sábado, 1 de diciembre de 2007
Anécdotas y curiosidades diversas que posiblemente os hagan reír, pasar un buen rato y al mismo tiempo podáis conocer las distintas etapas por las que he pasado y vivido.
Sóller, (Mallorca) Diciembre 2004
PRIMERA PARTE
Hasta los dieciséis años en Villacarrillo y Mogón
Al finalizar la Guerra Civil Española en 1,939 y debido a las participaciones que mi padre había prestado a las tropas del General Franco fue condecorado y nombrado Jefe Local del Movimiento y Alcalde de VILLACARRILO.
Este fue el lugar donde mi madre me trajo a este Mundo en una calurosa tarde del día 5 de julio de 1.940.
Se encuentra a unos tres kilómetros del pueblo y está situada en el centro de un pequeño y precioso valle, surcada por el río Alguacebas (afluente del Guadalquivir, que en tiempo de los árabes se denominó GUADELCEBAS , según dicen significa “RIO DE LOS PECES”) que desemboca en éste por el centro del villorrio dividiéndolo en dos barriadas pegadas a sus márgenes y viviendas diseminadas, con pequeñas huertas donde se cultivan todo tipo de hortalizas, multitud de árboles frutales y rodeada de montes plantados de olivos perfectamente alineados desde donde se divisa a lo lejos la escarpada Sierra de Las Villas.
Nosotros le pusimos el nombre de “El Cortijillo”. Ya sabéis que en Andalucía a una finca con una o varias dependencias se le llama “Cortijo”. Normalmente estas fincas son de grandes extensiones, con tierras de cultivo, olivares y cotos de caza, tienen todo tipo de animales domésticos y en algunas poseen ganaderías de toros bravos y cría de caballos.
Alrededor de una gran casa están situados los establos y otras dependencias para aperos. También se encuentran las viviendas de los trabajadores o “cortijeros”, que en ocasiones reúne hasta una docena de familias cuyos miembros colaboran en las diversas faenas de la finca, la nuestra era tan sumamente pequeña, que no llegaba ni a la categoría de “cortijillo”.
Estos cortijos normalmente se encontraban alejados de las poblaciones, no había escuela ni asistencia sanitaria, al médico se le avisaba o se llevaba al enfermo hasta el dispensario más cercano, los niños no asistían a la escuela y es por eso el alto nivel de incultura entre estas pobres gentes, todos trabajaban, hasta los menores de muy corta edad que ayudaban en algunas faenas del campo y de la granja.
No recuerdo con exactitud la extensión que tenia nuestro “cortijillo” pero jugué y lo recorrí infinidad de veces, lo conocía palmo a palmo, sabía donde se encontraba cada mata, cada piedra, todos sus recovecos y escondites trepando a menudo a todos los árboles que en él había plantados en busca de nidos o frutas maduras.
En el mismo lindero con el vecino apodado “El Ciaco” había una gran encina productora de dulces y sabrosas bellotas, desde ahí partía un pequeño sendero que conducía a la casa, ésta era tan pequeña que solo contenía dos dependencias: nada más entrar se encontraba el comedor-sala de estar en donde había una rudimentaria chimenea que hacía las veces de cocina y calefacción; como mobiliario una tosca mesa de madera, unas cuantas sillas con asientos trenzados de cuerda y estanterías por las paredes llenas de platos, cazuelas, sartenes y otros diversos utensilios; Aquí solo permanecíamos cuando hacia mucho frío, mi padre encendía una gran fogata en la que nos acurrucábamos a su alrededor y mi madre cocinaba sabrosos pucheros de variados guisos y potajes, en ocasiones se preparaba alguna torrada con carne, panceta, chorizos, morcillas y otras riquísimas viandas que nos sabían a gloria.
En ocasiones mi padre nos leía aventuras de Julio Verne y nos contaba historias de terror a la luz del candil que a mí me ponían los pelos de punta y me iba a la cama con más miedo que vergüenza.
La segunda dependencia hacía las veces de dormitorio y despensa, ya que aquí se guardaba todo aquello que servía para comer: bajo las camas metían el grano y frutos secos, en un rincón había una serie de tinajas de distintos tamaños con la matanza en conserva, garrafas con aceite, otras con vino y una muy grande para conservar el pan, que cada dos semanas se preparaba una gran hornada que a su vez, también se elaboraban dulces y diversas pastas típicas del lugar, ese día era sumamente especial porque nos poníamos morados de pan caliente y pastas recién salidas del horno. Me encantaba jugar con un trozo de masa con la que hacía variadas figurillas que metía en el horno y después me las comía.
De las vigas del techo que casi se podían tocar con las manos colgaban grandes racimos de uvas, granadas, membrillos, melones, chorizos, jamones, ristras de pimientos, ajos y tomates secos; en las paredes había una serie de estanterías en las que se colocaban los tarros con las conservas que preparábamos con los productos cosechados de la huerta: mermeladas de todo tipo, pisto, pimientos asados, tomate natural y frito, envinagrados, etc.
Dormir en aquel lugar era como estar en un gran almacén de variados olores y esencias, que sin llegar a molestar, hasta te ayudaban a conciliar el sueño.
A la derecha de la casa había una era donde se trillaban los cereales, se aventaban cuando el viento soplaba de forma adecuada y después de limpiar el grano se metía en sacos para llevar al molino o para guardar. Algunos días de mucho bochorno el viento se negaba a soplar y permanecíamos impasibles bajo el porche sin poder hacer nada; Por el contrario, ( en raras ocasiones) el viento soplaba demasiado fuerte o aparecía una de aquellas típicas tormentas de verano y todos corríamos a cubrir la mies para que no se mojara.
Con las ramas y el resto de los despojos se encendió una gran hoguera el día de La Candelaria. Por allí existía la costumbre de organizar grandes fogatas quemando todo aquello que puede arder y que ya no sirve para nada, para rendir culto y despedir al invierno.
