El de diez mil pesetas, un billete con mucha aceptación y difícil de ver al principio a excepción de los bancos que los enseñaban si lo pedias por la curiosidad de conocerlo. También difícil de conseguir cambio en los establecimientos normales.
Como observación particular señalo aquí que no se ha visto ningún billete con la esfinge del Caudillo Francisco Franco, al contrario que en las monedas que estaba en la mayoría. Personajes históricos importantes se pueden ver en todos pero él no se puso en ninguno (Extraño) Franco fue un enigma.
A partir de aquí a primeros del 2001 comenzaron a circular las monedas y billetes de EURO obligatoriamente aunque por un corto periodo de tiempo circularon mezclados, en los establecimientos se admitían, se podían cambiar en bancos y en el Banco de España se pueden seguir cambiando por tiempo indefinido
viernes, 30 de noviembre de 2007
De aquel colegio cuando tenía más o menos seis años pasé a otro de Jesuitas que se llamaba “AVE MARIA, estaba a bastante distancia de mi casa y siempre iba caminando, en invierno con intenso frío, y al principio del verano hasta las vacaciones que solía hacer mucho calor. Era muy niño pero cierro los ojos y veo todo con clara nitidez: el edificio de la escuela, las aulas, el patio, los profesores y hasta algún compañero me viene a la mente.
Mi primer profesor se llamaba Don Antonio Torreblanca, era muy bueno y un excelente maestro, le encantaban los niños y nos enseñaba todo a base de cánticos, la tabla de multiplicar, los reyes Godos, geografía y otras cosas más; lo que más me gustaba y me quedaba fascinado era cuando nos relataba los pasajes del Evangelio y la Historia Sagrada, parecían cuentos y me encantaban; yo salía a la pizarra cada día para dibujar las distintas escenas de todos estos temas, que luego mis compañeros los copiaban en sus cuadernos. Era una buena forma de ganarme la simpatía de todos los profesores, que cuando su fama era de “duros”, aflojaban su mano a la hora de los capones. Nos enseñaba a contar con palillos; nos hacía construir paquetitos de 10, 25, 50 y 100 y de esta manera aprendíamos a sumar, restar, multiplicar, dividir y el sistema métrico decimal.
Había un gran patio al que salíamos al recreo, media hora por la mañana y otro tanto por la tarde, a veces hacíamos gimnasia y practicábamos los juegos propios de aquella época: las cuatro esquinas, el burro, piola y “cibilicerra”, este último fue el que menos me gustó cuado lo practiqué por primera vez, ya que al desconocerlo pagué la novatada.
Yo estaba recién llegado de “El Cortijillo” por una de aquellas ausencias y era bastante inocente y palurdo, me las di de sabihondo por el hecho de conocer muchos nombres de frutas y hortalizas al haber estado familiarizado con el campo y sus cultivos, y me dije antes de comenzar el juego ¡en esto seguro que gano yo!. Nunca imaginaba lo que me podría esperar.
Participaban en él muchos niños y consistía en que uno de ellos al que llamaban “ la madre” tomaba un cinturón por la hebilla y el resto agarrábamos un trozo de la correa, entonces “la madre” decía en voz alta ¡CIBILICERRAAAA¡ y todos contestaban:
¡QUE FRUTO ECHA¡, “la madre” hacia un comentario sobre uno de los muchos frutos u hortalizas que se cultivan en el campo, por ejemplo:. Los chicos nombraban varios frutos hasta que uno de ellos acertaba diciendo: ¡CALABAZA¡, la madre a continuación decía: ¡calabazazo y medio¡. Rápidamente el que acertaba tomaba el cinturón y se liaba a latigazos con los participantes. Todos corrían para librarse de los cintazos, cuando el que tenía el cinturón se alejaba lo suficiente, la madre gritaba: ¡VIVA EL REY DE LOS ESCARABAJOS¡. Entonces cambiaban las tornas y los golpes los recibía el del cinturón que debía regresar hasta la madre y repetirle el nombre del fruto, que a veces se le olvidaba y recibía golpes por todas partes hasta que el maldito nombre le venía a la cabeza.
Tengo tan mal recuerdo de este juego debido a que cuando acerté por primera vez y a consecuencia de mi ignorancia, me alejé tanto de la madre que no llegó a mis oídos el “viva el rey de los escarabajos”y me molieron a sopapos.
Nunca más volví a jugar a CIBILICERRA.
Pasé un par de cursos en este colegio hasta que un buen día de invierno al llegar por la tarde a casa me encontré que estaba llena de un montón de cosas: postes de madera, rejillas de alambre, una pila de sacos de pienso y otros artilugios al parecer para montar una granja. A los pocos días tuve que dejar el colegio porque mi padre había dispuesto el traslado de todas estas cosas que fueron cargadas en un camión y con toda la familia encima nos fuimos a “El Cortijillo” con la idea de poner en funcionamiento dicha granja. Allí pasamos el primer invierno más terrible y desolador pues el jefe de la familia nos abandonó en aquel triste lugar, con la casa tan pequeña, fría y medio en ruinas, sin aseo baño o nada parecido para hacer las necesidades corporales más importantes y cuando te apretaban las ganas tenias que salir corriendo a cualquier hora a poner el culo a la intemperie en el lugar más cercano pero siempre alejado de la casa.
Dejó todo aquello sin montar, nos comimos todo lo comible y quemamos todo aquello que podía arder, incluidos los postes con los que había que montar la famosa granja. Cuando el aspirante a granjero regresó hacia mediados de la primavera con la idea de empezar su industria avícola, encontró aquel panorama tan desolador que se volvió a marchar, menos mal que nos trajo víveres y algo de dinero. No regresó hasta bien entrado el verano. Mientras tanto pasábamos el tiempo lo mejor posible dedicándonos a las distintas tareas y ocupaciones propias del lugar como unos colonos que acaban de aparecer en una tierra desconocida.
Mi madre, Pepe, Angelines, Enrique y yo éramos los únicos componentes de aquella extraña expedición, sin un jefe que nos orientara y perdidos en aquella isla desierta.
Teníamos un hortelano-medianero que le llamaban de mote “kiko pelaespigas” con su mujer Narcisa y una hija adoptiva de unos 16 años llamada Isabelilla. Ellos cuidaban y efectuaban todas las faenas del campo y de la huerta repartiendo con nosotros al 50% todo lo que se cosechaba. Narcisa nos regaló una coneja preñada y una gallina que ya estaba incubando; A los pocos días la familia aumentó con una camada de preciosos gazapos y una quincena de polluelos, rodeando y siguiendo a la madre picoteando aquí y allá por los alrededores de la casa. Con el tiempo fueron creciendo y multiplicándose hasta que casi sin darnos cuenta teníamos formada una pequeña granja, sin postes ni telas metálicas, a la intemperie y durmiendo en un pequeño cobertizo que entre todos construimos a base de adobes de barro en un costado de la casa, con unas rudimentarias vigas de madera de árboles cortados a la orilla del río y paja en el tejado. La fabricación de adobes resultaba sencilla y me gustaba a pesar del trabajo; consistía en practicar un hoyo en el suelo dejando la tierra removida en el mismo lugar, luego se le añadía paja, agua y se mezclaba formando una espesa pasta que se introducía en unos moldes de madera de aproximadamente 50X30 cm.; éstos moldes eran colocados en una explanada de tierra aplanada y bien expuestos al sol, una vez rellenos con la pasta se retiraba el molde a continuación y quedaba formado el adobe que secaba al intenso sol del verano en dos o tres días; posteriormente con estos adobes se construían las paredes de las casas y edificios necesarios de poca altura, posteriormente se enlucía con un mortero de cal mezclada con arena formando una capa cubriendo al adobe y preservándolo de las lluvias.
Uno de mis trabajos consistía en cortar hierva para los conejos, que hasta ya me conocían y comían en mi mano; de vez en cuando desaparecía alguno que mi madre preparaba al ajillo o guisado con patatas, o algún pollo que le cortaban el pescuezo terminando su triste vida en la cazuela, mientras tanto las gallinas que no dejaban de poner huevos con los que también mi madre solía hacer ricos platos, dulces y cremas.
Aquel verano mi hermano Pepe salvó de ahogarse en el río a la hija de un vecino y en agradecimiento nos regalaron una cabra de color negro que le pusimos de nombre “MORA”. Pasado un cierto tiempo “la Morita” trajo al mundo dos hermosos cabritillos (macho y hembra) y por fin pudimos desayunar un buen tazón de leche todas las mañanas remojado con unos picatostes o sopas de pan.
Ya teníamos leche, queso, carne, aves, huevos, conejos, aceite, harina y todo lo que la huerta produjo durante aquellos tres o cuatro años en los que mi padre solo aparecía de tarde en tarde y sobretodo los veranos acompañado de mis hermanas Carmen y Josefina que residían y trabajaban en Madrid con Tía Eloisa y daban buena cuenta de nuestras reservas en la despensa, pero a pesar de esto, en verano nunca faltaba de nada: hortalizas con las que se hacían conservas e infinidad de frutas de las que se secaban los sobrantes y se guardaban para los largos inviernos que resultaban ser bastante tristes, sobretodo los días de lluvia, todos metidos en aquella pequeña casa y arrimados al calor de la lumbre. Dos pequeñas ventanas, una en cada dependencia producían algo de luz y ventilación, las cuales se abrían muy a menudo para ventilar el intenso humo que a veces producía la leña aún verde que se quemaba. Aquella primavera mis hermanos tuvieron la genial idea de agrandar las ventanas y colocarles unos cristales por los que penetraba una intensa luz, ya no estábamos como en una cueva con la puerta siempre abierta o alumbrados por las llamas del fuego o la tenue fosforescencia del candil.
Los días lluviosos y de intenso frío resultaban aburridos por lo que pasábamos largas horas arrimados a la lumbre, Pepe tocaba su bandurria, Angelines hacía alguna payasada y los demás mirábamos, reíamos y estábamos relativamente entretenidos. De igual manera que hacía mi padre, antes de ir a dormir se leía algún capítulo de un libro a la luz del candil, Enrique y yo repasábamos la única enciclopedia que nos dieron en la escuela para no olvidar lo poco aprendido.
La leña para mantener el fuego encendido escaseaba algunas veces y los tres varones de la familia nos desplazábamos hasta el monte para traer y acumular lo que buenamente podíamos, porque a pesar de que en nuestra finca había árboles y olivos, el primer invierno nos liquidamos casi todas las existencias. No creo que mi ayuda sirviera de mucho porque no tendría más de cinco o seis años, de lo que si me acuerdo muy bien es cuando mis hermanos cortaban ramas de olivo, romero y retamas que hacían unos grandes haces bien atados y yo me encargaba de hacerlos rodar por la ladera que caían al calar y desde allí hasta la casa, donde se amontonaba en la era para irla consumiendo. La mayor parte de la leña estaba verde, razón por la que producía gran cantidad de humo espeso que se pegaba en la ropa y el olor aunque ciertamente molesto también resultaba agradable.
Algunas veces pasaban por el camino arrieros leñadores con excelente madera para quemar, de encina, olivo y otros árboles del monte; mi madre les trucaba alguna carga por huevos, conejos o algún hermoso gallo.
Mi primer profesor se llamaba Don Antonio Torreblanca, era muy bueno y un excelente maestro, le encantaban los niños y nos enseñaba todo a base de cánticos, la tabla de multiplicar, los reyes Godos, geografía y otras cosas más; lo que más me gustaba y me quedaba fascinado era cuando nos relataba los pasajes del Evangelio y la Historia Sagrada, parecían cuentos y me encantaban; yo salía a la pizarra cada día para dibujar las distintas escenas de todos estos temas, que luego mis compañeros los copiaban en sus cuadernos. Era una buena forma de ganarme la simpatía de todos los profesores, que cuando su fama era de “duros”, aflojaban su mano a la hora de los capones. Nos enseñaba a contar con palillos; nos hacía construir paquetitos de 10, 25, 50 y 100 y de esta manera aprendíamos a sumar, restar, multiplicar, dividir y el sistema métrico decimal.
Había un gran patio al que salíamos al recreo, media hora por la mañana y otro tanto por la tarde, a veces hacíamos gimnasia y practicábamos los juegos propios de aquella época: las cuatro esquinas, el burro, piola y “cibilicerra”, este último fue el que menos me gustó cuado lo practiqué por primera vez, ya que al desconocerlo pagué la novatada.
Yo estaba recién llegado de “El Cortijillo” por una de aquellas ausencias y era bastante inocente y palurdo, me las di de sabihondo por el hecho de conocer muchos nombres de frutas y hortalizas al haber estado familiarizado con el campo y sus cultivos, y me dije antes de comenzar el juego ¡en esto seguro que gano yo!. Nunca imaginaba lo que me podría esperar.
Participaban en él muchos niños y consistía en que uno de ellos al que llamaban “ la madre” tomaba un cinturón por la hebilla y el resto agarrábamos un trozo de la correa, entonces “la madre” decía en voz alta ¡CIBILICERRAAAA¡ y todos contestaban:
¡QUE FRUTO ECHA¡, “la madre” hacia un comentario sobre uno de los muchos frutos u hortalizas que se cultivan en el campo, por ejemplo:
Tengo tan mal recuerdo de este juego debido a que cuando acerté por primera vez y a consecuencia de mi ignorancia, me alejé tanto de la madre que no llegó a mis oídos el “viva el rey de los escarabajos”y me molieron a sopapos.
Nunca más volví a jugar a CIBILICERRA.
Pasé un par de cursos en este colegio hasta que un buen día de invierno al llegar por la tarde a casa me encontré que estaba llena de un montón de cosas: postes de madera, rejillas de alambre, una pila de sacos de pienso y otros artilugios al parecer para montar una granja. A los pocos días tuve que dejar el colegio porque mi padre había dispuesto el traslado de todas estas cosas que fueron cargadas en un camión y con toda la familia encima nos fuimos a “El Cortijillo” con la idea de poner en funcionamiento dicha granja. Allí pasamos el primer invierno más terrible y desolador pues el jefe de la familia nos abandonó en aquel triste lugar, con la casa tan pequeña, fría y medio en ruinas, sin aseo baño o nada parecido para hacer las necesidades corporales más importantes y cuando te apretaban las ganas tenias que salir corriendo a cualquier hora a poner el culo a la intemperie en el lugar más cercano pero siempre alejado de la casa.
Dejó todo aquello sin montar, nos comimos todo lo comible y quemamos todo aquello que podía arder, incluidos los postes con los que había que montar la famosa granja. Cuando el aspirante a granjero regresó hacia mediados de la primavera con la idea de empezar su industria avícola, encontró aquel panorama tan desolador que se volvió a marchar, menos mal que nos trajo víveres y algo de dinero. No regresó hasta bien entrado el verano. Mientras tanto pasábamos el tiempo lo mejor posible dedicándonos a las distintas tareas y ocupaciones propias del lugar como unos colonos que acaban de aparecer en una tierra desconocida.
Mi madre, Pepe, Angelines, Enrique y yo éramos los únicos componentes de aquella extraña expedición, sin un jefe que nos orientara y perdidos en aquella isla desierta.
Teníamos un hortelano-medianero que le llamaban de mote “kiko pelaespigas” con su mujer Narcisa y una hija adoptiva de unos 16 años llamada Isabelilla. Ellos cuidaban y efectuaban todas las faenas del campo y de la huerta repartiendo con nosotros al 50% todo lo que se cosechaba. Narcisa nos regaló una coneja preñada y una gallina que ya estaba incubando; A los pocos días la familia aumentó con una camada de preciosos gazapos y una quincena de polluelos, rodeando y siguiendo a la madre picoteando aquí y allá por los alrededores de la casa. Con el tiempo fueron creciendo y multiplicándose hasta que casi sin darnos cuenta teníamos formada una pequeña granja, sin postes ni telas metálicas, a la intemperie y durmiendo en un pequeño cobertizo que entre todos construimos a base de adobes de barro en un costado de la casa, con unas rudimentarias vigas de madera de árboles cortados a la orilla del río y paja en el tejado. La fabricación de adobes resultaba sencilla y me gustaba a pesar del trabajo; consistía en practicar un hoyo en el suelo dejando la tierra removida en el mismo lugar, luego se le añadía paja, agua y se mezclaba formando una espesa pasta que se introducía en unos moldes de madera de aproximadamente 50X30 cm.; éstos moldes eran colocados en una explanada de tierra aplanada y bien expuestos al sol, una vez rellenos con la pasta se retiraba el molde a continuación y quedaba formado el adobe que secaba al intenso sol del verano en dos o tres días; posteriormente con estos adobes se construían las paredes de las casas y edificios necesarios de poca altura, posteriormente se enlucía con un mortero de cal mezclada con arena formando una capa cubriendo al adobe y preservándolo de las lluvias.
Uno de mis trabajos consistía en cortar hierva para los conejos, que hasta ya me conocían y comían en mi mano; de vez en cuando desaparecía alguno que mi madre preparaba al ajillo o guisado con patatas, o algún pollo que le cortaban el pescuezo terminando su triste vida en la cazuela, mientras tanto las gallinas que no dejaban de poner huevos con los que también mi madre solía hacer ricos platos, dulces y cremas.
Aquel verano mi hermano Pepe salvó de ahogarse en el río a la hija de un vecino y en agradecimiento nos regalaron una cabra de color negro que le pusimos de nombre “MORA”. Pasado un cierto tiempo “la Morita” trajo al mundo dos hermosos cabritillos (macho y hembra) y por fin pudimos desayunar un buen tazón de leche todas las mañanas remojado con unos picatostes o sopas de pan.
