lunes, 26 de noviembre de 2007

Compré una embarcación para mí solo, no es porque me enfadara con Ezequiel ni mucho menos, fue una oportunidad que me salió y no la desaproveché.
Era bastante más grande que “Cala Gamba” y en buen estado de conservación, estaba bautizada con el nombre de “Virgen del refugio”, necesitaba algunas reparaciones a pesar de estar bien construida en madera de buena calidad, con un motor diesel de 20 cv., otro auxiliar a gasolina que nunca cargué a bordo por el trastorno de tener que llevar dos tipos de combustible, muy mal por mi parte porque en una ocasión lo eché en falta y mucho.
Tenía la proa ligeramente levantada y navegaba como una pluma deslizándose sobre la superficie del agua de una manera majestuosa.
Era maravilloso navegar con aguas tranquilas sentado en la popa agarrado a la caña del timón y recibiendo la brisa marina sobre la cara curtiendo la piel con un bronceado característico que no se adquiere en ninguna otra parte..
Estaba bien equipada con toda clase de artilugios para la pesca en cajones bien ordenados, hasta palangres y una red de 50 m. que estaban prohibidos para pescadores deportivos, tan solo nos estaba permitido pescar con una línea y un máximo de cuatro anzuelos, yo continuaba siendo un furtivo y cada vez más...
Para que no me descubrieran, los palangres y las redes las calaba al atardecer y los recogía al día siguiente muy temprano en ocasiones con capturas bastante buenas.
Practicaba todo tipo de pesca pero la que más me gustaba era “el currican” con dos cañas; es fácil, cómodo y excitante. Se trata de soltar al agua dos cebos normalmente artificiales en sendas cañas sujetas en las bordas y navegando lentamente cerca de la costa y esperar que algún pez pique y se enganche en el anzuelo; cuando esto ocurre se advierte fácilmente porque se ve la punta de la caña que se dobla y el carrete chirría , entonces se vira a favor de la caña que tiene la presa, juegas con ella y recuperas sedal con suavidad y calma procurando que no se suelte hasta que la tienes a bordo; a veces sabrosos peces de hasta seis kg. de peso. Hay ocasiones que pican simultáneamente a las dos cañas, te vuelven loco, no sabes a cual atender primero pero poco a poco recuperas la calma sacando uno primero y el otro después.
El más grande que picó en el anzuelo no logré verlo, estuvo enganchado unos dos minutos tirando con fuerza hasta que partió el sedal y me quedé sin nada, con la duda de cómo podría ser aquel enorme bicho que tiraba con tanta fuerza; quizás un pez espada o una pequeña tintorera (tiburón de estas aguas).
Un buen día de espléndido sol salí a pescar con dos conocidos que lo hacían por primera vez, quería hacerles pasar una jornada agradable y divertida; a primera hora nada más llegar al lugar sin alejarnos demasiado calé unos palangres con la intención de ponernos a pescar con caña para recogerlos tres horas más tarde. (el palangre es un arte prohibido para pescadores deportivos pero es muy rentable; consiste en una línea con muchos anzuelos cebados que se cala en profundidad con una bolla en un extremo que nos indica el lugar exacto, al levantarlo se puede uno encontrar con gratas sorpresas de buenos peces enganchados). Nos pusimos a pescar tranquilamente y cuando más emocionados estábamos se empezó a levantar una inoportuna brisa que nos desplazaba suavemente produciendo unos molestos vaivenes en la embarcación, uno de los amigos empezó a marearse vomitando de inmediato por la borda, el otro al verlo también comenzó a vomitar, entonces puse rumbo al puerto que se encontraba muy cerca y desembarqué a los dos enfermos que me lo agradecieron un montón.
Los palangres se quedaron en el fondo del mar, porque si nos hubiésemos parado a recogerlos podría haber cometido una imprudencia y mucho más con aquellos dos principiantes mareados que precisamente uno no sabía nadar. Llegamos a puerto sin el menor incidente y cada cual se marchó a su respectiva casa. Después de comer me asomé a la ventana para ver como estaba el viento observando que estaba amainando y había cambiado de dirección, me fui al puerto y mientras tomaba un café en un bar típico de pescadores pregunté a uno de ellos si sería arriesgado salir a buscar los palangres, me contestó que el tiempo no lo veía empeorar y que él si saldría, le animé a que me acompañara y me contestó que no podía porque tenía que preparar sus redes, sin pensarlo dos veces me metí en la barca, puse el motor en marcha y rumbo al lugar donde se divisaba a lo lejos la boya indicando el lugar exacto.
Comencé a sacarlos lentamente porque en muchos anzuelos venían peces enganchados y la labor era más lenta al tener que desengancharlos, no me di cuenta de que el viento arreciaba, empezó a llover y me puse nervioso, mucho más me puse cuando un golpe de mar me arrancó el timón que quedó flotando a unos metros de la barca alejándose cada vez más, intenté recuperarlo con el bichero resultando imposible.
El motor estaba parado, siempre lo paraba para efectuar estas faenas para no escuchar el molesto ruido mientras trabajaba, normalmente se ponía en marcha a la primera, ya que tenía arranque eléctrico y si éste fallaba se hacia manualmente que resultaba sencillo pero la mala suerte y fatalidad hicieron que en esta ocasión fallara el arranque, tanto el eléctrico como el manual.