Esa noche arden cientos de luminarias por todas partes; la gente canta, ríe, baila, come y bebe. Por último, se reza una oración dando gracias a Dios por las lluvias con las que nos ha obsequiado regando nuestros campos. A partir de esta fecha es el mejor momento para comenzar con las siembras de la huerta, empezando con las patatas, ajos, cebollas, etc.
A UN CEREZO CAIDO
El viento de ayer noche hizo daño en mi huerto.
A un hermano cerezo derribó sin piedad
y yace sobre el suelo, tendido como un muerto,
bajo el dosel del cielo, cara a la eternidad.
Lo amortaja de blanco la sabia en flor vestida.
Su fruto queda exagüe apenas en embrión.
En plena primavera abandona la vida...
¡Cuando todo es promesa se pierde una ilusión!
He pasado unas horas contemplando sus ramas
que parecen aún vivas; pero que han muerto ya.
¡Cuando pienso que puede ser pasto de las llamas
y las supongo ardiendo no sé que me da!
Me dicen los artífices que pagan su madera;
comprendo que sus tablas muy apreciadas son;
pero yo no lo vendo: ¡De ninguna manera!
¡El precio de su muerte me hiere el corazón!
En medio de la huerta quisiera abrir su fosa
y allí enterrar sus restos con gran ceremonial
y sobre su sepulcro colocar una losa
con la hermosa leyenda de todo un historial.
Pero esto no es posible; y contemplo sus flores
que, mustias y marchitas, me inspiran compasión.
Su incógnito destino me dice los dolores
que siembra por doquiera la humana condición.
Mientras el árbol vive se aprovecha su vida.
Su muerte, cuando llega, se aprovecha lo mismo;
que todo para el hombre es precio, peso y medida
¡Nada, nada perdona el humano egoísmo!
Yo no vendo el cerezo. Que lo destruya el viento
sobre el trozo de tierra que le puso al caer.
¡Yo no quiero en mi alma ningún remordimiento!
y al menos, aunque muerto, que yo lo pueda ver.
*******
El mayor era Pepe que me sacaba 18 años, luego venia Carmen (mi madrina), a continuación Josefina, a ésta la seguía Angelines, después Enrique y por último yo que tenía 7 años menos que él. También teníamos un perro muy bonito de raza indefinida, muy noble e inteligente que se llamaba Buchichi, una especie de mezcla de Lulú con algún otro desconocido; peludo, negro con manchas blancas, de un tamaño medio, con la cola en arco hacia el lomo y la punta blanca, casi siempre me acompañaba a todas partes; asimismo teníamos un gato que en raras ocasiones atendía por el nombre de Patricio, casi siempre estaba perdido por el campo cazando y en raras ocasiones se le podía ver por la casa menos los días fríos que se arrimaba a la lumbre para calentarse; dócil e inofensivo pero poco cariñoso como todos los gatos. Ya dice el refrán: “El perro quiere y el gato se deja querer”.
Mi padre era un hombre muy culto; entendía, conocía y sabía hacer de todo.
Yo al ser el menor de la casa muy poco puedo conocer de él, solo lo que me han contado mi madre y hermanos mayores.
Gran aficionado a las letras, escribió para varios periódicos y revistas, compuso obras teatrales y seriales radiofónicos, fue fundador de la revista GREDOS, entendía mucho de animales y escribió tres manuales: de Avicultura, Apicultura y Cunicultura. Una vez estuvieron a mi alcance en una librería de Madrid y me arrepiento de no haberlos comprado por falta de medios económicos, era muy joven y no disponía de dinero ni para un bocadillo que me habría caído mejor en aquellos momentos.
Poseía unas grandes dotes para la poesía y tenía una gran habilidad para la narrativa con lo que nos deleitaba por las noches antes de ir a la cama en invierno, al calor del fuego y con la luz del candil y en verano a la luz de la luna, frente a la casa, donde también nos enseñó y practicábamos el secreto de las sombras chinescas.
Recuerdo que pasaba largos ratos fascinado escuchándole con cara de bobo y en ocasiones cagadito de miedo cuando se trataba de alguna historia de suspense o de terror, de las que acostumbraba a contar muy a menudo para partirse de risa viéndome la cara que ponía.
Fue un hombre muy leal, justo y honrado: muy amante de la naturaleza, de los necesitados, de los animales, de Dios y de su Patria. Era humorista, cantaba, reía y hacía reír con su infinidad de ocurrencias y anécdotas. No daba ninguna importancia al dinero. Para él, la honradez y la verdad era lo más importante en la vida. Le encantaba el montañismo, la naturaleza, el campo y la soledad. Era muy alto y bien parecido, con el pelo claro y los ojos grises. Yo le tenía un profundo respeto que a veces se tornaba en “miedo”. Murió bastante joven, a los 67 años y de una enfermedad del corazón que heredó de su padre, única herencia que a mí también me dejó, junto con alguna de sus buenas cualidades, gustos y aficiones; aunque también tuve la mala suerte de parecerme a él en su endemoniado carácter y mal genio, pero estoy en la certeza de que esto es debido a la mala leche que arrastramos, por vernos con nuestra enfermedad sabiendo lo mucho que amamos la vida y pensando en lo poco que nos queda.