Ya teníamos leche, queso, carne, aves, huevos, conejos, aceite, harina y todo lo que la huerta produjo durante aquellos tres o cuatro años en los que mi padre solo aparecía de tarde en tarde y sobretodo los veranos acompañado de mis hermanas Carmen y Josefina que residían y trabajaban en Madrid con Tía Eloisa y daban buena cuenta de nuestras reservas en la despensa, pero a pesar de esto, en verano nunca faltaba de nada: hortalizas con las que se hacían conservas e infinidad de frutas de las que se secaban los sobrantes y se guardaban para los largos inviernos que resultaban ser bastante tristes, sobretodo los días de lluvia, todos metidos en aquella pequeña casa y arrimados al calor de la lumbre. Dos pequeñas ventanas, una en cada dependencia producían algo de luz y ventilación, las cuales se abrían muy a menudo para ventilar el intenso humo que a veces producía la leña aún verde que se quemaba. Aquella primavera mis hermanos tuvieron la genial idea de agrandar las ventanas y colocarles unos cristales por los que penetraba una intensa luz, ya no estábamos como en una cueva con la puerta siempre abierta o alumbrados por las llamas del fuego o la tenue fosforescencia del candil.
Los días lluviosos y de intenso frío resultaban aburridos por lo que pasábamos largas horas arrimados a la lumbre, Pepe tocaba su bandurria, Angelines hacía alguna payasada y los demás mirábamos, reíamos y estábamos relativamente entretenidos. De igual manera que hacía mi padre, antes de ir a dormir se leía algún capítulo de un libro a la luz del candil, Enrique y yo repasábamos la única enciclopedia que nos dieron en la escuela para no olvidar lo poco aprendido.
La leña para mantener el fuego encendido escaseaba algunas veces y los tres varones de la familia nos desplazábamos hasta el monte para traer y acumular lo que buenamente podíamos, porque a pesar de que en nuestra finca había árboles y olivos, el primer invierno nos liquidamos casi todas las existencias. No creo que mi ayuda sirviera de mucho porque no tendría más de cinco o seis años, de lo que si me acuerdo muy bien es cuando mis hermanos cortaban ramas de olivo, romero y retamas que hacían unos grandes haces bien atados y yo me encargaba de hacerlos rodar por la ladera que caían al calar y desde allí hasta la casa, donde se amontonaba en la era para irla consumiendo. La mayor parte de la leña estaba verde, razón por la que producía gran cantidad de humo espeso que se pegaba en la ropa y el olor aunque ciertamente molesto también resultaba agradable.
Algunas veces pasaban por el camino arrieros leñadores con excelente madera para quemar, de encina, olivo y otros árboles del monte; mi madre les trucaba alguna carga por huevos, conejos o algún hermoso gallo.
Este verano cumplí nueve años, después de la recolección sobre el mes de octubre regresamos todos a Villacarrillo donde reanudé mis tareas escolares.
El colegio lo habían trasladado a la otra punta del pueblo, construyeron un edificio nuevo muy confortable y moderno que estaba frente al paseo y junto al cuartel de la Guardia Civil también de reciente construcción. Había seis grados de estudio, como yo estaba tan atrasado por el tiempo perdido, a pesar de que Angelines me dio algunas clases de repaso en nuestro destierro, me colocaron en tercer grado con Don Juan “el gordo” como le llamaban por ser muy obeso pero era muy buen maestro a pesar de que zurraba de lo lindo, tenía una vara de olivo con las que ponía moradas las palmas de las manos y en ocasiones daba unos tirones de las orejas que llegaban a sangrar. Sus calificaciones en los deberes eran ciertamente originales : M (mal), MM (muy mal), C (calamidad) y Z (zopenco) a algún niño le colocó en alguna ocasión ZC (zopenco y calamidad), era el admerreir de los demás, normalmente lo ponía de cara a la pared y con un letrero a la espalda con la calificación obtenida, en ocasiones los ponía de rodillas y en cruz con un montón de libros en cada mano.
Después de la escuela por las tardes iba a su casa a repaso en clases particulares para ponerme a la altura de los demás; en cierta ocasión, como yo era muy grandón, quizás tres o cuatro años mayor que los demás, me pidió que
trasladara una mesa desde una habitación del piso superior a otra dependencia de abajo, con la fatalidad tropezar con algo y caer rodando las escaleras con mesa y todo, pero mi suerte fue que tan solo recibí un golpe en la frente produciéndome un gran chichón que Don Juan intentó curarme colocando una moneda de un duro (cinco pesetas), que tenía un tamaño considerable, atado con un trapo a modo de venda para atajar la hinchazón y me mandó a casa con una nota para mis padres, al poco tiempo el dolor se había calmado, y más pensando en que cuando me retiraran el vendaje podría quedarme con la moneda, era mucho dinero para un niño de nueve años, imaginad que podías comprarte un paquetón de pipas por solo cinco céntimos y un duro contenía 40 monedas.
Pagaba 25 pesetas al mes por dos horas de clase diarias. Desde el día del chichón aquel maestro me tomó mucho aprecio, me enseñó todo lo necesario para recuperar lo perdido y en sus calificaciones nunca más pude ver la M; MM, C ni Z, sino todo lo contrario, todos mis cuadernos estaban plagados de B (bien) y MB (muy bien), que me llenaban de orgullo y satisfacción.
Al año siguiente pasé a cuarto curso con D. Francisco, era un maestro joven y muy recto pero enseñaba muy bien.
En septiembre hice la Primera Comunión, durante los meses de julio y agosto me estuvo preparando Julito Rubiales (hijo del juez) que era seminarista y en la actualidad es el Párroco de Villacarrillo. Con él aprendí a rezar y el catecismo que no me gustaba nada pues había que saberlo de memoria y esto me resultaba muy pesado. Intentó que ayudara a Misa, cosa que no consiguió. En cierta ocasión que habló con mis padres, les comentó la posibilidad de ingresar en un seminario para hacerme sacerdote, a lo que me negué rotundamente, y ¿ adivináis porque?, pues sencillamente porque había oído en algún sitio decir a alguien que a los curas los capan...
El colegio lo habían trasladado a la otra punta del pueblo, construyeron un edificio nuevo muy confortable y moderno que estaba frente al paseo y junto al cuartel de la Guardia Civil también de reciente construcción. Había seis grados de estudio, como yo estaba tan atrasado por el tiempo perdido, a pesar de que Angelines me dio algunas clases de repaso en nuestro destierro, me colocaron en tercer grado con Don Juan “el gordo” como le llamaban por ser muy obeso pero era muy buen maestro a pesar de que zurraba de lo lindo, tenía una vara de olivo con las que ponía moradas las palmas de las manos y en ocasiones daba unos tirones de las orejas que llegaban a sangrar. Sus calificaciones en los deberes eran ciertamente originales : M (mal), MM (muy mal), C (calamidad) y Z (zopenco) a algún niño le colocó en alguna ocasión ZC (zopenco y calamidad), era el admerreir de los demás, normalmente lo ponía de cara a la pared y con un letrero a la espalda con la calificación obtenida, en ocasiones los ponía de rodillas y en cruz con un montón de libros en cada mano.
Después de la escuela por las tardes iba a su casa a repaso en clases particulares para ponerme a la altura de los demás; en cierta ocasión, como yo era muy grandón, quizás tres o cuatro años mayor que los demás, me pidió que
trasladara una mesa desde una habitación del piso superior a otra dependencia de abajo, con la fatalidad tropezar con algo y caer rodando las escaleras con mesa y todo, pero mi suerte fue que tan solo recibí un golpe en la frente produciéndome un gran chichón que Don Juan intentó curarme colocando una moneda de un duro (cinco pesetas), que tenía un tamaño considerable, atado con un trapo a modo de venda para atajar la hinchazón y me mandó a casa con una nota para mis padres, al poco tiempo el dolor se había calmado, y más pensando en que cuando me retiraran el vendaje podría quedarme con la moneda, era mucho dinero para un niño de nueve años, imaginad que podías comprarte un paquetón de pipas por solo cinco céntimos y un duro contenía 40 monedas.
Pagaba 25 pesetas al mes por dos horas de clase diarias. Desde el día del chichón aquel maestro me tomó mucho aprecio, me enseñó todo lo necesario para recuperar lo perdido y en sus calificaciones nunca más pude ver la M; MM, C ni Z, sino todo lo contrario, todos mis cuadernos estaban plagados de B (bien) y MB (muy bien), que me llenaban de orgullo y satisfacción.
Al año siguiente pasé a cuarto curso con D. Francisco, era un maestro joven y muy recto pero enseñaba muy bien.
En septiembre hice la Primera Comunión, durante los meses de julio y agosto me estuvo preparando Julito Rubiales (hijo del juez) que era seminarista y en la actualidad es el Párroco de Villacarrillo. Con él aprendí a rezar y el catecismo que no me gustaba nada pues había que saberlo de memoria y esto me resultaba muy pesado. Intentó que ayudara a Misa, cosa que no consiguió. En cierta ocasión que habló con mis padres, les comentó la posibilidad de ingresar en un seminario para hacerme sacerdote, a lo que me negué rotundamente, y ¿ adivináis porque?, pues sencillamente porque había oído en algún sitio decir a alguien que a los curas los capan...
El ocho de septiembre, como cada año, comenzaron las fiestas del pueblo, vinieron mis hermanas de Madrid y tomé la Primera Comunión vestido de marinero, llevaba un rosario de cuentas imitando marfil en una mano y en la otra un misal con las tapas de nácar; No se hacía celebración de ninguna clase, quizás en alguna casa pudiente, invitaban a los familiares y amigos obsequiándolos con algo de beber y unas pastas o dulces. Normalmente a los niños que hacían la Primera Comunión, los familiares, amigos y vecinos tenían la costumbre de darle algo de dinero, con lo que se llegaba a reunir una buena cantidad, yo llegué a reunir aquel día 48 pesetas (que eran muy buenas) ya que el jornal de un obrero por aquellos tiempos era de tres pesetas diarias trabajando de sol a sol. Todo me lo gasté en las fiestas que más adelante os hablaré de ellas.
Pasó el verano, se acabaron las fiestas, se fueros mis hermanas y empecé un nuevo curso con Don Miguel León al que todos temían por sus “soberanos tortazos”, este no usaba varita de olivo pero arreaba unas palizas tremebundas y de tal envergadura que he visto a más de uno cagarse en los pantalones, yo mismo en una ocasión que caminábamos alrededor de la mesa del maestro cantando alguna lección en letanía para aprenderla de memoria, al ver la paliza que le propinó a otro, del miedo por si yo era el próximo me gagué encima y lo llevaba al compás de la canción, como caminaba un poco lento e indeciso, me arreó una patada en el culo y se manchó el zapato de mierda causando gracia a los demás que rompieron a reír. El maestro se enfureció, se quitó el zapato y me dijo que lo limpiara con la lengua a lo que me negué rotundamente y me arreó unos cuantos sopapos con el mismo zapato manchándome la cabeza y la cara. Era un buen profesor de los de antiguamente, que decían: la” letra con sangre entra”, y en verdad que lo era, enseñaba lo imposible, nunca he olvidado todo lo que de él aprendí: sobretodo el sistema métrico decimal, que aunque a tortas me entraron, de mucho me han servido y me han ayudado.
Los ratos libres jugaba, correteaba por las callejas del pueblo y hacía excursiones al campo con mis amiguetes: El Medinilla, Joaquinito Corencia , Juanito”Gallina”, Manolin Lorite y Paquito Segura entre otros. Este ultimo era hijo del farmacéutico y a su casa solía ir a la hora de la merienda, su madre me daba lo mismo que a él, a sabiendas de que en mi casa no nadábamos en la abundancia. Cuando no me quedaba más remedio que merendar en mi domicilio normalmente encontraba un mendrugo de pan y ya me parecía bastante bueno. Siempre preguntaba a mi madre: ¿qué hay para merendar? Y ella me contestaba: pan y dedo encima.
Su padre era farmacéutico y tenia una farmacia en la misma casa donde vivían, en el patio interior que estaba embaldosado de mármol blanco siempre había muchas ranas que utilizaba para realizar las pruebas de embarazo, las cuales eran respetadas por orden expresa de su padre; de vez en cuando nos obsequiaba con caramelos de menta que él mismo fabricaba para vender.
“El medinilla” se llamaba Andrés Medina, le llamábamos de esta manera porque era muy pequeñajo y tenía la cabeza muy gorda; los mayores se reían de él diciéndole: ¡Medinilla, coge la boina y vete a por diez kilos de patatas, todos nos reíamos incluso él pues tenía muy buen talante, era de buen carácter y mi mejor amigo, casi siempre íbamos juntos a todas partes.
Lo que más nos gustaba era ir a buscar nidos al campo, cada uno tenía los suyos y los guardaba celosamente hasta que los pajaritos echaban a volar pues nunca destrozamos ninguno, y a veces, cuando encontrábamos alguno que no se decidía a volar, lo terminábamos de criar en casa hasta que salía volando por si solo. Pertenecía a una familia de clase acomodada; su padre era funcionario del Juzgado, su abuelo por parte de madre, poseía la única administración de loterías del pueblo y algunas tierras con olivos. Jugábamos en su casa que era muy grande y con infinidad de recovecos haciendo travesuras de todo tipo. Su abuelo tenía un coche antiguo que le llamaban “el ford de pedales” y solíamos montarnos en él a escondidas trasteando todos los mandos e instrumentos, hasta que en una ocasión, estando aparcado en la calle y cuesta abajo, sin darnos cuenta alguien le quitó el freno de mano y el trasto salió caminando cada vez más deprisa hasta que terminó chocando con la primera pared que encontró, menos mal que el trayecto fue corto y ni el coche ni nosotros sufrimos daño, el susto fue morrocotudo y mucho más cuando vimos al abuelo que venía hacia nosotros con una estaca en la mano y tuvimos que salir por pies sin poder darnos alcance. En el garaje de su casa había un sótano donde guardaban el aceite, los cereales y unas tinajas enormes con la matanza en conserva, cuando jugábamos al escondite solía ocultarme tras ellas y mientras me buscaban metía la mano y algún chorizo o morcilla pasaban con rapidez a mi estómago, en alguna ocasión me pilló con las manos en la masa pero nunca dijo nada.
Pasó el verano, se acabaron las fiestas, se fueros mis hermanas y empecé un nuevo curso con Don Miguel León al que todos temían por sus “soberanos tortazos”, este no usaba varita de olivo pero arreaba unas palizas tremebundas y de tal envergadura que he visto a más de uno cagarse en los pantalones, yo mismo en una ocasión que caminábamos alrededor de la mesa del maestro cantando alguna lección en letanía para aprenderla de memoria, al ver la paliza que le propinó a otro, del miedo por si yo era el próximo me gagué encima y lo llevaba al compás de la canción, como caminaba un poco lento e indeciso, me arreó una patada en el culo y se manchó el zapato de mierda causando gracia a los demás que rompieron a reír. El maestro se enfureció, se quitó el zapato y me dijo que lo limpiara con la lengua a lo que me negué rotundamente y me arreó unos cuantos sopapos con el mismo zapato manchándome la cabeza y la cara. Era un buen profesor de los de antiguamente, que decían: la” letra con sangre entra”, y en verdad que lo era, enseñaba lo imposible, nunca he olvidado todo lo que de él aprendí: sobretodo el sistema métrico decimal, que aunque a tortas me entraron, de mucho me han servido y me han ayudado.
Los ratos libres jugaba, correteaba por las callejas del pueblo y hacía excursiones al campo con mis amiguetes: El Medinilla, Joaquinito Corencia , Juanito”Gallina”, Manolin Lorite y Paquito Segura entre otros. Este ultimo era hijo del farmacéutico y a su casa solía ir a la hora de la merienda, su madre me daba lo mismo que a él, a sabiendas de que en mi casa no nadábamos en la abundancia. Cuando no me quedaba más remedio que merendar en mi domicilio normalmente encontraba un mendrugo de pan y ya me parecía bastante bueno. Siempre preguntaba a mi madre: ¿qué hay para merendar? Y ella me contestaba: pan y dedo encima.
Su padre era farmacéutico y tenia una farmacia en la misma casa donde vivían, en el patio interior que estaba embaldosado de mármol blanco siempre había muchas ranas que utilizaba para realizar las pruebas de embarazo, las cuales eran respetadas por orden expresa de su padre; de vez en cuando nos obsequiaba con caramelos de menta que él mismo fabricaba para vender.
“El medinilla” se llamaba Andrés Medina, le llamábamos de esta manera porque era muy pequeñajo y tenía la cabeza muy gorda; los mayores se reían de él diciéndole: ¡Medinilla, coge la boina y vete a por diez kilos de patatas, todos nos reíamos incluso él pues tenía muy buen talante, era de buen carácter y mi mejor amigo, casi siempre íbamos juntos a todas partes.
