A primeros de septiembre fuimos al colegio para matricular a los niños.
Hablando con la directora (Sor Apolonia) me quedé mirando un cuadro bastante bueno que había colgado frente a mí, la monja me preguntó si me gustaba la pintura y le respondí que si, que además de pintar tenía estudios realizados en Madrid; su sorpresa y alegría fue notoria ya que en esos momentos necesitaban un profesor de dibujo para el colegio y me ofreció el puesto. Quince días más tarde comenzó el curso escolar y al tiempo que los niños me incorporé a mi nuevo pluriempleo que alternaba con mi trabajo habitual sin ninguna dificultad, procurando hacer los servicios en festivo para no faltar a las clases, mi nueva profesión no me resultó difícil ni complicada ateniéndome a los textos de cada curso resultaba bastante sencillo.
En el mismo colegio había una monja que también era profesora y tenía un hermano pintor de reconocido nombre (Juan Borrás), me lo presentó y nos hicimos buenos amigos. Era una excelente persona: amable, jovial, agradable, simpático y extremadamente sincero sin ocultar ninguno de los secretos que conocía en la pintura, cosa que normalmente pocos artistas hacen. Tenía un espléndido estudio en una casa de campo en Buñola, rodeada de naturaleza y tranquilidad. En la amplia buhardilla bien acondicionada realizaba sus preciosas obras de arte a las que muchas de ellas asistí en su realización aprendiendo su buena técnica y colorido con un estilo y arte muy personal que muy pronto adquirí para a partir de entonces plasmar en mis cuadros.
Mi estilo anterior era muy diferente y menos depurado, el colorido totalmente distinto ateniéndome a los paisajes de Castilla quedando maravillado del color y luminosidad de estos lugares que muy pronto pude introducir en mi paleta con un resultado distinto al anterior, que casi se podría decir que la diferencia era como de la noche al día. Con él pude aprender mucho: técnica, mezcla de colores ateniéndome a los paisajes de Mallorca a lo que no estaba acostumbrado ya que anteriormente había vivido en paisajes de tonalidades más grises y menos colorido muy distinto al esplendor y luminosidad de estos lugares, con la pintura comercial me había estropeado bastante, pintando en serie casi como un autómata atrasándome por completo teniendo que reanudar desde el principio para poder llegar a realizar una pintura con calidad y que pudiera entrar en el mercado de las salas de arte con precios más elevados. Esta época fue de aprendizaje y superación, tratando la pintura y los temas con mimo, tranquilidad y siempre con el afán de acabarlos a la perfección.
Pintaba paisajes de Sóller y sus alrededores; grandes, medianos y pequeños hasta reunir unos cuarenta, que vistos por mi amigo Borrás y darles el visto bueno me animó a montar mi primera exposición.
lunes, 26 de noviembre de 2007
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