La embarcación se encontraba anclada y sujeta a los palangres que posiblemente estaban enganchados en el fondo.
Continuaba lloviendo cada vez con más fuerza y me dije:
Encendí un cigarrillo y lo primero que hice fue tapar el motor con unas chaquetas viejas que llevaba en el fondo, comencé a secarlo con unos trapos, Intenté arrancarlo y nada de nada.
Lo intenté varias veces hasta que se agotó la batería.
La línea de palangres que supuestamente sujetaba a la embarcación de alguna forma anclada en el mismo lugar se rompió por la fuerza del viento.
Cada vez me alejaba más de la costa y hacía bastante rato se había hecho de noche, la cosa se empezaba a poner bastante fea.
Miraba a mis costados por si veía pasar otras embarcaciones que me remolcaran pero nadie pasó.
Las luces del puerto cada vez se divisaban más pequeñas, el fuerte viento de tierra me alejaba de la costa.
Volví a repetirme de nuevo: calma Montejo.
Reanudé de nuevo los intentos de arrancar el motor y después de más de una hora purgando y dale que dale a la manivela, ¡¡¡ALELUYA!!!! Se puso en marcha cantando con la alegría de siempre. Nunca en mi vida he oído un rugir tan agradable que me parecieron cánticos celestiales.
Con uno de los remos amarrado a la popa que hizo las veces de rudimentario timón puse rumbo al puerto contra el viento que me daba de cara y el navegar resultaba más lento. Temía si la embarcación se alejaba hacia fuera más que hacia adelante empujada por el viento, aceleré un poco y empecé a divisar los destellos del faro que me indicaba la entrada a la bocana del deseado puerto pero la andadura era muy lenta y se hacía excesivamente pesado, estaba seguro de que algo adelantábamos porque cada vez se distinguían las luces de las casas con más claridad.
El viento y la lluvia me azotaban en la cara, calado hasta los huesos y sorteando grandes olas intentando tomarlas por las amuras con suavidad para no volcar, dos horas después entré triunfante en la mansa bahía dando gracias a Dios. Casi eran las once de la noche, en casa me esperaban muy preocupados y a punto estuvieron de avisar a salvamento.
Amarré la barca en el muelle y al día siguiente coloqué un cartel en el mástil.
SE VENDE Tef. 630940.
A los pocos días se vendió con bastante tristeza pero con la certeza de que nunca jamás pasaría una noche como aquella que estuve a punto de quedarme en el mar para siempre.

Reanudé mis actividades pictóricas que abandoné un poco por la pesca.

Las cosas empezaron a empeorar en la Base, como en todas partes nunca lo bueno dura para siempre, algunos compañeros optaron por pedir destino a otros lugares que creían mejores. Nos quedamos los cuatro gatos más arraigados a Soller: los casados con una de aquí y yo en particular porque en cierta manera había echado alguna raíz que me retenía; el estudio, las exposiciones, las clases, etc.
Al poco tiempo ascendí a Subteniente y me nombraban servicios propios a mi nuevo cargo, en ocasiones hacía dos días seguidos de servicio y un solo día de descanso llegando a resultar insoportable sin tiempo libre para nada. Tuve que dejar el colegio y sin tiempo para pintar, las exposiciones se fueron al carajo y el cabreo y mal humor comenzaba a reinar en la casa parecido a la época de Aranjuez.

Justamente cuando peor estaban las cosas salieron unas vacantes de nuestra especialidad para el 801 Escuadrón de FFAA. En la Base Aérea de Son San Juan. Lo consulté con la familia y pensando que los chicos pronto tendrían que estudiar en la Universidad sería mejor vivir en Palma y solicité el nuevo destino.

A los pocos días ya formaba parte de una tripulación de vuelo en la que yo actuaba como Operador de Rádar de a bordo, pasé el reconocimiento médico para obtener la aptitud de vuelo en Aviocar C-200, realicé un cursillo en tierra y una semana más tarde llegó mi primer vuelo.
Siempre tuve mucho miedo a montar en un avión y menos en aquellos tan pequeños y pilotados por unos y otros sin saber si ellos conocían su cometido, aunque los había muy buenos, malos y muy malos con los que pasé buenos y malos ratos de los que más adelante os contaré alguna anécdota digna de mención.

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