Lo que más nos gustaba era ir a buscar nidos al campo, cada uno tenía los suyos y los guardaba celosamente hasta que los pajaritos echaban a volar pues nunca destrozamos ninguno, y a veces, cuando encontrábamos alguno que no se decidía a volar, lo terminábamos de criar en casa hasta que salía volando por si solo. Pertenecía a una familia de clase acomodada; su padre era funcionario del Juzgado, su abuelo por parte de madre, poseía la única administración de loterías del pueblo y algunas tierras con olivos. Jugábamos en su casa que era muy grande y con infinidad de recovecos haciendo travesuras de todo tipo. Su abuelo tenía un coche antiguo que le llamaban “el ford de pedales” y solíamos montarnos en él a escondidas trasteando todos los mandos e instrumentos, hasta que en una ocasión, estando aparcado en la calle y cuesta abajo, sin darnos cuenta alguien le quitó el freno de mano y el trasto salió caminando cada vez más deprisa hasta que terminó chocando con la primera pared que encontró, menos mal que el trayecto fue corto y ni el coche ni nosotros sufrimos daño, el susto fue morrocotudo y mucho más cuando vimos al abuelo que venía hacia nosotros con una estaca en la mano y tuvimos que salir por pies sin poder darnos alcance. En el garaje de su casa había un sótano donde guardaban el aceite, los cereales y unas tinajas enormes con la matanza en conserva, cuando jugábamos al escondite solía ocultarme tras ellas y mientras me buscaban metía la mano y algún chorizo o morcilla pasaban con rapidez a mi estómago, en alguna ocasión me pilló con las manos en la masa pero nunca dijo nada.
Cuan Cruz “alias Juanito Gallina”era hijo de un nuevo rico que poseía fincas, un taller mecánico, una gasolinera y la concesionaria de maquinaria agrícola, camiones y todo tipo de coches y vehículos, estaba casado con una gitana muy guapa que siempre vestía muy elegante y con vestidos de lunares. En su casa todos tenían algo de calé pues hasta él tocaba las palmas de maravilla, bailaba y canturreaba flamenco, vivían en un caserón muy lujoso en la misma calla de Corencia. En los talleres jugábamos entre coches y máquinas, siempre llegábamos a casa pringados de grasa que enfurecía a mi madre propinándome algún coscorrón; Daba la casualidad de que nació el mismo día que yo y no sé porque motivo a su madre se le retiró la leche materna y mi madre nos tuvo que amamantar a los dos, naturalmente recibiendo buenas propinas a cambio, con lo que a mí me preparaba unas papillas riquísimas y ayudaba al sustento de los demás.
Los tiempos que corrían eran malos...
Los tiempos que corrían eran malos...
Manolín Lorite igualmente pertenecía a una familia bastante acomodada, no recuerdo a que se dedicaba su padre pero se les notaba que vivían bien y con ciertos lujos que en mi casa no había, habitaban en una casa también en la Calle Corencia con un gran patio donde solíamos jugar. En una ocasión fui invitado a la finca de su padre donde tenían infinidad de animales domésticos entre los que se encontraba un enorme carnero al que quiso torear con una capa roja; el bicho arremetió contra él de tal manera brutal que le rompió una pierna, por lo que estuvo unos cuantos días en la cama y más de un mes escayolado; yo le acompañaba por las tardes a la salida del colegio, hacíamos los deberes juntos y leíamos infinidad de cuentos que le traían los familiares, cada día su mamá nos servía una sabrosa merienda y creo que lamenté que se recuperara tan pronto.
Una de las cosas que más me gustaba era subir a tocar las campanas al campanario de la iglesia que es grande y muy bonita, (casi como una catedral) Allí recibí los Sacramentos del Bautismo, La Confirmación y Primera Comunión. Tiene una torre muy alta construida totalmente de piedra con una interminable escalera de caracol muy oscura (nunca conté sus escalones) pero era agotadora, teníamos que subir con los brazos abiertos tanteando las paredes para no caer rodando, de vez en cuando encontrabas un ventanuco muy pequeño por el que se filtraba algo de luz pero no bastaba para poder ver con claridad y debíamos ir con mucho cuidado. Al llegar arriba había dos pisos de campanarios, en el principal estaban las campanas más grandes y en el superior las pequeñas. Había muchas campanas, cada una tenía su nombre, especialmente me llamaba la atención una muy grande que llamaban “La Mayor”, para voltearla tenían que intervenir tres o cuatro hombres pero nunca se hacía porque se le había roto un brazo y corría el peligro de caer al vacío, solo se la hacía sonar tirando del badajo con una cuerda y tenía el sonido característico de una campana grande, difícil de describir pero sonaba como algo así ...
DOOOOOOOOOMMMMMMMMMMMMMMMMMMMM¡¡¡¡¡¡
A la más pequeñita la llamaban “La del Niño Jesús”, estaba situada en el centro de la torre, con un sonido muy fino y limpio .....DIN, DAN, DIN, DAN¡¡¡¡ muy alegre: La hacían sonar normalmente al vuelo para un bautizo y pausadamente por el entierro de un niño.
Desde cualquier punto del pueblo y aún alejados en medio del campo se las podía oír perfectamente y toda la gente del lugar sabía distinguir el significado de cada toque. Por las fiestas y en grandes ocasiones las lanzaban todas al vuelo y era tal el alboroto que se armaba que a todos transmitían su alegría. En una ocasión fue de visita al pueblo el Caudillo de España Don Francisco Franco, desde su llegada empezaron a sonar con gran alboroto hasta que éste ordenó pararlas por el ruido tan estrepitoso que producían molestando a Su Excelencia.
El campanero no podía tocar él solo las campanas especialmente en las ocasiones que se lanzaban todas al vuelo, para ello invitaba a chicos jóvenes que estaban deseando subir con él a ayudarle; yo intervine en bastantes ocasiones y hasta una noche del día de Todos los Santos, cuando sonaban sin parar las 24 horas del día y me atormentaban, parece ser que en aquella ocasión me atreví a estar en el campanario por la idea de que no me amargarían la noche.
En una ocasión uno de los ayudantes del campanero dando volteos a una de las campanas, al parecer se enganchó con la ropa y salió despedido por el hueco cayendo al vacío sin hacerse ningún daño. Cuentan que en aquellos tiempos los niños hasta cierta edad vestían una especie de babero como un vestido femenino con anchos faldones y esto le salvó la vida haciendo de paracaídas.
Recuerdo que hacia el año 1954 el seminarista que me preparó para hacer la primera comunión junto a otro natural del pueblo, terminaron sus estudios de sacerdocio y cantaron Misa por primera vez; dada la escasez de casos como este, para conmemorar la ceremonia se colocaron dos banderas blancas en lo más alto de la torre; no encontraban quien se atreviera a subir a ubicarlas y este chico, ya hombre de más de sesenta años se ofreció voluntario para ponerlas.
Con el transcurso de los años crecieron unas higueras en las grietas entre las piedras y pude ver con mis propios ojos como las cortaba todas limpiando de maleza y malas hiervas.
Una placa fue colocada en el lugar donde cayó para conmemorar el suceso.
DOOOOOOOOOMMMMMMMMMMMMMMMMMMMM¡¡¡¡¡¡
A la más pequeñita la llamaban “La del Niño Jesús”, estaba situada en el centro de la torre, con un sonido muy fino y limpio .....DIN, DAN, DIN, DAN¡¡¡¡ muy alegre: La hacían sonar normalmente al vuelo para un bautizo y pausadamente por el entierro de un niño.
Desde cualquier punto del pueblo y aún alejados en medio del campo se las podía oír perfectamente y toda la gente del lugar sabía distinguir el significado de cada toque. Por las fiestas y en grandes ocasiones las lanzaban todas al vuelo y era tal el alboroto que se armaba que a todos transmitían su alegría. En una ocasión fue de visita al pueblo el Caudillo de España Don Francisco Franco, desde su llegada empezaron a sonar con gran alboroto hasta que éste ordenó pararlas por el ruido tan estrepitoso que producían molestando a Su Excelencia.
El campanero no podía tocar él solo las campanas especialmente en las ocasiones que se lanzaban todas al vuelo, para ello invitaba a chicos jóvenes que estaban deseando subir con él a ayudarle; yo intervine en bastantes ocasiones y hasta una noche del día de Todos los Santos, cuando sonaban sin parar las 24 horas del día y me atormentaban, parece ser que en aquella ocasión me atreví a estar en el campanario por la idea de que no me amargarían la noche.
En una ocasión uno de los ayudantes del campanero dando volteos a una de las campanas, al parecer se enganchó con la ropa y salió despedido por el hueco cayendo al vacío sin hacerse ningún daño. Cuentan que en aquellos tiempos los niños hasta cierta edad vestían una especie de babero como un vestido femenino con anchos faldones y esto le salvó la vida haciendo de paracaídas.
Recuerdo que hacia el año 1954 el seminarista que me preparó para hacer la primera comunión junto a otro natural del pueblo, terminaron sus estudios de sacerdocio y cantaron Misa por primera vez; dada la escasez de casos como este, para conmemorar la ceremonia se colocaron dos banderas blancas en lo más alto de la torre; no encontraban quien se atreviera a subir a ubicarlas y este chico, ya hombre de más de sesenta años se ofreció voluntario para ponerlas.
Con el transcurso de los años crecieron unas higueras en las grietas entre las piedras y pude ver con mis propios ojos como las cortaba todas limpiando de maleza y malas hiervas.
Una placa fue colocada en el lugar donde cayó para conmemorar el suceso.
Los domingos que era el único día de descanso, pues teníamos clase hasta los sábados por la tarde, solíamos ir al único cine que había en el pueblo: “El de Juanico los Callejones”. La entrada de “gallinero” costaba 25 céntimos (un real) y para entretenimiento me compraba una “perrilla”- (5 céntimos, apodo dado a estas monedas, a las de diez céntimos se las llamaba “perras gordas”)- de pipas, palodulce , castañas o garbanzos torrados. En gallinero olía fatal, no había retretes y los chicos se orinaban y a veces defecaban en cualquier rincón. Cuando masticábamos palodulce, después de rechuparlo y formar una pelota estropajosa lo lanzábamos al patio de butacas, donde solían estar los niños “pijos”, dándole a alguien en la cabeza que normalmente te respondía con un sonoro “taco”. Las películas que proyectaban en un recién estrenado cine sonoro solían ser del Oeste, de Chinos o Bandoleros, cuando “EL Bueno” ganaba o arreaba buenos mamporros todos aplaudíamos con entusiasmo, en ocasiones que el sonido fallaba o se producía algún corte natural o a causa de la censura, proferíamos grandes gritos produciendo tal escándalo que a veces se encendían todas las luces y no se reiniciaba la función hasta restablecido el silencio y el orden.
Un día que andábamos mal de fondos fui con mi amigo “El Medinilla”, que como he mencionado anteriormente era muy enano, para ahorrarnos una entrada y como yo era muy grandón, lo tomé a cuestas en mi espalda y a la entrada dije que era mi hermano pequeño; el portero que era vecino de nuestro barrio y nos conocía, no pudo por menos que mondarse de risa dejándonos pasar pero al siguiente domingo que lo intentamos casi nos zurra.
Sobre el mes de junio que apretaba fuertemente el calor solo teníamos colegio por las mañanas, las tardes eran largas con mucho más tiempo para jugar, era entonces cuando iniciábamos nuestras correrías por el campo en busca de nidos y otras aventuras de las que mas adelante os contaré.
En cada época del año era la costumbre de pasar el tiempo practicando un juego distinto según la temporada: en invierno se jugaba a la peonza y enfrente de nuestra casa había una explanada de tierra muy adecuado para lanzarla. Cada uno teníamos varias de distintas formas y colorido, pintadas normalmente por nosotros mismos, yo las tenía muy buenas y de bonitos colores con una punta de acero que le ponía en casa del herrero que estaba detrás de mi casa, el dueño que era amigo de mi padre me dejaba trastear con las herramientas, les sacaba el clavo de origen y le ponía uno nuevo de acero y lo afilaba para que tuviese una buena punta, que a veces cuando la hacía rodar sobre mi mano me agujereaba en la palma y tenía que tener cuidado; uno de los juegos consistía en dibujar un círculo en la tierra, cada participante ponía una chapa o menedita en su interior, tirábamos con la peonza y el que lograba sacarla era para él, había que ser muy hábil y tener buena puntería. No era raro encontrar circulando monedas agujereadas, en los mercados y tiendas del lugar.
Un día Pepito Espinosa la lanzó con tan mala fortuna que rebotó y fue a caer justo sobre mi “coco”, ésta siguió rodando produciéndome un pequeño agujero, rápidamente me trasladaron a su casa donde Doña Felisa que era su madre me curó y me obsequió con unos dulces que me supieron a gloria, casi puedo decir que me alegré de aquel percance, ya que cada día tenía que ir para practicarme las curas y de paso podía ver a su hermana Carmencita que me gustaba un montón, era más o menos de mi edad, rubita y de ojos azules, creo que fue mi primer amor. Poco tiempo después deje de verla motivado a que toda su familia emigró a Madrid.
En primavera se practicaba el juego de canicas y de igual manera que con la peonza se jugaba al circulito con chapas o monedas.
En verano se hacían las excursiones y se pasaba mucho tiempo en el paseo y en el parque, ensayando otros tipos de juegos y mirando a las mocitas.
En Villacarrillo se celebraban unas fiestas colosales muy bonitas que duraban siete u ocho días, instalaban toda clase de artilugios y cacharros para el divertimiento en lo que llamaban “El Ferial”, cerca del paseo en las eras donde se trillaba la mies y dentro mismo del parque: norias, toboganes, caballitos, circos y todo tipo de casetas. Ah, y el túnel del terror o tren de la muerte, donde jamás entré debido a que siempre he sido muy miedoso (ya os contaré más adelante).
Un día que andábamos mal de fondos fui con mi amigo “El Medinilla”, que como he mencionado anteriormente era muy enano, para ahorrarnos una entrada y como yo era muy grandón, lo tomé a cuestas en mi espalda y a la entrada dije que era mi hermano pequeño; el portero que era vecino de nuestro barrio y nos conocía, no pudo por menos que mondarse de risa dejándonos pasar pero al siguiente domingo que lo intentamos casi nos zurra.
Sobre el mes de junio que apretaba fuertemente el calor solo teníamos colegio por las mañanas, las tardes eran largas con mucho más tiempo para jugar, era entonces cuando iniciábamos nuestras correrías por el campo en busca de nidos y otras aventuras de las que mas adelante os contaré.
En cada época del año era la costumbre de pasar el tiempo practicando un juego distinto según la temporada: en invierno se jugaba a la peonza y enfrente de nuestra casa había una explanada de tierra muy adecuado para lanzarla. Cada uno teníamos varias de distintas formas y colorido, pintadas normalmente por nosotros mismos, yo las tenía muy buenas y de bonitos colores con una punta de acero que le ponía en casa del herrero que estaba detrás de mi casa, el dueño que era amigo de mi padre me dejaba trastear con las herramientas, les sacaba el clavo de origen y le ponía uno nuevo de acero y lo afilaba para que tuviese una buena punta, que a veces cuando la hacía rodar sobre mi mano me agujereaba en la palma y tenía que tener cuidado; uno de los juegos consistía en dibujar un círculo en la tierra, cada participante ponía una chapa o menedita en su interior, tirábamos con la peonza y el que lograba sacarla era para él, había que ser muy hábil y tener buena puntería. No era raro encontrar circulando monedas agujereadas, en los mercados y tiendas del lugar.
Un día Pepito Espinosa la lanzó con tan mala fortuna que rebotó y fue a caer justo sobre mi “coco”, ésta siguió rodando produciéndome un pequeño agujero, rápidamente me trasladaron a su casa donde Doña Felisa que era su madre me curó y me obsequió con unos dulces que me supieron a gloria, casi puedo decir que me alegré de aquel percance, ya que cada día tenía que ir para practicarme las curas y de paso podía ver a su hermana Carmencita que me gustaba un montón, era más o menos de mi edad, rubita y de ojos azules, creo que fue mi primer amor. Poco tiempo después deje de verla motivado a que toda su familia emigró a Madrid.
En primavera se practicaba el juego de canicas y de igual manera que con la peonza se jugaba al circulito con chapas o monedas.
En verano se hacían las excursiones y se pasaba mucho tiempo en el paseo y en el parque, ensayando otros tipos de juegos y mirando a las mocitas.
En Villacarrillo se celebraban unas fiestas colosales muy bonitas que duraban siete u ocho días, instalaban toda clase de artilugios y cacharros para el divertimiento en lo que llamaban “El Ferial”, cerca del paseo en las eras donde se trillaba la mies y dentro mismo del parque: norias, toboganes, caballitos, circos y todo tipo de casetas. Ah, y el túnel del terror o tren de la muerte, donde jamás entré debido a que siempre he sido muy miedoso (ya os contaré más adelante).
En la que denominaban “Calle de la Feria”, que es una avenida larga y ancha que empieza desde el paseo hasta casi la plaza del ayuntamiento, colocaban infinidad de casetas donde vendían todo tipo de artículos de regalo, golosinas, frutos secos y sobretodo turrones, donde por dos reales te daban un buen trozo y por una peseta un pedazote que casi no te lo podías terminar en toda la tarde. Lo elaboraban allí mismo junto a la caseta; en unos grandes calderos metían los ingredientes y le daban vueltas y más vueltas, a continuación lo echaban en unos moldes y cuando estaba frío lo cortaban con un serrucho o un cuchillo grande dándole golpes con un martillo; por una “perragorda” (diez céntimos) te daban un paquetón de virutas y migajas que te ponías morado, esto era lo que normalmente compraba yo tratando de administrarme para gastar en otros eventos y diversiones pues el dinero del que se podía disponer no era demasiado, ya que durante todo el año íbamos metiendo moneditas en la hucha de barro para al final y coincidiendo con el primer día de la feria romperla, hacer el recuento y administrarlo lo más buenamente posible, procurando tener suficiente para todos los días.
