esto acompañado de lluvia y una niebla espesa que me obligaba a conducir despacio y con precaución. El paisaje que pasaba ante mis ojos me parecía bastante agradable, olivos, encinas y pinares, con torrenteras de aguas cristalinas donde me parecía ver las truchas saltando y pensaba que en un futuro cercano serían capturadas con mi caña.
Una hora después me encontré de sopetón con la ciudad de Sóller donde me dirigí al centro aparcando en la plaza principal y entrando en la Cafetería Paris para tomar un café y preguntar por el camino a tomar para dirigirme a la Base.
Después de otros casi 18 kilómetros de carretera no tan mala como la anterior pero muy montañosa, la flora parecida con espléndidos paisajes, pues ya había levantado la niebla y el Sol se filtraba tímidamente entre las nubes iluminando los almendros en flor que en esa época estaban en su máximo esplendor llegué a mi destino.
Era sábado y los compañeros libres de servicio que se encontraban en esos momentos casi todos solteros que vivían allí y aunque no conocía a ninguno me recibieron con entusiasmo invitándome a comer de una paella que habían encargado al restaurante Mirador de Ses Barques. Después de comer me alojé en la habitación que me asignaron y el lunes formalicé las presentaciones oficiales conociendo a mis superiores y demás compañeros de trabajo.

La primera impresión me resultó bastante agradable: el ambiente de trabajo, el compañerismo y la familiaridad con los Jefes era totalmente distinto al lugar de donde procedía.
Lo que más me gustó era el sistema de turnos que se realizaban: 24 horas seguidas y después teníamos hasta seis días libres dependiendo del personal si se encontraba o no de permiso y los días libres se podían reducir a cuatro, pero esto ocurría en fechas de verano o Navidades.
Lo que menos me gustó fue la carretera de acceso a la Zona Técnica que se encontraba en el pico más elevado de la isla, un viaje corto de unos siete kilómetros pero con unos precipicios que acojonaban, con cortes de hasta 1000 m. con el mar al fondo. Al principio procuraba viajar en el asiento más cercano a la puerta por si había que saltar y con los nervios un poco en tensión, algunos compañeros se reían al observarme. Después de varias semanas ya me había acostumbrado como cualquiera viajando con naturalidad y hasta echándome una cabezada durante el trayecto.

En el pico solía hacer mucho frío sobretodo en invierno que caían grandes nevadas tan intensas y desagradables que dejaban incomunicado al personal de servicio hasta ocho días, alimentándose de latas y galletas saladas. Mi bautizo de aislamiento fue aquel mismo año el día 10 de abril que nos sorprendió una nevada quedándonos confinados durante tres largos días.
El contraste era muy singular; nieve en las montañas y a no más de diez kilómetros de distancia los “Giris” bañándose y tomando el sol en las playas.

Mi trabajo consistía en desempeñar las mismas funciones que en los destinos anteriores pero aquí era mucho más cómodo y relajado, el ambiente disciplinario totalmente distinto al de Villatobas, cada cual vivía y dejaba vivir, mucho más llevadero y aunque algo pesado por las 24 horas seguidas, a continuación cinco o seis días libres con los que podías descansar sobradamente y hacer muchas cosas.
Hubo detalles que me sorprendieron por no haberme ocurrido en ninguno de mis anteriores destinos; el primero sucedió en el primer ejercicio o misión de entrenamiento que normalmente se tomaba siempre con la máxima seriedad: estando en mi puesto de trabajo se me presenta un ordenanza del bar y me pregunta que voy a tomar; yo muy sorprendido le miro y el compañero que estaba a mi lado echándose a reír me dice: ¡Macho, que esto no es Villatobas! Aquí se bebe y se come cuando hay ganas coño¡¡¡, aunque estemos en una misión, así que pide lo que te apetezca que no pasa nada; mira, hasta los jefes del Puesto de Mando están papeando. Pegué un vistazo a mi alrededor y efectivamente todos estaban saboreando sendos bocadillos con sus respectivas cervezas o refrescos.
La segunda vez que quedé estupefacto fue en el primer servicio de 24 horas; sobre las diez de la noche me viene un soldadito y me pregunta donde quiero que me ponga la cama, le miro sorprendido sin saber lo que me decía; Al igual que en la vez anterior otro compañero me dice riendo a carcajadas y diciéndome: ¡chico, que aquí se duerme!, No como en Villatobas que se pasan la noche en vela. Resultaba que por orden de antigüedad cada cual elegía el lugar idóneo para pasar la noche durmiendo plácidamente las horas libres; a partir de aquel día me llevaba en mi bolsa de viaje unas sábanas limpias junto a mis efectos personales.
Los que realizábamos servicios en “El Pico” estábamos bastante bien considerados y los fines de semana el suboficial de cocina enviaba comida especial para nosotros, preguntando de antemano por nuestras preferencias que eran preparadas y enviadas con esmero.

Una vez al mes viajaba a Aranjuez para estar con la familia, me lo montaba de forma que realizaba un par de días de servicio con uno en medio de descanso y podía tener hasta casi diez días libres que me permitían estar con los míos a los que echaba mucho de menos, así estuve hasta agosto que alquilé una casa con la intención de pasar lo que quedaba del verano con la familia aprovechando los 45 días de permiso que tenía cada año.
Esto les gustó mucho, les encantó el clima, los paisajes, las playas, etc. Merceditas me preguntó si había alguna vivienda militar desocupada, pregunté al encargado y me respondió que había tres en esos momentos, me entregó las llaves y esa misma tarde nos acercamos a verlas. Nos adjudicamos una que estaba bien situada, en una segunda planta, con preciosas vistas a las montaña y la bocana del puerto, estaba en bastante buen estado y recién pintada. Al día siguiente me marché a Aranjuez para trasladar todos los muebles y tres días después ya estábamos instalados en nuestro nuevo hogar de la Isla de Mallorca.
A todos nos encantó nuestra nueva situación con el resultado de una familia muy feliz, los niños tenían amplitud y campo para sus juegos con los demás niños de la Colonia que enseguida se hicieron amigos.

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