Nació en Barcelona de la que parece ser no se sentía muy orgulloso, porque en ocasiones le he oído hablar mal o criticar a los catalanes a los que no tenía demasiada simpatía, y por el contrario, estaba muy orgulloso de sus orígenes y antepasados que pertenecieron a Castilla la Vieja y Extremadura. Presumía de que fueron grandes conquistadores y colonizadores del continente americano en los tiempos de Francisco Pizarro al que acompañaron en sus correrías fundando y gobernando ciudades del Nuevo Mundo. También le oí hablar en ocasiones de un tío suyo, hermano de su padre , que fue Ministro de justicia durante el reinado de Alfonso XIII, Era un gran amante de Castilla, de su nobleza y estirpe, a los que denominaba como “CABALLEROS DE LA MANO EN EL PECHO”
Nació en Barcelona de la que parece ser no se sentía muy orgulloso, porque en ocasiones le he oído hablar mal o criticar a los catalanes a los que no tenía demasiada simpatía, y por el contrario, estaba muy orgulloso de sus orígenes y antepasados que pertenecieron a Castilla la Vieja y Extremadura. Presumía de que fueron grandes conquistadores y colonizadores del continente americano en los tiempos de Francisco Pizarro al que acompañaron en sus correrías fundando y gobernando ciudades del Nuevo Mundo. También le oí hablar en ocasiones de un tío suyo, hermano de su padre , que fue Ministro de justicia durante el reinado de Alfonso XIII, Era un gran amante de Castilla, de su nobleza y estirpe, a los que denominaba como “CABALLEROS DE LA MANO EN EL PECHO”
En su bautismo actuó como padrino el Presidente del Consejo de Ministros de España Don José Canalejas
http://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Canalejas
Mis padres cuando yo nací
Mi madre era una Santa; pizpireta, muy bajita y por las fotos que he visto fue guapísima de joven; digo por las fotos que he visto, porque a mí me tuvo a los 45 años y con el recuerdo más lejano que tengo de ella, siempre que cierro los ojos se me presenta la figura de una mujer vieja, ajada, triste y pobre; aquellos eran muy malos tiempos pero a pesar de todas las carencias de la época, nunca nos faltó un pedazo de pan para llevarnos a la boca y a mí me dio el pecho casi hasta después de cumplidos los tres años, por eso me crié gordito y hermoso. Aún me llega a la memoria el primer recuerdo de mi más tierna infancia:<> A mí siempre me pareció muy guapa hasta el momento de su muerte a los 96 años. Tenía la piel muy fina parecida a la porcelana china y unas manos muy delicadas y bonitas que me encantaban acariciar cada vez que estaba junto a ella.
Y digo que fue una Santa porque tuvo la paciencia de aguantar a ese hombre, al que nunca supe si le llegó a querer durante casi 50 años, y supo criar a sus siete hijos que trajo al mundo, de los cuales uno se le murió a los dos añitos, con el más dulce cariño y bondad que pueda tener la mejor madre del mundo. Tampoco le importaba nada el dinero, le era muy necesario para atender a una familia tan numerosa pero siempre supo arreglárselas para que no nos faltase lo más imprescindible de aquellos difíciles tiempos. Todo lo mejor que poseía lo ofrecía siempre a los que le rodeaban, cuando se servía el plato de comida que contenía tajadas de carne ella nunca se las ponía dándoselas a los demás. Era una gran cocinera de las que con cualquier tipo de condimento hacía unos platos y unos guisos que te chupabas los dedos.
Podría escribir un montón de páginas sobre ella; su carácter que era muy dulce, tranquilo y apacible, sus anécdotas y grandes dotes de buen humor, pero me basta con decir que la quería más que a nada en el mundo, aún la sigo queriendo y creo que ha sido la única mujer que ha llenado plenamente mi corazón, siempre la he recordado y aún la tengo en mi mente como la mejor de las madres, y no porque yo en especial fuese su predilecto. Estoy completamente seguro de que se encuentra en el Cielo o allá a donde van a parar las personas buenas de este mundo. Tuvo demasiada paciencia y recuerdo que cuando murió mi padre, la oí decir una frase que me emocionó enormemente
Aprendió relojería por sí mismo armando y desarmando relojes viejos, de vez en cuando oíamos el ya famoso “EUREKA” y nos traía el reloj que funcionaba a la perfección (bueno, es un decir porque se adelantaba o retrasaba lo que él quería) pero insistía hasta que lo ponía a punto. En una ocasión que le observé en sus quehaceres inventivos, me di cuenta que estaba pulimentando una moneda de cinco céntimos y haciendo con ella una especie rueda de engranaje, efectivamente era para algún aparato que necesitaba dicha rueda y la hacía a la medida exacta .A la gente del barrio le arreglaba todo tipo de cachivaches y aparatos electrodomésticos de aquella época que eran escasos, ya que por entonces empezaron a aparecer en el mercado las primeras planchas eléctricas y muy pocos se permitían el lujo de poseer un aparato de radio. Nosotros teníamos uno de la marca MARCONI grandote y de madera.
Era muy aficionado a la música, dominaba varios instrumentos especialmente la bandurria, el laúd y la guitarra española, perteneció a la rondalla del pueblo y en infinidad de ocasiones nos amenizaba con un concierto de música, a mí me gustaba mucho oírle tocar “EL SITIO DE ZARAGOZA”, era una pieza musical muy larga y me encantaba, sobretodo cuando imitaba el sonido de los clarines y los tambores golpeando con los dedos sobre la madera del instrumento.
Contrajo matrimonio con una chica del pueblo llamada Francisca que era muy inculta, no sabía leer ni escribir pero muy buena y excelente administradora de su casa. Se amaron intensamente, tuvieron dos hijas: Rosa Mari y Josefina de la que yo fui padrino de pila cuando solo contaba 14 años.
La tercera, Josefina fue como una segunda madre para mí, recuerdo que desde muy niño me cuidó, atendió y me proporcionó los primeros mimos como una joven madre. Es 15 años mayor que yo y su carácter era más o menos como el de mamá, quizás un poco nerviosa, no sé si es que a mí me lo parecía porque a menudo tenía un tic nervioso con un movimiento de cabeza como si fuese una negación o hiciera el movimiento de espantar una mosca. Muy amante de los niños y de su hogar, vivaracha y dulce. Sus cualidades eran la danza: sabía y practicaba todo tipo de bailes regionales, desde la jota, boleros y sevillanas. Bien me acuerdo de los muy buenos ratos que nos hacía pasar amenizándonos con sus bailes y danzas al compás de los instrumentos de Pepe.
Se casó y tuvo seis hijos: Sonsoles, Teresa, Miguel, Pilin , Mari Paz y José Manuel.
Todos le han salido muy buenos y trabajadores.