No hablemos de los toros y los encierros que tenían lugar en la plaza principal situada muy cerca de mi casa desde donde se percibían los olés y gritos de toda la gente que asistía a tales acontecimientos taurinos. Instalaban una plaza de toros portátil a base de maderas y troncos, en las tribunas y lugares especiales para autoridades colocaban unos sillones y en otras gradas unos bancos de madera, normalmente no había asientos y la gente los tenía que llevar de sus casas o permanecían en pié durante el espectáculo. Por las mañanas se celebraban los “encierros” y por las tardes las novilladas, en ocasiones participaba algún novillero de renombre que más tarde resultó ser un gran matador de toros.
Algunos días antes de la feria ya se comenzaba la instalación del coso taurino, todo olía a madera de pino recién cortada; infinidad de hombres colaboraban sin descanso hasta tenerla totalmente acabada. Pocos años después construyeron una nueva, la que hay en la actualidad y al lado el campo de fútbol, donde en más de una ocasión he participado como portero en algún partido entre amigos y he podido presenciar buenos encuentros entre el equipo de mi pueblo que en aquellos tiempos pertenecía a la Tercera División, con otros importantes de la región. Recuerdo que nuestro equipo tenía un famoso portero llamado “El Chini”, era tan alto que sin saltar tocaba el larguero de la portería y resultaba difícil colarle un gol, por lo que se hizo muy popular, siendo poco tiempo después fichado por el Real Jaén que pertenecía a 1ª División.
Algunos días antes de la feria ya se comenzaba la instalación del coso taurino, todo olía a madera de pino recién cortada; infinidad de hombres colaboraban sin descanso hasta tenerla totalmente acabada. Pocos años después construyeron una nueva, la que hay en la actualidad y al lado el campo de fútbol, donde en más de una ocasión he participado como portero en algún partido entre amigos y he podido presenciar buenos encuentros entre el equipo de mi pueblo que en aquellos tiempos pertenecía a la Tercera División, con otros importantes de la región. Recuerdo que nuestro equipo tenía un famoso portero llamado “El Chini”, era tan alto que sin saltar tocaba el larguero de la portería y resultaba difícil colarle un gol, por lo que se hizo muy popular, siendo poco tiempo después fichado por el Real Jaén que pertenecía a 1ª División.
jueves, 29 de noviembre de 2007
Recuerdo un año, pocos días antes de la feria que mi padre me dio tres “duros” (15 pesetas) para comprar un pan de “estraperlo” y escaseaba tanto que valía carísimo, casi el triple del jornal de un obrero de aquellos tiempos; pues bien, en el camino hacia la panadería que estaba algo lejos, me entretuve jugando o yo que sé lo que pasó, el caso es que lo extravié y regresé a casa sin pan y sin dinero. Aquella noche la cena fue a palo seco y la cosa no terminó así, ya que mi padre me requisó la hucha y me castigó sin salir de casa mientras duró la feria. Fueron unos días muy tristes y amargos, desde el balcón veía a todos los chicos con sus mejores galas dirigirse hacia los diversos acontecimientos que a todos tanto nos divertían y habíamos esperado con el mayor deseo durante todo el año. Algunos conocidos y amiguetes me invitaban a ir con ellos pero me era imposible, si lo hacía y mi padre se enteraba era mi perdición, aunque mi madre que siempre fue muy buena y caritativa me dejaba salir algún momento aprovechando que mi padre en aquellas fechas tenía mucho trabajo como fotógrafo y tenía instalada una galería en el ferial para aprovechar la ocasión que la gente era cuando más se retrataba... solía haber bodas, las mozas se vestían sus mejores galas y en general era cuando se podían gastar algún dinero en cosas como aquellas que no estaban consideradas de primera necesidad y reservaban para la feria.
Todos los años venían mis hermanas de Madrid para pasar el verano con nosotros, era un acontecimiento que esperaba con ansiedad y me ponía muy contento porque me traían regalos y normalmente nos íbamos al “cortijillo” donde lo pasábamos estupendamente, a veces venía con ellas algún amigo o amiga aumentando la familia y el jolgorio era aún mayor. Se organizaban excursiones a la sierra, a casa de Pedro el Civil y Al Saladillo, que eran unas fincas donde mi padre tenía amigos. El jefe de la casa siempre encabezaba la marcha dando instrucciones y consejos como buen montañero y senderista de mucha experiencia. Siempre portaba un palo largo en la mano y un gran macuto a la espalda donde se transportaban las viandas para la merienda, casi siempre acampábamos cerca del río donde después de darnos un soberano y refrescante chapuzón nos sentábamos a comer sobre la hierva fresca, a continuación una siestecita, tertulia y de regreso a casa. En ocasiones la excursión duraba todo el día y regresábamos al anochecer con buen apetito para la cena que ya nos tenía preparada la mejor cocinera de aquellos lugares. Solíamos caminar despacio, como mi padre aconsejaba: pausadamente para no cansarse y admirar el panorama, siempre entonando canciones que él nos enseñó, canciones de caminante, también pausadas como nuestros pasos y llevando el ritmo.
Todos los años venían mis hermanas de Madrid para pasar el verano con nosotros, era un acontecimiento que esperaba con ansiedad y me ponía muy contento porque me traían regalos y normalmente nos íbamos al “cortijillo” donde lo pasábamos estupendamente, a veces venía con ellas algún amigo o amiga aumentando la familia y el jolgorio era aún mayor. Se organizaban excursiones a la sierra, a casa de Pedro el Civil y Al Saladillo, que eran unas fincas donde mi padre tenía amigos. El jefe de la casa siempre encabezaba la marcha dando instrucciones y consejos como buen montañero y senderista de mucha experiencia. Siempre portaba un palo largo en la mano y un gran macuto a la espalda donde se transportaban las viandas para la merienda, casi siempre acampábamos cerca del río donde después de darnos un soberano y refrescante chapuzón nos sentábamos a comer sobre la hierva fresca, a continuación una siestecita, tertulia y de regreso a casa. En ocasiones la excursión duraba todo el día y regresábamos al anochecer con buen apetito para la cena que ya nos tenía preparada la mejor cocinera de aquellos lugares. Solíamos caminar despacio, como mi padre aconsejaba: pausadamente para no cansarse y admirar el panorama, siempre entonando canciones que él nos enseñó, canciones de caminante, también pausadas como nuestros pasos y llevando el ritmo.
La Sierra de Las Villas se encontraba relativamente cerca de nuestra residencia de verano, muchos caseríos y cortijos estaban a nuestro alcance sin tener que caminar demasiado, casas rurales de amigos nuestros que siempre nos recibían con entusiasmo, pues aquellas gentes siempre han tenido fama de muy hospitalaria, ofreciendo todo a los visitantes sin remilgos.“El Saladillo” estaba muy cerca, no más de dos kilómetros y era el lugar a donde más normalmente nos desplazábamos a pasar alguna tarde; me encantaba ir porque allí veraneaban tres familias con muchos niños de cinco a catorce años y era amigo de los que tenían más o menos mi edad; jugábamos a diversos juegos, nadábamos en la piscina y hasta organizábamos alguna corta excursión por los alrededores
Disfrutaba enormemente llevando cestos de fruta a mis hermanas recién recolectada y en su punto exacto de maduración: melocotones, ciruelas, higos, manzanas y tomates que ellas saboreaban con sumo placer; todas las mañanas retozando en el río pescando entre las piedras y los charcos, había una presa que formaba un pequeño embalse al que nos lanzábamos desde una roca, en ocasiones mi padre cogía frutas de los árboles lanzándolas al agua y nosotros buceábamos hasta encontrarlas y comerlas con buen apetito.
A la hora de comer cuando mi madre tenía la comida a punto, hacía sonar una campana que estaba colgada en el cobertizo, su sonido nos parecían músicas celestiales y todos subíamos rápidamente hacia la casa donde todo estaba listo para devorar con buen apetito: una buena sartén de migas con pimientos fritos, chorizo y torreznos, o una gran caldera con un potaje campero o algún pollo o conejo de nuestra granja. Platos que mi madre condimentaba con cualquier cosa que tenía al alcance de la mano, con especial mimo y talento de excelente cocinera. En esa época del año no faltaba de nada, desde hortalizas de todo tipo, frutas, carnes de la granja y la harina del trigo recientemente cosechado con la que nos salía un pan sumamente blanco y apretado allí mismo horneado que nos sabía a “gloria bendita”.
A la hora de comer cuando mi madre tenía la comida a punto, hacía sonar una campana que estaba colgada en el cobertizo, su sonido nos parecían músicas celestiales y todos subíamos rápidamente hacia la casa donde todo estaba listo para devorar con buen apetito: una buena sartén de migas con pimientos fritos, chorizo y torreznos, o una gran caldera con un potaje campero o algún pollo o conejo de nuestra granja. Platos que mi madre condimentaba con cualquier cosa que tenía al alcance de la mano, con especial mimo y talento de excelente cocinera. En esa época del año no faltaba de nada, desde hortalizas de todo tipo, frutas, carnes de la granja y la harina del trigo recientemente cosechado con la que nos salía un pan sumamente blanco y apretado allí mismo horneado que nos sabía a “gloria bendita”.
Me gustaba ir con Angelines a pescar a mano entre las piedras; ella metía las manos por un lado, mientras yo lo hacía por el otro, y cuando tanteaba alguna culebra, le decía: ¡ya lo tienes!, ¡Agárralo fuerte! Entonces retiraba la piedra, con el asombro y terror al ver como se le enroscaba entre las manos y dando gritos la soltaba rápidamente, mientras yo salía corriendo para que no me zurrara y partiéndome de risa pero ella me solía atrapar dándome buenos coscorrones
Ya he mencionado anteriormente que la casa era muy pequeña, en el interior dormían las mujeres y los hombres lo solíamos hacer en el exterior, siempre que no lloviera o hiciera frío pero dado que estábamos en pleno verano esos malos tiempos nunca se daban. Cada cual preparaba su lecho en el lugar preferido sobre la paja de la parva y a dormir a la intemperie mirando a las estrellas. Me encantaba observarlas, escuchar al ruiseñor, la lechuza y el croar de las ranas; Mi padre nos mostraba el inmenso firmamento y nos enseñaba a distinguir las constelaciones y estrellas más importantes, con él aprendí a conocerlas casi todas, nos narraba grandes relatos, leyendas y anécdotas hasta que quedaba profundamente dormido. Despertaba con los primeros rayos del Sol que me daban directamente en la cara, desperezándome iba a la acequia que pasaba por detrás de la casa, me lavaba un poco y a continuación me encaminaba con una cesta en la mano hacia las higueras para coger los más maduros y frescos higos de la mañana, aún conservando alguna gota de rocío, mientras tanto mi padre ordeñaba a las cabras la leche que mi madre hervía a continuación para luego tomárnosla con unas tostaditas hechas en el mismo fuego, doraditas y untadas en aceite, mermelada o mantequilla. Después del desayuno ayudaba en algunas tareas de la huerta, sobretodo en la recolección de hortalizas y frutas con las que cada año se hacían conservas de tomate, pimientos asados y pisto. Teníamos unos sequeros que eran una especie de tenderete construido con palos y cañas en el que se ponían a secar los distintos frutos que se guardaban para el invierno: higos, ciruelas, tomates, pimientos etc. También se hacían mermeladas de todas clases.
Normalmente era el hortelano de turno el encargado de todos los trabajos incluidos la cosecha que cada día depositaba en la era y hacía dos partes en grandes cestos y dando a elegir a mi padre se llevaba el resto para vender en el mercado.
Normalmente era el hortelano de turno el encargado de todos los trabajos incluidos la cosecha que cada día depositaba en la era y hacía dos partes en grandes cestos y dando a elegir a mi padre se llevaba el resto para vender en el mercado.
En la época de la siega se recolectaba el trigo, la cebada y los garbanzos, amontonando los haces de mies en la era y con un trillo tirado por un burro o una mula se daban vueltas y más vueltas hasta que estaba triturado y a punto de aventar, faena que solo se hacía cuando el viento soplaba de manera adecuada, ni demasiado fuerte ni flojo. A veces en la hora de la siesta reinaba en aquel valle un silencio tan profundo que solo se oía el canto de la cigarra y en cuanto corría algo de brisa inmediatamente se aprovechaba para aventar. Era un trabajo un tanto pesado pero tenía su compensación al final de la cosecha cuando ya el grano estaba limpio, se envasaba y se llevaba al molino sobre los lomos del burro, donde a cambio nos proporcionaban esa blanca harina de candeal con la que se elaboraba el pan y los sabrosos dulces y pastas.
Se solían hacer hornadas de hasta 30 panes (hogazas) que se metían entre harina y en unas tinajas de barro para conservarlo varios días. Eran unas hogazas grandes, doraditas por fuera y muy blancas por dentro que se conservaban hasta casi 15 días, jamás se ponía duro ni correoso, al partirlo parecía reciente y siempre estaba riquísimo, o quizás a mi me lo parecía por el hambre que arrastraba, a esas edades siempre se tiene hambre y más después de estar todo un día correteando y haciendo ejercicio por aquellos ríos y montañas. Mi padre tenía una vieja costumbre de familia: al cortar el pan siempre hacía una cruz con el cuchillo. Decía que el pan es La Gracia de Dios que jamás debe faltar en una mesa.
Siempre comíamos a la intemperie, tanto el desayuno, el almuerzo y la cena se hacían bajo el cobertizo, a excepción de que hubiese alguna tormenta o evento meteorológico que lo impidiese. No había mesa, se colocaba la sartén o cazuela sobre unas trébedes y todos sentados a su alrededor practicábamos el sistema de “cucharada y paso atrás”. Cuando había una comida con tajadas mi padre decía: ¡arrastro! (Quería decir que pinchaba una de ellas), los demás le imitábamos para de este modo comer todos por igual, así se evitaban a los espabilados que pinchaban más tajadas que arroz o patatas.
Muy a menudo se preparaban las famosas “migas” con pimientos fritos y torreznos, con chorizo y morcilla o con uvas que estaban buenísimas. En alguna ocasión se hacían para el desayuno añadiéndoles leche azucarada, se las llamaba “migas canas”y también estaban de locura.
Nunca supimos el verdadero nombre del hortelano al que todo el mundo llamaba “Kiko Pelaespigas” y el porque de su apodo, era un hombre muy bueno, trabajador, honrado y un excelente conocedor de su oficio, de él aprendí muchas cosas y secretos del cultivo de la huerta. A menudo soltaba fuertes palabrotas a las que la mayoría de nosotros no estábamos acostumbrados y cuando a veces le preguntábamos si le gustaba el vino, repondia: ¡me cago en Dios, más que el agua! En ocasiones por la noche solía hacer ruidos extraños por los cañaverales o en el olivar y nos despertaba diciendo que había visto sombras sospechosas, que podrían ser “maquis” (fugados de la guerra del bando perdedor que se escondían en las montañas para aparecer en los cortijos con la sola intención de pedir comida y eran muy perseguidos por la Guardia Civil, que en ocasiones se los cargaban a balazos en el mismo lugar donde los encontraban), nos tenía acojonados, hasta que mi padre descubrió que lo hacía para hacerse el importante.
Se solían hacer hornadas de hasta 30 panes (hogazas) que se metían entre harina y en unas tinajas de barro para conservarlo varios días. Eran unas hogazas grandes, doraditas por fuera y muy blancas por dentro que se conservaban hasta casi 15 días, jamás se ponía duro ni correoso, al partirlo parecía reciente y siempre estaba riquísimo, o quizás a mi me lo parecía por el hambre que arrastraba, a esas edades siempre se tiene hambre y más después de estar todo un día correteando y haciendo ejercicio por aquellos ríos y montañas. Mi padre tenía una vieja costumbre de familia: al cortar el pan siempre hacía una cruz con el cuchillo. Decía que el pan es La Gracia de Dios que jamás debe faltar en una mesa.
Siempre comíamos a la intemperie, tanto el desayuno, el almuerzo y la cena se hacían bajo el cobertizo, a excepción de que hubiese alguna tormenta o evento meteorológico que lo impidiese. No había mesa, se colocaba la sartén o cazuela sobre unas trébedes y todos sentados a su alrededor practicábamos el sistema de “cucharada y paso atrás”. Cuando había una comida con tajadas mi padre decía: ¡arrastro! (Quería decir que pinchaba una de ellas), los demás le imitábamos para de este modo comer todos por igual, así se evitaban a los espabilados que pinchaban más tajadas que arroz o patatas.
Muy a menudo se preparaban las famosas “migas” con pimientos fritos y torreznos, con chorizo y morcilla o con uvas que estaban buenísimas. En alguna ocasión se hacían para el desayuno añadiéndoles leche azucarada, se las llamaba “migas canas”y también estaban de locura.
Nunca supimos el verdadero nombre del hortelano al que todo el mundo llamaba “Kiko Pelaespigas” y el porque de su apodo, era un hombre muy bueno, trabajador, honrado y un excelente conocedor de su oficio, de él aprendí muchas cosas y secretos del cultivo de la huerta. A menudo soltaba fuertes palabrotas a las que la mayoría de nosotros no estábamos acostumbrados y cuando a veces le preguntábamos si le gustaba el vino, repondia: ¡me cago en Dios, más que el agua! En ocasiones por la noche solía hacer ruidos extraños por los cañaverales o en el olivar y nos despertaba diciendo que había visto sombras sospechosas, que podrían ser “maquis” (fugados de la guerra del bando perdedor que se escondían en las montañas para aparecer en los cortijos con la sola intención de pedir comida y eran muy perseguidos por la Guardia Civil, que en ocasiones se los cargaban a balazos en el mismo lugar donde los encontraban), nos tenía acojonados, hasta que mi padre descubrió que lo hacía para hacerse el importante.
