domingo, 25 de noviembre de 2007

En otra ocasión nos trasladamos a Almería para recoger un paquete, al tomar tierra el mecánico observó que una de las hélices estaba deteriorada con una fisura; era muy peligroso volar en este estado y el jefe de la tripulación tomó la correcta medida de quedarnos en esa localidad hasta que al día siguiente viniera otro avión o helicóptero a socorrernos trayendo la pieza a reponer.
Ya era casi de noche y como en ese aeródromo no había alojamientos para personal transeúnte, nos dirigimos al cuartel de la Guardia Civil para averiguar si en esa localidad existía algún lugar para pernoctar el personal militar en las condiciones que nosotros nos encontrábamos: con el mono de vuelo por única vestimenta, sin dinero y hambrientos como era de suponer.
El Comandante de puesto nos indicó que en ese preciso momento se encontraba de maniobras el Ejército de Tierra y todos los alojamientos estaban repletos, de manera que la única solución que nos ofreció fue quedarnos alojados en el mismo cuartel.
Después de acoplarnos lo mejor que pudieron nos desplazamos a un bar muy cercano para tratar de tomar algo, no sin antes hacer recuento del dinero que llevábamos entre todos y después de reunir unas nueve mil pesetas nos dirigimos al bar algo cabizbajos por el escaso presupuesto.
Al llegar al bar tomamos asiento en una mesa para cinco personas: piloto, copiloto, mecánico, radarista y buscador.
El lugar era bastante agradable, iluminado y con mucho ambiente, sobretodo al percibir los efluvios que salían de la cocina a pescadito frito.
Observamos a un camarero que pasaba junto a nosotros portando una bandeja con cinco jarras de cerveza y una fuente de pescado frito hasta el colmo.
Me levanté de mi asiento y pregunté al camarero cuanto valía aquello, a lo que él me respondió con un cerrado acento andaluz: mil quinientas pesetas.
¡Gracias! Le respondí con satisfacción por haberle hecho la pregunta.
Habiéndome hecho tesorero provisional de la tripulación, cuando se acercó el mismo camarero a nuestra mesa le indiqué que nos sirviera cinco bandejas exactamente iguales a la que llevaba anteriormente.
Nos metimos entre pecho y espalda dos jarras de cerveza y un soberano plato con colmo de pescadito frito cada uno.
El mecánico que tenía fama de tacaño, era muy religioso y cada vez que tomábamos tierra, lo primero que hacía al llegar a cualquier parte era entrar a rezar a la iglesia más cercana, estaba muy contento por la copiosa cena bien regada pero al parecer le remordía la conciencia, porque al hacer recuento en nuestros bolsillos él mintió y parece ser que aún le quedaba algo de dinero, por lo que arrepentido nos invitó a tomar café y una copa.
Todos terminamos contentos, con las cervezas y la copa mucho más.
Por lo que el jefe de la tripulación capitán Toledo nos propuso dar una vuelta por los lugares nocturnos de la capital andaluza.
¿Y con que dinero?
Con la VISA nos respondió.
¿Con que VISA? Respondimos todos.
La del avión en reserva.
A excepción del Comandante de aeronave nadie sabía que en todos los aviones existe unan carpeta con instrucciones para casos especiales y en su interior una tarjeta VISA para casos específicos, como pagar combustible en el extranjero en caso de que no hubiera acuerdos concretos y para posibles casos como el que nos ocurrió en esta ocasión; naturalmente que no se podía gastar en ir de copas y menos a lugares nocturnos de cierta reputación.
El capitán Toledo nos dijo que el dinero gastado sería justificado con el gasto de la cena y el resto reintegrado de nuestros propios bolsillos, de manera que tomamos un taxi que nos condujo al aeropuerto, entramos al aparato y sacamos la tarjeta de su escondite.
Después de dejar “al cura”, que así llamábamos al mecánico por su religiosidad en su alojamiento del cuartel de la Guardia Civil, continuamos con el mismo taxi hacia los lugares de la “noche loca” almeriense.

Los cuatro inseparables compañeros de vuelo visitamos varios bares de alterne llamados en aquella época “puti-clubs” .
Estos exclusivos sitios eran ciertamente cochambrosos, malolientes y con un cierto encanto especialmente para hombres de los pueblos acostumbrados a ello, donde se inhibían de su vida cotidiana para echar una canita al aire.
El lugar se identificaba por una luz roja en la puerta y un cartel estrafalario con letras que lo anunciaban un tanto peculiar con nombres inconfundibles: El Búho Rojo, El Chacal, La Media Naranja, Oasis, El Rincón del Vicioso, etc.

En su interior reinaba la oscuridad predominando luces rojas muy apagadas.
Solía haber una larga barra con señoritas para servir las bebidas, otras chicas pululaban por fuera para el alterne, que consistía en algo parecido al Rumbo Club pero no tan caro; normalmente pedíamos una consumición para cada uno, se acercaban chicas a nosotros para que las invitáramos y entre racaneos, risas y bromas, terminaban alejándose sin la invitación, porque ya sabíamos de antemano que invitar a una de estas furcias suponía pagar un buen precio por la copa y mucho menos a unas tipejas la mayoría de avanzada edad, feas, ajadas y con un aspecto realmente repugnante.
Nosotros a lo nuestro: beber, reír, charlar y contemplar el ambiente nos bastaba.