La tercera; Josefina fue como una segunda madre para mi, recuerdo que desde muy niño me cuidó, atendió y me proporcionó los primeros mimos como una joven madre. Es 15 años mayor que yo y su carácter era más o menos como el de mamá, quizás un poco nerviosa, no sé si es que a mí me lo parecía porque a menudo tenía un tic nervioso con un movimiento de cabeza como si fuese una negación. Muy amante de los niños y de su hogar, vivaracha y dulce. Sus cualidades eran la danza: sabía y practicaba todo tipo de bailes regionales, desde la jota, boleros y sevillanas. Bien me acuerdo de los muy buenos ratos que nos hacía pasar amenizándonos con sus bailes y danzas al compás de los instrumentos de Pepe.
Se casó y tuvo seis hijos: Sonsoles, Teresa, Miguel, Pilin , Mari Paz y José Manuel.
Todos le han salido muy buenos y trabajadores.
Se casó con un irlandés llamado Keneth (le llamábamos Ken), muy parecido en algunas cosas a nuestro padre, especialmente en el egoísmo, el mal genio y la poca capacidad o ilusión de labrarse un futuro seguro en la vida, a pesar de que alimentó a siete hijos y siempre tenían para vivir, fue una incógnita saber de donde sacaba los medios para subsistir porque nunca supimos a que se dedicaba.
De mis sobrinos solo recuerdo el nombre de Elena la mayor, Margarita que fue mi aijada y al resto le pusieron nombres ingleses que se me han olvidado.
ENRIQUE "Quique"
Enrique era el penúltimo y aunque me sacaba siete años fue para mi como el mejor amigo y compañero de juegos, es con el que más contacto he tenido ya que hemos convivido más tiempo juntos, le respetaba mucho porque era mayor, a veces me hacía rabiar pero me sacaba de buenos apuros y siempre me defendía cuando alguien intentaba pegarme solicitando su ayuda.
Siendo niño sufrió un accidente, que al igual que a Carmen por la carencia de médicos (le pilló en plena guerra civil) o quizás debido a una mala curación quedó impedido de una pierna pero a pesar de su invalidez era fuerte como un toro y un gran atleta: corría como una gacela, nadaba como una nutria y trepaba a los árboles como un mono. En ocasiones se cachondeaba de mí porque no era capaz de seguirle nadando, corriendo o a subir a la rama más alta, y me pillaba unos cabreos espantosos pues siempre he tenido muy mal perder.
Quique, como familiarmente le llamábamos era un chico alegre, responsable y muy inteligente, a pesar de no haber cursado casi estudios escolares siempre se valió por sus propios medios para aprender las cosas. También es muy mañoso para todo tipo de manualidades, especialmente el dibujo, la pintura y el diseño. Le debo mucho de mis conocimientos pictóricos y otras cosas que de él me ilustré. Trabajó de aprendiz con un maestro francés en la restauración, de escaparatista, de dibujante en unos estudios de televisión, en diseño de modas y en infinidad de cosas, porque siempre supo buscarse la vida como el mejor.
También se casó y tiene dos hijas: Belén y Beatriz.
Siempre fue muy cariñoso y el que más acercamiento mantuvo con la familia.
Y por último llegó el Benjamín de la casa o “ULTIMO MONO” como me decía mi padre y me sentaba fatal cada vez que lo oía porque siempre era para regañarme o recriminar algo que había hecho mal. Recuerdo perfectamente cuando muy a menudo repetía:
Plazuela de La tercia, donde mi madre Otra callejuela cerca de la plaza
De mi más corta infancia recuerdo muy poco como imagino nos pasa a todos. Lo más claro y distante que se me presenta en mi memoria es que en una ocasión me picó una avispa y alguien me puso barro en la herida para que se calmase el dolor; quizás tenía unos dos o tres años. También recuerdo la primera vez que fui al colegio, era una especie de guardería regentada por monjas Carmelitas que vestían totalmente de blanco, con una toga o especie de cubrecabezas del mismo color, muy amplio formando un largo pico a cada lado, siempre pulcramente limpias, llevaban una especie de cinturón ancho del que colgaba un rosario con una cruz en el extremo que nos obligaban a besar cuando nos acercábamos a ellas. En el mismo edificio había otras clases de grados superiores, también un hospital y una iglesia que la denominaban “la iglesia de las monjas”. Un gran patio de recreo y otro con espléndidos jardines que nos estaba prohibido. Nuestra aula era muy grande y con muchos pupitres, al fondo y sobre una especie de tarima elevada estaba la maestra o cuidadora que se llamaba Sor Cecilia y era muy dulce y cariñosa. A los niños que se portaban mal los castigaba a hacer labores propias de las niñas o viceversa, a mí me toco en más de una ocasión estar bordando en una especie de bastidor, aguja hacia dentro y luego para fuera, hasta que terminabas un dibujito o te levantaba el castigo. A los que se portaban bien les obsequiaba con recortes de Sagrada Forma, que era una especie de olea sin olor ni sabor, pero a nosotros aquello nos parecía algo muy importante y sagrado. Había otras monjas que no eran tan buenas y zurraban de lo lindo, su especialidad era dar pellizcos retorcidos y tirones de las orejas que a veces nos hacían sangrar.
Es de suponer que de muy pocas cosas me puedo acordar a la edad de 6 a 8 años, no obstante recuerdo algunos por los recados que mi madre me mandaba hacer y especialmente comprando en los carritos de chuches.
Tengamos en cuenta los sueldos y jornales que por aquellos tiempos se pagaban.
Un jornalero por los años 40 ganaba unas 3 pesetas diarias.
Un funcionario ganaba unas 150 pesetas al mes
Un barrendero ...................... .80 “ “
Un alguacil (policía local).......120 “ “
Un maestro titular...................180
El médico local.......................250 “ “
Como ejemplo puedo detallar algunos de los precios más frecuentes:
Carbón .................................0.25 pts. 1 kg.