Como digo al principio de mi relato teníamos un perro y un gato, un día hice la travesura de atarlos juntos con una cadena y se armó la de Sanquintin; el perro corría tras el gato ladrando como un loco y el gato maullando como un desesperado hasta que terminaron metidos en un zarzal de donde mi hermano Pepe los tuvo que sacar con grandes esfuerzos y terminando los tres llenos de arañazos.
Siempre me resultaba muy triste cuando se acercaba el fin del verano porque también empezaba el curso escolar y la escuela, a la que le tenía un odio espantoso. Algunos días nada más levantarme empezaba a pensar en ello, me entraban depresiones y unas ganas terribles de llorar al acordarme de los “sopapos”de Don Miguel, la disciplina y los malos tratos pero era compensado con los recuerdos de los amigos y compañeros que siempre estaban allí para realizar los juegos acostumbrados. Disfrutábamos de media hora de recreo que a veces la dedicábamos a gimnasia, los sábados también había cole y los domingos por la mañana teníamos que asistir obligatoriamente a Misa y Comunión, la víspera de festivos después de clase nos conducían en fila de a dos y cogiditos de la mano a la iglesia mayor para confesar, tuvieras o no pecados que declarar; había instalados muchos confesionarios con su correspondiente sacerdote en cada uno de ellos, los hombres confesaban por el frente y las mujeres por los laterales a través de unos ventanucos con unas rejillas para que no pudieran verse las caras, siempre pensé: ¿por qué coño los hombres teníamos que ir a cara descubierta?; esperábamos nuestro turno en largas filas y siempre celosamente vigilados por los profesores de turno, cuando a alguien se le ocurría hablar o cuchichear se arriesgaba a recibir un retorcido pellizco o apagado coscorrón, tal como iban terminando las confesiones te podías ir a tu casa o salir a la calle a reunirte con los demás amiguetes para organizar los diversos juegos y correrías que siempre se hacían por separado; los chicos por un lado y las chicas por otro, no muy alejados y en la explanada de la iglesia; si algún chico se le ocurría mezclarse en los juegos de las niñas se le tachaba de “mariquita”y los demás se burlaban de él . Normalmente a esa edad, rondaríamos los doce años, ya empezábamos a mirar a las chicas y ellas a nosotros, cada uno tenía su preferida en la que más se fijaba y miraba con ojos de ternerito y lo mantenía en secreto o a veces lo confiaba a algún amigo y no pasaba de esto. Ahora siendo viejo y después de muchos años te acuerdas de aquella preciosa niña de ojos azules, verdes o negros, pelo rubio, negro o castaño, que llegó a pinchar ligeramente en tu corazón, que posteriormente has conocido de mayor y ¡menudo chasco!; ahora es una señora gorda, fea, llena de arrugas y con un montón de nietos. Cuando pienso si hubiera elegido a una de aquellas que tanto admiraba y hacía latir mi corazón, creo que la hubiera seguido viendo de la misma forma que cuando era una niña, porque el amor es bello y he podido comprobarlo con el paso de los años; Merceditas era un encanto, una chavala que me tenía locuelo, cuando estaba con ella la miraba embobado y cuando me encontraba lejos en el trabajo hasta mis compañeros a veces me llamaban la atención por la cara de gilipollas que se me ponía al pensar en su preciosa cara bonita; seguro que ahora está gordita, con alguna arruga y canas, pero yo la sigo viendo tal como cuando era una chavalita de 18 años.
Siempre me resultaba muy triste cuando se acercaba el fin del verano porque también empezaba el curso escolar y la escuela, a la que le tenía un odio espantoso. Algunos días nada más levantarme empezaba a pensar en ello, me entraban depresiones y unas ganas terribles de llorar al acordarme de los “sopapos”de Don Miguel, la disciplina y los malos tratos pero era compensado con los recuerdos de los amigos y compañeros que siempre estaban allí para realizar los juegos acostumbrados. Disfrutábamos de media hora de recreo que a veces la dedicábamos a gimnasia, los sábados también había cole y los domingos por la mañana teníamos que asistir obligatoriamente a Misa y Comunión, la víspera de festivos después de clase nos conducían en fila de a dos y cogiditos de la mano a la iglesia mayor para confesar, tuvieras o no pecados que declarar; había instalados muchos confesionarios con su correspondiente sacerdote en cada uno de ellos, los hombres confesaban por el frente y las mujeres por los laterales a través de unos ventanucos con unas rejillas para que no pudieran verse las caras, siempre pensé: ¿por qué coño los hombres teníamos que ir a cara descubierta?; esperábamos nuestro turno en largas filas y siempre celosamente vigilados por los profesores de turno, cuando a alguien se le ocurría hablar o cuchichear se arriesgaba a recibir un retorcido pellizco o apagado coscorrón, tal como iban terminando las confesiones te podías ir a tu casa o salir a la calle a reunirte con los demás amiguetes para organizar los diversos juegos y correrías que siempre se hacían por separado; los chicos por un lado y las chicas por otro, no muy alejados y en la explanada de la iglesia; si algún chico se le ocurría mezclarse en los juegos de las niñas se le tachaba de “mariquita”y los demás se burlaban de él . Normalmente a esa edad, rondaríamos los doce años, ya empezábamos a mirar a las chicas y ellas a nosotros, cada uno tenía su preferida en la que más se fijaba y miraba con ojos de ternerito y lo mantenía en secreto o a veces lo confiaba a algún amigo y no pasaba de esto. Ahora siendo viejo y después de muchos años te acuerdas de aquella preciosa niña de ojos azules, verdes o negros, pelo rubio, negro o castaño, que llegó a pinchar ligeramente en tu corazón, que posteriormente has conocido de mayor y ¡menudo chasco!; ahora es una señora gorda, fea, llena de arrugas y con un montón de nietos. Cuando pienso si hubiera elegido a una de aquellas que tanto admiraba y hacía latir mi corazón, creo que la hubiera seguido viendo de la misma forma que cuando era una niña, porque el amor es bello y he podido comprobarlo con el paso de los años; Merceditas era un encanto, una chavala que me tenía locuelo, cuando estaba con ella la miraba embobado y cuando me encontraba lejos en el trabajo hasta mis compañeros a veces me llamaban la atención por la cara de gilipollas que se me ponía al pensar en su preciosa cara bonita; seguro que ahora está gordita, con alguna arruga y canas, pero yo la sigo viendo tal como cuando era una chavalita de 18 años.
En el pueblo se celebraban muchas fiestas, patronales y solemnes, todas ellas con entusiasmo, jolgorio, alegría y gran devoción.
El Día de la Cruz, el de mayor devoción se celebraba en el mes de mayo en honor al patrón del pueblo (Cristo de la Vera Cruz). A las doce empezaba la ”misa mayor” que era concelebrada por el obispo y un montón de sacerdotes y monaguillos; con cánticos, coro y órgano incluido. Tenía una duración de dos horas y en la mayoría de ocasiones varias personas sufrían desfallecimientos y mareos debido al ayuno que era obligatorio guardar para recibir la Comunión desde las doce de la noche del día anterior, añadido a la falta de alimentos de aquellos tiempos se presentaban muchos de estos casos a los que evacuaban a la calle, se les reanimaba y una vez recuperado volvía a ocupar su sitio en la ceremonia.
Todo el mundo lucía sus mejores galas para estas ocasiones; Las mujeres usaban velo en la cabeza y manguitos en los brazos pues estaba rigurosamente prohibido llevarlos desnudos, a la salida de la iglesia se los quitaban; Los hombres se ponían su mejor traje, zapatos nuevos y corbata, que en la mayoría al tener solo uno, sus esposas se lo limpiaban con gran esmero y lo lucían nada más en las ocasiones especiales, si te fijabas bien podías observar a algunos hombres de clase muy humilde que lo llevaban bastante remendado pero con unos cosidos increíblemente bien hechos; a las mujeres y niños les ocurría lo mismo, y los ricos del pueblo eran los que normalmente estrenaban las prendas de vestir en todas estas ocasiones especiales que cuando eran desechadas las heredaban sus criados, pasando posteriormente a los más pobres.
Por la tarde tenía lugar la procesión del Cristo que era grandiosa, vistosa y muy celebrada, con disparo de cohetes, música interpretada por la banda municipal con himnos propios del acontecimiento religioso y todo tipo de parafernalia, repicando todas las campanas al vuelo mientras duraba la ceremonia. A mí me encantaba asistir y participar en sus desfiles que se organizaban de la forma siguiente: En primer término aparecía un estandarte de vistosos colores y pendones bordado a mano, a continuación se formaban dos largas filas de hombres y mujeres portando sendas velas o cirios encendidos, por el centro de la calle entre estas dos filas se colocaban los penitentes que hicieron alguna promesa y los había de todo tipo: descalzos, caminando de rodillas, portadores de cruces, otros con cadenas atadas a los pies y los que más me impresionaban eran los que llevaban el cuerpo desnudo de mitad para arriba y se arreaban golpes con unos látigos fabricados por ellos mismos a base de cuerdas o pestugas de olivo, a continuación venia la banda de música con sus entonaciones religiosas acompañadas por un coro mayormente compuesto de hombres que pertenecían a una organización llamada Acción católica, seguidamente aparecía el Trono o Altar preciosamente engalanado con grandes candelabros de plata y preciosos ramos de flores, predominando las rosas y azucenas despidiendo un aroma dulzón y agradable el cual nos llegaba a los niños que justamente desfilábamos detrás vestidos con nuestras brillantes galas de Primera Comunión: unos de marinero, otros de almirante y los más humildes con un traje de calle muy normal, (yo iba de marinero), las niñas corrientemente casi todas llevaban un vestido parecido a las novias, lleno de encajes y volantes, escasamente alguna vestía de monjita, íbamos niño con niña y cogiditos de la mano, muy ordenados y en silencio que casi nunca respetábamos pues el que más o menos se ponía a cuchichear o a reír de alguna tontería, aquí era donde yo aprovechaba la ocasión para tomar de la mano a la niña de mis sueños y deseaba que la procesión no terminara nunca. Cerraba el cortejo la comitiva de autoridades eclesiásticas, civiles y militares, encabezados por el Obispo de la provincia, el Prior, Párroco, el Alcalde con su bastón de mando el Capitán de la Guardia Civil, seguidos por todos los respectivos subordinados: curas, concejales e invitados en general. ( a estos últimos los llamaban “los huelepedos” por eso de que iban en la retaguardia ).
Otra procesión muy vistosa y de gran colorido era, y aún lo sigue siendo, la del CORPUS CRISTI que se celebraba en el mes de junio, muy parecida a la anterior por su solemnidad y características parecidas con la diferencia de que en esta se rinde culto a la Eucaristía y está catalogada como la tercera en toda España después de Toledo y Granada, por su belleza, solemnidad y por la forma que tienen en decorar todas las calles por donde ha de pasar la comitiva, bellamente engalanadas con alfombras de pétalos de flores formando preciosos y artísticos dibujos, colgantes, estandartes, pendones, banderas, macetones con bellas plantas y toda clase de adornos por los balcones y colgando de parte a parte de las calles, otorgándose cada año un premio a la mejor decorada.
El Día de la Cruz, el de mayor devoción se celebraba en el mes de mayo en honor al patrón del pueblo (Cristo de la Vera Cruz). A las doce empezaba la ”misa mayor” que era concelebrada por el obispo y un montón de sacerdotes y monaguillos; con cánticos, coro y órgano incluido. Tenía una duración de dos horas y en la mayoría de ocasiones varias personas sufrían desfallecimientos y mareos debido al ayuno que era obligatorio guardar para recibir la Comunión desde las doce de la noche del día anterior, añadido a la falta de alimentos de aquellos tiempos se presentaban muchos de estos casos a los que evacuaban a la calle, se les reanimaba y una vez recuperado volvía a ocupar su sitio en la ceremonia.
Todo el mundo lucía sus mejores galas para estas ocasiones; Las mujeres usaban velo en la cabeza y manguitos en los brazos pues estaba rigurosamente prohibido llevarlos desnudos, a la salida de la iglesia se los quitaban; Los hombres se ponían su mejor traje, zapatos nuevos y corbata, que en la mayoría al tener solo uno, sus esposas se lo limpiaban con gran esmero y lo lucían nada más en las ocasiones especiales, si te fijabas bien podías observar a algunos hombres de clase muy humilde que lo llevaban bastante remendado pero con unos cosidos increíblemente bien hechos; a las mujeres y niños les ocurría lo mismo, y los ricos del pueblo eran los que normalmente estrenaban las prendas de vestir en todas estas ocasiones especiales que cuando eran desechadas las heredaban sus criados, pasando posteriormente a los más pobres.
Por la tarde tenía lugar la procesión del Cristo que era grandiosa, vistosa y muy celebrada, con disparo de cohetes, música interpretada por la banda municipal con himnos propios del acontecimiento religioso y todo tipo de parafernalia, repicando todas las campanas al vuelo mientras duraba la ceremonia. A mí me encantaba asistir y participar en sus desfiles que se organizaban de la forma siguiente: En primer término aparecía un estandarte de vistosos colores y pendones bordado a mano, a continuación se formaban dos largas filas de hombres y mujeres portando sendas velas o cirios encendidos, por el centro de la calle entre estas dos filas se colocaban los penitentes que hicieron alguna promesa y los había de todo tipo: descalzos, caminando de rodillas, portadores de cruces, otros con cadenas atadas a los pies y los que más me impresionaban eran los que llevaban el cuerpo desnudo de mitad para arriba y se arreaban golpes con unos látigos fabricados por ellos mismos a base de cuerdas o pestugas de olivo, a continuación venia la banda de música con sus entonaciones religiosas acompañadas por un coro mayormente compuesto de hombres que pertenecían a una organización llamada Acción católica, seguidamente aparecía el Trono o Altar preciosamente engalanado con grandes candelabros de plata y preciosos ramos de flores, predominando las rosas y azucenas despidiendo un aroma dulzón y agradable el cual nos llegaba a los niños que justamente desfilábamos detrás vestidos con nuestras brillantes galas de Primera Comunión: unos de marinero, otros de almirante y los más humildes con un traje de calle muy normal, (yo iba de marinero), las niñas corrientemente casi todas llevaban un vestido parecido a las novias, lleno de encajes y volantes, escasamente alguna vestía de monjita, íbamos niño con niña y cogiditos de la mano, muy ordenados y en silencio que casi nunca respetábamos pues el que más o menos se ponía a cuchichear o a reír de alguna tontería, aquí era donde yo aprovechaba la ocasión para tomar de la mano a la niña de mis sueños y deseaba que la procesión no terminara nunca. Cerraba el cortejo la comitiva de autoridades eclesiásticas, civiles y militares, encabezados por el Obispo de la provincia, el Prior, Párroco, el Alcalde con su bastón de mando el Capitán de la Guardia Civil, seguidos por todos los respectivos subordinados: curas, concejales e invitados en general. ( a estos últimos los llamaban “los huelepedos” por eso de que iban en la retaguardia ).
Otra procesión muy vistosa y de gran colorido era, y aún lo sigue siendo, la del CORPUS CRISTI que se celebraba en el mes de junio, muy parecida a la anterior por su solemnidad y características parecidas con la diferencia de que en esta se rinde culto a la Eucaristía y está catalogada como la tercera en toda España después de Toledo y Granada, por su belleza, solemnidad y por la forma que tienen en decorar todas las calles por donde ha de pasar la comitiva, bellamente engalanadas con alfombras de pétalos de flores formando preciosos y artísticos dibujos, colgantes, estandartes, pendones, banderas, macetones con bellas plantas y toda clase de adornos por los balcones y colgando de parte a parte de las calles, otorgándose cada año un premio a la mejor decorada.
Todas estas calles se comenzaban a decorar el día anterior por la noche y permanecían intactas hasta que pasaba la comitiva pisoteando los decorados del suelo, desde muy temprano eran visitadas por la multitud respetando y cuidando de no destruir el trabajo tan esmerado.
De igual manera las procesiones de Semana Santa son famosas por su belleza y solemnidad; con un gran número de Pasos, encapuchados, penitentes como en las anteriores, soldados romanos con trompetas y tambores imprimiendo una gran emoción.
Me llamaba poderosamente la atención un instrumento muy original en forma de cono de unos dos metros de largo y portado por dos personas, que de vez en cuando lo levantaban a la altura de la boca y uno de ellos lo hacía sonar con una asonancia similar al de un cuerno o caracola pero bastante más fuerte.
Había una festividad muy especial para mí que al contrario de las anteriores no me gustaba nada y odiaba su llegada con toda mi alma.
