sábado, 24 de noviembre de 2007

KIRA



Kira, la más grande de todas, aparentemente la más poderosa pero al mismo tiempo la más noble y mejor a miga.
Muy poco tiempo estuvo entre nosotros pero dejó un hueco difícil de ocupar.
Vino a casa en circunstancias especiales.
Se la regalaron a Elena cuando era cachorrilla, vivió con ella felizmente y hasta fue presentada a varios concursos caninos ganando varios premios, por su estampa y su belleza de “puro pastor alemán”: en Baleares, Barcelona y Madrid.
Resultó ser un animal muy inquieto debido a estos acontecimientos y viajes, se escapaba de su corral que le construyeron en el huerto donde se encontraba perfectamente y cómoda con una caliente casita para refugiarse del frío.
En una ocasión se ausentó varios días, y preocupados colocamos carteles en toda la zona ofreciendo una recompensa por su hallazgo; una noche llamaron por teléfono diciendo que tenían en su poder una perra parecida a la descripción del cartel, por lo que inmediatamente me dirigí al lugar con la decepción de que no se trataba de Kira; apenado tomé el regreso de casa sobre las doce de la noche y conduciendo despacio me introduje en el camino cercano a su casa y la comencé a llamar con todas mis fuerzas; avanzando lentamente seguí llamándola sin parar, en un recodo del camino paré el coche y continué llamándola, hasta que de pronto, en la oscuridad de la noche se me acercó un animal que lanzándose a mí sin parar de darme lametones y muestras de cariño comprobé con alegría que se trataba de “nuestra Kirita”. Digo “nuestra” porque a partir de aquella noche que la llevé a casa se quedó a vivir con nosotros definitivamente después de acordarlo con la familia, especialmente con Merche que era a quien menos gracias le hacía.
Le acondicioné una cómoda cama con una espesa colchoneta de goma espuma en el rincón más caliente de la porchada; allí permanecía con ella cada noche más de media hora, acariciándola, hablándola y nos hicimos verdaderamente muy amigos. No falté ni una noche, aunque lloviera, nevara, con intenso frío, cada noche estaba con ella y me lo agradecía, porque antes de acostarme iba a verla, y ella cuando sentía mi presencia emitía un sonido como una especie de ronquido de satisfacción o bienestar.
El único problema es que echó a la Mini de su territorio aunque sin quererlo, pero ¿qué sabía? Siempre fue muy juguetona y corriendo tras ella la asustaba, porque era para asustar con ese tamaño y esa pinta de animal feroz. La pobre Mini se largó hasta que de nuevo recuperó su terreno al irse Kira; se observaban a distancia: Kira la invitaba a entrar y la Mini seguía con su temor...
Otro pequeño problema eran las “cacotas” y las pisadas por el césped que lo destrozaba, y las pisadas por las terrazas manchándolas. A Merche no le gustaba, cada día protestaba y repetía una y otra vez: Hay que largar de aquí a esta perra, hasta que cansado de oírla comencé a buscarle un nuevo amo.
Empecé poniendo un anuncio en internet donde inmediatamente obtuve respuestas de posibles adoptadores; hice una selección entre más de 30 y después de elegir a la persona definitiva, a la que yo pensaba que sería la mejor y en el lugar más adecuado, resultó que no se podía enviar al animal por exceso de peso hasta Tarragona donde vivían los que iban a ser sus nuevos dueños. ¿Y que hacemos ahora? Después de tantos candidatos ahora no nos queda ninguno.
Al fin Elena habló con el chico que se la regaló y éste le encontró un protector.
Seis meses después de convivir con nosotros se fue de esta casa con la pena para todos y especialmente para mí que fue quien más la quiso y la cuidó con amor.
Será muy difícil que me olvide de ella.

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