En uno de estos “antros” el capitán Toledo descubrió a un brigada legionario con el que estuvo destinado en un destacamento de África, la sorpresa fue morrocotuda y la alegría al encontrarse mayor.
El brigada estaba acompañado de otros legionarios y habían caminado unos veinte kilómetros hasta llegar a la ciudad para tomarse unas copas, que normalmente terminaban emborrachándose; estaban en las maniobras que nos comentaron los guardias civiles y uno de ellos llevaba una de las suelas de la bota totalmente despegada por el camino recorrido; esto nos hizo gracia, nos unimos al grupo y continuamos el recorrido nocturno.

Los legionarios parecían esponjas, bebían sin parar y con tal rapidez que parecía como si fuese la última vez que lo hacían. Lo que más me asombró fue cuando uno de ellos sacó del bolsillo un paquete parecido a una petaca de tabaco con una sustancia parecida a chocolate de donde tomó un trozo y calentándolo con una cerilla, lo desmenuzó y mezclándolo con tabaco normal se lió un “porro” del tamaño de un cigarro puro; después de encenderlo con cara de deleite lo fue pasando entre todos hasta acabarlo por completo.
Así continuamos entre copa y porro hasta entrada la noche.
Terminamos en una sala de fiestas parecida a la de mi ruina monetaria en Zaragoza, el que no estaba borracho estaba mareado por los efectos del hachís.
En medio de una actuación los legionarios comenzaron una trifulca: golpes, puñetazos, tortas y sopapos por doquier, muebles volando y botellas rotas, hasta que llegó la policía acabando todos en el cuartelillo.

Estas trifulcas eran normales en la ciudad donde muy a menudo se realizaban maniobras y era sabido por las autoridades que los legionarios terminaran de esta manera sus correrías nocturnas, por lo que a la mañana siguiente nos abrieron las puertas y regresamos cada uno a su destino con la consabida resaca.
La verdad es que fue una noche memorable, una experiencia para recordar pero no para repetir.

Tenía un pánico terrible a volar por lo que me buscaba todo tipo de artimañas para eludir los vuelos. Me unía una gran amistad con el Jefe del escuadrón con el que de vez en cuando iba a pescar y ya le había expresado mis inquietudes; me apartó de las tripulaciones de vuelo asignándome un nuevo destino bastante agradable y en tierra firme. Fui nombrado Mayordomo-Gobernador y Relaciones Públicas del Escuadrón. Mi misión consistía en la administración, mantenimiento, buena marcha de todo el edificio y bienestar del personal: el bar, los guateques, cócteles, recibimiento de autoridades y visitas VIP.

Lo primero que hice fue adecentar, limpiar y decorar todas las dependencias con cuadros y dibujos míos que doné, pusimos fotos enmarcadas de los archivos, metopas y todo tipo de objetos decorativos alegóricos a la Aviación y militares que encontré en el almacén; con la ayuda de ocho soldados que estaban a mi cargo, todos ellos con su destino específico pero al estar a mis órdenes los organicé de tal manera que al principio no les gustó nada porque anteriormente estaban acostumbrados a hacer el vago: un chofer, el encargado del almacén, dos buscadores, tres de las oficinas y el chico del bar.
Careciendo de personal para la limpieza el edificio estaba casi siempre en muy malas condiciones y bastante sucio, un par de veces a la semana pasaba una señora que no le daba tiempo a mantenerlo todo limpio, además de que los hombres somos bastante sucios y abandonados, de modo que a cada uno le hice responsable de una misión dentro de su misma dependencia y alguna más que les asigné para que lo mantuvieran en perfecto estado de revista.
La misión del chofer era trasladar al Jefe de su casa a la Base y algún viaje extraordinario de corto recorrido, el resto del tiempo se lo pasaba durmiendo en una butaca del bar; a éste le hice responsable de la limpieza de la sala de Autoridades, del pasillo y del hall; los encargados del almacén eran responsables del perfecto estado del mismo, pasillo y hall de pistas; los buscadores eran los encargados de la limpieza de la sala de reuniones, de los aseos y WC ; los oficinistas se encargaban de sus respectivas dependencias y a la hora de más bullicio se turnaban en ayudar al chico del bar como camareros.
De esta forma estaban ocupados y dejaron de hacer el vago pues anteriormente pasaban mucho tiempo con los brazos cruzados, y no hay nada peor que tener a la gente inactiva y sin aprovechar el tiempo, que para mí era precioso y necesario para mantener el escuadrón en perfectas condiciones.