Acompañada de castañas asadas, boniatos y gachas que era típico comer por aquellas fechas de primeros de noviembre, llegaba el día de Todos los Santos. Todo el mundo acudía al cementerio a llevar flores y rendir culto a sus muertos; yo no tenía a nadie a quien llevar flores, ni tumba alguna para visitar, pero como todos mis amiguetes nunca faltaba a la cita no sé si por acompañarles, por no quedarme solo en casa o por el morbo. Creo que era por lo último, ya que desde muy pequeño siempre he tenido pánico a todo lo relacionado con los muertos y el mas allá, fantasmas y ultratumba. Tal era el caso, que al día siguiente se celebraba el Día de los Difuntos y para mi desgracia no cesaban de tocar las campanas a duelo día y noche durante las veinticuatro horas. Era un suplicio, durante el día con los juegos y distracciones casi no me daba cuenta, pero cuando llegaba la noche ¡¡¡madre mía!!!, era terrible, un verdadero tormento, no podía conciliar el sueño y me metía en la cama tapándome la cabeza con la manta y almohada y ni por esas... ese maldito sonido: din,don, din, dan, donnnnnn¡¡¡¡
Veía muertos y espectros por todas partes, esqueletos visiones espantosas que no me dejaban dormir en toda la noche y daba gracias a Dios cuando llegaba la mañana, cesaban de sonar y pensaba que tendría un año más por delante de descanso, exceptuando en alguna rara ocasión que se repetía lo mismo con el fallecimiento de algún sacerdote del pueblo pero eran casos poco frecuentes que ocurrían muy de tarde en tarde. Esta era la única razón por la que deseaba fervientemente abandonar el pueblo para siempre; lo comentaba con mis padres y ellos me contestaban para reírse de mí que en todas partes hacían lo mismo, no me lo podía creer y soñaba con vivir en un lugar sin campanarios ni campanas que me atormentaran la noche entera; al fin lo he logrado pues donde actualmente vivo (Sóller), que en vez de repicar las campanas a duelo, las ponen a volar por el fallecimiento de alguien y en ocasiones especiales. Me parece extraño y a veces me dan ganas de ir a hablar con el párroco para que me explique el porqué de esta costumbre tan rara y de paso recomendarle que hagan como en todas partes que es lo más normal cuando es para un caso de tristeza y a vuelo para demostrar alegría y jolgorio.
Después de estas fiestas llegaba el invierno y con él la Navidad, otra vez vacaciones,
¡¡¡Que alegría!!!
Estos eran unos días muy deseados para mí, muy felices, de inmensa alegría y en parte también algo triste para muchos niños del pueblo, como en mi caso cuando llegaba el Día de los Reyes Magos.
Contaré primero los motivos de mi tristeza en este día para que también pasen pronto al olvido por lo tristes que fueron; eran tiempos muy difíciles, sobretodo para nosotros y para la mayoría de las familias que éramos pobres y con muy pocos recursos económicos para ciertos lujos que no se podían permitir pues la comida y la ropa estaban en primer lugar y no quedaba para otras cosas. Había tres clases sociales: los ricos (muy pocos) que poseían de casi todo, los pobres y los muy pobres que éramos muchos, gracias a Dios nosotros no nos encontrábamos en el grupo de los muy pobres porque esto ya era demasiado, no tenían apenas para comer y vivían de la limosna; tal era el caso que en cierta ocasión presencié una pelea entre dos hermanos de los denominados “muy pobres” que se disputaban un trozo de chorizo de unos ocho centímetros, después de muchos revolcones, puñetazos y forcejeos, uno de ellos apuñaló al otro con una navaja, (era muy común llevar navaja en el bolsillo hasta los niños de apenas diez años), dejándolo tendido en el suelo sangrando, cuando el ganador de la pelea se puso a buscar el chorizo, éste había desaparecido con el fragor de la pelea atrapado por un perro que casualmente pasaba por allí y desapareció con el trozo entre los dientes; enseguida apareció la Guardia Civil y la Cruz Roja que se llevaron al agresor a los calabozos y al herido a la enfermería. Era muy común que por un pequeño delito como éste se pasara el delincuente varios meses en la cárcel, varios años por un delito mayor y hasta la pena de muerte si se trataba de asuntos políticos. Estaba recién implantada la “dictadura”, era necesario una mano dura para educar y hacer entrar en razón a muchas gentes con muy poca cultura y sed de venganzas.
Como os decía anteriormente y hablando de la Navidad y el porqué yo estaba triste el día de Reyes; nosotros vivíamos en una casa en el centro del pueblo cerca de la plaza, mis amiguetes en la mayoría pertenecían a familias acomodadas, ese día recibían muchos y costosos regalos: triciclos, bicicletas, balones y un montón de juguetes por lo cual a mí me producía una envidia terrible que no podía reprimir y cada año me preguntaba el porqué los Reyes Magos eran más generosos con ellos. (Poco tiempo más tarde me enteré de quienes eran en realidad, lo comprendí y me resigné. El año que mejor se portaron conmigo me dejaron en los zapatos una pistola y un cochecito de hojalata, los que mimé y cuidé durante largo tiempo, tanto que cuando regresé a Mogón por la muerte de mi padre y recogimos todas las cosas para establecernos en Madrid aparecieron dentro de un baúl junto con otros recuerdos de escaso valor a los que ni di importancia y allí se quedaron en la casa donde Pepito continuó viviendo algún tiempo con su mujer y sus hijas. Para mí era muy triste y decepcionante, y supongo que también lo era para la inmensa mayoría de los niños del pueblo que les ocurría lo mismo: Dejar los zapatos con toda ilusión la noche de Reyes, muy cerca de la ventana, ir a la cama con toda la esperanza puesta en el amanecer, durmiendo plácidamente y soñando con aquellas cosas que habías pedido, levantarte rápidamente, mirar hacia la ventana y descubrir que junto a los zapatos no había nada, nada de nada, y hasta en alguna ocasión llegué a inspeccionar los zapatos en su interior por si acaso les había dado la idea de dejar dinero o algo pequeño que yo no podía ver. Decepción y tristeza...
Tal era el estado de miseria y necesidad de aquellos tiempos que os contaré una anécdota que en muchas ocasiones pude presenciar: Cada mañana se reunían en la plaza del pueblo los hombres que estaban sin trabajo, entre ellos podía ver algunos muy jóvenes de no más de 14 años que estaban en la misma situación, aparecían los capataces de los cortijos montados a caballo, y sin apearse comenzaba la contratación para las faenas que fuesen necesarias, elegían a aquellos que eran más fuerte, jóvenes y con recomendaciones, a sabiendas que tenían que permitir ciertos favores que consistía en ceder a sus esposas, hijas, hermanas o novias para la satisfacción del ”señorito” y sus amiguetes... como algo parecido a la “ley de pernada”. Los contratados solían realizar los trabajos más duros del campo, como segar, arar, recolectar la aceituna, etc, jornada de sol a sol y si alguno se negaba a otorgar el favor o petición de su amo no volvía a trabajar más con él y quizás con nadie, ya que se lo comunicaban a otros capataces y nadie les contrataba. Los que no cedieron a ser “cornudos”, por el hambre, o ver a sus hijas violadas y ultrajadas optaban por emigrar a muchos puntos de la geografía española y al extranjero.
De esos muchos abusos vinieron los odios hacia los caciques que en la Guerra Civil se fomentaron muchas venganzas contra ellos, en el bando llamado “Rojo” donde se encuadraban mayormente los obreros y las gentes más humildes aprovecharon el PODER para realizar todo tipo de atrocidades: arrasando campos de cultivo, talando olivos, quemando iglesias, violando a monjas y mujeres de los señoritos y caciques fusilando a muchos de ellos. Después llegaron los del otro bando, “Los Nacionales”, comandados por El General Franco haciendo justicia y tomándose la revancha por lo anterior: mandando al paredón a los que cometieron las anteriores atrocidades, huyendo al exilio los que tenían medios hacia el extranjero y los que carecían se escondían en las montañas, a los que llamaban (los Máquis).
Anécdotas de la Guerra he escuchado muchas: malas, desagradables y hasta divertidas, pues recientemente acabada nuestra Guerra Civil estalló la II Guerra Mundial en la que participaron muchos jóvenes de mi pueblo que cuando yo tenía 12 años, edad suficiente para comprender y horrorizarme de todo aquello, ellos estaban recién venidos de las contiendas diversas y mantenían muy frescas sus memorias: desde las crueles batallas de Teruel, pasando por Normandía, La resistencia de Francia y los que estuvieron en la División Azul al mando del General Muñoz Grandes, donde poco antes de partir les llenaban los macutos de condones y les daban carta blanca para robar, violar, saquear allá donde entraran en campos enemigos de Rusia, atacando al Comunismo que en aquellos momentos era el principal enemigo de España.
Solo contaba con doce o trece años y junto a mis amigos me reunía en los bancos de la plaza alrededor de los veteranos que nos contaban sus hazañas escuchándolas con deleite.
Creo que tan solo contaba con cuatro o cinco años cuando tuve la fatal ocasión de vivir para escuchar los horrores que se comentaban a cerca de la Bomba Atómica. A partir de aquí terminaron todas las guerras pero comenzaron otras peores que se llaman posguerras, donde el hambre y la carestía eran terribles; No había trabajo, escasez casi total de alimentos y ropas.
Son pocos los malos recuerdos que conservo de estas etapas porque gracias a Dios he tenido la suerte de olvidar las cosas malas y solo conservar las buenas, pero no puedo dejar en el olvido las famosas “cartillas de racionamiento” y “el estraperlo”. A cada familia le era entregada una cartilla con unas páginas enumeradas para cada producto alimenticio: azúcar, harina, aceite, etc., esta página tenia unos recuadros en blanco donde se pegaban unos cupones según el producto que te correspondía y cuando estaba llena había que esperar que concedieran otra para seguir comiendo; en la mayoría de las ocasiones estas páginas quedaban sin rellenar por falta de productos, y las grandes colas que se formaban en las puertas de los comercios que anunciaban algún producto reciente, donde la gente esperaba horas y a veces se marchaban a sus casas porque no les había llegado.
También existían cartillas para el tabaco, la picaresca obligaba a los padres a registrar a sus hijos mayores de 18 años que no fumaban para ellos abastecerse; Chicos imberbes iban a los estancos a comprar el tabaco que les correspondía para luego entregarlo a sus padres o abuelos fumadores. El tabaco era ciertamente malo pero no creo que tanto como ahora que contienen aditivos y hasta estupefacientes malignos para enganchar y hacer que se consuma con más rapidez, el tabaco de entonces era negro, se le llamaba negro por su color marrón oscuro y muy distinto al rubio de excelente calidad, sabor y aroma, bastante escaso en el mercado y que solo lo fumaban los pudientes y sibaritas, reservado también para las pocas señoras que practicaban este vicio, el cual no se consideraba entonces como un vicio, sino como un lujo y esnobismo.
El estraperlo campeaba a sus anchas por todos los rincones más escondidos de todo el territorio Nacional: leche condensada, aceite, harina, arroz y diversas legumbres se vendían a precios astronómicos y a escondidas de las autoridades que lo tenían totalmente prohibido, castigando con grandes multas y hasta cárcel a los infractores; se sabía, se conocía y se permitía, pues hasta los funcionarios y las personalidades eran los mejores consumidores al ser más pudientes económicamente, los pobres siempre por su condición no disponían de dinero y por lo tanto nada de esto se podían permitir.
Volvamos a la Navidad.
No todo era tristeza en estos días, sobretodo cuando llegaba el aguinaldo de Madrid; tía Eloisa y mis hermanas tenían la costumbre de enviarnos un gran paquete con turrones, frutas escarchadas, peladillas, frutos secos y hasta alguna botellita de licor que hacían las delicias a nuestros paladares en esos días tan señalados.
Recuerdo un día de Nochebuena que habían venido mis hermanas a pasarlo con nosotros, era la hora de la cena y estábamos todos reunidos en torno a la mesa preparados para dar cuenta de las viandas que había condimentado la buena cocinera de la casa, no sería gran cosa pero las devoraríamos con entusiasmo y buen apetito, con más entusiasmo pensando en los ricos postres. Estábamos un poco tristes porque mi hermano Pepe no estaba con nosotros y era el único que faltaba de la familia, estaba mi padre a punto de bendecir la mesa cuando en ese preciso momento llamaron a la puerta, todos nos preguntamos quién podría ser: ¿será un vecino?, ¿Un mendigo?. Estaba nevando intensamente, unos grandes copos de nieve caían del cielo que apenas en media hora formaron una espesa capa en el suelo y sobre los tejados, desde la ventana del comedor se dominaba toda la calle que estaba muy iluminada y resultaba un espectáculo navideño verdaderamente precioso. Mi padre dijo: Jesús, baja y abre la puerta, si es un mendigo le daremos un plato de comida. De vez en cuando acogíamos a un anciano que se presentaba al caer la noche y le dábamos cobijo para dormir en el mismo portal de la casa proporcionándole algo de la poca comida que podíamos darle. Un día se presentó y parecía estar muy enfermo, mi madre me hizo bajarle un tazón de leche caliente y un mendrugo de pan que con sus manos temblorosas empapaba y se tomaba lentamente, yo le observaba con mucha pena, después le prestaba una manta vieja y se ponía a dormir como un cachorrillo; una mañana mi madre se lo encontró muerto tumbado y tapado con la manta tal como había quedado la noche anterior. Nadie sabía si tenia familia y lo enterraron en un rincón del cementerio en un lugar tan pobre como él, con una cruz de madera sin nombre.
Acordándome de aquel pobre anciano bajé las escaleras con recelo y bastante miedo, cuando abrí la puerta me encontré ante un individuo tapado con una capa y un pasamontañas en la cabeza, todo cubierto de nieve que parecia un desconocido pero al observarle atentamente me di cuenta de que era mi hermano que trabajaba en un pueblo distante y había recorrido varios kilómetros a pié y nevando copiosamente para reunirse con nosotros aquella noche inolvidable que a partir de aquel instante pasamos con gran alegría; comimos, reímos, y nos fuimos a la cama a las tantas de la madrugada agotados de cansancio: Papá con sus relatos, Pepe con sus instrumentos, Carmen con sus poemas, Josefina con las castañuelas acompañando sus danzas y Nines sin parar de hacer el payaso que tanto nos hacía reír.
Se iban mis hermanas, se acabó la Navidad y la vuelta al cole que para mí era la peor pesadilla que desde tres días antes ya me amargaba pensando en ello.
Poco tiempo después se celebraba el Día de La Candelaria. En todas las calles se encendían fogatas y me lo pasaba “chupi”, los chicos saltaban las luminarias, siempre lo intentaba y salía con algún pelo chamuscado como la mayoría, era un espectáculo impresionante ver todo el pueblo resplandeciendo como si se incendiara por los cuatro costados.
Enseguida venía la Semana Santa con la consabida alegría de otras cortas vacaciones. En casi todas las casas se fabricaban toda clase de pastas, bollos, dulces golosinas típicas de esa época. Mi madre me enviaba al horno de Eduardo el panadero para cocerlos y al regresar a casa con ellos aún calentitos algunos desaparecían por el camino que habían ido a parar a mi insaciable estómago. Siempre mi padre preparaba un paquete con una variedad de todos ellos para enviarlos a Madrid.
De igual manera las procesiones de Semana Santa son famosas por su belleza y solemnidad; con un gran número de Pasos, encapuchados, penitentes como en las anteriores, soldados romanos con trompetas y tambores imprimiendo una gran emoción.
Me llamaba poderosamente la atención un instrumento muy original en forma de cono de unos dos metros de largo y portado por dos personas, que de vez en cuando lo levantaban a la altura de la boca y uno de ellos lo hacía sonar con una asonancia similar al de un cuerno o caracola pero bastante más fuerte.
Había una festividad muy especial para mí que al contrario de las anteriores no me gustaba nada y odiaba su llegada con toda mi alma.
Acompañada de castañas asadas, boniatos y gachas que era típico comer por aquellas fechas de primeros de noviembre, llegaba el día de Todos los Santos. Todo el mundo acudía al cementerio a llevar flores y rendir culto a sus muertos; yo no tenía a nadie a quien llevar flores, ni tumba alguna para visitar, pero como todos mis amiguetes nunca faltaba a la cita no sé si por acompañarles, por no quedarme solo en casa o por el morbo. Creo que era por lo último, ya que desde muy pequeño siempre he tenido pánico a todo lo relacionado con los muertos y el mas allá, fantasmas y ultratumba. Tal era el caso, que al día siguiente se celebraba el Día de los Difuntos y para mi desgracia no cesaban de tocar las campanas a duelo día y noche durante las veinticuatro horas. Era un suplicio, durante el día con los juegos y distracciones casi no me daba cuenta, pero cuando llegaba la noche ¡¡¡madre mía!!!, era terrible, un verdadero tormento, no podía conciliar el sueño y me metía en la cama tapándome la cabeza con la manta y almohada y ni por esas... ese maldito sonido: din,don, din, dan, donnnnnn¡¡¡¡
Veía muertos y espectros por todas partes, esqueletos visiones espantosas que no me dejaban dormir en toda la noche y daba gracias a Dios cuando llegaba la mañana, cesaban de sonar y pensaba que tendría un año más por delante de descanso, exceptuando en alguna rara ocasión que se repetía lo mismo con el fallecimiento de algún sacerdote del pueblo pero eran casos poco frecuentes que ocurrían muy de tarde en tarde. Esta era la única razón por la que deseaba fervientemente abandonar el pueblo para siempre; lo comentaba con mis padres y ellos me contestaban para reírse de mí que en todas partes hacían lo mismo, no me lo podía creer y soñaba con vivir en un lugar sin campanarios ni campanas que me atormentaran la noche entera; al fin lo he logrado pues donde actualmente vivo (Sóller), que en vez de repicar las campanas a duelo, las ponen a volar por el fallecimiento de alguien y en ocasiones especiales. Me parece extraño y a veces me dan ganas de ir a hablar con el párroco para que me explique el porqué de esta costumbre tan rara y de paso recomendarle que hagan como en todas partes que es lo más normal
Después de estas fiestas llegaba el invierno y con él la Navidad, otra vez vacaciones,
¡¡¡Que alegría!!!
Estos eran unos días muy deseados para mí, muy felices, de inmensa alegría y en parte también algo triste para muchos niños del pueblo, como en mi caso cuando llegaba el Día de los Reyes Magos.
