lunes, 26 de noviembre de 2007

Estaba muy animado y continuaba pintando con entusiasmo, visitaba salas de arte donde exponían sus cuadros pintores mallorquines y forasteros residentes como yo que se establecieron en esta isla fascinados por su belleza, colorido y paisajes, estudiaba los distintos estilos de todos ellos sobretodo a los grandes maestros del impresionismo de aquella época como: Camarasa, Ventosa, Castellanas, el solleric Bernardino Celiá y por supuesto nunca abandoné a mi buen amigo y maestro Juan Borras hasta el momento de su muerte causada por una enfermedad coronaria a los 60 años de edad. Encontré un gran vacío con la desaparición del maestro, amigo y compañero que me enseñó, me apoyó en todo momento y me inculcó la virtud de la sinceridad y honestidad.
Con la mezcla de lo aprendido anteriormente en Madrid y lo que estudié tomando buenas notas de todos ellos, adquirí mi propio estilo mantenido hasta el momento y realizando un sinfín de exposiciones por toda la isla y pasando por la mejor sala de la capital en el Círculo de bellas Artes donde exponían los mejores artistas de la época, la mayoría con un éxito parecido a la primera.
Con las enseñanzas de Borrás me especialicé en pintar olivos milenarios de grises tonalidades difíciles de conseguir y sus troncos retorcidos por lo que un conocido crítico de arte dijo en una de sus críticas para el Diario de Mallorca:

Otro escribió: Los trazos de J. Montejo hacen de nuevo despertar a la atormentada naturaleza, el arte y la técnica, conjugan la más excelsa sinfonía de su obra pictórica. El olivo, árbol milenario de Mallorca, es la cripta que esconde el ungüento sagrado de los dioses. Ha esperado hasta hoy, adormecido, inmóvil, insensible, la redención de su colorido irrumpe en forma de Arco Iris y se hacen vida y primavera perenne, como si fuera la residencia avanzada de unos ángeles del Cosmos en la búsqueda del tiempo perdido persiguiendo un nuevo Paraíso...

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