Naranjas................................0.50 “ “
Azúcar...................................1.50 “ “
Aceite de oliva.......................1.75 “ “
Harina....................................1.20 “ “
Café.......................................3.00 “ “
Vino.......................................0.75 pts litro
Leche....................................0.50 “ “
Un chato de vino en un bar...0.25 “
Un café en un bar normal....1.00 “
Un caramelo..........................0.05 “
Un chicle................................0.10 “
Una bolsa de pipas................0.05 “
Entrada al cine (gallinero)...0.30 pts.
Entrada al cine butaca.........0.50 “
Unas alpargatas...................5.00 “
4 fotos de carné...................10.00 “
Un par de zapatos de niño muy normalitos podría llegar hasta 50 pesetas
Y un traje confeccionado en una de las sastrerías del pueblo hasta 200.
Un balón de futbol reglamentario podría costar hasta 50 pesetas, los juguetes para el día de Reyes (era la única ocasión que se compraban juguetes), resultaban totalmente prohibitivos para gentes humildes como nosotros, solo reservado a los ricos.
Nunca olvidaré la envidia que pasaba al ver a pocos niños que calzaban zapatos de la marca GORILA , que al comprarlos les regalaban una pelotita pequeña de goma. Yo calzaba alpargatas en verano y unas buenas botas de cuero que me mandaban mis hermanas de Madrid y las untaba con manteca de cerdo para que aguantaran mejor las inclemencias del tiempo; los calcetines siempre heredados de mis mayores, remendados y la mayor parte del tiempo con grandes agujeros.
Para comprar unos zapatos cualquier persona humilde debería trabajar más de diez días.
Imaginad lo que tenía que hacer por ejemplo un obrero para comer una familia de 4 miembros ganando tres pesetas diarias, al ama de la casa solía cocinar un único plato para todo el día, normalmente compuesto por un potaje de legumbres o patatas acompañado de verduras y muy poca carne, en alguna familia que disponían de granja, de vez en cuando se sacrificaba un ave de corral o conejo, siempre en contadas ocasiones y por el motivo de alguna celebración.
Recuerdo que en muchas ocasiones mi desayuno se basaba en un mendrugo de pan duro del día anterior y cuando las cosas marchaban mejor se hacía un café de malta o cebada torrefactada; el café puro resultaba prohibitivo incluso para gente pudiente.
La gran dificultad existente en aquellas fechas que duró aproximadamente diez años, desde el fin de la guerra hasta casi 1950, era el sistema de racionamiento de alimentos de primera necesidad; los precios que he reseñado anteriormente se podían disparar diez veces comprados de estraperlo.
A la salida y entrada de los pueblos existía un control municipal donde se fiscalizaban las entradas y salidas de productos especialmente alimenticios, por lo que muchos estraperlistas tenían que recorrer grandes trechos dando rodeos a la entrada de las ciudades para evitar ser controlados y no tener que pagar los elevados impuestos o se los requisaban.
Imaginad que la picaresca estaba a la orden del día; en una ocasión timaron a mi padre que le vendieron una garrafa de aceite, que aún siendo excesivamente caro le endosaron un recipiente con agua y algo de aceite en la superficie y a pesar de que el comprador introducía el dedo para comprobar su contenido; cuando llegó a casa y al traspasarlo a unas botellas comprobaron el timo con gran decepción, que no se podía denunciar por estar prohibido tanto para el vendedor como para el comprador.
Es de suponer que de muy pocas cosas me puedo acordar a la edad de 6 a 8 años, no obstante recuerdo algunos por los recados que mi madre me mandaba hacer y especialmente comprando en los carritos de chuches.
Tengamos en cuenta los sueldos y jornales que por aquellos tiempos se pagaban.
Un jornalero por los años 40 ganaba unas 3 pesetas diarias.
Un funcionario ganaba unas 150 pesetas al mes
Un barrendero ...................... .80 “ “
Un alguacil (policía local).......120 “ “
Un maestro titular...................180
El médico local.......................250 “ “
Como ejemplo puedo detallar algunos de los precios más frecuentes:
Carbón .................................0.25 pts. 1 kg.
Naranjas................................0.50 “ “
Azúcar...................................1.50 “ “
Aceite de oliva.......................1.75 “ “
Harina....................................1.20 “ “
Café.......................................3.00 “ “
Vino.......................................0.75 pts litro
Leche....................................0.50 “ “
Un chato de vino en un bar...0.25 “
Un café en un bar normal....1.00 “
Un caramelo..........................0.05 “
Un chicle................................0.10 “
Una bolsa de pipas................0.05 “
Entrada al cine (gallinero)...0.30 pts.
Entrada al cine butaca.........0.50 “
Unas alpargatas...................5.00 “
4 fotos de carné...................10.00 “
Un par de zapatos de niño muy normalitos podría llegar hasta 50 pesetas
Y un traje confeccionado en una de las sastrerías del pueblo hasta 200.
Un balón de futbol reglamentario podría costar hasta 50 pesetas, los juguetes para el día de Reyes (era la única ocasión que se compraban juguetes), resultaban totalmente prohibitivos para gentes humildes como nosotros, solo reservado a los ricos.
Nunca olvidaré la envidia que pasaba al ver a pocos niños que calzaban zapatos de la marca GORILA , que al comprarlos les regalaban una pelotita pequeña de goma. Yo calzaba alpargatas en verano y unas buenas botas de cuero que me mandaban mis hermanas de Madrid y las untaba con manteca de cerdo para que aguantaran mejor las inclemencias del tiempo; los calcetines siempre heredados de mis mayores, remendados y la mayor parte del tiempo con grandes agujeros.
Para comprar unos zapatos cualquier persona humilde debería trabajar más de diez días.
Imaginad lo que tenía que hacer por ejemplo un obrero para comer una familia de 4 miembros ganando tres pesetas diarias, al ama de la casa solía cocinar un único plato para todo el día, normalmente compuesto por un potaje de legumbres o patatas acompañado de verduras y muy poca carne, en alguna familia que disponían de granja, de vez en cuando se sacrificaba un ave de corral o conejo, siempre en contadas ocasiones y por el motivo de alguna celebración.
