lunes, 26 de noviembre de 2007

Ahora paso a contaros alguna de las anécdotas más relevantes de esta época que tan solo duró cuatro años, que hizo hablar y aún se recuerda y perdurará en las mentes de algunos para toda la vida.
Éramos un pequeño grupo de amigos que normalmente salíamos a pescar juntos, organizábamos torradas, comilonas y pasábamos unas jornadas inolvidables.
Era necesario sacar un pase expedido por el ICONA pagando una pequeña cantidad por cada día de pesca, no teníamos ninguna dificultad para sacarlo porque aquí los pescadores naturalmente son más de mar que de agua dulce; no hay ríos y los embalses estaban construidos hacía poco tiempo.
Llegó un momento que nos excedíamos tanto que estábamos fichados por los guardas que controlaban las entradas, los cupos y los cebos, en ocasiones éramos vigilados con prismáticos por varios guardas organizados de tal manera que tenían orden expresa del Jefe del ICONA de atraparnos con las manos en la masa, sobretodo a mí que era el más furtivo de todos; ofreció una recompensa de un mes de vacaciones extra al guarda que lograra capturarme fuera de la Ley, pero me lo tenía montado con una estrategia muy hábil: los días autorizados para pescar eran los martes, jueves, sábados y domingos, yo me sacaba el pase para uno de estos días pero pescaba los no autorizados, o sea: los lunes, miércoles y viernes, de esta manera los únicos pescadores que se encontraban pescando éramos nosotros y libres del temor de que nos pillaran o vigilaran ya que los guardas no aparecían estos días. También estaba prohibido pescar de noche y en ocasiones aprovechábamos sobretodo cuando había luna llena. Los guardas podían saber exactamente los días que teníamos pase y se organizaban para pillarnos pero nunca sospecharon que no nos encontrarían.
En cierta ocasión vino a visitar la Base el General Jefe del Sector Aéreo de las Baleares, era de León y muy aficionado a la pesca de la trucha; llegó en helicóptero y tomó tierra en el helipuerto situado en el embalse de Cúber a pocos metros del agua, nada más pisar el suelo preguntó a los jefes que le esperaban si había algún tipo de pescado en aquellas aguas, a lo que le respondieron que sí, truchas y de muy buen tamaño y que precisamente aquí estaba destinado el Brigada Montejo, gran conocedor del tema y sabido por todos el que más pescaba en estas aguas.
Inmediatamente me mandó llamar para que le contara todo lo que sabía y le pusiera al corriente: tamaño, especie, forma de pesca etc. A los pocos días quedamos citados para pescar juntos. Yo no le dije nada del cebo secreto debido a su prohibición y se me podría caer el pelo con aquel general que además tenia cara de malas pulgas, así que una mañana bien temprano empezamos a pescar, él venía muy bien preparado con todo tipo de artilugios, excelentes cebos y moscas de las que utilizaba en la provincia de León donde solía pasar sus vacaciones, yo comencé a pescar con cucharilla y al cabo de un par de horas sin comernos una rosca, al rato me alejé un poco y cambié mis artilugios, cuando regresé a donde él estaba llevaba tres hermosos ejemplares; ¿cómo las has cogido? ¿con que cebo?.
No pude aguantarme más y le mostré una pequeña tarrina conteniendo aquellas preciosas bolitas doradas; ¿qué coño es esto? me preguntó con cara de gilipollas, yo le respondí: mire, mire y observe, engarcé tres bolitas en el anzuelo y lancé el hilo al agua, a los pocos segundos tenía un hermoso ejemplar entre mis manos y el general asombrado la acariciaba embobado.
¡Trae, trae, joder! ¿cómo no me lo has dicho antes?.
Mi General, es que este cebo está prohibido...¡¡venga, venga!! Y no hizo mas comentarios y continuamos el resto del día poniéndonos las botas pescando como cosacos y pasando un día divertido.
Al final de la jornada tomando una cerveza en el bar de la Base me dijo: ¡Montejo!, tu y yo hablamos el mismo idioma.
Me parece que también era un buen furtivo, tuvimos la oportunidad de repetir la experiencia en varias ocasiones y nos hicimos buenos amigos.

