Con la peña de amigos pescadores organizábamos jornadas de pesca en cualquier época del año desplazándonos a lugares insólitos, en ocasiones hasta más de 300 kilómetros de nuestras respectivas casas para pasar un día completo de pesca de cualquier especie habitante de los muchos ríos y pantanos de la geografía española.
Solíamos ir en dos coches partiendo tres horas antes del amanecer regresando después de la puesta de Sol, siempre haciendo alguna parada en el camino para desayunar o tomar algo.
Salustiano que era el mayor de todos, el más veterano y con mucha experiencia se fabricó una caja de madera que acoplaba al maletero de su coche en la que llevábamos las viandas, sartenes y cacerolas adecuadas para preparar los ricos guisos camperos que Enriquito, un señor jubilado que no era pescador y le encantaba venir con nosotros para hacer de cocinero con mucho entusiasmo y buen saber: patatas con conejo, judías con liebre, salchichas al vino y chuletitas de cordero o cabrito a la brasa de sarmiento. Cuando íbamos a pescar pececitos pequeños que servían de cebo al lucio, una parte de ellos los metíamos en un depósito con agua y otra gran parte Enriquito los iba recogiendo para freírlos al instante y llevárnoslos hasta nuestro puesto, calentitos y acompañados de un trago de la bota de vino que comprábamos en algún pueblo de paso.
Fueron ratos inolvidables y unos excelentes amigos.
En el transcurso de estas correrías y jornadas de pesca nos ocurrieron diversas anécdotas dignas de narrar alguna de ellas:
Un caluroso día de verano nos acercamos mi amigo Luque y yo a pescar hasta un lugar donde abundaba la carpa común en un embalse cerca de un pueblo en la provincia de Toledo, era la primera vez que practicábamos este tipo de pesca y en este lugar.
Como siempre llegamos muy temprano, elegimos el lugar que nos pareció apropiado y después de preparar los aparejos echamos los cebos al agua sin obtener resultado satisfactorio después de un par de horas de pacienzuda espera. ¡Nada!, ni una sola picada, ya estábamos pensando que allí no había carpas ni ningún pez que le gustara la patata, cebo con el que normalmente se pesca este ciprínido; al rato apareció un pescador que caminaba cojeando, se colocó a unos 30 m. de nosotros sentándose en una sillita plegable y se puso a preparar sus artes de pesca; Nosotros le observábamos de lejos sin darle la mínima importancia y pensando que al igual que nosotros no se comería un rosco. No pasaron ni dos minutos desde echar sus cebos al agua cuando comenzó a rodar el carrete con la primera pieza capturada, no terminó de sacarla a la superficie cuando le estaban picando en la segunda caña.
¡Leches!, ¿cómo lo hace?. Nos quedamos asombrados de la facilidad con que picaban y las sacaba desde su pequeño asiento sin moverse del sitio y con una habilidad espantosa.
El tío no paraba y nosotros boquiabiertos; movidos por nuestra curiosidad nos acercamos a preguntarle el cebo que estaba empleando y nos contestó que como siempre: patata cocida en su punto. Efectivamente en el suelo vimos trozos muy bien cortados y preparados para poner al anzuelo, le preguntamos otras cosas y exactamente estaba pescando de la misma forma que nosotros.
Bueno, cabizbajos regresamos a nuestro puesto y seguimos con nuestra desafortunada pesca.
El cojo no paraba de pescar hermosos ejemplares, mi amigo y yo estábamos más mosqueados que un pavo en una discoteca; Con mucha cautela haciendo un rodeo por la espalda nos acercamos para espiarle y le pillamos con las manos en la masa.
¡Que tío!, tenía las patatas a la vista pero en un zurrón escondía el verdadero cebo que tanto gustaba a los peces.
Mi compañero que tenía un genio endiablado le puso de vuelta y media, le dijo de todo y hasta le amenazó con echarle al agua junto a sus artilugios, las carpas y el maldito zurrón que tanto nos tuvo intrigados.
¿Sabéis con que pescaba el cabronazo? ¡¡¡CHURROS!!! De los que venden en las churreras de por aquella zona, largos y gorditos que en Madrid los denominan “porras”
Toledo se encontraba a unos 30 kilómetros y eran más o menos las nueve de la mañana, así que recogimos los trastos y montamos en el coche poniendo rumbo a la churrería más cercana, llegamos a la primera que encontramos a nuestro paso y pedimos sendos cafés con leche y churros.