Recuerdo que en muchas ocasiones mi desayuno se basaba en un mendrugo de pan duro del día anterior y cuando las cosas marchaban mejor se hacía un café de malta o cebada torrefactada; el café puro resultaba prohibitivo incluso para gente pudiente.
La gran dificultad existente en aquellas fechas que duró aproximadamente diez años, desde el fin de la guerra hasta casi 1950, era el sistema de racionamiento de alimentos de primera necesidad; los precios que he reseñado anteriormente se podían disparar diez veces comprados de estraperlo.
A la salida y entrada de los pueblos existía un control municipal donde se fiscalizaban las entradas y salidas de productos especialmente alimenticios, por lo que muchos estraperlistas tenían que recorrer grandes trechos dando rodeos a la entrada de las ciudades para evitar ser controlados y evitar los elevados impuestos o requisas.
Imaginad que la picaresca estaba a la orden del día; en una ocasión timaron a mi padre que le vendieron una garrafa de aceite, que aún siendo excesivamente caro le endosaron un recipiente con agua y algo de aceite en la superficie y a pesar de que el comprador introducía el dedo para comprobar su contenido; cuando llegó a casa y al traspasarlo a unas botellas comprobaron el timo con gran decepción, que no se podía denunciar por estar prohibido tanto para el vendedor como para el comprador.
PRIMERAS MONEDAS QUE PASARON POR MIS MANOS
Se supone que este nombre fue dado debido a que la gente confundió al león con una perra. A la moneda de cinco céntimos la llamaban “perra chica o perrilla”
Retiradas de la circulación pero en algunos establecimientos aún eran admitidas.
Posteriormente se utilizaban como pesas en las básculas de la época, dado que pesaban exactamente 10 gramos en cobre de escaso valor, el resto pasó a mano de los chatarreros que las vendieron a las fundiciones de donde se secaron los miles de kilómetros de cableado existente en la red eléctrica y telefónica española
Tirada de 170 millones de monedas
Su valor actual totalmente nueva sin circular puede alcanzar las 20 mil pesetas
Acuñada en Barcelona en 1870
Es comprensible que ésta moneda nunca pasó por mis manos y jamás fue vista por mis ojos ni por nadie de mi familia, prácticamente estaba retirada de la circulación y se utilizaba para transacciones financieras de gran envergadura y a pesar de ser su valor de cien pesetas su valor real se tasaba por su peso y precio en “oro”.
Cuentan que en la Guerra Civil los comunistas cuando tomaron Madrid entraron en el Banco de España, donde bajo el gran edificio se encontraban las cajas fuertes y blindadas que fueron reventadas con dinamita y enviaron a Moscú varios trenes cargados de oro, especialmente con monedas de éstas y en lingotes.
JUAN CARLOS I
BILLETES QUE PASARON POR MIS MANOS HASTA LA ENTRADA DEL EURO EL 1 DE ENERO DE 2001
Los superiores a éstas cantidades circulaban escasamente resultando prácticamente imposible encontrar cambio, especialmente de 1000 pesetas.
Los primeros billetes fueron emitidos en el reinado de Carlos III el 1 de marzo de 1783
Por su curiosidad y trascendencia histórica pongo aquí el primero emitido en Madrid el 1 de marzo de 1783.
Su precio actual en el mercado numismático puede alcanzar hasta tres millónes de pesetas en Excelente estado de conservación , no se conoce el precio del billete que no ha circulado por no haberse encontrado ninguno. En caso de aparecer alguno su precio podría ser incalculable.
Su leyenda resulta ilegible en algunas palabras por lo que deduciendo se puede apreciar que es un cheque al portador con una fecha estipulada para el cambio en efectivo y fecha de emisión, es muy posible que no se pudiera realizar el cambio después de caducadas las fechas convenidas.
Por su curiosidad y trascendencia histórica pongo aquí el primero emitido en Madrid el 1 de marzo de 1783.
Su precio actual en el mercado numismático puede alcanzar hasta tres millónes de pesetas en Excelente estado de conservación , no se conoce el precio del billete que no ha circulado por no haberse encontrado ninguno. En caso de aparecer alguno su precio podría ser incalculable.
Su leyenda resulta ilegible en algunas palabras por lo que deduciendo se puede apreciar que es un cheque al portador con una fecha estipulada para el cambio en efectivo y fecha de emisión, es muy posible que no se pudiera realizar el cambio después de caducadas las fechas convenidas.
Fueron retirados de la circulación en etapas distintas por la emisión de nuevos hasta la entrada del euro que se retiraron todos definitivamente.
Solo pongo aquí algunos más significativos que circularon desde que nací hasta el euro.
BILLETES PEQUEÑOS
viernes, 30 de noviembre de 2007
Como observación particular señalo aquí que no se ha visto ningún billete con la esfinge del Caudillo Francisco Franco, al contrario que en las monedas que estaba en la mayoría. Personajes históricos importantes se pueden ver en todos pero él no se puso en ninguno (Extraño) Franco fue un enigma.
A partir de aquí a primeros del 2001 comenzaron a circular las monedas y billetes de EURO obligatoriamente aunque por un corto periodo de tiempo circularon mezclados, en los establecimientos se admitían, se podían cambiar en bancos y en el Banco de España se pueden seguir cambiando por tiempo indefinido
Mi primer profesor se llamaba Don Antonio Torreblanca, era muy bueno y un excelente maestro, le encantaban los niños y nos enseñaba todo a base de cánticos, la tabla de multiplicar, los reyes Godos, geografía y otras cosas más; lo que más me gustaba y me quedaba fascinado era cuando nos relataba los pasajes del Evangelio y la Historia Sagrada, parecían cuentos y me encantaban; yo salía a la pizarra cada día para dibujar las distintas escenas de todos estos temas, que luego mis compañeros los copiaban en sus cuadernos. Era una buena forma de ganarme la simpatía de todos los profesores, que cuando su fama era de “duros”, aflojaban su mano a la hora de los capones. Nos enseñaba a contar con palillos; nos hacía construir paquetitos de 10, 25, 50 y 100 y de esta manera aprendíamos a sumar, restar, multiplicar, dividir y el sistema métrico decimal.