Anteriormente os he mencionado a Pedro, Sanpedro y El Satur, estos formaban un grupo al que apodaban “las tres Marias”, siempre iban juntos a todas partes y eran bastante reservados. Pactamos un trato de avisarnos mutuamente cuando fuésemos a pescar de noche para no asustarnos pensando que pudieran ser los guardas.
Una noche de luna llena estábamos preparados para ir a pescar, pregunté al Satur que era vecino de enfrente y me dijo que no pensaban ir esa noche. Sobre las once cogimos el coche y nos fuimos para arriba, al llegar al embalse entramos por la puerta con la llave que me proporcionaron para facilitar la entrada cuando iba con el general, de esta forma llegábamos más cerca del sitio idóneo y no teníamos que caminar. Después de casi tres horas de pesca nos metimos en el refugio para comer unos bocadillos, con el fuego encendido tranquilamente fumando unos cigarrillos, charlando a la espera de que nos entraran ganas de volver a reanudar la faena, cuando salimos fuera nos topamos con “Las tres Marias” que estaban acojonados dándonos a nosotros un buen susto.
¡Coño! ¿por qué no habéis avisado? Les reproché, ellos respondieron que no pensaban que nosotros fuésemos y no querían decir nada a nadie por si les denunciaban.
Eran unos ruines y pobres de espíritu, pero el susto que se debieron llevar al ver el coche entrar y dirigirse hacia ellos que no les quedó otro remedio que tirar monte arriba y esconderse hasta comprobar que éramos nosotros. Siempre me arrepentí de enseñarles el secreto del cebo.

Estuve durante algún tiempo colaborando con una revista de pesca que se llamaba FITORA, trataba de la pesca en el mar y sobretodo de las técnicas desde embarcación y de la pesca submarina, pusieron un apartado dedicado a la trucha del que yo me encargaba escribiendo anécdotas y reportajes hasta que se cerró por falta de medios económicos, solo duró unos cuantos meses.
Me hizo mucha ilusión verla expuesta a la venta en un kiosco de revistas en Madrid.

Ezequiel, uno de los compañeros del grupo era con el que más salía a pescar y estábamos muy bien compenetrados, una tarde paseando por el puerto vimos una pequeña embarcación que estaba a la venta, preguntamos el precio que nos pareció bien y la compramos a medias. “Cala Gamba” que así se llamaba la pequeña barca de 19 palmos que equivalen a casi cuatro metros de eslora, con un motor diesel muy antiguo que se arrancaba a mano con una manivela pero se encontraba en bastante buen estado y funcionamiento. La sacamos al varadero, la limpiamos, calafateamos, lijamos, le hicimos una buena reparación y con un par de manos de pintura quedó como nueva. Compramos todos los artilugios y artes de pesca para el mar incluidos aquellos que estaban prohibidos, teniendo en cuenta que éramos unos furtivos consagrados aquí no podíamos dejar de serlo. Casi siempre salíamos juntos y si en alguna ocasión uno de los dos quería salir solo con amigos o la familia, teníamos un calendario estipulado: los días pares para uno y los impares para el otro, siempre nos pedíamos permiso si queríamos utilizarla el día que no nos tocaba o viceversa; los gastos de material de pesca, combustible y reparaciones etc. se repartían a partes iguales así nunca tuvimos problemas.

Como dije, la mayoría de las veces salíamos juntos porque aparte de estar acompañados era bueno por la seguridad, aunque no nos alejábamos demasiado y jamás lo hicimos con mal tiempo.
En ocasiones pasábamos todo el día en el mar, levando anclas antes del amanecer bien preparados de cebos, las artes de pesca en su punto, unos buenos bocatas y una bota de buen vino que nunca faltaba. Solíamos regresar agotados , unos días con más pescado y otros con menos, casi siempre era repartido en dos partes y cada cual a su casa.

Podría contar un montón de peripecias y anécdotas acaecidas durante este periodo pero me extendería demasiado; hubo un par de ellas dignas de mencionar.
Una tarde estábamos sacando unos palangres y en uno de los anzuelos venía un congrio enorme enganchado, al introducirlo en la embarcación pensamos que era una morena (pez muy peligroso parecido a una serpiente), el bicho comenzó a moverse como un reptil y nos acojonó de tal manera que trepamos al único mástil de la barca como unos monos, hasta que nos dimos cuenta de que se trataba de un inofensivo congrio, bajamos y con un golpe seco en la cabeza lo dejamos fuera de combate.