Contaré primero los motivos de mi tristeza en este día para que también pasen pronto al olvido por lo tristes que fueron; eran tiempos muy difíciles, sobretodo para nosotros y para la mayoría de las familias que éramos pobres y con muy pocos recursos económicos para ciertos lujos que no se podían permitir pues la comida y la ropa estaban en primer lugar y no quedaba para otras cosas. Había tres clases sociales: los ricos (muy pocos) que poseían de casi todo, los pobres y los muy pobres que éramos muchos, gracias a Dios nosotros no nos encontrábamos en el grupo de los muy pobres porque esto ya era demasiado, no tenían apenas para comer y vivían de la limosna; tal era el caso que en cierta ocasión presencié una pelea entre dos hermanos de los denominados “muy pobres” que se disputaban un trozo de chorizo de unos ocho centímetros, después de muchos revolcones, puñetazos y forcejeos, uno de ellos apuñaló al otro con una navaja, (era muy común llevar navaja en el bolsillo hasta los niños de apenas diez años), dejándolo tendido en el suelo sangrando, cuando el ganador de la pelea se puso a buscar el chorizo, éste había desaparecido con el fragor de la pelea atrapado por un perro que casualmente pasaba por allí y desapareció con el trozo entre los dientes; enseguida apareció la Guardia Civil y la Cruz Roja que se llevaron al agresor a los calabozos y al herido a la enfermería. Era muy común que por un pequeño delito como éste se pasara el delincuente varios meses en la cárcel, varios años por un delito mayor y hasta la pena de muerte si se trataba de asuntos políticos. Estaba recién implantada la “dictadura”, era necesario una mano dura para educar y hacer entrar en razón a muchas gentes con muy poca cultura y sed de venganzas.
Como os decía anteriormente y hablando de la Navidad y el porqué yo estaba triste el día de Reyes; nosotros vivíamos en una casa en el centro del pueblo cerca de la plaza, mis amiguetes en la mayoría pertenecían a familias acomodadas, ese día recibían muchos y costosos regalos: triciclos, bicicletas, balones y un montón de juguetes por lo cual a mí me producía una envidia terrible que no podía reprimir y cada año me preguntaba el porqué los Reyes Magos eran más generosos con ellos. (Poco tiempo más tarde me enteré de quienes eran en realidad, lo comprendí y me resigné. El año que mejor se portaron conmigo me dejaron en los zapatos una pistola y un cochecito de hojalata, los que mimé y cuidé durante largo tiempo, tanto que cuando regresé a Mogón por la muerte de mi padre y recogimos todas las cosas para establecernos en Madrid aparecieron dentro de un baúl junto con otros recuerdos de escaso valor a los que ni di importancia y allí se quedaron en la casa donde Pepito continuó viviendo algún tiempo con su mujer y sus hijas. Para mí era muy triste y decepcionante, y supongo que también lo era para la inmensa mayoría de los niños del pueblo que les ocurría lo mismo: Dejar los zapatos con toda ilusión la noche de Reyes, muy cerca de la ventana, ir a la cama con toda la esperanza puesta en el amanecer, durmiendo plácidamente y soñando con aquellas cosas que habías pedido, levantarte rápidamente, mirar hacia la ventana y descubrir que junto a los zapatos no había nada, nada de nada, y hasta en alguna ocasión llegué a inspeccionar los zapatos en su interior por si acaso les había dado la idea de dejar dinero o algo pequeño que yo no podía ver. Decepción y tristeza...
Tal era el estado de miseria y necesidad de aquellos tiempos que os contaré una anécdota que en muchas ocasiones pude presenciar: Cada mañana se reunían en la plaza del pueblo los hombres que estaban sin trabajo, entre ellos podía ver algunos muy jóvenes de no más de 14 años que estaban en la misma situación, aparecían los capataces de los cortijos montados a caballo, y sin apearse comenzaba la contratación para las faenas que fuesen necesarias, elegían a aquellos que eran más fuerte, jóvenes y con recomendaciones, a sabiendas que tenían que permitir ciertos favores que consistía en ceder a sus esposas, hijas, hermanas o novias para la satisfacción del ”señorito” y sus amiguetes... como algo parecido a la “ley de pernada”. Los contratados solían realizar los trabajos más duros del campo, como segar, arar, recolectar la aceituna, etc, jornada de sol a sol y si alguno se negaba a otorgar el favor o petición de su amo no volvía a trabajar más con él y quizás con nadie, ya que se lo comunicaban a otros capataces y nadie les contrataba. Los que no cedieron a ser “cornudos”, por el hambre, o ver a sus hijas violadas y ultrajadas optaban por emigrar a muchos puntos de la geografía española y al extranjero.
De esos muchos abusos vinieron los odios hacia los caciques que en la Guerra Civil se fomentaron muchas venganzas contra ellos, en el bando llamado “Rojo” donde se encuadraban mayormente los obreros y las gentes más humildes aprovecharon el PODER para realizar todo tipo de atrocidades: arrasando campos de cultivo, talando olivos, quemando iglesias, violando a monjas y mujeres de los señoritos y caciques fusilando a muchos de ellos. Después llegaron los del otro bando, “Los Nacionales”, comandados por El General Franco haciendo justicia y tomándose la revancha por lo anterior: mandando al paredón a los que cometieron las anteriores atrocidades, huyendo al exilio los que tenían medios hacia el extranjero y los que carecían se escondían en las montañas, a los que llamaban (los Máquis).
Anécdotas de la Guerra he escuchado muchas: malas, desagradables y hasta divertidas, pues recientemente acabada nuestra Guerra Civil estalló la II Guerra Mundial en la que participaron muchos jóvenes de mi pueblo que cuando yo tenía 12 años, edad suficiente para comprender y horrorizarme de todo aquello, ellos estaban recién venidos de las contiendas diversas y mantenían muy frescas sus memorias: desde las crueles batallas de Teruel, pasando por Normandía, La resistencia de Francia y los que estuvieron en la División Azul al mando del General Muñoz Grandes, donde poco antes de partir les llenaban los macutos de condones y les daban carta blanca para robar, violar, saquear allá donde entraran en campos enemigos de Rusia, atacando al Comunismo que en aquellos momentos era el principal enemigo de España.
Solo contaba con doce o trece años y junto a mis amigos me reunía en los bancos de la plaza alrededor de los veteranos que nos contaban sus hazañas escuchándolas con deleite.
Creo que tan solo contaba con cuatro o cinco años cuando tuve la fatal ocasión de vivir para escuchar los horrores que se comentaban a cerca de la Bomba Atómica. A partir de aquí terminaron todas las guerras pero comenzaron otras peores que se llaman posguerras, donde el hambre y la carestía eran terribles; No había trabajo, escasez casi total de alimentos y ropas.
Son pocos los malos recuerdos que conservo de estas etapas porque gracias a Dios he tenido la suerte de olvidar las cosas malas y solo conservar las buenas, pero no puedo dejar en el olvido las famosas “cartillas de racionamiento” y “el estraperlo”. A cada familia le era entregada una cartilla con unas páginas enumeradas para cada producto alimenticio: azúcar, harina, aceite, etc., esta página tenia unos recuadros en blanco donde se pegaban unos cupones según el producto que te correspondía y cuando estaba llena había que esperar que concedieran otra para seguir comiendo; en la mayoría de las ocasiones estas páginas quedaban sin rellenar por falta de productos, y las grandes colas que se formaban en las puertas de los comercios que anunciaban algún producto reciente, donde la gente esperaba horas y a veces se marchaban a sus casas porque no les había llegado.
También existían cartillas para el tabaco, la picaresca obligaba a los padres a registrar a sus hijos mayores de 18 años que no fumaban para ellos abastecerse; Chicos imberbes iban a los estancos a comprar el tabaco que les correspondía para luego entregarlo a sus padres o abuelos fumadores. El tabaco era ciertamente malo pero no creo que tanto como ahora que contienen aditivos y hasta estupefacientes malignos para enganchar y hacer que se consuma con más rapidez, el tabaco de entonces era negro, se le llamaba negro por su color marrón oscuro y muy distinto al rubio de excelente calidad, sabor y aroma, bastante escaso en el mercado y que solo lo fumaban los pudientes y sibaritas, reservado también para las pocas señoras que practicaban este vicio, el cual no se consideraba entonces como un vicio, sino como un lujo y esnobismo.
El estraperlo campeaba a sus anchas por todos los rincones más escondidos de todo el territorio Nacional: leche condensada, aceite, harina, arroz y diversas legumbres se vendían a precios astronómicos y a escondidas de las autoridades que lo tenían totalmente prohibido, castigando con grandes multas y hasta cárcel a los infractores; se sabía, se conocía y se permitía, pues hasta los funcionarios y las personalidades eran los mejores consumidores al ser más pudientes económicamente, los pobres siempre por su condición no disponían de dinero y por lo tanto nada de esto se podían permitir.
Volvamos a la Navidad.
No todo era tristeza en estos días, sobretodo cuando llegaba el aguinaldo de Madrid; tía Eloisa y mis hermanas tenían la costumbre de enviarnos un gran paquete con turrones, frutas escarchadas, peladillas, frutos secos y hasta alguna botellita de licor que hacían las delicias a nuestros paladares en esos días tan señalados.
Recuerdo un día de Nochebuena que habían venido mis hermanas a pasarlo con nosotros, era la hora de la cena y estábamos todos reunidos en torno a la mesa preparados para dar cuenta de las viandas que había condimentado la buena cocinera de la casa, no sería gran cosa pero las devoraríamos con entusiasmo y buen apetito, con más entusiasmo pensando en los ricos postres. Estábamos un poco tristes porque mi hermano Pepe no estaba con nosotros y era el único que faltaba de la familia, estaba mi padre a punto de bendecir la mesa cuando en ese preciso momento llamaron a la puerta, todos nos preguntamos quién podría ser: ¿será un vecino?, ¿Un mendigo?. Estaba nevando intensamente, unos grandes copos de nieve caían del cielo que apenas en media hora formaron una espesa capa en el suelo y sobre los tejados, desde la ventana del comedor se dominaba toda la calle que estaba muy iluminada y resultaba un espectáculo navideño verdaderamente precioso. Mi padre dijo: Jesús, baja y abre la puerta, si es un mendigo le daremos un plato de comida. De vez en cuando acogíamos a un anciano que se presentaba al caer la noche y le dábamos cobijo para dormir en el mismo portal de la casa proporcionándole algo de la poca comida que podíamos darle. Un día se presentó y parecía estar muy enfermo, mi madre me hizo bajarle un tazón de leche caliente y un mendrugo de pan que con sus manos temblorosas empapaba y se tomaba lentamente, yo le observaba con mucha pena, después le prestaba una manta vieja y se ponía a dormir como un cachorrillo; una mañana mi madre se lo encontró muerto tumbado y tapado con la manta tal como había quedado la noche anterior. Nadie sabía si tenia familia y lo enterraron en un rincón del cementerio en un lugar tan pobre como él, con una cruz de madera sin nombre.
Acordándome de aquel pobre anciano bajé las escaleras con recelo y bastante miedo, cuando abrí la puerta me encontré ante un individuo tapado con una capa y un pasamontañas en la cabeza, todo cubierto de nieve que parecia un desconocido pero al observarle atentamente me di cuenta de que era mi hermano que trabajaba en un pueblo distante y había recorrido varios kilómetros a pié y nevando copiosamente para reunirse con nosotros aquella noche inolvidable que a partir de aquel instante pasamos con gran alegría; comimos, reímos, y nos fuimos a la cama a las tantas de la madrugada agotados de cansancio: Papá con sus relatos, Pepe con sus instrumentos, Carmen con sus poemas, Josefina con las castañuelas acompañando sus danzas y Nines sin parar de hacer el payaso que tanto nos hacía reír.
Se iban mis hermanas, se acabó la Navidad y la vuelta al cole que para mí era la peor pesadilla que desde tres días antes ya me amargaba pensando en ello.
Poco tiempo después se celebraba el Día de La Candelaria. En todas las calles se encendían fogatas y me lo pasaba “chupi”, los chicos saltaban las luminarias, siempre lo intentaba y salía con algún pelo chamuscado como la mayoría, era un espectáculo impresionante ver todo el pueblo resplandeciendo como si se incendiara por los cuatro costados.
Enseguida venía la Semana Santa con la consabida alegría de otras cortas vacaciones. En casi todas las casas se fabricaban toda clase de pastas, bollos, dulces golosinas típicas de esa época. Mi madre me enviaba al horno de Eduardo el panadero para cocerlos y al regresar a casa con ellos aún calentitos algunos desaparecían por el camino que habían ido a parar a mi insaciable estómago. Siempre mi padre preparaba un paquete con una variedad de todos ellos para enviarlos a Madrid.
Eduardo el panadero era un hombre muy singular, cachondo y alegre, me recordaba a Sancho Panza, bajito y regordete, en todas las fiestas participaba con el mayor entusiasmo, por navidades tenía la costumbre de formar una especie de charanga la cual encabezaba montado en un burro y tocando una inmensa zambomba confeccionada por él mismo con un enorme puchero de barro que abultaba tanto como su barriga y una piel sin curtir que la tensaba al fuego para que retumbase mejor y con más fuerza. En un serón portaba las viandas y otras cosas como una buena bota de vino para calentarse y escupir en su mano dándole mas vigor y precisión a su instrumento.
Por los carnavales siempre montaba una comparsa, cada año de distinta manera y disfraces diferentes, graciosos y extravagantes. Eduardo tenía un hijo que se llamaba Lorenzo, era locutor de Radio Villacarrillo, (muy bueno por cierto) perteneció a la plantilla de la Cadena SER . En la emisora local se emitían seriales y concursos radiofónicos en los que en alguna ocasión participé ganando varios premios uno de ellos cantando un pasodoble español que mi hermano Pepe había escrito para tal evento cambiando las letras del original y poniendo la publicidad de una tienda de comestibles y decía así:
CON UNA NAVAJA, Y UN BUEN PANECILLO
A CASA MIRALLES ME DIRIJO YO
LE PIDO JAMON Y UN BUEN CHORICILLO
ME DOY UNA INCHÁ QUE VÁLGAME DIOS.
LUEGO CUANDO SALGO ME DICE LA GENTE
QUE HACES MONTEJO PA TANTO ENGORDAR
PUES SI NO LO SABEN YO SE LO DIRÉ
A CASA MIRALLES VALLAN A COMPRAR
(Estribillo)
AY MIRALLES TE QUIERO
PORQUE TIENES EN TU TIENDA
LO MEJOR DEL MUNDO ENTERO
AY MIRALLES TE QUIERO
PORQUE TIENES EN TU TIENDA
DE TODO LO QUE YO QUIERO
AY MIRALLES TE QUIERO
PORQUE COMPRANDO EN TU CASA
TU ME AHORRAS EL DINERO
TU ME AHORRAS EL DINERO
POR ESO SIEMPRE ME ALCANZA LA PAGA.
YO COMPRO TOCINO, GARBANZOS Y HABICHUELAS
YO COMPRO EL AZUCAR Y COMPRO EL JAMON
POR ESO MI MADRE A MI NO ME REGAÑA
PUES SIEMPRE LE LLEVO TODO LO MEJOR..
(Estribillo)
SI SIGUEN USTEDES MIS BUENOS CONSEJOS
A CASA MIRALLES VAYAN A COMPRAR
PUES TIENEN DE TODO Y AHORRAN DINERO
Y VERAN QUE VIDA SE VAN A PEGAR..
(Estribillo) y fin
Yo nunca he tenido buenas habilidades para la escritura, cometo faltas y me resulta muy difícil saber donde he de colocar los puntos y las comas, no obstante, creo que podéis entenderme. Menos mal a este programa de ordenador que me facilita los acentos y corrige las faltas de ortografía, aunque a veces, al tener los dedos tan grandes piso un par de teclas y tengo que arreglarlo.
Tengamos en cuenta que mis estudios básicos han sido muy escasos, a los catorce años dejé la escuela por obligación pues a esta edad se terminaban los estudios primarios y si no cursabas bachillerato era obligatorio dejarla, además con la agravante de haber sido interrumpida en varias ocasiones por las circunstancias, teniendo que recuperar el tiempo perdido a marchas forzadas para ponerme a la altura de los demás, la poca cultura que poseo la he adquirido con el paso de los años y la experiencia, en aquellos difíciles tiempos a la mayoría de los niños los sacaban del colegio antes de terminar para ocupar algún trabajo y ayudar a su familia y raro era el que aguantaba hasta terminar la Primaria, muchos menos eran los que cursaban el bachillerato que estaba reservado para los privilegiados hijos de los ricos que podían permitírselo resultando la mayoría unos vagos y poco estudiosos, por lo que en la actualidad muchos de ellos pululan sin oficio ni beneficio después de comerse la herencia de sus padres.
