Alternaba mi trabajo profesional con las clases del colegio y casi todo el tiempo libre lo pasaba encerrado en el estudio, siempre trabajando, pintando y preparando la próxima exposición que normalmente realizaba por los pueblos de la isla en época de fiestas que eran más concurridas y con mas posibilidades de ventas: siempre he dicho: (dadme público y venderé cuadros) Normalmente pintaba temas de la comarca donde se hacía la exposición, era más fácil que a la gente le gustara tener un cuadro de un lugar conocido o que le traía un agradable recuerdo. Una vez vendí un cuadro de unos olivos milenarios y el señor que me lo compró me dijo que ahí fue donde besó por primera vez a su novia.
Algunos de los cuadros salían de mi imaginación y cuando alguien preguntaba el lugar al que pertenecía yo le respondía que desconocía el nombre por ser forastero pero le indicaba alguna zona que me venía a la cabeza y él mismo me conducía al terreno exacto: (esto lo pinté en el camino que va a tal sitio, etc. el interesado me respondía: ¡ah! Ya se donde es, y se llama tal o cual).
La mayoría de las veces, unos meses antes de hacer una exposición me desplazaba al municipio para conocer la sala y su capacidad, aprovechaba para hacer un montón de fotos de sus alrededores que después pintaba para de esta forma llevar temas de la zona concreta. Unas semanas antes encargaba unos catálogos e invitaciones a la imprenta que enviaba por correo a los posibles clientes y visitantes de la sala. Un día o dos antes de la inauguración cargaba el coche con todos los cuadros y los colgaba en la sala de turno que también era engalanada y adornada con flores, comprobando el estado de la iluminación para que todo estuviese a punto. Sobre las siete de la tarde se abrían las puertas y empezaban a venir primero las autoridades locales para su inauguración y a continuación desfilaba un numeroso público que eran obsequiados con un refrescante cóctel . Este día era muy gratificante y satisfactorio, obteniendo la recompensa de tantos días de trabajo, escuchando los comentarios de la gente y las alabanzas o críticas que normalmente eran buenas. A veces se dejaba caer algún crítico de arte que publicaba alguna nota del acontecimiento en los periódicos de la isla; algunas críticas eran buenas y otras malas pero como aseguraba mi buen amigo Borrás
Normalmente la muestra duraba de tres a ocho días que después de terminados se recogía el producto de las ventas, a continuación cargaba el coche con los excedentes dirigiéndome a mi hogar normalmente con la alegría de llevar el bolsillo lleno con el abultado paquete de billetes que enseguida Merceditas se ponía a contar y hacía las cuentas de lo que quedaba limpio después de quitar los gastos.
No es un farol que os cuente que siempre me fueron bien las exposiciones, tanto en éxito de público como en las ventas, aunque alguna es cierto que no fue tan bien de lo esperado; la que peor de todas se me dio fue una que realicé en Manacor por Navidad, todo fue preparado como en las demás pero no se vendió ni un solo cuadro. “Fue un fracaso total”, y el motivo no era otro que la falta de público, es posible que en esas fiestas navideñas la gente se encontraba en sus hogares y en familia, sin ganas de salir y menos para ver una exposición de pintura. De los diez días que duró la muestra no entraron más de cinco personas y el día de la inauguración me encontraba tan solo acompañado por el vigilante de la sala dando cuenta del cóctel a lo largo de las horas que esperábamos a que la gente acudiera. Tal como llegué regresé, con el coche lleno y el bolsillo vacío.
Hubo otras que recompensaron a esta, por ejemplo una que realicé en Sóller por las fiestas del Firó: se vendieron casi todos los cuadros el primer día, y posteriormente se terminaron hasta los que me quedaban en el estudio, fue un éxito rotundo; casi tres millones de pesetas de recaudación.
La primera exposición que realicé en Llucmajor resultó ser algo extraña: a la inauguración asistió junto a las autoridades locales el Gobernador de Palma y varios críticos de arte, fue visitada por un numerosísimo público a los largo de unas cinco horas de desfile interminable, llegando en ocasiones a estar la sala tan llena de visitantes que no cabía un alfiler, sobre las doce de la noche seguía entrando gente “y sin vender una escoba”, en el centro de la plaza una orquesta ensayaba para la próxima función, dejó de venir público a la sala y opté por cerrar las puertas y marcharme a casa. La exposición solo duraría tres días y tardé en dormirme pensando que sería un fracaso como la de Manacor. Al día siguiente regresé temprano con la intención de aprovechar el tiempo ya que era demasiado corto y me tenía que desplazar desde Sóller por el Coll que resultaba bastante pesado (aún no se había construido el túnel). Abrí la sala sobre las diez de la mañana y enseguida empezaron a entrar visitantes, más espaciados que la noche anterior y con mejores posibilidades de ver los cuadros, llegó la hora de comer y seguíamos sin vender un cuadro. En un bar cercano me comí un bocadillo con una cerveza y regresé para abrir de nuevo hacia las cuatro de la tarde, entraba poca gente, era algo temprano, pero a eso de las siete comenzaron a llegar, no con la afluencia de la noche anterior y se empezaron a vender los primeros cuadros, no daba abasto anotando las ventas y colocando cartelitos de ADQUIRIDO, algunos se los llevaban en el momento después de abonar su importe, sobre las doce de la noche cerré las puertas con el resultado de 24 cuadros vendidos y un buen paquetito en el bolsillo que llevé a Merceditas para que disfrutara contándolo pues ella siempre me esperaba hasta altas horas aunque fuese tarde.
El siguiente día era el último de exposición y como habían quedado bastantes huecos libres en las paredes opté por acercarme hasta el estudio, cargar unos cuantos más en el coche y colgarlos antes de abrir. Al terminar la jornada sobre las once de la noche tan solo cargué tres cuadritos pequeños que me sobraron, me dirigí hacia mi casita con el bolsillo bien repleto y rebosante de alegría.
Como ésta he tenido alguna más pero también las ha habido peores, de vender cuatro o cinco y terminar la muestra con pérdidas, pero así son los negocios; unas veces se dan bien y otras mal.
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