Había un gran patio al que salíamos al recreo, media hora por la mañana y otro tanto por la tarde, a veces hacíamos gimnasia y practicábamos los juegos propios de aquella época: las cuatro esquinas, el burro, piola y “cibilicerra”, este último fue el que menos me gustó cuado lo practiqué por primera vez, ya que al desconocerlo pagué la novatada.
Yo estaba recién llegado de “El Cortijillo” por una de aquellas ausencias y era bastante inocente y palurdo, me las di de sabihondo por el hecho de conocer muchos nombres de frutas y hortalizas al haber estado familiarizado con el campo y sus cultivos, y me dije antes de comenzar el juego ¡en esto seguro que gano yo!. Nunca imaginaba lo que me podría esperar.
Participaban en él muchos niños y consistía en que uno de ellos al que llamaban “ la madre” tomaba un cinturón por la hebilla y el resto agarrábamos un trozo de la correa, entonces “la madre” decía en voz alta ¡CIBILICERRAAAA¡ y todos contestaban:
¡QUE FRUTO ECHA¡, “la madre” hacia un comentario sobre uno de los muchos frutos u hortalizas que se cultivan en el campo, por ejemplo:
Tengo tan mal recuerdo de este juego debido a que cuando acerté por primera vez y a consecuencia de mi ignorancia, me alejé tanto de la madre que no llegó a mis oídos el “viva el rey de los escarabajos”y me molieron a sopapos.
Nunca más volví a jugar a CIBILICERRA.
Pasé un par de cursos en este colegio hasta que un buen día de invierno al llegar por la tarde a casa me encontré que estaba llena de un montón de cosas: postes de madera, rejillas de alambre, una pila de sacos de pienso y otros artilugios al parecer para montar una granja. A los pocos días tuve que dejar el colegio porque mi padre había dispuesto el traslado de todas estas cosas que fueron cargadas en un camión y con toda la familia encima nos fuimos a “El Cortijillo” con la idea de poner en funcionamiento dicha granja. Allí pasamos el primer invierno más terrible y desolador pues el jefe de la familia nos abandonó en aquel triste lugar, con la casa tan pequeña, fría y medio en ruinas, sin aseo baño o nada parecido para hacer las necesidades corporales más importantes y cuando te apretaban las ganas tenias que salir corriendo a cualquier hora a poner el culo a la intemperie en el lugar más cercano pero siempre alejado de la casa.
Dejó todo aquello sin montar, nos comimos todo lo comible y quemamos todo aquello que podía arder, incluidos los postes con los que había que montar la famosa granja. Cuando el aspirante a granjero regresó hacia mediados de la primavera con la idea de empezar su industria avícola, encontró aquel panorama tan desolador que se volvió a marchar, menos mal que nos trajo víveres y algo de dinero. No regresó hasta bien entrado el verano. Mientras tanto pasábamos el tiempo lo mejor posible dedicándonos a las distintas tareas y ocupaciones propias del lugar como unos colonos que acaban de aparecer en una tierra desconocida.
Mi madre, Pepe, Angelines, Enrique y yo éramos los únicos componentes de aquella extraña expedición, sin un jefe que nos orientara y perdidos en aquella isla desierta.
Teníamos un hortelano-medianero que le llamaban de mote “kiko pelaespigas” con su mujer Narcisa y una hija adoptiva de unos 16 años llamada Isabelilla. Ellos cuidaban y efectuaban todas las faenas del campo y de la huerta repartiendo con nosotros al 50% todo lo que se cosechaba. Narcisa nos regaló una coneja preñada y una gallina que ya estaba incubando; A los pocos días la familia aumentó con una camada de preciosos gazapos y una quincena de polluelos, rodeando y siguiendo a la madre picoteando aquí y allá por los alrededores de la casa. Con el tiempo fueron creciendo y multiplicándose hasta que casi sin darnos cuenta teníamos formada una pequeña granja, sin postes ni telas metálicas, a la intemperie y durmiendo en un pequeño cobertizo que entre todos construimos a base de adobes de barro en un costado de la casa, con unas rudimentarias vigas de madera de árboles cortados a la orilla del río y paja en el tejado. La fabricación de adobes resultaba sencilla y me gustaba a pesar del trabajo; consistía en practicar un hoyo en el suelo dejando la tierra removida en el mismo lugar, luego se le añadía paja, agua y se mezclaba formando una espesa pasta que se introducía en unos moldes de madera de aproximadamente 50X30 cm.; éstos moldes eran colocados en una explanada de tierra aplanada y bien expuestos al sol, una vez rellenos con la pasta se retiraba el molde a continuación y quedaba formado el adobe que secaba al intenso sol del verano en dos o tres días; posteriormente con estos adobes se construían las paredes de las casas y edificios necesarios de poca altura, posteriormente se enlucía con un mortero de cal mezclada con arena formando una capa cubriendo al adobe y preservándolo de las lluvias.
Uno de mis trabajos consistía en cortar hierva para los conejos, que hasta ya me conocían y comían en mi mano; de vez en cuando desaparecía alguno que mi madre preparaba al ajillo o guisado con patatas, o algún pollo que le cortaban el pescuezo terminando su triste vida en la cazuela, mientras tanto las gallinas que no dejaban de poner huevos con los que también mi madre solía hacer ricos platos, dulces y cremas.
Aquel verano mi hermano Pepe salvó de ahogarse en el río a la hija de un vecino y en agradecimiento nos regalaron una cabra de color negro que le pusimos de nombre “MORA”. Pasado un cierto tiempo “la Morita” trajo al mundo dos hermosos cabritillos (macho y hembra) y por fin pudimos desayunar un buen tazón de leche todas las mañanas remojado con unos picatostes o sopas de pan.