Nombré a un Sargento encargado del bar, se empezaron a servir todo tipo de tapas, aperitivos, platos combinados, bebidas y tabaco que se traía de Canarias dejando unos beneficios sustanciosos para poder eliminar el déficit anterior acumulado de casi doscientas mil pesetas, nunca sin aumentar los precios que no me estaba permitido obtener un beneficio superior al 10% . Claro está que al haber mejores servicios la gente se gastaba más dinero y naturalmente que a más entradas mejores beneficios.

Cuando acabó mi mandato por el pase a la reserva se efectuó un recuento: entre material, maquinaria nueva, existencias en el almacén y efectivo en caja, resultó un superávit de casi dos millones de pesetas. Aparte de que de vez en cuando se organizaban tiempos de barra libre, comilonas gratis y torradas en la barbacoa con los excedentes y ganancias obtenidas.
Cierto es que con el tabaco se obtenían muy buenos beneficios pues era el único producto en el que no se respetaba el 10%, ya que se vendía más barato que en el estanco y se compraba a menos de la mitad, esto fue lo que especialmente hizo que se obtuvieran ganancias sustanciosas pero al fin todos disfrutaban de ellas.

En este Escuadrón se realizaban las exhibiciones y pruebas para la venta de los aviones por la empresa CASA, de vez en cuando llegaban autoridades interesadas de diversos países, yo era el encargado de recibirlas y conducirlas a la sala de recepciones donde El Jefe les esperaba y se les obsequiaba con un pequeño cóctel o vino español del que yo también me encargaba de tener preparadas unas bandejas de ricos canapés y diversos aperitivos y bebidas.
Me sentía muy a gusto y satisfecho con mi trabajo que intentaba cumplir a la perfección, todo el mundo estaba contento conmigo y me apreciaban, tenía amigos y compañeros que reconocían mi labor, a excepción de mis compañeros de especialidad que, posiblemente a las envidias se quejaban de que yo no volaba, jamás les importuné en los turnos pues de todas formas al ser yo el más antiguo no estaba metido en ellos.
Solicitaron al Jefe mi regreso a la unidad de vuelo más que nada para fastidiarme, a sabiendas que a partir de ese momento se les acabaría el chollo de las torradas, las comilonas y las barras libres.
Hacía pocos meses que había fallecido en un accidente de helicóptero el Jefe del escuadrón que como he dicho anteriormente era amigo mío, éste fue sustituido por otro al que apenas conocía y me llamó a su despacho para decirme que no le quedaba más remedio, ya que mi misión principal era volar y no la que tenía asignada. Ese mismo día solicité pasar reconocimiento médico y después de los exámenes me encontraron insuficiencias coronarias causando la baja en vuelo. A partir de este momento ya no debía volar por razones oficialmente concretas, al poco tiempo me convocaron para realizar el curso de Oficial a Reus al que me incorporé en enero de 1987 con una duración de tres meses que terminé con aprovechamiento y buenas notas obtuve la aptitud para el ascenso a Oficial.

En abril de aquel mismo año convocaron unas plazas para el pase a la Reserva Transitoria. El gran chollo de mi vida que me vino como anillo al dedo pues resultaba que a los pocos meses me ascenderían a Teniente con la absoluta seguridad de que iría destinado a Canarias, pasando a esta reserva el sueldo seguiría siendo igual, acumulando trienios y con el derecho a un ascenso. Según estaba mi puesto en el escalafón este sería lo máximo que podría llegar y nunca sabría lo que me podía esperar en las Islas Canarias, de modo que lo consulte con la familia y no lo dudamos ni un momento, nuestras raíces llegaron a ser muy profundas en la Isla de Mallorca.
A primeros de junio de 1987 me hicieron una cena homenaje de despedida a la que asistieron muchos compañeros Jefes y Oficiales. Al día siguiente ya me encontraba en casa descansando y comenzando a olvidar las muchas putadas que la vida militar me había deparado durante treinta años y tres meses de servicio a la Patria.

Más de treinta años a mi pesar pasé en El Ejército del Aire, de los cuales puedo decir que muchos ratos han resultado penosos y pocos los agradables, y jamás sabremos lo que hubiera pasado de haber tomado la decisión de marcharme con aquel amigo que encontré en Cataluña. Lo que sí puedo asegurar con toda certeza y convencimiento que me siento satisfecho de haber servido siempre con honestidad, espíritu de sacrificio y amor a la Patria a la que serví, no con el entusiasmo del que ingresa en una academia y llega desde Oficial hasta posiblemente General, pero con la resignación y conocimientos de haber cumplido mi deber, por lo que sin casi esperarlo llegué a la categoría de Teniente; pude haber llegado a Comandante de haberme quedado pero tampoco sabemos que habría pasado debido a mis insuficiencias coronarias estando destinado de seguro en Canarias, alejado de mi familia y desperdigado haciendo nadie sabe qué.
Tengo la satisfacción de haber obtenido varias condecoraciones, especialmente la Cruz al Mérito Aeronáutico por duplicado, dos medallas a la constancia en el servicio y la Gran Cruz de la Real Orden de San Hermenegildo y la encomienda como Caballero de la misma orden.

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