Quizás por ser el más pequeño de los hermanos estaba muy poco enterado de la vida de mi padre y su profesión; sabía que en aquellos momentos era fotógrafo, pero de oídas por boca de mis hermanos y de mi madre, la que muy poco hablaba de él, sabía que había practicado varios oficios entre ellos el de periodista, era muy culto y sabía hacer de todo, desde enseñarte a clavar un clavo correctamente, hasta inventar algún artilugio interesante de uso doméstico y lo que más me gustaba de él era la forma que tenía de narrar historias muy interesantes sobre cualquier tema: de miedo, de aventuras, anécdotas de sus andanzas y cosas de sus tiempos, cosas muy lejanas que ahora nos parecerían casi de la edad media. Yo particularmente pienso que fue un hombre muy egoísta, pensaba más en sí mismo que en los demás; una muestra de ello es que cuando mi madre recibió su herencia, él compró “El Cortijillo” y nos llevó a todos a vivir allí, sin pensar que unos tenían edad de empezar a labrarse un futuro y otros teníamos que estudiar, en un lugar bastante apartado de la población, sin ninguna clase de comodidades, ni agua corriente ni luz eléctrica y lo que era más importante, ni un mal retrete para ir a hacer tus necesidades; campo, naturaleza, soledad y alejados de la civilización. Yo contaba con cinco años, Enrique tenía 13, Angelines 15 y el mayor que era Pepe tenía 23. Hacía poco tiempo mi madre envió a mis hermanas a Madrid con Tia Eloisa, un par de años después se casó Pepe y allí nos quedamos el resto: Papá, Mamá, Quique y yo. Fueron cuatro años muy difíciles, mi padre se ausentaba para atender a la fotografía y de tarde en tarde aparecía para traernos comida y cosas imprescindibles. El vecino más cercano estaba a unos 500 metros y había que cruzar el río, que en invierno a veces venía muy caudaloso y era imposible. Creo que vivía mucho de la fantasía y tenía algo de QUIJOTE. Mi madre consiguió convencerle para volvernos a vivir al pueblo y reanudar una vida mas o menos normal.
El trabajo de fotógrafo no era tan floreciente en aquellos tiempos porque casi nadie se retrataba, si había necesidad de comida como iba la gente a hacerse fotos que era un súper lujo y solo se las hacían en ocasiones excepcionales como en una boda, la 1ª comunión, algún soldado que se hacía la foto para mandársela a la novia o viceversa.
De vez en cuando mi padre se ausentaba por varios días en busca de trabajo por los pueblos cercanos, recuerdo que en una ocasión tardó unas tres semanas en regresar y en este intervalo no teníamos ni para comprar el pan, se habían agotado las existencias de la despensa con los productos de la huerta que cada año acumulábamos para pasar el invierno; un día se presentó un hombre para hacerse una foto de carné, encontrándome solo en casa en esos momentos le hice pasar al estudio para hacerle la correspondiente foto, la máquina estaba descargada, yo lo sabía pero también sabía que con el paripé de momento le cobraría la mitad del trabajo como era costumbre por adelantado, pues había el precedente de gente que después de retratarse no acudía a recoger sus fotos y nos la teníamos que tragar, de modo que le cobré cinco pesetas y ya pagaría el resto al recogerlas, cuando le entregué el dinero a mi madre me preguntó su procedencia y sin mediar palabra alguna me mandó rápidamente a la tienda más cercana a comprar una hogaza y unas sardinas arenques que nos supieron a gloria a la hora de la cena. Yo temía a mi padre a su regreso pues era un hombre muy severo y con mal genio pero no fue así, y no pudo por menos que echarse a reír y alabar mi ingenio añadiendo una frase que no he olvidado:. Cuando el buen hombre vino a recoger sus fotos mi padre le dijo que habían salido mal echándole la culpa al niño, le repitió la foto pero esta vez con la cámara cargada que entregó al señor ese mismo día para dejarle contento.
Por los carnavales siempre montaba una comparsa, cada año de distinta manera y disfraces diferentes, graciosos y extravagantes. Eduardo tenía un hijo que se llamaba Lorenzo, era locutor de Radio Villacarrillo, (muy bueno por cierto) perteneció a la plantilla de la Cadena SER . En la emisora local se emitían seriales y concursos radiofónicos en los que en alguna ocasión participé ganando varios premios uno de ellos cantando un pasodoble español que mi hermano Pepe había escrito para tal evento cambiando las letras del original y poniendo la publicidad de una tienda de comestibles y decía así:
CON UNA NAVAJA, Y UN BUEN PANECILLO
A CASA MIRALLES ME DIRIJO YO
LE PIDO JAMON Y UN BUEN CHORICILLO
ME DOY UNA INCHÁ QUE VÁLGAME DIOS.
LUEGO CUANDO SALGO ME DICE LA GENTE
QUE HACES MONTEJO PA TANTO ENGORDAR
PUES SI NO LO SABEN YO SE LO DIRÉ
A CASA MIRALLES VALLAN A COMPRAR
(Estribillo)
AY MIRALLES TE QUIERO
PORQUE TIENES EN TU TIENDA
LO MEJOR DEL MUNDO ENTERO
AY MIRALLES TE QUIERO
PORQUE TIENES EN TU TIENDA
DE TODO LO QUE YO QUIERO
AY MIRALLES TE QUIERO
PORQUE COMPRANDO EN TU CASA
TU ME AHORRAS EL DINERO
TU ME AHORRAS EL DINERO
POR ESO SIEMPRE ME ALCANZA LA PAGA.
YO COMPRO TOCINO, GARBANZOS Y HABICHUELAS
YO COMPRO EL AZUCAR Y COMPRO EL JAMON
POR ESO MI MADRE A MI NO ME REGAÑA
PUES SIEMPRE LE LLEVO TODO LO MEJOR..
(Estribillo)
SI SIGUEN USTEDES MIS BUENOS CONSEJOS
A CASA MIRALLES VAYAN A COMPRAR
PUES TIENEN DE TODO Y AHORRAN DINERO
Y VERAN QUE VIDA SE VAN A PEGAR..
(Estribillo) y fin
Yo nunca he tenido buenas habilidades para la escritura, cometo faltas y me resulta muy difícil saber donde he de colocar los puntos y las comas, no obstante, creo que podéis entenderme. Menos mal a este programa de ordenador que me facilita los acentos y corrige las faltas de ortografía, aunque a veces, al tener los dedos tan grandes piso un par de teclas y tengo que arreglarlo.
Tengamos en cuenta que mis estudios básicos han sido muy escasos, a los catorce años dejé la escuela por obligación pues a esta edad se terminaban los estudios primarios y si no cursabas bachillerato era obligatorio dejarla, además con la agravante de haber sido interrumpida en varias ocasiones por las circunstancias, teniendo que recuperar el tiempo perdido a marchas forzadas para ponerme a la altura de los demás, la poca cultura que poseo la he adquirido con el paso de los años y la experiencia, en aquellos difíciles tiempos a la mayoría de los niños los sacaban del colegio antes de terminar para ocupar algún trabajo y ayudar a su familia y raro era el que aguantaba hasta terminar la Primaria, muchos menos eran los que cursaban el bachillerato que estaba reservado para los privilegiados hijos de los ricos que podían permitírselo resultando la mayoría unos vagos y poco estudiosos, por lo que en la actualidad muchos de ellos pululan sin oficio ni beneficio después de comerse la herencia de sus padres.
Quizás por ser el más pequeño de los hermanos estaba muy poco enterado de la vida de mi padre y su profesión; sabía que en aquellos momentos era fotógrafo, pero de oídas por boca de mis hermanos y de mi madre, la que muy poco hablaba de él, sabía que había practicado varios oficios entre ellos el de periodista, era muy culto y sabía hacer de todo, desde enseñarte a clavar un clavo correctamente, hasta inventar algún artilugio interesante de uso doméstico y lo que más me gustaba de él era la forma que tenía de narrar historias muy interesantes sobre cualquier tema: de miedo, de aventuras, anécdotas de sus andanzas y cosas de sus tiempos, cosas muy lejanas que ahora nos parecerían casi de la edad media. Yo particularmente pienso que fue un hombre muy egoísta, pensaba más en sí mismo que en los demás; una muestra de ello es que cuando mi madre recibió su herencia, él compró “El Cortijillo” y nos llevó a todos a vivir allí, sin pensar que unos tenían edad de empezar a labrarse un futuro y otros teníamos que estudiar, en un lugar bastante apartado de la población, sin ninguna clase de comodidades, ni agua corriente ni luz eléctrica y lo que era más importante, ni un mal retrete para ir a hacer tus necesidades; campo, naturaleza, soledad y alejados de la civilización. Yo contaba con cinco años, Enrique tenía 13, Angelines 15 y el mayor que era Pepe tenía 23. Hacía poco tiempo mi madre envió a mis hermanas a Madrid con Tia Eloisa, un par de años después se casó Pepe y allí nos quedamos el resto: Papá, Mamá, Quique y yo. Fueron cuatro años muy difíciles, mi padre se ausentaba para atender a la fotografía y de tarde en tarde aparecía para traernos comida y cosas imprescindibles. El vecino más cercano estaba a unos 500 metros y había que cruzar el río, que en invierno a veces venía muy caudaloso y era imposible. Creo que vivía mucho de la fantasía y tenía algo de QUIJOTE. Mi madre consiguió convencerle para volvernos a vivir al pueblo y reanudar una vida mas o menos normal.
El trabajo de fotógrafo no era tan floreciente en aquellos tiempos porque casi nadie se retrataba, si había necesidad de comida como iba la gente a hacerse fotos que era un súper lujo y solo se las hacían en ocasiones excepcionales como en una boda, la 1ª comunión, algún soldado que se hacía la foto para mandársela a la novia o viceversa.
De vez en cuando mi padre se ausentaba por varios días en busca de trabajo por los pueblos cercanos, recuerdo que en una ocasión tardó unas tres semanas en regresar y en este intervalo no teníamos ni para comprar el pan, se habían agotado las existencias de la despensa con los productos de la huerta que cada año acumulábamos para pasar el invierno; un día se presentó un hombre para hacerse una foto de carné, encontrándome solo en casa en esos momentos le hice pasar al estudio para hacerle la correspondiente foto, la máquina estaba descargada, yo lo sabía pero también sabía que con el paripé de momento le cobraría la mitad del trabajo como era costumbre por adelantado, pues había el precedente de gente que después de retratarse no acudía a recoger sus fotos y nos la teníamos que tragar, de modo que le cobré cinco pesetas y ya pagaría el resto al recogerlas, cuando le entregué el dinero a mi madre me preguntó su procedencia y sin mediar palabra alguna me mandó rápidamente a la tienda más cercana a comprar una hogaza y unas sardinas arenques que nos supieron a gloria a la hora de la cena. Yo temía a mi padre a su regreso pues era un hombre muy severo y con mal genio pero no fue así, y no pudo por menos que echarse a reír y alabar mi ingenio añadiendo una frase que no he olvidado:
A lo que más odiaba era al laboratorio, también llamado cuarto oscuro donde se revelaban las fotos, aquí se gestaban todas las imágenes: buenas y malas, bonitas y macabras... y de todos los tamaños.
Cuando ocurría algún siniestro o accidente de naturaleza extraña, mi padre era reclamado por la Justicia para hacer las fotos de rigor en el lugar del suceso: Asesinatos, ahorcados, suicidios de todo tipo, descuartizados, etc. Todas ellas estaban en aquel macabro laboratorio pues mi padre tenía la costumbre de hacer unas copias de tamaño muy grande, no sé si por joderme a mí o por norma, el caso es que de vez en cuando me gastaban la pesadísima broma de mandarme a por algo al “cuarto oscuro”y fijaos si eran “cabritos” ¡cómo me la preparaban!..El material fotográfico se vela con la luz intensa pero hay cierto material que se manipula con una tenue luz roja, pues bien, me preparaban un montón de aquellas macabras fotos por todas partes y cuando yo entraba distraídamente buscando lo que me habían mandado, me encontraba de sopetón con aquella espantosa y horrenda escena: la cara de un ahorcado con la lengua fuera iluminada con tonalidades rojas que le daba un aspecto aún más siniestro, la escena de un asesinado sobre un charco de sangre, o la de una ancianita llena de arrugas con la cara muy pálida, y otras por el estilo que me hacían estar en vela durante varias noches.
También había fotos de cadáveres normales de muerte natural que la familia los hacia retratar para tener un recuerdo de ese ser querido que jamás se había hecho una foto en vida: viejitos y ancianitas, niños y bebés, curas, monjas y sacristanes, pero la que más me impresionaba de todas éstas últimas era la de una monja viejecita llena de arrugas, metida en una rudimentaria caja de madera con los hábitos puestos y una corona de flores en la cabeza. Aún me llega a la mente cuando se celebró el entierro, yo estaba haciendo los deberes del colegio y me llamaron para que me asomara rápidamente al balcón, el cortejo pasaba en esos momentos y pude ver la escena que se me quedó grabada para siempre.
Todos eran unos “cabritos” y tenían muy mala leche. Con eso de que era el más pequeño se reían de mí con sus pesadas bromas y jugarretas, me hacían todo tipo de putadas para asustarme y mi padre insistía en que con esto se me quitaría el miedo pero éste iba en aumento y cada vez estaba más poseído, hasta el punto de que aún lo conservo y siempre he dejado dicho que me incineren cuando me muera pues no me gustaría ir a parar a un cementerio y permanecer rodeado de muertos por todas partes durante toda mi otra vida.
La casa de Villacarrillo era grande y tenía tres plantas distribuida de la siguiente manera: En la planta baja había un recibidor bastante amplio, muy normal en Andalucía que lo denominaban zaguán, desde aquí arrancaba la escalera que conducía a los pisos superiores, una puerta a la derecha y al fondo conducía al estudio fotográfico que era una amplia sala llena de decorados y un montón de focos con grandes bombillas para iluminar intensamente a los que se hacían fotos. Al fondo había un pequeño patio donde teníamos en aquellos momentos una cabra, gallinas y conejos, bajo un pequeño cobertizo estaba el taller de carpintero de Pepe que yo también aprovechaba para hacer experimentos o jugar con mis amigos. En la primera planta estaba el salón-comedor, los dormitorios y el “odiado laboratorio”. En la última planta se hallaba la cocina y otras dependencias, (cámaras o porches) que se utilizaban para cuartos trasteros, almacén y despensa, que de igual manera que en “El Cortijillo”se almacenaban todos los productos de la huerta, en esta zona no había luz eléctrica y en ocasiones, sobretodo por la noche, también aquí me mandaban a buscar algo para gastarme las “putaditas” de siempre que aunque me resistía por la desconfianza y escarmentado de otras veces, pero al final siempre caía en la trampa, y es que yo he sido un niño muy obediente, ¡maldita obediencia!
Cuando ocurría algún siniestro o accidente de naturaleza extraña, mi padre era reclamado por la Justicia para hacer las fotos de rigor en el lugar del suceso: Asesinatos, ahorcados, suicidios de todo tipo, descuartizados, etc. Todas ellas estaban en aquel macabro laboratorio pues mi padre tenía la costumbre de hacer unas copias de tamaño muy grande, no sé si por joderme a mí o por norma, el caso es que de vez en cuando me gastaban la pesadísima broma de mandarme a por algo al “cuarto oscuro”y fijaos si eran “cabritos” ¡cómo me la preparaban!..El material fotográfico se vela con la luz intensa pero hay cierto material que se manipula con una tenue luz roja, pues bien, me preparaban un montón de aquellas macabras fotos por todas partes y cuando yo entraba distraídamente buscando lo que me habían mandado, me encontraba de sopetón con aquella espantosa y horrenda escena: la cara de un ahorcado con la lengua fuera iluminada con tonalidades rojas que le daba un aspecto aún más siniestro, la escena de un asesinado sobre un charco de sangre, o la de una ancianita llena de arrugas con la cara muy pálida, y otras por el estilo que me hacían estar en vela durante varias noches.
También había fotos de cadáveres normales de muerte natural que la familia los hacia retratar para tener un recuerdo de ese ser querido que jamás se había hecho una foto en vida: viejitos y ancianitas, niños y bebés, curas, monjas y sacristanes, pero la que más me impresionaba de todas éstas últimas era la de una monja viejecita llena de arrugas, metida en una rudimentaria caja de madera con los hábitos puestos y una corona de flores en la cabeza. Aún me llega a la mente cuando se celebró el entierro, yo estaba haciendo los deberes del colegio y me llamaron para que me asomara rápidamente al balcón, el cortejo pasaba en esos momentos y pude ver la escena que se me quedó grabada para siempre.
Todos eran unos “cabritos” y tenían muy mala leche. Con eso de que era el más pequeño se reían de mí con sus pesadas bromas y jugarretas, me hacían todo tipo de putadas para asustarme y mi padre insistía en que con esto se me quitaría el miedo pero éste iba en aumento y cada vez estaba más poseído, hasta el punto de que aún lo conservo y siempre he dejado dicho que me incineren cuando me muera pues no me gustaría ir a parar a un cementerio y permanecer rodeado de muertos por todas partes durante toda mi otra vida.
La casa de Villacarrillo era grande y tenía tres plantas distribuida de la siguiente manera: En la planta baja había un recibidor bastante amplio, muy normal en Andalucía que lo denominaban zaguán, desde aquí arrancaba la escalera que conducía a los pisos superiores, una puerta a la derecha y al fondo conducía al estudio fotográfico que era una amplia sala llena de decorados y un montón de focos con grandes bombillas para iluminar intensamente a los que se hacían fotos. Al fondo había un pequeño patio donde teníamos en aquellos momentos una cabra, gallinas y conejos, bajo un pequeño cobertizo estaba el taller de carpintero de Pepe que yo también aprovechaba para hacer experimentos o jugar con mis amigos. En la primera planta estaba el salón-comedor, los dormitorios y el “odiado laboratorio”. En la última planta se hallaba la cocina y otras dependencias, (cámaras o porches) que se utilizaban para cuartos trasteros, almacén y despensa, que de igual manera que en “El Cortijillo”se almacenaban todos los productos de la huerta, en esta zona no había luz eléctrica y en ocasiones, sobretodo por la noche, también aquí me mandaban a buscar algo para gastarme las “putaditas” de siempre que aunque me resistía por la desconfianza y escarmentado de otras veces, pero al final siempre caía en la trampa, y es que yo he sido un niño muy obediente, ¡maldita obediencia!
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