lunes, 26 de noviembre de 2007

Pensé en montarme un estudio-taller donde trabajar con mejor comodidad. Encontré una casa muy apropiada y bien situada en la Calle del Mar nº 29 pagando 500 pesetas mensuales de alquiler, la restauré y acondicioné, me regalaron algunos muebles viejos que arreglé y me sirvieron para amueblar regularmente las estancias principales, adquirí un equipo de música para ambientarme, un buen caballete de taller y parece ser que en aquel ambiente y tranquilidad las obras me salían más bonitas y de mejor calidad.
La casa era muy vieja, en una ocasión tuve la visita de un prestigioso anticuario y me dijo que podría tener más de 400 años, estaba inscrita en el Registro de la Propiedad con fecha de 1711, totalmente construida de piedra y de aspecto humilde como si hubiese pertenecido a labradores. Tenía una entrada principal donde te encontrabas en una amplia estancia donde seguramente hacían la vida cotidiana y bien podría servir de comedor-sala de estar-cocina, pues en un rincón había una chimenea donde seguramente guisaban, la chimenea era de aspecto muy antiguo, estaba en un rincón y tenía una campana muy grande rodeada por unos bancos de obra y en el centro sobre el suelo era donde se encendía el fuego, muy acogedor sobretodo en invierno cuando la fogata estaba encendida. A la derecha de la entrada había una puerta muy bajita que conducía a un cuarto pequeño donde seguramente metían al burro o alguna caballería ya que tenía un pesebre. Al lado de esta puerta se encontraba la escalera que conducía a los pisos superiores, a unos siete escalones se encontraba la primera habitación donde instalé el taller para el montaje de marcos, bastidores y otras manualidades. Unos seis o siete escalones más arriba estaba lo que posiblemente fue el dormitorio principal separado por un pasillo que nos conducía al piso superior o boardillas, derribé el tabique de separación y me salió una sala bastante espaciosa que forré con tela de saco y con una buena iluminación me servía de sala de exposiciones. Otra habitación pequeña había al subir dos escalones más y antes de llegar al piso superior. En la boardilla había dos estancias una algo mayor que la otra, la grande tenía muy buena iluminación con tres ventanales y aquí instalé el estudio o sala donde normalmente se gestaban todas mis obras, que posteriormente eran trasladadas al taller para su enmarque y a continuación eran colgadas en la sala donde quedaban expuestas al público que regularmente venía casi a diario, aquí seleccionaba los treinta y cinco o cuarenta cuadros que normalmente llevaba a las exposiciones. La pequeña estancia de la boardilla que en su tiempo debió ser un palomar me servia de almacén o trastero, tenía el techo muy bajo y había que andar con cuidado para no darse un coscorrón en la cabeza, cosa que no pude evitar en más de dos ocasiones.
En el exterior había una pequeña porción de terreno con un diminuto jardín donde había plantado un níspero, un naranjo y un limonero. Enfrente de la puerta principal se encontraba una caseta que seguramente utilizaron de almacén, leñera o despensa, a la izquierda se encontraba el W.C. que consistía en un cuarto donde cabía escasamente una persona, con una tabla y un agujero en el centro donde se sentaban para hacer sus necesidades, estaba tan sucio y lleno de telarañas que casi nunca fue abierto hasta que posteriormente realicé unas reformas y construí un cuarto de baño en condiciones aceptables. Al lado de la caseta grande se encontraba el pozo con manantial propio de donde se extraía un agua fresca y potable con un cubo tirado de una garrucha vertiendo el agua en una pileta de piedra colocada en un costado del pozo.
Aquí me veo obligado a contaros una pequeña anécdota, que no por ser importante deja de ser graciosa:
El pozo tenía una profundidad de unos cinco metros y desde el brocal se podía ver en días claros el fondo de aguas muy transparentes; una vez observé unos extraños movimientos como de peces o algo parecido, hasta que observando con detenimiento pude ver con claridad que se trataba de anguilas navegando.
Ya había estudiado en algún manual sobre pesca y especies que la anguila vive en manantiales, pozas, charcas y lugares difíciles e insospechados; debido a su delgadez se suele introducir por grietas bajo la tierra hasta llegar a estos sitios sin la menor dificultad, por lo tanto no me pareció extraño, ya que tratándose de un manantial, desde cualquier lugar pudieron haber penetrado fácilmente.
Mi “gusanillo” de pescador me obligó a agarrar la primera caña que tenía a la mano y buscando unas lombrices en la tierra, las puse en el anzuelo y allí me ves sentado en el brocal del agujero tratando de pescar algo.
Los turistas que por allí pasaban debieron pensar que se trataba de un loco pescando en este lugar tan extraño y no paraban de hacerme fotos.
Cansado sin obtener resultados en mi pesca lo dejé y hasta ahora.

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