martes, 27 de noviembre de 2007

Elena ya estaba totalmente recuperada y comía con buen apetito, todo le gustaba y lo digería sin problemas; tan aficionada era a introducirse todo en la boca que una vez se tragó un collar de cuentas que gracias a Dios las expulsó en el orinal, y al hacer caca se podían oír los sonoros golpes al caer como si fuese una ametralladora. ¡¡¡Joer con la niña... siempre teníamos que estar pendientes de ella y procurar que no se metiera nada en la boca.

Aquel otoño me la llevé un día de pesca al río Tajo que pasaba cerca de nuestra casa.
La pesca del Lucio (tiburón de río), que en ocasiones llega a alcanzar los 60 kg. de peso resulta un deporte bastante aburrido ya que se hace con una o más cañas colocadas en unos soportes clavados a la rivera del río, un pececito vivo como cebo, un flotador del tamaño de una pelota de ping pon nos avisa cuando el depredador ha picado en el anzuelo y esperamos con mucha paciencia hasta que esto sucede, que en la mayoría de las ocasiones regresamos a casa de vacío después de tres o cuatro horas de plantón; casi siempre solía colocar un cascabel en cada caña para que me diera el aviso mientras podía pasar el tiempo con tranquilidad leyendo o haciendo otra cosa.
Era una tarde de otoño soleada y muy agradable, en un momento de la espera me entraron ganas de hacer algo que nadie podía hacer por mí, le recomendé a la niña que vigilara la bollita mientras me escondía detrás de un árbol para poner el huevo sin dejar de vigilarla, no había pasó ni un minuto, y encontrándome con el “chorizo” a medias, la nena empezó a gritar: ¡¡¡Papá, papá, la bolla se hundeeeee!!! Me subí los pantalones con rapidez casi sin darme tiempo a limpiarme, y cuando llegué la niña estaba sujetando la caña con una mano y dando vueltas al carrete con la otra manteniendo a raya un ejemplar que pesó 3 kg.
Teníamos ahorradas 30.000 pesetas y pensamos comprarnos un coche de 2ª mano.
Encontramos un SEAT 600 con pocos kilómetros y parecía encontrarse en buen estado de conservación, nos costó 20.000 pesetas pero el problema es que no lo podía conducir porque no tenía el carné y me puse manos a la obra, practicando en la colonia y en el jardín después de pasar por tres exámenes me entregaron el anhelado permiso dejando el coche tan lleno de bollos que los vecinos y amigos le llamaban “la bollera de Montejo”.
No por ser difícil sacarse el permiso de conducir tuve que hacer tres exámenes, más bien fue por ahorrar algo de dinero, y ya se sabe que en ocasiones por el ahorro al final resulta que gastas más dinero y esfuerzo.
La primera intentona fue en la misma base que varios compañeros nos pusimos de acuerdo para que un ingeniero examinador amigo de alguien iba a venir a examinar a los que nos apuntamos: algún jefe, compañeros y alguna señora; Por lo que al “amigo ingeniero se le preparó un exquisito guateque para sobornarle y con una pequeña cantidad de dinero nos aprobaría a todos sin más... Esto resultó una decepción, ya que el honrado examinador cumplió con su deber y no consintió ningún tipo de sobornos suspendiéndonos a casi todos pues no estábamos lo suficientemente preparados.
Después de varias semanas practicando en los alrededores de la casa me presenté por 2ª vez, y resultó que cuando esperaba mi turno para examinarme, me entraron ganas de hacer un pipí y dirigiéndome detrás de unos arbustos tuve la fatalidad de encontrar un hombre muerto entre los matorrales; esto desequilibró mi concentración, porque después de intervenir la policía cuando me llamaron para hacer el examen me encontraba tan nervioso que suspendí.
En la tercera intentona y después de algunas prácticas más aprobé.

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