Me saqué el título de Patrón de Barco de 3ª clase, suficiente para manejar hasta un pequeño yate. Para cabrear a Ezequiel, cosa que frecuentemente hacíamos el uno con el otro, me compré una gorra azul con un ancla sobre la visera y le dije que a partir de ese momento me tendría que guardar el respeto debido y cuando se dirigiera a mí lo hiciera con el tratamiento de “mi capitán”.
Una tarde salimos acompañados de dos amigos de la peña con la intención de pescar calamares, el mar estaba algo revuelto pero sin peligro, era normal en esas fechas de diciembre y bueno para la pesca del calamar. Me calé mi gorra de Capitán y comencé a dar las órdenes oportunas para todas las maniobras (de cachondeo). A Ezequiel le nombré Primer Oficial, a otro marinero y al siguiente grumete.
¡¡¡¡ATENCIONNNNNN, SR. OFICIAL, PONGA RUMBO AL CALADERO, SUELTEN AMARRAS!!!! - Y me reía a carcajadas-

¡Venga, hoy nos tenemos que poner morados de calamares!
Otras barcas nos acompañaban por ambos costados y alguna nos adelantaba saludando con la mano. Era una fresca tarde de invierno, al Sol le faltaban un par de horas para ocultarse mientras jugueteaba escondiéndose entre las nubes del horizonte produciendo una vista maravillosa con reflejos luminosos sobre las aguas algo rizadas. Al llegar al lugar donde otros pescadores ya estaban pescando, rápidamente y con ansia nos pusimos a imitarlos para no perder ni un minuto, el momento y lugar parecían ser buenos y los calamares entraban muy bien, cuando mejor nos encontrábamos y los bichos picaban con alegría al cebo, al Capitán le empezó a entrar un mareo extraño y al poco rato comenzó a soltar por la borda hasta la primera papilla tumbándose en el fondo de la barca con un mareo fatal, mientras los demás se ponían morados pescando y encima se cachondeaban de mó diciéndome: ¡mira, mira, otro y otro..jajajaja!
Yo me encontraba fatal deseando regresar cuanto antes al puerto, así estuve hasta que llegó la hora y al pisar tierra me sentí más aliviado pero las bromas seguían sin parar y reírse del novato Capitán: ¡vaya Sr. Capitán, que ejemplo!
Ya puedes ir quemando la gorra y el título de Patrón, me decía mi buen amigo Ezequiel.

Al principio de tener la embarcación, como éramos novatos teníamos que aprender de los otros pescadores y en la mayoría de las ocasiones les imitábamos en casi todo, les preguntábamos, aunque a decir verdad, los pescadores tanto aficionados como profesionales eran bastante reservados y nunca soltaban prenda de sus conocimientos y secretos, por lo que nos las teníamos que arreglar por sí solos, de manera que casi siempre salíamos al tun-tun sin saber a donde dirigir nuestros derroteros para una buena pesca, y en más de una ocasión hasta nosotros les despistábamos a ellos a conciencia para reírnos ya que no hacíamos otra cosa. La manera más sencilla de lograrlo era precisamente en el arte de la pesca del calamar que se hacía al atardecer y con muy poco tiempo disponible, de manera que había que aprovechar el poco tiempo de luz disponible. Como desconocíamos el lugar idóneo para practicar dicha pesca nos dirigíamos al azar hacia cualquier sitio que pensábamos podían picar, allí comenzábamos nuestra faena sin resultados positivos, cansados y aburridos hacíamos como que entraban muy bien, haciendo el paripé de sacar y manejando el salabre desde el agua a la barca para que los pescadores que estaban cerca de nosotros nos observaran y pensaran que estábamos sobre el banco de calamares; inmediatamente empezaban a acercarse, momento que aprovechábamos para alejarnos y repetir la operación, haciéndoles seguirnos en nuestro engaño y riendo sin parar, hasta que cansados de “no pescar” y de mucho reír, nos dirigíamos al puerto a tomar unas cervezas y para casa.

En verano venían los tíos y las primas de Madrid y lo pasábamos estupendamente, nos llevábamos la comida, una nevera con bebidas y frutas frescas, nos desplazábamos a las calas cercanas con aguas transparentes en lugares paradisíacos, todo el día retozando en el agua, pescando y tomando el Sol ¡¡¡¡GLORIA BENDITA!!!! Frase que no parábamos de repetir en los chapuzones de aguas cristalinas, en la comida y navegando lentamente admirando el paisaje.

Una soleada tarde salí a pescar con Tío Chani, el mar estaba totalmente en calma, llegamos al sitio muy pronto y mientras navegaba solía cortar en trozos el cebo que emplearía después, a los pocos minutos de llegar el pobre hombre se había cogido un “cogorzo” de espanto que me obligó a dejarle en un islote para reponerse mientras yo continué pescando y tan mareado estaba que no quería volver a montar en la barca por nada del mundo y quería regresar a casa caminando a través de la montaña que además de estar lejos resultaba peligroso; después de darse un buen refrescón y tapiñarnos los bocadillos que llevábamos sobre el islote, se mejoró y subió a la embarcación sin repetirle el mareo.

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