sábado, 1 de diciembre de 2007



A UN CEREZO CAIDO


El viento de ayer noche hizo daño en mi huerto.
A un hermano cerezo derribó sin piedad
y yace sobre el suelo, tendido como un muerto,
bajo el dosel del cielo, cara a la eternidad.

Lo amortaja de blanco la sabia en flor vestida.
Su fruto queda exagüe apenas en embrión.
En plena primavera abandona la vida...
¡Cuando todo es promesa se pierde una ilusión!

He pasado unas horas contemplando sus ramas
que parecen aún vivas; pero que han muerto ya.
¡Cuando pienso que puede ser pasto de las llamas
y las supongo ardiendo no sé que me da!

Me dicen los artífices que pagan su madera;
comprendo que sus tablas muy apreciadas son;
pero yo no lo vendo: ¡De ninguna manera!
¡El precio de su muerte me hiere el corazón!

En medio de la huerta quisiera abrir su fosa
y allí enterrar sus restos con gran ceremonial
y sobre su sepulcro colocar una losa
con la hermosa leyenda de todo un historial.

Pero esto no es posible; y contemplo sus flores
que, mustias y marchitas, me inspiran compasión.
Su incógnito destino me dice los dolores
que siembra por doquiera la humana condición.

Mientras el árbol vive se aprovecha su vida.
Su muerte, cuando llega, se aprovecha lo mismo;
que todo para el hombre es precio, peso y medida
¡Nada, nada perdona el humano egoísmo!

Yo no vendo el cerezo. Que lo destruya el viento
sobre el trozo de tierra que le puso al caer.
¡Yo no quiero en mi alma ningún remordimiento!
y al menos, aunque muerto, que yo lo pueda ver.
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