¡Maldición! Los habían terminado, ¡qué mala suerte!
Nos acercamos a la siguiente churrería y tampoco.
Por fin en la tercera pudimos encontrarlos pasados, fríos y correosos que la señora quedó asombrada al servirlos pues quizás eran del día anterior y no nos los cobró; Como alma que lleva el Diablo salimos pitando hacia el río donde el cojo ya no estaba y pudimos pescar a gusto y disfrutar como nunca pescando con aquel enigmático cebo del que jamás pudimos averiguar la incógnita.
¿Cómo es posible que las carpas de ese preciso lugar picaran mejor con este tipo de cebo?. Nunca lo hemos sabido.
La carpa es omnívora y normalmente se alimenta de lo que encuentra en su entorno.
En las riveras de los ríos suele haber plantaciones de patatas, tomates, maíz, trigo, frutos caídos de los árboles, etc.
Algunos de estos alimentos suelen caer al agua y arrastrados por la corriente van a parar al estómago de sus habitantes, pero churros.....¿dónde coño se plantan o se cultivan los churros?
Dependiendo de la zona normalmente pescábamos con patata cocida, pasta de maíz o harina de trigo mezclada con queso pero jamás se nos había ocurrido con algo tan poco, mejor dicho, nada frecuente en los sembrados de las riveras.
A este lugar solíamos ir muy a menudo por encontrarse cerca de casa; le denominamos “el sitio del cojo”.
Antes de llegar al río pasábamos por un pueblo donde a la salida había un cochambroso bar que le pusimos de nombre “El Puticlub” (de cachondeo), pues estaba regentado por dos viejecitas de más de ochenta años y en nuestras frecuentes paradas solíamos pedir un café (de puchero) y una copa de anís. Nunca nos cobraban la misma cantidad, los precios fluctuaban como en la Bolsa, un día nos cobraban una cantidad y a los pocos días otra y es que las pobres viejitas no sabían ni hacer las cuentas, de todas formas como resultaba tan barato nosotros redondeábamos dejándoles una buena propina.
En alguna ocasión cuando preparaba un café y estaba demasiado lleno el vaso, antes de servirlo sorbía un poco para que no se derramara en el camino, porque con sus manos temblorosas solía suceder, al principio nos produjo un poco de asco pero en adelante ya pasábamos de todo compadeciéndonos de la pobre viejita.
En otra ocasión en este mismo trayecto antes de llegar al pueblo divisamos a lo lejos un bulto en mitad de la carretera, mi compañero dio un frenazo y como aún era de noche, el espectáculo quedó alumbrado por los faros del coche: un burro parado y su amo caído en el suelo totalmente muerto.
Era un viejete que superaba los ochenta años, posiblemente le había dado un “telele” y en ese mismo lugar se despidió de este cochino mundo sin llegar a su destino para realizar las faenas rutinarias del campo.
¿Qué hacemos?
Luque era malagueño, muy gracioso y ocurrente de los que hablan zezeando.
Poz ná, ¿qué vamos hasé?, po seguí nueztro camino y a pescá que a ezo hemos venío.
Zi avizamos a loz “Cebilez” noz retienen y noz joden er día.
En verdad que ya nada podíamos hacer por aquel pobre viejo, reanudamos nuestro camino haciendo la parada habitual en el “Puti Club”, y antes del amanecer ya nos encontrábamos liados con los churros y los peces.
El río Tajo pasaba muy cerca de casa y conocía un lugar muy apropiado para la pesca del Lucio donde solía ir cuando tenía la tarde o la mañana libre a pasar un par de horas.