Ya teníamos leche, queso, carne, aves, huevos, conejos, aceite, harina y todo lo que la huerta produjo durante aquellos tres o cuatro años en los que mi padre solo aparecía de tarde en tarde y sobretodo los veranos acompañado de mis hermanas Carmen y Josefina que residían y trabajaban en Madrid con Tía Eloisa y daban buena cuenta de nuestras reservas en la despensa, pero a pesar de esto, en verano nunca faltaba de nada: hortalizas con las que se hacían conservas e infinidad de frutas de las que se secaban los sobrantes y se guardaban para los largos inviernos que resultaban ser bastante tristes, sobretodo los días de lluvia, todos metidos en aquella pequeña casa y arrimados al calor de la lumbre. Dos pequeñas ventanas, una en cada dependencia producían algo de luz y ventilación, las cuales se abrían muy a menudo para ventilar el intenso humo que a veces producía la leña aún verde que se quemaba. Aquella primavera mis hermanos tuvieron la genial idea de agrandar las ventanas y colocarles unos cristales por los que penetraba una intensa luz, ya no estábamos como en una cueva con la puerta siempre abierta o alumbrados por las llamas del fuego o la tenue fosforescencia del candil.
Los días lluviosos y de intenso frío resultaban aburridos por lo que pasábamos largas horas arrimados a la lumbre, Pepe tocaba su bandurria, Angelines hacía alguna payasada y los demás mirábamos, reíamos y estábamos relativamente entretenidos. De igual manera que hacía mi padre, antes de ir a dormir se leía algún capítulo de un libro a la luz del candil, Enrique y yo repasábamos la única enciclopedia que nos dieron en la escuela para no olvidar lo poco aprendido.
La leña para mantener el fuego encendido escaseaba algunas veces y los tres varones de la familia nos desplazábamos hasta el monte para traer y acumular lo que buenamente podíamos, porque a pesar de que en nuestra finca había árboles y olivos, el primer invierno nos liquidamos casi todas las existencias. No creo que mi ayuda sirviera de mucho porque no tendría más de cinco o seis años, de lo que si me acuerdo muy bien es cuando mis hermanos cortaban ramas de olivo, romero y retamas que hacían unos grandes haces bien atados y yo me encargaba de hacerlos rodar por la ladera que caían al calar y desde allí hasta la casa, donde se amontonaba en la era para irla consumiendo. La mayor parte de la leña estaba verde, razón por la que producía gran cantidad de humo espeso que se pegaba en la ropa y el olor aunque ciertamente molesto también resultaba agradable.
Algunas veces pasaban por el camino arrieros leñadores con excelente madera para quemar, de encina, olivo y otros árboles del monte; mi madre les trucaba alguna carga por huevos, conejos o algún hermoso gallo.
El colegio lo habían trasladado a la otra punta del pueblo, construyeron un edificio nuevo muy confortable y moderno que estaba frente al paseo y junto al cuartel de la Guardia Civil también de reciente construcción. Había seis grados de estudio, como yo estaba tan atrasado por el tiempo perdido, a pesar de que Angelines me dio algunas clases de repaso en nuestro destierro, me colocaron en tercer grado con Don Juan “el gordo” como le llamaban por ser muy obeso pero era muy buen maestro a pesar de que zurraba de lo lindo, tenía una vara de olivo con las que ponía moradas las palmas de las manos y en ocasiones daba unos tirones de las orejas que llegaban a sangrar. Sus calificaciones en los deberes eran ciertamente originales : M (mal), MM (muy mal), C (calamidad) y Z (zopenco) a algún niño le colocó en alguna ocasión ZC (zopenco y calamidad), era el admerreir de los demás, normalmente lo ponía de cara a la pared y con un letrero a la espalda con la calificación obtenida, en ocasiones los ponía de rodillas y en cruz con un montón de libros en cada mano.
Después de la escuela por las tardes iba a su casa a repaso en clases particulares para ponerme a la altura de los demás; en cierta ocasión, como yo era muy grandón, quizás tres o cuatro años mayor que los demás, me pidió que
trasladara una mesa desde una habitación del piso superior a otra dependencia de abajo, con la fatalidad tropezar con algo y caer rodando las escaleras con mesa y todo, pero mi suerte fue que tan solo recibí un golpe en la frente produciéndome un gran chichón que Don Juan intentó curarme colocando una moneda de un duro (cinco pesetas), que tenía un tamaño considerable, atado con un trapo a modo de venda para atajar la hinchazón y me mandó a casa con una nota para mis padres, al poco tiempo el dolor se había calmado, y más pensando en que cuando me retiraran el vendaje podría quedarme con la moneda, era mucho dinero para un niño de nueve años, imaginad que podías comprarte un paquetón de pipas por solo cinco céntimos y un duro contenía 40 monedas.
Pagaba 25 pesetas al mes por dos horas de clase diarias. Desde el día del chichón aquel maestro me tomó mucho aprecio, me enseñó todo lo necesario para recuperar lo perdido y en sus calificaciones nunca más pude ver la M; MM, C ni Z, sino todo lo contrario, todos mis cuadernos estaban plagados de B (bien) y MB (muy bien), que me llenaban de orgullo y satisfacción.
Al año siguiente pasé a cuarto curso con D. Francisco, era un maestro joven y muy recto pero enseñaba muy bien.
En septiembre hice la Primera Comunión, durante los meses de julio y agosto me estuvo preparando Julito Rubiales (hijo del juez) que era seminarista y en la actualidad es el Párroco de Villacarrillo. Con él aprendí a rezar y el catecismo que no me gustaba nada pues había que saberlo de memoria y esto me resultaba muy pesado. Intentó que ayudara a Misa, cosa que no consiguió. En cierta ocasión que habló con mis padres, les comentó la posibilidad de ingresar en un seminario para hacerme sacerdote, a lo que me negué rotundamente, y ¿ adivináis porque?, pues sencillamente porque había oído en algún sitio decir a alguien que a los curas los capan...