sábado, 1 de diciembre de 2007


Mi familia era bastaste completa; compuesta por mis padres y seis hermanos de los que yo era el más pequeño.
El mayor era Pepe que me sacaba 18 años, luego venia Carmen (mi madrina), a continuación Josefina, a ésta la seguía Angelines, después Enrique y por último yo que tenía 7 años menos que él. También teníamos un perro muy bonito de raza indefinida, muy noble e inteligente que se llamaba Buchichi, una especie de mezcla de Lulú con algún otro desconocido; peludo, negro con manchas blancas, de un tamaño medio, con la cola en arco hacia el lomo y la punta blanca, casi siempre me acompañaba a todas partes; asimismo teníamos un gato que en raras ocasiones atendía por el nombre de Patricio, casi siempre estaba perdido por el campo cazando y en raras ocasiones se le podía ver por la casa menos los días fríos que se arrimaba a la lumbre para calentarse; dócil e inofensivo pero poco cariñoso como todos los gatos. Ya dice el refrán: “El perro quiere y el gato se deja querer”.

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