Un frío día de finales de noviembre me fui muy temprano, preparé dos cañas con sus respectivos pececillos de cebo lanzándolos al agua y a esperar acurrucado bajo el tronco de un árbol, pasada una media hora observo que el flotador se empieza a mover inquieto, esta era la primera señal de que el depredador se encontraba muy cerca, a continuación veo que se sumerge en el agua, rápidamente bajo la punta de la caña para que la presa trague bien el anzuelo y enseguida noté un fuerte tirón comenzando a salir hilo del carrete, pongo el freno y el bicho sigue tirando cada vez con mas fuerza. Después de unos 20 minutos de lucha, veo asomar la cabeza a la superficie, agarro el gancho con la mano izquierda y a la segunda intentona se lo coloco en las agallas para atraparlo y con rapidez sacarlo del agua, cuando ya se encontraba a mis pies y dando los últimos coletazos apareció la pareja de la Guardia Civil que de cerca me estuvieron observando, me puse a encender un cigarrillo y las manos me temblaban, uno de los guardias me arrimó el encendedor y me dijo: márchese a su casa porque le va a dar algo...
Y así lo hice ,después de unos minutos de charla fumando un cigarrillo con los guardias introduje el ejemplar en el coche y a los pocos minutos me encontraba en la Colonia rodeado de compañeros que admiraban el enorme pez que pesó 19 kilos.
Otro caso muy peculiar me ocurrió una tarde que fui solo a un lugar algo más apartado y cerca de la carretera; al igual que otras veces lancé dos cañas al agua con sus respectivos cebos y pacientemente me puse a esperar observando los flotadores, de pronto oí el motor de un coche que aparcaba junto al mío a mis espaldas, volví la cabeza y vi que se trataba del Jeep patrulla de la Guardia Civil del que se apeaban un Sargento, dos guardias y un paisano, se acercaron hasta donde yo me encontraba mientras escuchaba decir al paisano: aquí es. El Sargento me preguntó si había visto algo extraño y le contesté que no. Uno de los guardias se acercó al Jeep y regresó con un largo gancho con el que estuvieron tanteando el fondo del río al lado de donde yo pescaba, ellos seguían buscando algo bajo las aguas hasta que al rato comenzaron a sacar una moto tipo mobilette. El Sargento dijo: pues si, aquí está, sigan buscando. Yo ya había recogido las cañas y metido todos los trastos en mi coche pero continué presenciando la búsqueda movido por mi curiosidad. Después de un largo rato observé que del fondo muy cerca de la orilla sacaban a la superficie a un hombre de mediana edad más muerto que mi abuela. No creía lo que estaba viendo, estuve pescando en ese lugar con un cadáver casi a mis pies. Mira que si lo engancho con el anzuelo y lo saco pensando que podría ser un buen ejemplar de lucio... ufffff ¡¡¡ me hubiera cagado por la pata abajo.
Le pregunté al Sargento si me podía marchar y me dijo que sí después de tomarme los datos, me metí en el coche y salí de allí disparado a toda leche.
Pocos días más tarde me citaron al Juzgado para declarar como testigo del hallazgo de un asesinado que posteriormente lo arrojaron al río junto a su pequeño medio de transporte. No supe más del asunto y tampoco jamás regresé a ese recodo del río donde siempre se me daba muy bien la pesca.
Los veranos solíamos ir a pasarlo al pueblo con los Yayos, aquel verano nos retrasamos un poco debido a la espera del nacimiento de Alicia, nos quedamos en Aranjuez hasta que llegara el momento.
Una caldeada noche del mes de agosto nos encontrábamos bajo el sauce con los vecinos y otros amigos como en otras ocasiones contando chistes y charlando entre bromas y risas, debido a que a Merceditas le venían pequeños dolores de tarde en tarde y estábamos esperando a que fuesen más cortos e intensos, síntoma de que la cosa ya estaba cerca; Sobre las doce de la noche le vino uno bastante gordo y rápidamente nos metimos en el coche y pusimos rumbo a la maternidad de Hospital del Aire que no se encontraba demasiado lejos. A eso de las dos de la madrugada veo salir del quirófano a una enfermera con un bebé en los brazos que me lo entregó diciéndome: aquí tiene a su hija, que ha pesado 2 kilos y 950 gramos.
Era el recién nacido más guapo y hermoso que he visto en mi vida; con la cara redondita, sonrosada y una mata de pelo negro precioso. No era como Elena ni Javi que recién nacidos tenían la cara coloradota y un poco deforme debido a los esfuerzos al nacer.
Sisi era pequeñita pero perfecta como una muñequita y muy guapa.
martes, 27 de noviembre de 2007
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